Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba,
apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las
clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos
llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten
de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un
pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración.
La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos
los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante
ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque
el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación
colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo
tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden
oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de
enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional,
y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo.
Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos.
Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo
para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un
conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves.
La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira,
la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras
algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres
discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha.
El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial
francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto
se unió a aquel otro oficial español, que acudía como en auxilio del
primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo
estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una
pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana,
no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no
había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me
pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.
--¡Que viene la artillería! --clamaron algunos.
Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión
general, casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva[1]. La
curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de
mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló
la sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas,
heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles
que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de
un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería
enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos,
que huían con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que
parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel
choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían
como fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las
pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y
corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas,
armas, armas.» Los que no vociferaban en las calles, vociferaban
en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños
eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería
todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la
más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de
cualquier herramienta. Todo servía, con tal que sirviera para matar.
[1] Hoy de Bailén.
El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente
armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración
silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista
y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las
cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas
y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.
La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de
rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio,
renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron
que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban el mismo
aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en
el bosque seco azotado por impetuosos vientos.
En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la
Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era
considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres
y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la
Plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la
calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer
choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una
veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos,
fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas
por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna
peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse
súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en
la fuerza del contrario.
Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas
armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían
por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el
incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos
con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento
a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin
matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de
los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues
cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un
portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban
en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que
sus patronos les impidieron la salida.
No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la
Puerta del Sol. Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos,
cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la
Chamberga, y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un
fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz
maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado, y
la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el
coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a
arma blanca.
Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro,
y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió
del grupo cercano, exclamando con frenesí:
--¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno
vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de
pitiminí?
--Mujer --dijo Chinitas, cargando su escopeta--, quítate de en medio.
Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.
--¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! --gritó la
Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido--. Con el aire que
hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.
Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros
blandiendo su sable.
--¡Menegilda! ¿Tienes navaja? --dijo la esposa de Chinitas con
desesperación.
--Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.
--¡Aquí estamos, espanta-cuervos! --bramó la maja, tomando de manos de
su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.
El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los tiros,
se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre
los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que
el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta
caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba
con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por
otros cuatro que a la sazón llegaron.
Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado
como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del
Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza,
diciéndole:
--¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las
pesas del reloj del Buen Suceso.
El amolador se volvió hacia mí y me dijo:
--Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para
escarbarte los dientes?
En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante
me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más
probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de
la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido;
pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que
ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos tenía.
--¿Pa qué está aquí esa lombriz? --dijo la Primorosa, encarándose
conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada--. Descosío: coge
ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?
--Vamos: aquí no hay nada que hacer --afirmó Chinitas, encaminándose
con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.
Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose
de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.
--¿Se acabaron los franceses? --dijo una maja, mirando a todos lados--.
¿Se han acabado?
--No hemos dejado uno pa simiente de rábanos --contestó la Primorosa--.
¡Viva España y el Rey Fernando!
En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no
distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido
de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos,
después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no
había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los
paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la
importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños
habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron
al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de
ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían
medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque
los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y
sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.
Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran
contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la
calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas
otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más
formidable.
--¿Son muchos? --preguntó la Primorosa.
--Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se
siente ruido de tambores.
Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los
jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía;
pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba.