Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el
licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de
cinta en toda la semana.
--Porque --decía-- la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie
compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la
mañana nos quedemos todos en camisa.
--Pues aquí nada se ha hecho tampoco --dijo Requejo--; y si ahora no
trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata
del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que
pedir limosna.
--¿Y usted va a dar de comer a esa gente? --preguntó con inquietud Doña
Ambrosia--. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten todos?
--¿Pero no era usted --preguntó Lobo-- tan amiga del francés, y decía
que si Murat la miró o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha
habido algo con ese caballero?
--¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese
señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que
vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra
vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo.
--¡Bah! --dijo Lobo--. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a
que le reconozca Napoleón?
--No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas me
le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es quitarle
la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos que el
Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a perder.
Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y ahora si
se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos daríamos
con un canto en los pechos.
--No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo
--dijo Requejo--. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña
Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de
pobre.
--Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni
_zamacucos_, ni _tragones_, ni nada de toda esa canalla, que no viene
aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre están
ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay.
Si es lo que yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta
intención o la otra. Lo que tiene es hambre, mucha hambre.
--Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo --afirmó el
licenciado--, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido,
vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal.
--¡Qué majadería! --exclamó la señora de los Linos--. Aquí nos están
haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida
de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos.
Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados,
y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas;
díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los
principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en
alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo,
y es persona que ha de hacer lo que dice.
--Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra
los franceses --dijo Requejo.
--Si hay levantamiento --afirmó Restituta-- y mueren unos cuantos
cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas
menos, y la contrata no disminuirá por eso.
--Has pensado como una doctora --observó D. Mauro--. ¿Pero y si se van?
--Se irán cuando nos hayan molido bastante --añadió Doña Ambrosia--.
¡Pues no tienen poca facha esos señores! Van por las calles dando unos
taconazos y metiendo con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás
ferretería, más ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!...
Parece que se quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya
les verá usted correr el día en que el español diga: «por ahí me pica,
y me quiero rascar.»
--Eso es música --dijo Lobo--. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y
el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es
amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de
irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al
Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo
las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que
asusta.
--Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano --continuó Doña
Ambrosia--. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo
esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos
como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos
guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos
dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y
en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por
delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su
mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como
este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un
cochero simón no se le pondría, lo cual prueba que este Emperador es
un grandísimo gorrino, con perdón sea dicho.
--Veinte mil franceses tenemos aquí --dijo D. Mauro con expresión
meditabunda--. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho
pimentón, mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil
bocas! Y dicen que traen hambre atrasada.
--Por supuesto, hermano --dijo Restituta--, el dinerito por adelantado.