XXVI

Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba,

apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las

clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos

llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten

de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un

pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración.

La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos

los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante

ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque

el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación

colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo

tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden

oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de

enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional,

y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo.

Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos.

Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo

para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un

conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves.

La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira,

la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras

algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres

discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha.

El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial

francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto

se unió a aquel otro oficial español, que acudía como en auxilio del

primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo

estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una

pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana,

no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no

había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me

pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.

--¡Que viene la artillería! --clamaron algunos.

Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión

general, casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva[1]. La

curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de

mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló

la sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas,

heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles

que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de

un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería

enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos,

que huían con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que

parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel

choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían

como fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las

pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y

corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas,

armas, armas.» Los que no vociferaban en las calles, vociferaban

en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños

eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería

todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la

más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de

cualquier herramienta. Todo servía, con tal que sirviera para matar.

[1] Hoy de Bailén.

El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente

armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración

silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista

y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las

cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas

y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.

La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de

rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio,

renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron

que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban el mismo

aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en

el bosque seco azotado por impetuosos vientos.

En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la

Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era

considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres

y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la

Plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la

calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer

choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una

veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos,

fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas

por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna

peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse

súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en

la fuerza del contrario.

Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas

armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían

por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el

incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos

con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento

a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin

matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de

los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues

cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un

portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban

en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que

sus patronos les impidieron la salida.

No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la

Puerta del Sol. Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos,

cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la

Chamberga, y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un

fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz

maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado, y

la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el

coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a

arma blanca.

Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro,

y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió

del grupo cercano, exclamando con frenesí:

--¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno

vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de

pitiminí?

--Mujer --dijo Chinitas, cargando su escopeta--, quítate de en medio.

Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.

--¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! --gritó la

Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido--. Con el aire que

hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.

Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros

blandiendo su sable.

--¡Menegilda! ¿Tienes navaja? --dijo la esposa de Chinitas con

desesperación.

--Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.

--¡Aquí estamos, espanta-cuervos! --bramó la maja, tomando de manos de

su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.

El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los tiros,

se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre

los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que

el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta

caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba

con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por

otros cuatro que a la sazón llegaron.

Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado

como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del

Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza,

diciéndole:

--¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las

pesas del reloj del Buen Suceso.

El amolador se volvió hacia mí y me dijo:

--Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para

escarbarte los dientes?

En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante

me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más

probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de

la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido;

pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que

ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos tenía.

--¿Pa qué está aquí esa lombriz? --dijo la Primorosa, encarándose

conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada--. Descosío: coge

ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?

--Vamos: aquí no hay nada que hacer --afirmó Chinitas, encaminándose

con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.

Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose

de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.

--¿Se acabaron los franceses? --dijo una maja, mirando a todos lados--.

¿Se han acabado?

--No hemos dejado uno pa simiente de rábanos --contestó la Primorosa--.

¡Viva España y el Rey Fernando!

En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no

distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido

de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos,

después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no

había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los

paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la

importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños

habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron

al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de

ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían

medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque

los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y

sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.

Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran

contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la

calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas

otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más

formidable.

--¿Son muchos? --preguntó la Primorosa.

--Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se

siente ruido de tambores.

Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los

jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía;

pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 31 / 40 题