Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés,
antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que
habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en mi
humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte. Ya
le había yo informado por escrito de la verdadera situación en casa
de los Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa
tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas
teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya
habrán comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran
menores que las nuestras.
--Pero, hijos míos --nos dijo--, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es
posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón?
Vosotros huís de la perversidad de aquellos dos hermanos, y yo también
huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me
persiguen como a un criminal.
Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros,
para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra
alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y
tacañerías de los tíos de Inés.
--Dios nos ayudará --continuó el cura--. Veamos ahora cómo salimos de
Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo
del Príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No solo
amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que
me han armado, Gabrielillo... y también te acusan a ti... ¿Has visto
qué pícaros?... Que si escribíamos cartas... que si tú las llevabas...
Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle
lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le
dije nada, porque con esta mi cortedad de genio... En resumen, hijo,
sabiendo que me iban a prender, me puse en camino callandito, y pienso
presentarme al señor Patriarca para que disponga de mí. Pero oíd lo
mejor. ¿Creeréis que ese tunante de Santurrias es quien más sañudamente
me ha perseguido, dando testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada;
es cierto lo que yo dije en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije
que la ingratitud es el más feo monstruo que existe sobre la tierra.
_Vilissima et turpissima hydra._ ¡Quién lo había de pensar!
--Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para salir
de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos?
--Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en Él, y entre
tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho
días estaba en Aranjuez la señora Marquesa de ***, persona discreta,
temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas
necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité
yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable.
Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando
grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi,
suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la Corte, no
dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo
repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla me ha llamado
mucho la atención.
--También a mí --repuse--. Conozco a la señora Marquesa, en cuyo
palacio representé cierto papel de traidor, de que no quisiera
acordarme. Era en la misma casa donde ustedes vivían.
--Pero la señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la primavera
se traslada a la casa de su hermano, allá por la Cuesta de la Vega, en
un palacio que tiene muy amenos jardines y espacioso horizonte hacia
la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne señora,
honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha dicho
infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina, y
que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y
valimiento para cualquier asunto.
--En esa señora nos manda Dios un comisionado para salir de este apuro
--dije yo, sintiéndome con mayores ánimos--. Le contaremos lo que nos
pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando vea a
Inés... ¡Ay! se me figura que el empeño de la Marquesa en ver a Inés no
es simple curiosidad. En fin, visitarémosla hoy mismo, y Dios dirá.
--Temo salir a la calle.
--Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por
los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora
Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted,
le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de
Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más.
--Me parece bien; ¿y si te ven?
--Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas
con que perderme de vista.
Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un
plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un
siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un
camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado
aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no
repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era
impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que
caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como
la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio
interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás
pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro.
--Esto que ves es el Parque de Artillería, niña --le dijo D.
Celestino--. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los
artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del
abastecedor en busca de las provisiones.
--¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas,
iguales todas y puestas con mucho orden? --preguntó Inés sin dar tregua
a su admiración.
--Esas son balas, chicuela --repuso el clérigo--. Los hombres han
inventado esos juguetes para matarse unos a otros.
--Esas balas se meten en los cañones que están allí junto --dije yo,
queriendo mostrar mi erudición--, y poniendo también pólvora y un
cartucho, se dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se
vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar!
¡Si tú me hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses.
--¡Quiten para allá... ay, ay! --exclamó con miedo D. Celestino--. Solo
de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar.
Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara, y salí
a la calle después que D. Celestino, echándome algunas bendiciones,
rezó un _pater noster_ por mi seguridad y buena suerte en la comisión
que iba a desempeñar.
Alejándome todo lo posible del centro de la Villa, llegué a la plazuela
de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable: un gran
gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del Factor,
de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía toda la
calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que sería
probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré
abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto
menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por
aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar.
Tan abstraído estaba yo en mis propios asuntos, que durante algún
tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa
reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía
o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos
y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y
pregunté a los que me rodeaban:
--¿Pero qué quiere toda esa gente?
--Es que se van, se los llevan --me dijo un chispero--, y eso no lo
hemos de consentir.
El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran o
dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, intenté seguir mi
camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo.
Estremecime de terror, creyendo hallarme nuevamente en las garras del
licenciado; pero no se asusten ustedes: era Pacorro Chinitas.
--¿Conque parece que se los llevan? --me dijo.
--¿A los Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene
sin cuidado.
--Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos,
y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en
jugar, y por eso no te importa.
--Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado en lo que a mí
me pasa.
--Tú no eres español --me dijo el amolador con gravedad.
--Sí que lo soy.
--Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada.
--Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.
--Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas?
Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga
por delante.
--Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días
sin salir a la calle.
--No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo
que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el
amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya
no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta.
Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey y
sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.
--Gabriel --me dijo mi amigo, pasado un rato--, ¿te gusta que te manden
los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz
esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser
soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que
nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador
quiera que seamos?
--¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses
son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro Rey, cualquiera que sea, no lo
consentiría.
--No tenemos Rey.
--¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?
--Se llevan todos los Infantes.
--Pero habrá Grandes de España y señores de muchas campanillas, y
Generales y Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta
aquí llegó. Ni un paso más.»
--Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan a
la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.
--Pero aquí tenemos tropas que no consentirán...
--El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les
dejen hacer.
--Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque
dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español
de los que vistan uniforme lo consienta?
--El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada
veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora,
Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador
Napoleón.
--¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar,
no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles
que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces...
--No tenemos armas.
--Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos,
todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse.
--Napoleón ha vencido a todas las naciones.
--Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas.
--¡Llorar! --exclamó el amolador, cerrando los puños--. Si todos
pensaran como yo... No se puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo
soy hombre de paz; pero cuando veo que estos condenados franceses se
van metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando
veo que se llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles
echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que
ellos están muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos
de los siglos, me dan ganas... no de llorar, sino de matar, pongo el
caso, pues... quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo
en el pelo de la ropa, levanto la mano... mejor dicho, abro la boca y
me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el oficio que tengo. El
francés me gusta; pero allá en su tierra.