Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, sin
cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con
una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre los
héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en manos
de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la gente
española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar con ella.
Los españoles, al verse de este modo heridos, antes enfurecían que
desmayaban. Desde mi ventana, abierta a la calle de San José, no se
veía la inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina
a las dos; así es que yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis
ojos, no distinguía a los franceses sino cuando intentaban caer sobre
las piezas, desafiando la metralla, el plomo, el acero y hasta las
implacables manos de los defensores del Parque. Esto pasó una vez,
y cuando lo vi, pareciome que todo iba a concluir por el sencillo
procedimiento de destrozarse simultáneamente unos a otros; pero nuestro
valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la
pericia y la inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería,
rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos,
rematando la obra de los fusiles.
Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero
esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales
de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin desatender
el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos,
el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre la avanzada
francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse.
Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un
día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas,
instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración
de guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha
que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo.
Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.
El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la
heroica embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues
estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel
empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el
miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador.
Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable, lo
desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida
por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas
eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo
comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la
calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a
los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria
más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron
un ejército completo, y la división de San Bernardino, mandada por
Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de
artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas
tapias, las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla
las proporciones de un pueblo.
Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las
de algunas mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa,
enronquecida por la fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve
respiro me aparté de la ventana, vi a Juan de Dios completamente
desvanecido. Inés estaba a su lado presentándole un vaso de agua.
--Este buen hombre --dijo la huérfana-- ha perdido el tino. ¡Tan grande
es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se
ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha
vencido?
Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de
las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la
lucha desde otra habitación de la casa.
--Es la artillería francesa --gritaba--. Ahora es ella. Traen más de
doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a
nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa
patrona de España!
Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y
apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante
la imagen, derramaba abundantes lágrimas.
--Los franceses son innumerables --continuó el cura--. Vienen cientos
de miles. En cambio los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto
ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero,
quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están ustedes
en paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo
por la patria y por el Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a
atacar por tercera vez. ¿No veis cómo se aperciben los nuestros para
recibirlos con tanto brío como antes? ¿No oís los gritos de los que han
sobrevivido al último combate? ¿No oís las voces de esa noble juventud?
Gabriel; usted, caballero, quien quiera que sea, ¿habéis visto a las
mujeres? ¿Darán lección de valor esas heroicas hembras a los varones
que huyen de la honrosa lucha?
Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta entonces
jamás había yo advertido en él, se asomaba al balcón, retrocedía con
espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego a nosotros, y
tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás.
--Si yo tuviera quince años, Gabriel --continuó--, si yo tuviera
tu edad... Francamente, hijos míos, yo tengo un miedo horroroso.
En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de
los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí,
señores, lo cogería... ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis
cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus
brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle
en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una
mano increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta
los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas...
¡Oh! yo tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré
yo. Gabriel, caballero, y tú también, Inés, vamos todos a la calle,
a la calle. ¿Oís? Aquí llegan las vociferaciones de los franceses.
Su artillería avanza. ¡Ah, perros! todavía somos suficientes, aunque
pocos. ¿Queréis a España? ¿Queréis este suelo? ¿Queréis nuestras casas,
nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros santos? Pues ahí está, ahí
está dentro de esos cañones lo que queréis. Acercaos. ¡Ah! Aquellos
hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa.
Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de mano, porque
antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan, otros
lo agarran... Mirad: el oficial que los manda parece contrariado;
mira hacia el interior del Parque, y se lleva la mano a la cabeza con
ademán de desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla.
Pero ahora sale el otro con una cesta de piedras de chispa. Cargan con
ellas, hacen fuego... ¡Oh! que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables!
España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros...
Pero ¡ay! los franceses parece que están cerca. Mueren muchos de los
nuestros. Desde los balcones se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si
yo tuviera veinte años... Si yo tuviera veinte años, tendría el valor
que ahora me falta, y me lanzaría en medio del combate, y a palos, sí,
señores, a palos acabaría con todos esos franceses. Ahora mismo, con
mis sesenta años... Gabriel, ¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú
lo que es el honor? Pues para que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo
inútil; yo, que nunca he visto un combate; yo, que jamás he disparado
un tiro; yo, que en mi vida he peleado con nadie; yo, que no puedo
ver matar un pollo; yo, que nunca he tenido valor para ver matar un
gusanito; yo, que siempre he tenido miedo a todo; yo, que ahora tiemblo
como una liebre, y a cada tiro que oigo parece que entrego el alma al
Señor, voy a bajar al instante a la calle, no con armas, porque armas
no me corresponden, sino para alentar a esos valientes, diciéndoles en
castellano aquello de _¡Dulce et decorum est pro patria mori!_
Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había
manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito,
me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde
espectador de aquella heroica lucha, sin disparar un tiro ni lanzar una
piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni
un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después, cuando
vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas
palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una
repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero
con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones.
Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su admirable
buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis propios ojos
cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo, ahogando
todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo era
completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no
parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y voces de su
propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo:
--Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a usted
en algo? Bien habrá comprendido usted...
--Este caballero --dijo Inés--, está muerto de miedo, y no se moverá de
aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina?
--¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! --exclamó el mancebo con un repentino
arrebato que le puso encendido como la grana--. ¿A dónde vas, Gabriel?
--A la calle --respondí saliendo--. A pelear por España. Yo no tengo
miedo.
--Ni yo, ni yo tampoco --afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios,
corriendo detrás de mí.