En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso
ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, buscando
las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que
empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por
los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi acompañante,
ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada
por el fatigoso aliento, me dijo:
--¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante
ladrón, digno de ser fusilado por los franceses?
--Sr. Juan de Dios --repuse apretando más el paso--, no es ocasión de
disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse
en mi casa...
--¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por
qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?...
¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó
al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me
llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién
eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y
razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta...
¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de
espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios
por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome
ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que
tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata
rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un
rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está
allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera?
¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad? Gabriel,
te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé
qué pensar. ¡Cuando vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo
apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos
pecadillos... Pero en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El
Santísimo Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso,
el loco amor que me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás
mudo? ¿Inés me espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer.
¿Está contenta? ¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo
para esperarme fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa?
Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera
vez. ¿Sabes que me da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero
algunas palabras, dándome pie para que después siga yo hablando como
un cotorro. ¿Estás tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya
está al corriente de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará
llorando en mis brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees
tú así? ¿Pero por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has
dicho tú? ¿Qué te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la
carta en que le decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles
del Cielo?... Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la
adoro con tanto fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y
para nosotros una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos
que canten día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí
lo mío, aunque la condenada me clavó las uñas para arrebatármelo.
¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! Por fin, ya muy avanzado el día,
llega D. Mauro y abre el sótano para sacarte... Salimos Restituta y
yo: ella está medio muerta. Su hermano, al vernos... ¡Jesús, cómo se
pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que casarnos el
mismo día. Luego, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama como un
león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte a su
hermana y a mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de
la casa sin contestar a nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio
en la del licenciado Lobo... Todos están allí llenos de terror... ¡los
franceses, los franceses!... ¡ban, bun! Golpean un tabique: acudimos;
se abre un agujero, y apareces tú... ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué
impaciente estará la pobrecita! Cuando me vea, ella romperá, hablará la
primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo estoy seguro de que me quedaré
como una estatua. ¡Si se me quitara esta vergüenza!...
Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones
de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado,
ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío en
mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces, después
de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo de los
mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto en su mayor
parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos rodeaban un
cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos
desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder
a todo el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan
encarnizada como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba
el paso.
En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían hacia
arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, que
aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la Palma
por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros
oídos.
Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la
calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi
casa entre el denso humo de la pólvora.
--No podemos subir --dije al mancebo--, a menos que no nos metamos en
medio del fuego.
--¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo que
también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel.
--No, avancemos. Parece que cesa el fuego.
--Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir:
«¡Victoria, victoria!»
--Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No
son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: ¿no
ve usted los sombreros de piel?
--Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira cómo
agitan las gorras aquellos que están en el balcón.
--Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está:
mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale
a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la
casa.
Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el Parque
con la derrota y retirada del primer destacamento francés que fue a
atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo, creyendo
que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron que
serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para la
resistencia.
Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a
aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las
cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él
y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido
sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y
cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la
tropa cercana.
El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera
hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos
a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de
verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual
habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en el
umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el sombrero
en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa,
sin atreverse a hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés,
enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.
--Aquí, Gabriel --me dijo el clérigo--, hemos presenciado escenas de
grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto,
Madrid entero se levanta contra ellos.
Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa.
--¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que
siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro
patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.
Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos,
profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su
presencia.
--¡Va a empezar otra vez! --exclamó Inés, huyendo de la ventana después
de cerrarla--. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué
gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se hacía pedazos, y
puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras, Gabriel!... Primero
sentimos que unos soldados daban recios golpes en la puerta del Parque.
Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres pidiendo armas.
Dentro del patio un español, con uniforme verde, disputó un instante
con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, abriendo en seguida
las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y
dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que
callase para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los
tiros de fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados
por dos o tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y
otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor
estatura, estaba dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora
y las balas... Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces
me ocultaba en la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la
curiosidad, que sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para
ver todo... ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos
hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados
el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.
Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó
paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura, encarándose
solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la palabra:
--Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis
reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros
enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su
patria querida.
Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan
de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente
en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés
le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que
formulara una pregunta, le dije yo:
--Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.
--Yo... yo... --balbució el mancebo en el momento en que la gritería de
la calle apenas permitía oírle--. Gabriel habrá enterado a usted...
--El miedo le quita a usted el habla --dijo Inés--. Yo también tengo
mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...
En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia
la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle
auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan excitado
estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni
atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí
pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos,
cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles.
Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres
de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo trabajó
hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de
veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz; pero
el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas heroicas
amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial,
de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle
de San Pedro la Nueva[2]. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y
graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de
San José[3], apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues
por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que
invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas.
La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro
la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable
número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las
piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los
artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa
fusilería que tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle
hacía mortífero, incesante fuego.
[2] Hoy del Dos de Mayo.
[3] Hoy de Daoiz y Velarde.