--Una vez que tomaron el Parque --continuó Juan de Dios-- entraron en
esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender
a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de
infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba en la taberna
para echarme un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala
me llevó los dos dedos... Entraba en la taberna y vi que sacaban a
Inés. La pobrecita lloraba como un niño, y volvía la vista a todos
lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en
francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte
golpe, que casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre
ángel, y cómo miraba a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me
vuelvo loco, Gabriel. El buen eclesiástico subía la escalera cuando
le cogieron, y dicen que llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de
la casa están presos. Los franceses dijeron que desde allí les habían
tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad
a Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré a los franceses que me
maten.
Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes
lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que
prorrumpí en exclamaciones terribles, y recorrí la calle gritando
como un insensato. Aún dudé: subí a mi casa; encontrela desierta;
supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, conforme a
lo que Juan de Dios había contado, y ciego de ira, con el alma llena
de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché
hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin
que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente en
tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era tan
injustamente perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los
franceses pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y
otro, especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de
duda había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía
y lloraba como una mujer.
--Por ahí van diciendo --me indicó-- que los prisioneros han sido
llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si
conseguimos algo.
Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos
sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el amigo,
sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de
Correos funcionaba un Tribunal militar; pero después corrió la voz de
que los individuos de la Junta habían hecho un convenio con Murat para
que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose
respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos
los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la
entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha
encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra
duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente
que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro
o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los
ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en
fuentes autorizadas.
De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando.
Corremos todos hacia la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos
de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye.
Retrocedemos pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar
la casa de Correos, tras cuyas paredes están los que nos son queridos,
y media compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al
padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos
lanzamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias
pondrá en juego para salvar a los suyos.
Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco
rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en
traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte.
Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes
otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote,
dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de
plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas,
y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas
clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados,
guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas
en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores
dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no
asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran
pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente
estacionados, fuertes piquetes de mamelucos, dragones o caballería
polaca.
Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las
registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma,
aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la
de Chinitas, y ni aun me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento
y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran.
Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por
las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares,
pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante:
pensaba dirigirme a casa de la Marquesa, con viva esperanza de
conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me
contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo, que a
su vez lo era del señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto,
convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del
Sol una hora después.
Fui a casa de la Marquesa, y el portero me dijo que S. E. había partido
dos días antes para Andalucía. Asimismo pregunté por Amaranta; más tuve
el disgusto de saber que Su Excelencia la señora Condesa estaba también
en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid,
elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador de la
inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato
de estar allí procurándolo inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan
pálido y alterado que temblé, adivinando nuevas desdichas.
--¿No está? --pregunté--. ¿Les han puesto en libertad?
--No --dijo, secando el sudor de su frente--. Todos los presos que
estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado
al Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando?
Los que sean encontrados con armas, _serán arcabuceados_... Los que se
junten en grupos de más de ocho personas, _serán arcabuceados_... Los
que hagan daño a un francés, _serán arcabuceados_... Los que parezcan
agentes de Inglaterra, _serán arcabuceados_.
--¿Pero dónde está Inés? --exclamé con exaltación--. ¿Dónde está?
Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente y a
un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras
se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se
desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban
se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede
haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que están
en el Retiro?
--O aquí, en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a
Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla
para que me quiten también la vida. Quiero irme al Cielo con ella: si
supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la tierra,
ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si
me ayudas a buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos
casemos, y nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada
necesitamos dinero. Yo tengo esperanza; ¿y tú?
--Yo también --respondí, pensando en Dios.
--Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso,
por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros.
También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella?
Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga?
--Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las
venas. Corro allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después
aquí, en mi casa.
Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera de
San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino
encontré tan solo algunos hombres que despavoridos corrían, y a cada
paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí
las pisadas de las patrullas francesas, y de rato en rato un resplandor
lejano seguido de estruendosa detonación.