Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en ellas
todo el celo posible para contentar a mis generosos patrones. Debo ante
todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda, sin dejar
de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella triste
morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus operaciones
el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y al mismo
tiempo comedor, y los fardos de pañuelos y lanas servían de aparador
a la cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas
capas de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos
y hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y
algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces;
percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas
del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y
Segovia; algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo
D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en
los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es
que, además de los géneros citados, había en la trastienda multitud
de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en
su variedad infinita, _verbi gratia_: de lima, tomillo, bergamota,
macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras
muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de
comedor, ya pueden ustedes figurarse la repugnante mezcolanza de olores
desprendidos de substancias tan diversas, como son una pieza de lana
teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del Príncipe y una cazuela de
migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante
asociación de olores inarmónicos.
De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo
fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no
podéis figurar las contorsiones, los dobleces, las planchas, las mil
torturas a que tenía que someterse para subirla el frágil barro de
nuestro cuerpo. Solo la escurridiza Doña Restituta pasaba por aquellos
aéreos escollos sin tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular
ligereza; y como por un don especial a ella sola concedido, no se
le sentía el andar, siempre que yo la veía deslizarse por aquella
problemática escalera: sus pasos no me parecían pasos, sino los
ondulantes y resbaladizos arqueos de una culebra.
Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era preciso
hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía tomarse,
pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo tan oscuro,
que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz. Tentando
aquí y allí, se hallaba la puerta de la sala, con ventana a la calle
de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde con
ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones se
desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy
semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los
hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de
la miseria y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero de pluma
de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas,
algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una
cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de
las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos
estaban en una habitación inmediata, que además tenía la preeminencia
de proteger el casto sueño del amo de la casa.
Además de esta sala había otra, con ventana a la calle de la Sal;
elegante pieza que no desmerecía de la anterior en lujo ni en
exquisitos muebles, pues su sillería de paja, adornada con vistosos
festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por
su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En dicha
sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres
industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en
los días a que me refiero eran cortadas por Doña Restituta y cosidas
por Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche,
trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos.
Una orden expresa de Doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto:
no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía
asomarse a la ventana; no se le permitía cantar, ni leer un libro; no
se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni
recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez
de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos.
Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior,
mejor dicho, en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la
sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi
cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por
dos de ancho, con una espaciosísima abertura, no menos chica que la
palma de mi mano. Por esta claraboya entraban, procedentes del patio
medianero, algunos intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto
de hora después de pasearse como unos caballeros por la pared de
enfrente. Mis muebles eran un mullido jergón de paja, y un cajón vacío
que me servía de pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar
era para mí en realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y
providencial lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me
parecía hecha de encargo para mi objeto.
El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la
cual partía majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su
grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que
fuera matemáticamente imposible que una persona subiese, mientras otra
se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente
tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en
cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy
exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de
la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros.
No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto
aseo, aunque, bien considerado el problema, aquella era la limpieza
propia de todos los sitios donde no existe nada; _exempli gratia_: la
limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina donde no se guisa,
del pasillo donde no se corre, de la sala donde no entran visitas, la
diafanidad del vaso donde no entra más que agua.
Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los
ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es
decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos,
que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera
comido mucho; un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo;
una codorniz hubiera echado la casa por la ventana; las flores cuestan
caras, y además el agua... La fauna y la flora fueron por estas razones
proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se
recreaban en sí mismos.
Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa durante
el día: el mancebo.
El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía haberse
detenido en un punto de su existencia, renunciando a las
transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios
ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta.
Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de Doña Restituta; pero
jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos
repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y
acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina,
y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los
actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio.
Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las plumas, colgar las
piezas de tela en la puerta, recibir al comprador, decirle los precios,
regatear siempre con las mismas palabras, medir y cortar el género,
cobrarlo, contar por las noches el dinero, apartando el oro, la plata y
el cobre: tales eran sus funciones, y tales habían sido por espacio de
veinte años.
Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como
un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo
nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de
mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro
concibió un proyecto gigantesco semejante a esos que de siglo en siglo
transforman la faz del humano linaje. Requejo, después de hacer la
cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente,
puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su
hermana, le dijo:
--¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con
Juan de Dios.
Es fama que Doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la
barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó.
--Pues sí --continuó Requejo--: Juan de Dios es trabajador, es
ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que,
no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso
volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las
vamos a componer.
El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó entre
ambos prometidos una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis
lectores porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello.
Debieron sin duda tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no
fuera la unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de
Dios pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que,
pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo
como cosa cercana. Creeríase que no les importaba el rápido paso de los
años, y aquellos seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida
por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza.
Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin,
sin que los hombres ni Dios ni el Demonio sepan nunca por qué.