Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; pero lo
hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una gansada, y
cada movimiento una coz.
--Restituta --decía--, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo,
hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta
coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido
nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y estar en la tienda con
él... y no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero
carne de vaca para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es
el collar que tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda
nadie más que yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a
tocar... y la voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana
el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi
vestido nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo, ¿_no verdá_, prenda?
Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose su
hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes.
Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la trastienda
honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque Doña
Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de ninguno.
--Hermana --le decía D. Mauro--, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada,
no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que
comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con
mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de
terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar
al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas
encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a
una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios
colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo.
--Buenas cosas le estás enseñando a la niña --declaró Doña Restituta,
dirigiendo oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan
de traer a la tienda.
En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como su
tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera
con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos
que padeció la huérfana durante su encierro.
--Esta tarde --continuó el tío-- voy a traer dos ciegos para que
toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo
menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando...
y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros,
porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas
orejitas.
--Sí: para ella estaban --dijo con avinagrado gesto Restituta--. ¡Dos
pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que
pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio!
Hermano, tengamos la fiesta en paz.
--Aquí no manda nadie más que yo --manifestó Requejo, haciendo
retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa.
Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de sainete
comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante,
quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó y puso
repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie mandaba
más que él.
Al lector habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días
que llevaba yo de permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una
vez tan solo hablar con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y
tan previsora, que siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda,
como no fuera en la hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada,
guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba,
quitándome toda esperanza de salvar a la pobre huérfana, hasta que
un día, resuelto a comunicarme con ella, aceché la ocasión en que
Doña Restituta estaba desplumando a unos infelices en el despacho de
los préstamos, y acercándome a la puerta del encierro, la llamé muy
quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me preguntó:
--Gabriel, ¿eres tú?
--Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la
voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan.
--¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú?
--Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil
Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me
quieres ahora menos que antes?
--No, Gabriel --me contestó--. Te quiero más, mucho más.
Hice mucho ruido y di mil besos a la puerta.
--Toca con tus dedos en la puerta para que yo sienta.
Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me interrogó:
--¿Tardarás mucho en sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí.
--Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí.
Chiquilla, hazme el favor de besar la puerta.
Inés besó la puerta.
--Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel --le dije--.
Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas.
¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra.
--Adiós, Gabriel. Estoy contenta.
Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, porque
consumado en el despacho de los préstamos el asesinato pecuniario,
salieron las víctimas, y tras ellas Doña Restituta, radiante de
ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho un buen
negocio.