Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están
impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la
olvidemos.
Llegué, pues, a Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi
equipaje en la casa que tenía el honor de albergarme (calle de San
José, núm. 12, frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a
la calle, resuelto a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el
camino ocurriome que no debía presentarme en casa de tales señores sin
informarme primero de su verdadera condición y carácter. Por fortuna,
yo conocía un maestro guarnicionero instalado en la calle de la
Zapatería de Viejo, muy contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a
él para pedir informes del señor D. Mauro.
Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima,
y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas,
porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de
los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con
dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía _Mauro
Requexo_, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos lados de
la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de tela, fajas
de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños y colores.
Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una mirada
al interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un hombre
amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En el fondo
de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel comercio,
con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador una como
balaustrada de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual
estaba un hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un
libro. Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en
una jaula.
Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra colocada
en la ventana del entresuelo, la cual decía: _Préstamos sobre alhajas_.
En la ventanilla donde campeaba tan consolador llamamiento, no había
flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud de capas, que respiraban
higiénicamente el aire matutino por entre los agujeros de sus remiendos
y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una mugrienta cortineja.
Observé que una mano apartó la cortina: vi la mano, luego un brazo
y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la vi, y ella me vio.
Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o alegría. Aquel rayo
de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no la vi más.
Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en
aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que
ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas,
doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero.
--Ese Requejo --me dijo--, es el bicho de peores trazas que ha venido
al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no
ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la voz
de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su hermana con
las del mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen
dinero esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han
puesto las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más
que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro
por cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza,
con interés de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los
vendedores que van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y
media por cada duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra
en la iglesia, roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando
va a la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y
sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres
van viviendo. Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos
cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un
cantarillo que deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a
casa, y echándole agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con
el chocolate. D. Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no
le tuviera en un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo,
y no sale nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado
apetitoso para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la
caja del dinero.
Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés
había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico de
los dos personajes, consistió en la certidumbre de que me sería muy
difícil introducirme en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños.
En esto pensaba tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que
varias veces había compuesto en la imprenta del _Diario_, el cual
decía: _Se necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que
sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre,
y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos
informes, diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente
a los peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo,
donde se tratará del salario y demás._
Corrí a la imprenta del _Diario_ a ver si aún se insertaba aquel
anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían encontrado
quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin consultarlo
con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en la casa de
la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades consignadas
en el anuncio.
Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto
en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; pero
Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni otro
me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta
expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna
parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner
obstáculos a mi admisión.
Cuando entré en la tienda, la primera persona a quien expuse mis
pretensiones fue Don Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde
escribía torcidos números, se rascó los codos y me dijo:
--Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de
cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser
señoritos...
Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue
cuando me miró, como más arriba he dicho.
--¿Tú sabes --me preguntó la tía de Inés--, lo que damos aquí al mozo?
Pues damos la _mantención_ y doce reales al mes. En otras partes dan
mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de matarles de
hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te quedas?
Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se
descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo,
aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron,
fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del
_Diario_.
--Doce reales al mes y la _mantención_ --repitió Doña Restituta,
creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido
demasiado--; la _mantención_, sí, que es lo principal.
¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la
palabra _mantención_.
--Por supuesto --dijo Requejo-- que aquí se viene a trabajar. Veremos
si sabes tú de todos los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que
andar derechito, sí, señor, porque si no... Mírame a mí: yo era un
_jambrera_ lo mismo que tú, y en fin... con mi honradez y mi...
--La economía es lo principal --añadió la hermana--. Gabriel, coge
la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar
estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las
cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina, antes de mondar las
patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el
fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a
las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los
zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo.