Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye de
las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su miedo.
--Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí?
--Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has
entrado aquí dentro?
--¿No sabe usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el momento
de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de salir.
--¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡qué casualidad!
Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta...?
--Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado,
me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay! este
fue el crítico momento en que se apareció Doña Restituta. Puede usted
figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para
ponerme en libertad. Dios le ha enviado a usted.
--Óyeme, Gabrielillo --añadió con más sosiego--. Ya te dije que mi
fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la
pido de improviso, estoy seguro de que no me la han de dar. Por
consiguiente, yo la tomo. Mira lo que hay allí.
Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de
Dios prosiguió de este modo:
--Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes
moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo
Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo,
¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y
que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.
--¿Y qué pecados son esos?
--Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde
ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados
son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a
Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave
con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente
falsificada; las llaves no valen menos.
--¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?
--Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá leído;
sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía, su
zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato
será mía. ¿Cuento contigo?
--Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más --dije, discurriendo
cuál sería el mejor modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta
y a su prometido esposo.
--¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de
estas fieras --dijo Juan de Dios--. La pobrecita me estará esperando
ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla
desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son
desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o
como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va?
--De eso sí que no sé palotada --contesté, tratando de dejar a un lado
la geografía--. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña
Restituta?
--Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin
hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar
sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa.
Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel,
yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de
alegría o de pena.
--¿Le parece a usted --dije, afectando oficiosidad-- que suba pasito a
pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela?
--Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y
en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante.
Yo despacharé eso fácilmente.
No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no subía, volaba.
Mi resolución, prontamente tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde
dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando
oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su
vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad
material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino
que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos
los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no
pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran
el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas,
exclamando con sofocante precipitación:
--Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente.
Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos
hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla
de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién
es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi
fidelidad!
Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al anonadamiento,
a la estupidez.
--¡Juan de Dios! --exclamó--. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser...
tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa
Cruz...
--¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa carta
que el caballerito me dio para su novia --dije, entregándole la carta
del mancebo.
Restituta la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas;
recorrió muy de prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome
después:
--¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese
miserable, a quien hemos dado de comer!...
--¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el
sótano abriendo el arca del dinero.
No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta.
Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso
sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro.
--Venga usted y lo verá con sus propios ojos --dije, tomándole de la
mano e impeliéndola hacia afuera.
Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo terror,
la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, y con
frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para arrancarse
algunos o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de sus ojos a
nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla vencida, me
causaba miedo.
Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros
ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido
de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando
el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un
estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana
por la descarga de poderosas pilas eléctricas, sacudió sus miembros.
Precipitándose ciegamente por la escalera, exclamó:
--¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años!
Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto
peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis
manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había
quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de
pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro
y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había
sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran
podido levantarlo desde abajo.
Concluido esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué
santo encomendarse.
--¡Ya eres libre, Inés! --grité con intensa alegría--. Vístete, vámonos
pronto. No perder un momento: puede venir el amo.
Vistiose tan precipitadamente que la vi medio desnuda. Pero ni ella,
con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me
estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla
a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos
de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor de
encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la
Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos
sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba
en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en
derredor, y no vi más que dos perros que se disputaban un hueso. El
chorro de la fuente alegraba nuestras almas con su parlero rumor.
--Ya estás libre, condesilla --dije, reclinándome sobre el pecho de
Inés--. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré
nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana
de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo.
Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de
cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores,
desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el
fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando
nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el
cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre.