Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada de
nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la
uniformidad de la casa de los Requejos.
Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan
cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta
era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho
implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste, y sin
duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de hacerse
amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la conciencia
de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso interés, que
era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente afable y hasta
cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de educación,
de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no
solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba
interesar.
Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos aumentaban
de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no
me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré por todos
los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos hermanos,
fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. Yo
aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules: aspiraba
a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde jamás
entrara persona alguna.
Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si
me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en su último
delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos y cuartos, me
ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos
ingredientes en un gran cucurucho. Como esta operación la hacía yo de
modo que Doña Restituta me observase, preguntome un día cuál era mi
objeto, y le contesté:
--Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia alimenticia?
--¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de
los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia alimenticia?
--Ya lo creo; y me asombra que usted no sepa que hay en Madrid un
jardinero francés que compra todo esto para criar unas endemoniadas
yerbas farmacéuticas que han inventado ahora.
--¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada.
--Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la
señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le
daban sus cuatro cuartos como cuatro soles.
Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar
a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi
fingida venta, me decía:
--Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como tú.
También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían
con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de
papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados,
diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga
venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi
salario, dije a Doña Restituta:
--Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas
mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si algún
día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo
entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y primero
me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un maravedí.
--¡Ay, Gabriel! --me contestó, rebosando satisfacción--, no he visto
nunca un chico como tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta
casa, donde reinan el orden y la economía. Eres un rapaz de provecho:
si sigues trabajando, a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta
duros; y si siempre persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de
tu vida... (pongamos que vives sesenta años más...) con un capital de
trescientos sesenta duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás
antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con tu
dinero.
Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el
punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré
nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser
encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay!
cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara
del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el
impasible, el mecánico, el glacial mancebo.
Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera
ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin
género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había
excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no
da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están
la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y
la hortera en que ha de meter el dinero; un hombre que en todas las
ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel
para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha
de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al
poco tiempo de conocer yo a Juan de Dios, ocurrió algún percance en el
misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado.
Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado con
asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios.
Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo o
contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la
Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la
tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de
un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería
_poplín_, _cotepalis_, _organdís_, _madapolanes_ o _muselinetas_, y en
vez de traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza; iba a
la trastienda, y salía después a preguntar de nuevo, porque se le había
olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco,
lo cual parecía imposible al que en sus buenos tiempos le hubiese
conocido, y su mirada, siempre mortecina y tristona, como la llama de
un candil que se apaga, indicaba últimamente una resignación, un dolor
que no son susceptibles de descripción ni pintura.
Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia de
la casa. Inés, encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al
través del muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla
de allí, discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por
si era posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la
tienda, y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a
Juan de Dios:
--¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza
en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es
alguna fiera?
Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o
vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le
agolpaba en la frente, y me habló así:
--Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena
y tan humilde?... Ya estará libre... --dijo el hortera, como hablando
consigo mismo.
Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví hacerle
hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la huérfana.
--Verdad es --dije-- que como está tan mal criada...
--¡Mal criada! --exclamó el dependiente con viveza--. Tú sí que eres un
mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa,
me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión...
--Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido, y
D. Mauro quiere que sea su mujer.
Al oírlo, Juan de Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo.
--¡Casarse con ella! --exclamó--. No, no; eso no puede ser.
--Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de
obligarla?
--Es verdad. No, no la obligarán.
Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por
la prisionera.
--Pues si ella no quiere --afirmé--, será una obra de caridad sacarla
de aquí.
--¿Tú crees lo mismo? --me preguntó con ansiedad.
--Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya
le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito.
--Gabriel --me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre
mi brazo--, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría
un proyectillo.
No había más remedio que fingir gran indignación contra los Requejos, y
así lo hice, diciendo:
--¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, sobre
todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si mi amo
se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor día...
--Nuestros patronos son muy crueles --dijo él con la gravedad de quien
revela importante secreto.
--¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de
vender a Cristo por dos maravedís.
El semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de
vacilar un momento entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el
corazón con ambas manos, y me dijo:
--Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco.
--¿De quién? ¿Por quién?
--No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que
me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los
carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te
admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel,
¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y
no te has vuelto loco?
Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras.
--Inés es una gran personita --respondí--. Hace usted bien en quererla,
y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con
Doña Restituta?
--¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué
a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido
hembra más repugnante que esa?
--No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de
Inés, que es lo que a usted le interesa.
--Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este
secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde
que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo
había dicho muchas veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no
sé lo que es...» Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida
trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer
que vivía en mi casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en
Francia, de padres españoles; me crié en un convento, y cuando salí
de él a los veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres
todas eran el Demonio, pues así me lo decían los frailes del convento
de Guetaria. Así es que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba
los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre he sido melancólico y...
no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes
ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón,
que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los
Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... te contaré
punto por punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como
las mujeres que yo he visto siempre; quedeme asombrado contemplándola,
y hasta se me figuró que la había visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué
sé yo! sin duda dentro de mí mismo. Todo aquel día pensé en ella, y al
día siguiente, que era domingo, me fui, después de oír misa, a mi paseo
de los Melancólicos. Allí di mil vueltas, figurándome que hablaba con
ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de seguro no cabrían
en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había mirado nunca,
hasta que una noche... estábamos comiendo; yo fui a coger un plato, y
como me temblaba la mano, le dejé caer al suelo y se rompió. Restituta
se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades.
Entonces Inés alzó los ojos y me miró.
Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción
del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su dama.
--Pues ánimo --le dije--: la madamita es linda y buena. Sáquela usted
de aquí.
--¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? --exclamó con decisión--.
Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito
decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me
corresponderá?
--Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su
cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves?
--Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera,
he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para
decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?»
--Pues de esa manera no consigue usted nada --le contesté--. ¡Ah! Vea
usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas
comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted
la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi
invención?
--Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las
dejan menos esa.
--Entonces todo está perdido.
--No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo de cera,
enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a servirme, mira
lo que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado
esta mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está
sobre la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la
ama», pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan,
le llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya
ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así?
--Todo lo que usted me mande.
--¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del
revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay! yo
de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy,
consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de cierto
que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz que...
no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme: yo me la
llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, solitos los
dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando
por qué camino se va a una de esas islas desiertas que, según dicen,
hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo,
si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso me creo
capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer cuantas
dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la tierra y
beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel, ¿llevarás a
Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando le hable una
vez, se me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que
ella me amará?
La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez
más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una determinación
impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante el más difícil
propósito. El secreto confiado causome tanto asombro como miedo, porque
si bien el amor del mancebo podía ser un gran auxilio para la evasión
de Inés, también podía ser obstáculo.
Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas
de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi
desgraciada amiga.
--Inés --le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz--, toma esas
flores que he comprado para ti.
--Gracias --me contestó.
--Niñita mía --continué--, mételas en tu seno, para que la bruja de tu
tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?.
--En eso estoy --repuso la dulce voz dentro del cuarto--. Vaya, ya
están.
--Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has de
querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de...
quiero decir... a nadie.
--¿Qué estás ahí hablando?
--Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora,
rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás?
¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás.
La prisionera reía en su cárcel.
--Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué
guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya
siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.