Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr. de
Lobo, Doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, a
quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer, pues
algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente. Su
difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y
arrastre de fardos y mercancías, y desde entonces entre ambas familias
quedó establecida cordial amistad. Reconociome Doña Ambrosia, mas no
dijo nada que pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos;
y cuando se hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la
estrechez de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos:
--¿Cómo es eso, Restituta; cómo es eso, Don Mauro?... ¿conque no
han ido ustedes a ver la entrada de los franceses? Pues, hijos, les
aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel
de la Guardia!... ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!...
y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera usted, D.
Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como
los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza
con un plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué
sables, qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que
se me cae la baba... Pues a esos de los turbantes creo que los llaman
los _zamacucos_. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino
Paniagua, los _tragones de la Guardia imperial_, y llevan unas corazas
como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen
está casado con la hermana de Napoleón... es ese que llaman el gran
Duque de _Murraz_ o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto...
¡y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de la calle de
Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí.
¡Ay, hija, qué ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo
alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la
verdad, hija, esos señores me gustan.
--Gracias a Dios que tenemos Rey --dijo D. Mauro--. Y usted, Doña
Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha
salido ni una hilacha.
--En mi casa ni un botón --contestó la tendera--. ¡Ay, hijito mío!
Ahora, cuando ese saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas, hay
esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no
saben ustedes lo mejor: ¿no saben ustedes la gran noticia?
--¿Qué?
--Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de España,
Sr. D. Fernando el Séptimo.
--Ya lo sabe hoy todo Madrid.
--Pues no nos quedaremos sin ir a verle: óyelo tú, Restituta; óyelo tú,
Inés --dijo Requejo--. Mañana no se trabaja.
--Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo --afirmó Doña
Ambrosia--. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para
esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para
verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres
al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un
día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos
encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a
S. M. cuando pase.
--Nada, lo dicho --apuntó D. Mauro--: si _esta_ no quiere ir, que se
quede en la tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me
rompió ayer cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el
coleto... Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos
de agua de clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es
para ti.
Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo,
por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer
la historia de la enfermedad que padeció el esposo de Doña Ambrosia,
trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos personajes siempre
mudos en aquellas tertulias, además de un servidor de ustedes, eran
Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre de pocas
palabras, como he dicho.
Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí,
salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que
no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una toalla
el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y después se
puso el mismo clásico traje con que por primera vez se presentó a
mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, no pudo
conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las medias
encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso tío compró
para adornar dignamente a la que consideraba como futura esposa.
Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al fin, para
decidirla a salir, la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luego
que los tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el
cuidado de la casa, y Don Mauro me dijo gravemente:
--Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me
enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme
los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter
mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese
faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter
bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y
rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado
ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya.
Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios
mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle
de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto
alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años
la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea
de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará
decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en
años posteriores sino en la exageración del delirio.
De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de
damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que
hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio
de sus dueños, en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se
engalanaban con lo que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado
a mano, siendo considerable la cantidad de piezas de muselineta que
un pueblo loco lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable
día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del sol su
cara los millares de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto
sorprendente; y cuando la vista recorría panorama tan encantador,
causábale cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se
movían dando aire a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan
inmenso número reproducido, presentando alternativamente al sol una de
sus caras, ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de
plata y oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por
levantar el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de
junio, privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en
febrero y helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación.
El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas
las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería
y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos
inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus
nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos
años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana
iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo Rey, y
felicitándose unas a otras aturdían a los demás con el cotorreo de
sus bocas sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni
los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a
la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las
cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron
clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del
Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la
calle de Toledo.
La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse quieta,
se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase a
veces aquella gran masa; pero el surco abierto era invadido por la
corriente: de pronto crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba
en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso tan peligroso, que
había riesgo de ser hollado por las mil patas de la bestia. El zumbido
con que aquel enjambre manifestaba sus impresiones, trastornaba el
cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría, diálogos entusiastas
seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor a consecuencia de los
callos aplastados, o de indignación por cada sombrero que perdía
su hechura, se unían a las donosidades de las majas, que arrojaban
cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a los lamentos de los
mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose entre la multitud,
aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna leprosa o una mano
deforme.
Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las
oscilaciones del gentío nos llevó hacia la acera que hoy une las
calles de Espoz y Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia
la Inclusa, que estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por
último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca,
nos encaminó hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro
y yo para no ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me
alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos
Inés y yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro
de no separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que
soltarla: tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados
los olivares de Jaén y las yeguadas de Córdoba.
Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol
hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este
pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más
queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas.
--¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! --decía una estantigua--. Dios y mi
patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado
contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la
tierra sin ver este día.
--¡Ay, mi señora Doña María Facunda! --contestaba otra--. Desde que
entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi
desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante.
¿Pero usted no llora?
--¿Pues no me ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor,
que nos ha permitido ver este día. Al menos se morirá una con la
alegría de que España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado.
¡Pues pocos rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la
Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia
rogando día y noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad.
--¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda? Si
es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus
Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo delante.
--No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde que
reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando
echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún hombre.
--¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!
En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle
de Alcalá, y muchos gritaban:
--¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya viene
por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!
Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso
amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí
disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de
ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos.
--¡Que en todas partes has de meter camorra, condenada mujer! --decía
Chinitas--. Vete callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz.
--No me da gana de callar --contestó la Primorosa, cruzándose en la
cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros--. ¿Pues qué,
estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante...
Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil
perdones a la emperatriz del Rastro.
--¡Eh, tío _catacaldos_! --continuó la Primorosa, tirando por los
faldones al currutaco--. ¡Quítese de ahí, que me estorba!
--Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo.
--¡Sopa sin sal, endino! --exclamó la manola, mostrando sus dedos
cuajados de anillos con piedras falsas--. ¡Pos pa qué quiero estas
cinco manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno!
¡Eh... señor marqués del Barrilete! --añadió dirigiéndose a D. Mauro--,
que me está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín.
--Mujer --insistió Chinitas--, que donde quiera que vamos me has de
avergonzar...
El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los
perfumes de su ropa:
--No se puede estar donde hay gente ordinaria.
--¿Qué es eso de gente ordinaria? --clamó la Primorosa, atropellando
a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven--.
Ya... a mí con esas. Pero si es el señor D. Narciso Pluma. Eh,
Nicolasa, Bastiana, Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche
le emprestamos dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu
casa... Señor marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia
con las señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé
dar pa el pelo, y vivan los farolones de Madrid.
A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el Príncipe
estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de
atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e izquierda.
--Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a un
laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y
vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá:
viene a caballo por la Aduana.
A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar
en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero
queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de
un _majo decente_ que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre la
ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el
centro de la carrera.
--¡Cómo! --dijo la maja con centellante ira--. ¿Que no se pasa? ¿Y
quién lo _ice_?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.
--No se pasa --dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud
en fondo, en filas, en compañías, en batallones y en brigadas--.
Póngase ca una en su puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en
fila. Primorosa, las mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el
chillío.
--Pujitos de mi corazón --dijo la Primorosa con terrible ironía,
clavando ambas manos en su cintura--. Si te requiero; si he venido por
verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo
un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma.
Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un
ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara
de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una
risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron
la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado
después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña
María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un
movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció
ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.
La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva irrupción
de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había tanta. Un
destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza, apareció
por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en entrar en
una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg, petulante y
vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por
donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero
lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de
tal modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar
desde aquella hora la general antipatía de que los franceses fueron
objeto. La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe
el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne
y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el
informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la
estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos
fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores.
Entre tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D.
Mauro bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo
de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya
estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas
podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban
los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de
aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros
desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de
las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y
las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.
Entonces la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con
irresistible empuje. Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las
mangas del vestido de Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela
se quedó en sus manos, e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi
entre una aglomeración de cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de
Doña Restituta, que huían llevados como despojos de naufragio sobre la
espuma de aquel alborotado mar. Estábamos solos.
Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después,
estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera
querido hacer uno solo.