Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche para
Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la hora de
la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores, el gentío era
inmenso, los trajes pintorescos y variados, animadas las voces (aunque
ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos elocuentes, las
patadas clásicas, los pellizcos propinados a Mariminguilla infinitos,
el vino más aguado que el día anterior, pues por algo disfrutaba
Aranjuez el beneficio de dos copiosos ríos.
Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de
entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos me
dijo:
--Hoy sí que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el
Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de
modo que hemos de ir a darle vivas al balcón.
Pujitos distrajo mi atención, hablándome de que pensaba organizar una
compañía de buenos españoles que desfilaran por delante de palacio en
marcial formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes
que el pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el
ejército. ¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir!
Yo contesté a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante
ejército, por serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche.
Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros
para la completa, aunque pálida, iluminación de la escena, y aún
me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia.
Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito; otros salieron
a averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso;
y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más
entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de
cocineros vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en
majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que
la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del
hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos,
porque en apariencia ellos lo habían hecho todo.
Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos de
ser cierta, y en prueba de que los _patres conscripti_ la creyeron,
allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el momento en que
se convencieron del cambio de Monarca. También Mariminguilla tenía
en sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista, pues se
redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió
a los alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para
victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y
soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón:
su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido
de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el Príncipe en cuyo
loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el
fraudulento vino del tío Malayerba.
No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable
D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún
en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación,
se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales,
fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre
el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo
tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído
en una gran cazuela. El señor cura, teniendo sobre sus rodillas al
más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca,
esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después,
procurando despabilarle, decía:
--Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo
--añadió dirigiéndose a mí--, ¡cómo me han mortificado estos cuatro
enemigos! Uno me ponía rabos de papel en la sotana; otro tendía una
cuerda desde la cama a la mesa para que al pasar me enredara las
piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la alacena y me
abrasé los dedos cuando fui a abrir; y por último, con mi sombrero
hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de
arrastrarle por el patio, iban a meterle en el fogón para quemarlo.
Afortunadamente la tía Gila acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer,
si ya no hay autoridad, ni se obedece a los superiores! Me parece
que ahora van a venir tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se
les antoje quitar a un Ministro, salen gritando los cocheros de los
Príncipes con unas cuantas docenas de labriegos y soldados de la
guarnición, de antemano seducidos, vamos a estar con el alma en un
hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso, humillante,
indigno que un Príncipe de Asturias arranque la corona de las sienes
de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de
ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida
y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo hubiera
tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él,
siguiendo mis consejos, hubiera puesto a la sombra a tres o cuatro
pícaros como Santurrias y otros... Porque créelo, hijo: este borrachón
es, según me han dicho, el que ha embaucado a medio pueblo para hacerle
tomar parte en el alboroto... por supuesto, que ha corrido dinero de
largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable, a este
pérfido sacristán; pero ¿cómo he de dejar sin pan a un viudo con cuatro
hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos angelitos
andarán por las calles pidiendo una limosna... Lo que antes te he dicho
es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que
pide, y grita «viva esto y lo otro», sin haber estudiado la cartilla,
es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría siempre lo
contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo
resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: _Odi
profanum vulgus et arceo... et arceo_, y lo aparto... _et arceo_, y lo
echo lejos de mí... _et arceo_, y no quiero nada con él.
Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y
haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés.
Salí al fin de su casa y de Aranjuez, y cuando el coche que me conducía
pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado
delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía
enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los
grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que
tan de improviso les había quitado la palabra.
El pueblo victoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las antecámaras
de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más lisonjero.
Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones contemplaban
con desprecio el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en
su alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado
un gran prodigio.
En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido el
trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y reyes
jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho, no
podía ser inexpugnable.
Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no
dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado
en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción
de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos
puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo,
primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es
preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan
mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España
sería esencialmente fastidiosa.
Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita
por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que
existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer
sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años
de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y
oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo. D. Antero,
progresista blindado, cuenta la picardía de O’Donnell el 56; D.
Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males
de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos,
que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta
de la caída del Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos
estudiantes jóvenes, varios capitanes y tenientes de infantería, y no
pocos parásitos de esos que pueblan los cafés, probándonos que son
tan pesados de pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que
les contemos algo de las felicidades pasadas para edificación de la
edad presente, y sin hacerse de rogar, cuenta D. Antero la del 56; D.
Buenaventura se conmueve un poco y relata la del 43; D. Aniceto da doce
puñetazos sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo, mojando un
terroncito de azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo
zumbón que no puedo remediar:
--Ustedes han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los
grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos;
pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la
primerita y sin disputa la más salada de todas.