XXVIII

En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso

ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, buscando

las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que

empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por

los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi acompañante,

ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada

por el fatigoso aliento, me dijo:

--¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante

ladrón, digno de ser fusilado por los franceses?

--Sr. Juan de Dios --repuse apretando más el paso--, no es ocasión de

disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse

en mi casa...

--¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por

qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?...

¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó

al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me

llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién

eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y

razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta...

¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de

espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios

por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome

ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que

tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata

rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un

rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está

allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera?

¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad? Gabriel,

te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé

qué pensar. ¡Cuando vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo

apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos

pecadillos... Pero en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El

Santísimo Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso,

el loco amor que me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás

mudo? ¿Inés me espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer.

¿Está contenta? ¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo

para esperarme fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa?

Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera

vez. ¿Sabes que me da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero

algunas palabras, dándome pie para que después siga yo hablando como

un cotorro. ¿Estás tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya

está al corriente de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará

llorando en mis brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees

tú así? ¿Pero por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has

dicho tú? ¿Qué te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la

carta en que le decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles

del Cielo?... Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la

adoro con tanto fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y

para nosotros una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos

que canten día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí

lo mío, aunque la condenada me clavó las uñas para arrebatármelo.

¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! Por fin, ya muy avanzado el día,

llega D. Mauro y abre el sótano para sacarte... Salimos Restituta y

yo: ella está medio muerta. Su hermano, al vernos... ¡Jesús, cómo se

pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que casarnos el

mismo día. Luego, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama como un

león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte a su

hermana y a mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de

la casa sin contestar a nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio

en la del licenciado Lobo... Todos están allí llenos de terror... ¡los

franceses, los franceses!... ¡ban, bun! Golpean un tabique: acudimos;

se abre un agujero, y apareces tú... ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué

impaciente estará la pobrecita! Cuando me vea, ella romperá, hablará la

primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo estoy seguro de que me quedaré

como una estatua. ¡Si se me quitara esta vergüenza!...

Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones

de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado,

ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío en

mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces, después

de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo de los

mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto en su mayor

parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos rodeaban un

cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos

desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder

a todo el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan

encarnizada como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba

el paso.

En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían hacia

arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, que

aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la Palma

por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros

oídos.

Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la

calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi

casa entre el denso humo de la pólvora.

--No podemos subir --dije al mancebo--, a menos que no nos metamos en

medio del fuego.

--¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo que

también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel.

--No, avancemos. Parece que cesa el fuego.

--Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir:

«¡Victoria, victoria!»

--Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No

son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: ¿no

ve usted los sombreros de piel?

--Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira cómo

agitan las gorras aquellos que están en el balcón.

--Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está:

mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale

a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la

casa.

Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el Parque

con la derrota y retirada del primer destacamento francés que fue a

atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo, creyendo

que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron que

serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para la

resistencia.

Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a

aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las

cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él

y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido

sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y

cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la

tropa cercana.

El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera

hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos

a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de

verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual

habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en el

umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el sombrero

en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa,

sin atreverse a hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés,

enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.

--Aquí, Gabriel --me dijo el clérigo--, hemos presenciado escenas de

grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto,

Madrid entero se levanta contra ellos.

Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa.

--¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que

siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro

patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.

Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos,

profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su

presencia.

--¡Va a empezar otra vez! --exclamó Inés, huyendo de la ventana después

de cerrarla--. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué

gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se hacía pedazos, y

puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras, Gabriel!... Primero

sentimos que unos soldados daban recios golpes en la puerta del Parque.

Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres pidiendo armas.

Dentro del patio un español, con uniforme verde, disputó un instante

con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, abriendo en seguida

las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y

dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que

callase para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los

tiros de fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados

por dos o tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y

otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor

estatura, estaba dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora

y las balas... Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces

me ocultaba en la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la

curiosidad, que sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para

ver todo... ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos

hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados

el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.

Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó

paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura, encarándose

solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la palabra:

--Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis

reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros

enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su

patria querida.

Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan

de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente

en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés

le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que

formulara una pregunta, le dije yo:

--Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.

--Yo... yo... --balbució el mancebo en el momento en que la gritería de

la calle apenas permitía oírle--. Gabriel habrá enterado a usted...

--El miedo le quita a usted el habla --dijo Inés--. Yo también tengo

mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...

En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia

la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle

auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan excitado

estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni

atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí

pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos,

cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles.

Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres

de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo trabajó

hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de

veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz; pero

el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas heroicas

amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial,

de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle

de San Pedro la Nueva[2]. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y

graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de

San José[3], apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues

por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que

invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas.

La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro

la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable

número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las

piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los

artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa

fusilería que tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle

hacía mortífero, incesante fuego.

[2] Hoy del Dos de Mayo.

[3] Hoy de Daoiz y Velarde.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 33 / 40 题