Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar
el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, que hacía con
su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla.
Después, guardando el arma, me dijo:
--Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me
la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté
anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando
tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza
de ocho mil reales en la Contaduría del Consejo de Hacienda.
--Chico, si tienes buena letra...
--Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos.
Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a
todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles,
quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner...
porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para
cuidar perros y machos de perdiz me parece que nos echaron nuestras
madres al mundo.
--Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen?
--Nos lo pondrán; y si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón?
¡Qué bueno estuvo lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un
chiquillo, y quería venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos
no le dejaron. La Reina decía que nos debían matar a todos, para que
no pasara aquí otra como la de Francia, donde les cortaron la cabeza a
los Reyes con un instrumento que llaman la _tía Guillotina_. Así me lo
contó esta mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído
en un papel que tiene. Nosotros queremos al Rey porque es el Rey, y
esta mañana, cuando salió al balcón, gritamos mucho y le echamos vivas.
Él se llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la
condenada Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos, que
lo sabe todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho
en casa del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su
camarín.
--Puede ser.
--Pues yo me he lucido --continuó Lopito, alzando la voz para que lo
oyera Mariminguilla--. Esta mañana, cuando prendieron a Don Diego
Godoy, hermano del menistro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré
una piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio.
--¿Y qué había hecho ese señor?
--¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de
guardias; pero sus mismos soldados le quitaron las insignias, y ahora
me le van a llevar a un castillo.
Aquella noche oí un nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores
el señalado favor de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que
antes mencioné, jefe de la conspiración literaria fraguada contra _El
sí de las niñas_, se arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media,
y entre uno y otro nos descerrajaron la cabeza con media docena de
sonetos y otros proyectiles fundidos en sus cerebros. Pero después
que nos molieron a sonetazos, Lopito trabó cierta pendencia con el
poeta, porque a este se le antojó requebrar a Mariminguilla, llamándola
_ninfa_ de no sé qué aguas o poéticos charcos. La navaja de Lopito
salió a relucir, y si el poeta no hubiera sido el más cobarde de los
cabalgantes del Pegaso, habrían corrido, mezcladas en espantoso río, la
sangre de un futuro empleado de Hacienda y la de un pretérito émulo del
viejo Homero.
Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la
posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del
rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido
encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en
dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle
salir.
Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró uno
de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a sacarle.
A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe, prefiriendo sin
duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le devoraban, bajó de
su escondite, presentándose a los guardias que custodiaban su morada.
Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el
vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico
entusiasmo a apoderarse de él.
--¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! --clamaban muchas voces.
Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío
formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera
componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta
algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su
sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la
navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas como si quisiera partir
el firmamento en dos pedazos.
Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por aquí,
codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la puerta.
El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo de estos
personajes se volvió a mí y me dijo con gozo:
--Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo.
--¿Y a usted qué le ha hecho ese caballero? --le pregunté.
--¡Oh! --me contestó--. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha
hecho rico a costa del Reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una
víctima de sus picardías. Ha de saber usted que la tienda de calderería
que tengo me la puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la ropa...
Al año de tener la tienda me arruiné, y él me dio unos cuartos para
seguir adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y
sin trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme
que yo no debía ser empleado, sino calderero, y añadió que yo era un
animal. Vea usted, ¡decir que yo soy un animal!
No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba: no he
podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con la voz
de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel gatazo de
mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la decisión
irrevocable, parecida al valor, que resulta de la superioridad física,
con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del ratón.
La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes de
la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos de
allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de la
reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en fila,
y decía, alzando su garrote:
--Señores, a un laíto... de dos en dos. Formen en batallón, y no
rempujen.
De pronto, un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, de
torpes dichos, de gritos rencorosos, resonó en la calle. En la puerta
había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden,
el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los
brazos caídos, en mangas de camisa, y con un capote echado sobre los
hombros. Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y
tierra, el árbitro del Gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor
de inmensos Estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de
gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de
estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el
que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario; el guardia
que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento al
trono de los Reyes, el Conde de Eboramonte, y Duque de Sueca, y Duque
de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima, que en un
día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre de su
grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosas.
Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él; los
caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus
sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista
devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al
pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo, que
en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más
le veía: sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo,
consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio
a mayor altura.
El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe
al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos
caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y siguiendo el paso de
aquellos, que si al principio era lento, después fue muy acelerado, con
objeto de terminar pronto tan fatal vía-crucis. Entre tanto la multitud
pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por
allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los
corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que
los jinetes empezaron o amoscarse y repartieron algunos linternazos.
Lopito, ebrio de gozo, me dijo:
--He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de
los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre.
Cuarta y Media vociferaba diciendo:
--Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser
fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar?
Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el único
de los por mí conocidos en quien advertí señales de compasión.
Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba
estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los
jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y
aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con
convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y
cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en
volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca
espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el
mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a
quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda,
pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora
y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos más desarrapados se
aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las
mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos asqueroso que las
exclamaciones de los hombres... y estos no disparaban sus escopetas por
temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída
tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa
como la elevación.
Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron
sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa
procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque
no matan los arañazos y pellizcos.