XXXIV

El oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un

instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a

Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería

separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con

sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que hundía

sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de

mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper

la ligadura de un brazo, y pude asir fuertemente a Inés, mientras con

angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos.

¡Instante terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y

paraliza el corazón, simulando la muerte! Aunque la infeliz quería

compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos

la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que no sé recordar.

Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero

nos la quitaron: no olvidé nunca la extraña sensación que experimenté

al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero

la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las

filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios.

Y al ver esto sentí un estruendo horroroso; después un zumbido

dentro de la cabeza, y un hervidero en todo el cuerpo; después un

calor intenso, seguido de penetrante frío; después una sensación

inexplicable, como si algo rozara por toda mi epidermis; después un

vapor dentro del pecho que subía invadiendo mi cabeza, una debilidad

incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; después

una palpitación vivísima en el corazón, y un súbito detenimiento

en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación

en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca, la

inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo

yo en mi pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas

en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar;

después un chisporroteo colosal que difundía por espacios mayores que

cielo y tierra juntos la imagen de Inés en doscientos mil millones de

luces... oscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo

dolor en las sienes... un vago reposo, una extinción rápida, un olvido

creciente, invasor, y, por último, nada, absolutamente nada.

Madrid, julio de 1873.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 39 / 40 题