--¡Pero si apenas puedo creerlo! --exclamaba mi ama--. ¿Conque la
señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba
con su carita de Pascua. Ven acá --añadió dándome golpes--. ¿A dónde
ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de
doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos
vivo. Pero di, ¿robabas a Inés?
--¡Sí, vieja bruja! --respondí con furia--. ¡Me iba con ella!
--Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle --dijo D. Mauro,
clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa.
Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre
aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me
mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí
recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los
pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos
picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más
carne.
--Y sin duda fuiste tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme
de la casa, pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de
almoneda. Este chico merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca.
--¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! --dijo
Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho.
--Si tenemos metido el infierno dentro de la casa --añadió Restituta--.
La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de
caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo
nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.
El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre
mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que
ampara hasta a los criminales, dijo:
--Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he
dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito
espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas
que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora,
ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está caído
y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la nación se
vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les quitamos
ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en el
destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo en
estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los
principales servidores de la real persona!
--Pero ¿a qué viene tanta palabrería --dijo impaciente Requejo--, ni
qué tiene eso que ver?...
--Tiene que ver... --prosiguió el hombre de la Justicia-- porque
¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que
ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del
Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos
buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?
Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto.
--Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación --prosiguió el
leguleyo--. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la
secretaría de Estado un volante mandando que se diese a este joven
una plaza en las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué
tal, señores? ¿Y por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece
que sabe latín, y compuso un poema en versos latinos; y algunos de
esos alcahuetones que lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe,
diciéndole que mi niño era un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más
mentiras! Ya se ve: cuando en la secretaría de Estado recibieron el
volante, se escandalizaron, porque ya había caído el Príncipe de la
Paz, y aquellos eminentes repúblicos, después de poner en la calle
a Moratín, esperaron a que se presentara este prodigio, si no para
colocarle, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que
coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano,
el gallego y el castellano; así es que al punto mi compañero y yo
pusimos una _diligencia en busca_ para tener antecedentes de esta buena
pieza, y hemos conseguido probar: que en Aranjuez vivía con el curita
D. Celestino; otrosí, que todos los días iban ambos a casa de Godoy;
otrosí, que el chico le escribía las cartas y las traía a Madrid los
domingos al Embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba para entrar
en cierta taberna a oír lo que se decía, y otras muchas bribonadas de
que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención.
--¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el
haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa --dijo Restituta.
--Por supuesto, que lo del latín era pura farsa.
--Pues no hay que andarse con chiquitas --dijo mi amo--, sino
entregarle a la justicia.
--Eso corre de mi cuenta --repuso Lobo--. Veremos qué responde a los
cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense
de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que
hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a
Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa.
--¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! --vociferó D.
Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días--. Sr. de Lobo,
quítemelo, quítemelo usted de entre las manos, porque acabo con él.
Estoy furioso. ¡Qué día, señor San Antonio de mi alma! ¡Qué día!
--Yo me encargaré del mocito --dijo Lobo--. Lo único que les pido es
que me lo guarden hasta mañana.
--¿Hasta mañana?
--Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor
--observó mi ama.
--¿No hay lugar seguro donde encerrarle?
--¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará
como en un sepulcro --dijo Requejo--. Dificililla es la salida, y puedo
irme tranquilo.
--¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche?
--¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir sino a
Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado?...
--Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la
sobrinita...
--Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén
de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse
loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y diciéndome que
acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo todo.
--¿Y va usted?
--Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre.
¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al
santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo.
--En el Cielo no gustan de despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en
la casa a este ladronzuelo?
--En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de Lobo
disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la
sepultura? Solo Dios puede sacarle.
--¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas!
--Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se quedará
en casa esta noche.
La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en
el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran
compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado
por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que
me impulsaban escalera abajo. Don Mauro cerró el escotillón, riendo
con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me
encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar
que allí estaba como en un sepulcro. Solo Dios podía sacarme.
Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de mi
cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca de
hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis
amos la convicción de que era imposible la salida?
Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de
ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid
antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños han
buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de modo que
cada albergue es una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no
tenía en su sótano luces a la calle: la oscuridad era absoluta y el
silencio también, excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis
brazos a derecha, a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos
endurecidos por un siglo, no tan húmedos como los que describen los
novelistas, cuando el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra
donde ocurren maravillosas y nunca vistas aventuras.
Como he dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la
paz de aquel antro, donde era posible llegar al convencimiento de
no existir, existiendo. Todo un arsenal de herramientas no habría
bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga habría sido
pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me
resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en
pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos
voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento.
Acosteme rendido de fatiga en el suelo, y medité. Mi prisión no me
parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro.
Quise pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en Dios.
Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia,
comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran
pesadumbre de males, y cruzándome de brazos incliné la cabeza,
esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como
esta esperanza me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas
ocasiones había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y
con esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor
de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se
diferencia mucho al sueño de todos los días; así es que el mío fue,
conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que
se representa el malestar real que experimentamos en proporciones
informes, estrambóticas, monstruosas.
Yo percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al
mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna, ni a la flora, ni al
cielo, ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos
que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía
una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que
se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación
de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me
dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa,
pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna
vez con este soñar absurdo? Las ideas se mezclan con las visiones, y
estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella
aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul,
verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego
concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como
un punto, para luego ser grande como el universo. El interminable
silogismo era: «La justicia triunfa siempre: los Requejos son unos
pillos; Inés y yo somos personas honradas. Luego nosotros triunfaremos.»
Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando
percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación.
¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté
que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo
en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del
sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías;
a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento
subterráneo; a mi derecha una escalera, por la cual descendía la
claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y
así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban
lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró;
pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla.
Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona.
Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que se
alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me
miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la
brujería.
Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como es
natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y no
parece pertenecer al mundo de los muertos.