D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas.

--Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario para

el gasto de la casa? --preguntó la digna hermana--. Porque están unos

tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada...

--Vaya, vaya --dijo Doña Ambrosia--. Poco mal y bien quejado. Más

dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito,

Restituta, ¿cuándo se casa usted?

--¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.

--No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide?

--Ya está decidida --afirmó vivamente Restituta--. La pícara harto

disimula su satisfacción. _Este_ la tiene muy mimosa.

--Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al

matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la

conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós.

Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido a

acostarse las dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y

el mancebo haciendo las cuentas de la contrata.

Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y

cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la

tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí

como procedentes de la exprimida laringe de Restituta.

--Sin duda hay ladrones en la casa --dije levantándome.

Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con una

tranca, diciendo:

--¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy hombre

que se deja quitar el fruto de su honradez!

--No son ladrones --dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la

ira--; no son ladrones, sino otra cosa peor.

--¿Pues qué son, con mil pares de diablos?

--Es que... --continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que

también había acudido con un palo--. Inesilla... bien decía yo que

esa muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una

trapisondista, una perdida de las calles.

--A ver... ¿qué ha hecho?

--Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en sueños.

¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras

que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré siempre;

juro que te querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea

rica, cuando sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin

ti.» Estuvo callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de

quererte? Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós:

siento la voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada

niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas

de las manos a su boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece,

hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre

ella; despertose despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho

este ramo de violetas.

Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba

del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego, tomando el

ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue pisoteado

_alterno pede_ por ambos furiosos hermanos.

--¡Conque dice que soy un buitre! --exclamó él echando chispas--. ¡Un

buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el

pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese

ramo, ¿quién le ha dado ese ramo?

--Pero Mauro...

--Pero Restituta...

Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera

a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo

sus luminosas ideas en rápida meditación dijo:

--Tiene amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí?

Esto es para volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.

Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso a

mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa,

imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto,

hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que

apartara de mí toda sospecha.

--Señor --dije a mi amo--, estaba esperando a que su merced acabara

de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta

picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos

pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito

miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía,

arrojó una cosa...

--¡Eso, eso fue... el ramo! --exclamó Requejo.

--Anoche mismo --continué-- pensaba decírselo a su merced; pero como

estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios

haciendo números...

--¿Y ella se asomó al balcón? --preguntó Restituta.

--Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero

encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A

fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando

salen de casa, la niña no se reiría de nosotros.

--¡Esto no se puede aguantar! --exclamó fieramente D. Mauro--. Vaya,

acuéstense todos, que mañana le leeré yo la cartilla a la señorita.

Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo hablando

con su hermana.

--Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado,

será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si

soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin

darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos

el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que

no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí,

señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no

tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las

calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla

escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no,

de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas

me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas,

será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal

con el cuchillo de abrir las latas de pomada.

Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y

la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa,

le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 26 / 40 题