XXX

Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle

de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres

obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el

fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el

heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al

dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada

del Parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha,

resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara

conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro

Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de

otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:

--Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.

--Ánimo, Chinitas --dije, devolviéndole el fusil que caía de sus

manos--; levántate.

--¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te

cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es

toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós,

Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque.

Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después con

algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés

claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena

oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía:

--Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza.

Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y

me perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre

saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel,

no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes

navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está

junto a la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro.

¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se

acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no

traen agua?... ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí

está. La traen unos angelitos: es un chorro, una fuente, un río...

Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de

nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron

los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la

pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas

la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a

extinguirse.

--Mi general --decía a Daoiz--, mientras su merced y yo estemos aquí,

no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga

ahora acá el _destupidor_. ¡Cómo rempuja pa tras este animal cuando

suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? --gritó al verme--. Toca

este instrumento y verás lo bueno.

El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería

enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos

paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que

en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.

--¡Ea! --gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de

cañón--. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron,

señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos,

les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera

Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde,

calzonazos.

Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a

cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió

gritando:

--Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren

conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la

reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a

fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren

ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique

la saliva; si no...

La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca

de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de

metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos,

repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba

herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un

hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y

repentinamente seria. Tuvo miedo.

Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que

se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con

charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la

pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que

encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él,

cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los

dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación,

una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de

arriba obedeciera a las voces de abajo.

En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe

de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar

decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la

manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro

inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: _Si

fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así._

El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el

mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los

franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero

que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos

precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos,

y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro

Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo.

Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y

yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta

alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos,

huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los

franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado

vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.

Difícilmente salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar

con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en

el Quemadero. Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer

que bastaba con rematar a los más próximos, o porque se sentían con

tanto cansancio como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino

muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo:

al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía

a Inés en angustiosa incertidumbre por mi ausencia. Cuando traté de

regresar, hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar

mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me

dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en

el Parque, se habían retirado.

Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la

calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo,

especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa

había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún,

de Daoiz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío.

De Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por

los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban

amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se

ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente

sus heridos al interior del Parque; por último, vi una pequeña fuerza

de caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.

Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la

calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en

él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí

para allí, como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden

sobre la cara, las ropas destrozadas, y la mano derecha envuelta en un

pañuelo manchado de sangre.

--¡Se la han llevado! --exclamó al verme, agitando sus brazos con

desesperación.

--¿A quién? --pregunté, adivinando mi nueva desgracia.

--¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también a

aquel infeliz sacerdote.

La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva dejáronme por un

instante como sin vida.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 35 / 40 题