XXXII

Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra

noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir,

ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan

grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana ya

una descarga de fusilería. Allá abajo, en la esquina del palacio de

Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor

dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con

diversos trajes vestidas. Tras de la descarga, oyéronse quejidos de

dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche.

Después algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre

sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al

fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de

agonizante luz. A cada rato circulaban tropeles con gentes maniatadas,

y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera

de un vivac.

Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí vi

algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente

arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que algunos

de ellos estaban vivos, aunque ferozmente heridos, y arrastrábanse

pidiendo socorro, o clamaban en voz desgarradora suplicando que se les

rematase.

Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía

semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar

oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro que

cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro.

En la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial

se acercó a la entrada.

--Señor --exclamé juntando las manos y expresando de la manera más

espontánea el vivo dolor que me dominaba--, busco a dos personas de

mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes:

Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre

clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el

que dijese lo contrario es un vil mentiroso.

El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia

fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me

arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de

esta manera:

--Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos

personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz

viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles

son, y usted les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho

nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra ustedes en la

acción del Parque; pero dejen en libertad a la joven y al sacerdote.

Yo entraré, les sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es

noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los

ángeles del Cielo, fusíleme usted a mí cien veces. Señor oficial,

usted es bueno; usted no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene

en el pecho las habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas

que dicen ha ganado el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no

puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque

me lo digan. Señor oficial, si quieren ustedes vengarse de lo de esta

mañana, maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero

no a Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si usted las

viera amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro

soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora

está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los

dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se

muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por

la Virgen. Aquí está usted en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de

los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le

rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá?

Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para

fusilarlas...

El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi

garganta por falta de aliento. A punto estuve de caer sin sentido;

pero haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz

ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me permitiese la entrada

para ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba.

Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad,

conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que

por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose

a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como

un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la

Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo

las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban

la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de

rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos

al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos;

algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros

lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes

sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna

fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a

esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los

sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.

Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes

de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades

y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por muertos, hasta la

mañana del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su mala

puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros: yo

sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar

por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero,

comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida

al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba

sepultura. Lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas,

y hasta hace poco tiempo ha existido un individuo, que era entonces

empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces:

una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza; después en el

patio del Buen Suceso; desde aquí pudo escapar, arrastrándose entre

cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le

dieron auxilio. Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y

algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues

sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído

las águilas imperiales.

Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron

ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada

grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados,

ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés y a D. Celestino,

aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que

se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.

Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al

inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró.

Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero

en trances tan terribles, parece que se extingue todo sentimiento

compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros,

somos impasibles para las desgracias ajenas.

Algunos franceses me dieron el _alto_, intimándome a que saliera; y por

las palabras que oí, me juzgué en peligro de ser también comprendido en

la traílla; pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación

hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el

semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí

hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y bullicio de

gentío, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo.

--¿A quién busca usted? --le dije.

--¡Mi hijo, mi único hijo! --me contestó--. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi

hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón

de muertos?

Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba

loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a

quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo:

--Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido aquí

ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron

a San Bernardino, y a estas horas... Vamos allá. Yo tengo un

salvoconducto de un oficial francés, y podremos salir.

Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desalado y

le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues

mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo,

desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi

alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre

dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Solo sé que

corrí sin cesar; solo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen

cerca de mí me conmovían ni me interesaban; solo sé que mientras más

corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé

en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi

cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié

el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire, y que

el suelo se deslizaba también bajo mis pies, que las casas se hundían

sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no

me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, solo

tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 37 / 40 题