--Estamos solos, Inés --le dije--. Ahora podremos hablarnos y vernos.
En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia
Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras,
ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más
que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un
desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación
alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que
en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas,
los mueras, las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo
no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un
insignificante insecto.
--Gracias a Dios que nos han dejado solos --dijo Inés, estrechándose
más contra mí.
--¡Inés de mi corazón! --exclamé yo--. ¡Cuánto deseaba hablarte!
¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y
si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte.
Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y
poderosa; tendrás todo lo que es tuyo.
--Yo no tengo nada --me contestó.
--Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé, y
que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo.
--¿Qué estás diciendo, loquillo?
--Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que son
muy ricos.
--¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres?
--Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra
ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo
que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa;
pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te
corresponde, no me has de querer.
--No entiendo una palabra de lo que dices.
--Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado
como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy
un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te
llevaré a donde debes estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y
serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás
que sea tu criado y que viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo
en la de tus condenados tíos?
--De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda
cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo
no tengo esas ideas.
--No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es
cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle
de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto
que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de
cumplir, júrame que me querrás siempre.
--Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates --dijo ella,
mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza
contra mi pecho.
--No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás
siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me
despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único
amigo, tu salvación y tu amparo?
--Siempre, siempre.
Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie.
Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos una
mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose entre las
piernas de los circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta,
quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una
de las extremidades de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo,
colocado como a dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre
piernas de hombre y faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá
una coz. Sucedió que encontrándose los dos hermanos tan separados de
nosotros, perdían el tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba
anhelando divisar por algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su
corpulencia, alcanzó a distinguir mi gorro.
Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo;
diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés,
temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro
proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en
los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más
seguros.
--¡Pobrecita mía! --dijo D. Mauro--. Creímos que te nos perdías. Si no
es por ti, Gabriel, se nos pierde.
A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente
magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían
hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con
ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de
arriba abajo.
--¿Ves? --decía Restituta a su hermano al regresar a la casa--. ¿Ves
lo que sacamos de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante...
¡lástima de guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la
casaca? Ya tengo costura para tres días... ¡Sí, que está barata la
seda!... Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo?
¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús
mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota!