XXXI

--Una vez que tomaron el Parque --continuó Juan de Dios-- entraron en

esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender

a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de

infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba en la taberna

para echarme un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala

me llevó los dos dedos... Entraba en la taberna y vi que sacaban a

Inés. La pobrecita lloraba como un niño, y volvía la vista a todos

lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en

francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte

golpe, que casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre

ángel, y cómo miraba a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me

vuelvo loco, Gabriel. El buen eclesiástico subía la escalera cuando

le cogieron, y dicen que llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de

la casa están presos. Los franceses dijeron que desde allí les habían

tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad

a Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré a los franceses que me

maten.

Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes

lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que

prorrumpí en exclamaciones terribles, y recorrí la calle gritando

como un insensato. Aún dudé: subí a mi casa; encontrela desierta;

supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, conforme a

lo que Juan de Dios había contado, y ciego de ira, con el alma llena

de presentimientos siniestros y de inexplicables angustias, marché

hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin

que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente en

tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era tan

injustamente perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los

franceses pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y

otro, especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de

duda había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía

y lloraba como una mujer.

--Por ahí van diciendo --me indicó-- que los prisioneros han sido

llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si

conseguimos algo.

Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos

sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el amigo,

sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de

Correos funcionaba un Tribunal militar; pero después corrió la voz de

que los individuos de la Junta habían hecho un convenio con Murat para

que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose

respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos

los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la

entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha

encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra

duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente

que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro

o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los

ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en

fuentes autorizadas.

De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando.

Corremos todos hacia la del Arenal; pero nos es imposible enterarnos

de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye.

Retrocedemos pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar

la casa de Correos, tras cuyas paredes están los que nos son queridos,

y media compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al

padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos

lanzamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias

pondrá en juego para salvar a los suyos.

Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco

rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en

traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte.

Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes

otra no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote,

dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de

plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas,

y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas

clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados,

guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas

en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores

dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no

asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran

pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente

estacionados, fuertes piquetes de mamelucos, dragones o caballería

polaca.

Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las

registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma,

aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la

de Chinitas, y ni aun me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento

y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran.

Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por

las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares,

pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante:

pensaba dirigirme a casa de la Marquesa, con viva esperanza de

conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me

contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo, que a

su vez lo era del señor O’Farril, individuo de la Junta. Dicho esto,

convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del

Sol una hora después.

Fui a casa de la Marquesa, y el portero me dijo que S. E. había partido

dos días antes para Andalucía. Asimismo pregunté por Amaranta; más tuve

el disgusto de saber que Su Excelencia la señora Condesa estaba también

en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid,

elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador de la

inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato

de estar allí procurándolo inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan

pálido y alterado que temblé, adivinando nuevas desdichas.

--¿No está? --pregunté--. ¿Les han puesto en libertad?

--No --dijo, secando el sudor de su frente--. Todos los presos que

estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado

al Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando?

Los que sean encontrados con armas, _serán arcabuceados_... Los que se

junten en grupos de más de ocho personas, _serán arcabuceados_... Los

que hagan daño a un francés, _serán arcabuceados_... Los que parezcan

agentes de Inglaterra, _serán arcabuceados_.

--¿Pero dónde está Inés? --exclamé con exaltación--. ¿Dónde está?

Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente y a

un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras

se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se

desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban

se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede

haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice usted que están

en el Retiro?

--O aquí, en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a

Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla

para que me quiten también la vida. Quiero irme al Cielo con ella: si

supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la tierra,

ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si

me ayudas a buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos

casemos, y nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada

necesitamos dinero. Yo tengo esperanza; ¿y tú?

--Yo también --respondí, pensando en Dios.

--Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso,

por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros.

También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella?

Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga?

--Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las

venas. Corro allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después

aquí, en mi casa.

Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera de

San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino

encontré tan solo algunos hombres que despavoridos corrían, y a cada

paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí

las pisadas de las patrullas francesas, y de rato en rato un resplandor

lejano seguido de estruendosa detonación.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 36 / 40 题