XI

Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar

el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, que hacía con

su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla.

Después, guardando el arma, me dijo:

--Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me

la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté

anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando

tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza

de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda.

--Chico, si tienes buena letra...

--Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos.

Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a

todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles,

quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner...

porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para

cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron nuestras

madres al mundo.

--Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen?

--Nos lo pondrán; y si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón?

¡Qué bueno estuvo lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un

chiquillo, y quería venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos

no le dejaron. La Reina decía que nos debían matar a todos, para que

no pasara aquí otra como la de Francia, donde les cortaron la cabeza a

los Reyes con un instrumento que llaman la _tía Guillotina_. Así me lo

contó esta mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído

en un papel que tiene. Nosotros queremos al Rey porque es el Rey, y

esta mañana, cuando salió al balcón, gritamos mucho y le echamos vivas.

Él se llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la

condenada Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que

lo sabe todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho

en casa del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su

camarín.

--Puede ser.

--Pues yo me he lucido --continuó Lopito, alzando la voz para que lo

oyera Mariminguilla--. Esta mañana, cuando prendieron a Don Diego

Godoy, hermano del menistro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré

una piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio.

--¿Y qué había hecho ese señor?

--¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de

guardias; pero sus mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora

me le van a llevar a un castillo.

Aquella noche oí un nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores

el señalado favor de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que

antes mencioné, jefe de la conspiración literaria fraguada contra _El

sí de las niñas_, se arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media,

y entre uno y otro nos descerrajaron la cabeza con media docena de

sonetos y otros proyectiles fundidos en sus cerebros. Pero después

que nos molieron a sonetazos, Lopito trabó cierta pendencia con el

poeta, porque a este se le antojó requebrar a Mariminguilla, llamándola

_ninfa_ de no sé qué aguas o poéticos charcos. La navaja de Lopito

salió a relucir, y si el poeta no hubiera sido el más cobarde de los

cabalgantes del Pegaso, habrían corrido, mezcladas en espantoso río, la

sangre de un futuro empleado de Hacienda y la de un pretérito émulo del

viejo Homero.

Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la

posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del

rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido

encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en

dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle

salir.

Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró uno

de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a sacarle.

A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe, prefiriendo sin

duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le devoraban, bajó de

su escondite, presentándose a los guardias que custodiaban su morada.

Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el

vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico

entusiasmo a apoderarse de él.

--¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! --clamaban muchas voces.

Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío

formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera

componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta

algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su

sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la

navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas como si quisiera partir

el firmamento en dos pedazos.

Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por aquí,

codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la puerta.

El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo de estos

personajes se volvió a mí y me dijo con gozo:

--Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo.

--¿Y a usted qué le ha hecho ese caballero? --le pregunté.

--¡Oh! --me contestó--. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha

hecho rico a costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una

víctima de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería

que tengo me la puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la ropa...

Al año de tener la tienda me arruiné, y él me dio unos cuartos para

seguir adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y

sin trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme

que yo no debía ser empleado, sino calderero, y añadió que yo era un

animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal!

No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba: no he

podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con la voz

de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel gatazo de

mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la decisión

irrevocable, parecida al valor, que resulta de la superioridad física,

con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del ratón.

La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes de

la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos de

allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de la

reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en fila,

y decía, alzando su garrote:

--Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no

rempujen.

De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, de

torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la puerta

había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden,

el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los

brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote echado sobre los

hombros. Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y

tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor

de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de

gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de

estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el

que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia

que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento al

trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y Duque

de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que en un

día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre de su

grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosas.

Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los

caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus

sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista

devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al

pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que

en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más

le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo,

consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio

a mayor altura.

El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe

al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos

caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y siguiendo el paso de

aquellos, que si al principio era lento, después fue muy acelerado, con

objeto de terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud

pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por

allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los

corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que

los jinetes empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos.

Lopito, ebrio de gozo, me dijo:

--He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de

los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre.

Cuarta y Media vociferaba diciendo:

--Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser

fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar?

Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el único

de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión.

Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba

estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los

jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y

aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con

convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y

cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en

volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca

espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el

mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a

quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda,

pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora

y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos más desarrapados se

aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las

mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos asqueroso que las

exclamaciones de los hombres... y estos no disparaban sus escopetas por

temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída

tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa

como la elevación.

Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron

sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa

procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque

no matan los arañazos y pellizcos.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 15 / 40 题