Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado sin
cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder
mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos
entre tan bravos campeones salió mal herido a consecuencia de que
todas las piedras lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección
dada por la mano que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en
que Santurrias se encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para
poder asestar un golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla
de arroyo sobre la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito
sacristán cayó al suelo sin sentido. Al punto, los que más cerca
estábamos, Lopito y yo, corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos
personas caritativas, llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias
vivía pared por medio con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego
que este vio entrar a su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y
dijo:
--Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre
y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta
ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle
y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí
sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo
cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado
todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis?
Tía Gila --añadió, dando una llave a la mujer que le servía--, abra
usted la alacena y saque al punto una de las que dicen _La Nava,
seco_, para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico
este hombre. Y vosotros, chiquillos --prosiguió dirigiéndose a los
cuatro hijos de Santurrias, que exhalaban plañideros hipidos en torno
al desmayado cuerpo de su padre--, no lloréis, que esto no es más
que un rasguño alcanzado por este buen hombre en alguna disputa. No
lloréis, que vuestro padre vive y estará sano dentro de una hora... Y
si muriese, yo os prometo que no quedaréis huérfanos, porque aquí me
tenéis a mí, que os he de amparar como un padre. Vamos, chiquillos,
aquí no servís más que de estorbo. Idos a jugar... Vaya, para que os
quitéis de en medio, os permito que toquéis un poquito las campanas,
picarones... id a la torre; pero no toquéis fuerte: tocad a sermón o a
completas.
Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, así
volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante después
todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones, diciéndose
unas a otras: «Señora Doña Blasa, esta tarde tenemos sermón y
completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas herejías.»
Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el
completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día
sus ojos, permaneció como atontado, hasta que volvió a adquirir su
lengua el don de la facundia.
--¡Que lo ahorquen! --gritó--. Que nos lo den; que lo echen hacia ca,
y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a
caballo, y dimpués a él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela.
Pincha tú por bajo, Agustinillo, que yo con esta almendra le echo
la puntería en metá la nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?...
¡Muerto soy!
--No, yerba ruin: vivo estás --dijo D. Celestino, aplicándole una venda
a la herida--. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de
aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si
prometes no decir disparates.
Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan funesto
percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y estilo, le
contamos lo que había sucedido: el encuentro del Príncipe, su prisión y
su suplicio por las calles del pueblo.
--Corro allá, voy al instante --exclamó fuera de sí D. Celestino--. Es
mi bienhechor, mi amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he
de desampararle en su desventura?
Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba
en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública
ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado
valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien
vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a
toda prisa y fue en dirección del cuartel.
--No se exponga usted --le decía yo por el camino--. Mire que son unos
bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no
respetarán ni sus canas ni su traje.
--¡Que me maten! --contestó--. Quiero ver al Príncipe... ¡Cuando me
acuerdo de lo que me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo
que aquí vemos es espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén
descontentos de su gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro,
aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho
tiempo; se puede perdonar que sus enemigos quieran derribarle y le
insulten; se comprende que dichos enemigos, en un momento de coraje, le
prendan, le arrastren, le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los
mismos a quienes ha favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los
que de furrieles trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros;
los que han vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le
han adulado en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios,
y menos si se considera que se han valido para esto de los mismos
lacayos, cocineros y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me
parece que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos
en la punta de sus innobles garrotes.
Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. D.
Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna:
«¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro,
repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.»
Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la
exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español
infundían los sacerdotes.
--Hijos míos --les decía--, sed caritativos; no seáis crueles ni aun
con vuestros enemigos.
La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos
filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que
se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre
aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré
sano y salvo dentro del cuartel.
Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y completas,
y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua bendita, se
saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo, y que tendremos
esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito, creyendo que la cosa
iba de veras, encendió el altar, y preparó las ropas, y abrió los
libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, las cuatro, las
cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se impacientaban,
y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de Santurrias
seguían tocando.
Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné
detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta
que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su
último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para
matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en
el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su
habla trémula.
--¡Ah, Gabriel! --me dijo--. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre
unas fétidas pajas, cubierto de sangre y pidiendo a voces la muerte,
está el que ayer gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca
a darle consuelo. Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los
furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan
pronto; pero ¡ay, hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y
el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día
feliz.
--Sosiéguese usted --le dije--. Usted no recordará que mandó tocar
a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más
remedio sino subir al púlpito.
--Hablé con él --prosiguió sin hacerme caso--. El corazón se me parte
recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván,
envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa
calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso
salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de
los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado
una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con
expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las
lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus
amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a
calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero,
los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí.
Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de
conseguir, tratan de irritar más al populacho para que D. Carlos coja
miedo y suelte la corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un
coche de colleras, con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso
iba a ser puesto en salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña
a esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la turba destrozó el
carruaje, y después ha corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII.
--Ya me lo explicará usted detenidamente --repuse--. Ahora prepárese
usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de
respetables señoras.
--¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde...
--Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a...
--¡Es verdad, qué inadvertencia! --dijo muy confundido--. Y están allí
esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la
del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico?
--Es preciso que usted haga un esfuerzo.
--Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del
espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me
apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo todo!...
El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce años de
haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor es que sin
merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar... estoy tonto...
Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a sermón... ¡Oh!
tendré que hacer un esfuerzo.
D. Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar a sus
feligresas, entró en la parroquia y oró un poco, recogiendo su
espíritu. Después subió al púlpito y predicó un sermón sobre la
ingratitud.
Todas las viejas lloraron.