Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra
noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir,
ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan
grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana ya
una descarga de fusilería. Allá abajo, en la esquina del palacio de
Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor
dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con
diversos trajes vestidas. Tras de la descarga, oyéronse quejidos de
dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche.
Después algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre
sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al
fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de
agonizante luz. A cada rato circulaban tropeles con gentes maniatadas,
y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera
de un vivac.
Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí vi
algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente
arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que algunos
de ellos estaban vivos, aunque ferozmente heridos, y arrastrábanse
pidiendo socorro, o clamaban en voz desgarradora suplicando que se les
rematase.
Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía
semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar
oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro que
cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro.
En la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial
se acercó a la entrada.
--Señor --exclamé juntando las manos y expresando de la manera más
espontánea el vivo dolor que me dominaba--, busco a dos personas de
mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes:
Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre
clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el
que dijese lo contrario es un vil mentiroso.
El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia
fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me
arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de
esta manera:
--Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos
personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz
viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles
son, y usted les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho
nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra ustedes en la
acción del Parque; pero dejen en libertad a la joven y al sacerdote.
Yo entraré, les sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es
noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los
ángeles del Cielo, fusíleme usted a mí cien veces. Señor oficial,
usted es bueno; usted no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene
en el pecho las habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas
que dicen ha ganado el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no
puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque
me lo digan. Señor oficial, si quieren ustedes vengarse de lo de esta
mañana, maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero
no a Inés. ¿Usted no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si usted las
viera amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro
soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora
está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los
dos haremos esta buena obra, que Dios le tendrá en cuenta cuando se
muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por
la Virgen. Aquí está usted en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de
los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le
rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá?
Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para
fusilarlas...
El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi
garganta por falta de aliento. A punto estuve de caer sin sentido;
pero haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz
ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me permitiese la entrada
para ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba.
Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad,
conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que
por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose
a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como
un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la
Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo
las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban
la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de
rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos
al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos;
algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros
lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes
sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna
fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a
esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los
sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.
Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes
de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades
y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por muertos, hasta la
mañana del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su mala
puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros: yo
sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar
por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero,
comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida
al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba
sepultura. Lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas,
y hasta hace poco tiempo ha existido un individuo, que era entonces
empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces:
una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza; después en el
patio del Buen Suceso; desde aquí pudo escapar, arrastrándose entre
cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le
dieron auxilio. Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y
algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues
sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído
las águilas imperiales.
Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron
ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada
grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados,
ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés y a D. Celestino,
aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que
se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.
Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al
inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró.
Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero
en trances tan terribles, parece que se extingue todo sentimiento
compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros,
somos impasibles para las desgracias ajenas.
Algunos franceses me dieron el _alto_, intimándome a que saliera; y por
las palabras que oí, me juzgué en peligro de ser también comprendido en
la traílla; pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación
hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el
semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí
hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y bullicio de
gentío, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo.
--¿A quién busca usted? --le dije.
--¡Mi hijo, mi único hijo! --me contestó--. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi
hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón
de muertos?
Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba
loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a
quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo:
--Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido aquí
ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron
a San Bernardino, y a estas horas... Vamos allá. Yo tengo un
salvoconducto de un oficial francés, y podremos salir.
Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desalado y
le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues
mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo,
desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi
alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre
dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Solo sé que
corrí sin cesar; solo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen
cerca de mí me conmovían ni me interesaban; solo sé que mientras más
corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé
en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi
cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié
el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire, y que
el suelo se deslizaba también bajo mis pies, que las casas se hundían
sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no
me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, solo
tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.