El oficial recién venido y el que antes nos custodiaba hablaron un
instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a
Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería
separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con
sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo, que hundía
sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de
mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper
la ligadura de un brazo, y pude asir fuertemente a Inés, mientras con
angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos.
¡Instante terrible, cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y
paraliza el corazón, simulando la muerte! Aunque la infeliz quería
compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos
la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que no sé recordar.
Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero
nos la quitaron: no olvidé nunca la extraña sensación que experimenté
al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero
la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las
filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios.
Y al ver esto sentí un estruendo horroroso; después un zumbido
dentro de la cabeza, y un hervidero en todo el cuerpo; después un
calor intenso, seguido de penetrante frío; después una sensación
inexplicable, como si algo rozara por toda mi epidermis; después un
vapor dentro del pecho que subía invadiendo mi cabeza, una debilidad
incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; después
una palpitación vivísima en el corazón, y un súbito detenimiento
en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación
en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca, la
inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo
yo en mi pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas
en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar;
después un chisporroteo colosal que difundía por espacios mayores que
cielo y tierra juntos la imagen de Inés en doscientos mil millones de
luces... oscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo
dolor en las sienes... un vago reposo, una extinción rápida, un olvido
creciente, invasor, y, por último, nada, absolutamente nada.
Madrid, julio de 1873.