El grupo recorrió algunas calles y uniose a otro más numeroso que
encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las
tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo:
--Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz.
Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca
del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito,
eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del
Infante Don Antonio y del Príncipe de Asturias.
--Pero ¿qué vamos a hacer aquí? --pregunté a mi amigo--. ¿Vamos a
impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el
fresco?
--Eso lo hemos de ver pronto --me contestó--. Yo, si he de decirte la
verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero no
me ha dicho más sino que vaya donde van los demás y grite lo que los
demás griten. Ves, ahí frente tenemos el palacio: no hay luces en las
ventanas ni se oye ruido alguno, como no sea el de las ranas que cantan
en los charcos del río.
La voz del que nos mandaba dijo «¡Alto!», y no dimos un paso más.
--Es raro --dije a Lopito muy quedamente-- que no hayamos encontrado
centinelas que nos detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos
pregunte a dónde vamos a estas horas.
--¡Necio! --me contestó--. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues
qué hacen ellos sino estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a
que les digan: caballeros, esto se acabó?
Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se
oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja,
algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto
de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire
sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche
era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten
las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de
estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negros
árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del
Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de la
fuente monumental que limita el llamado _Parterre_. El sitio y la hora
eran más propios para la meditación que para la asonada.
De improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se
interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un
tiro que no se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte
lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que
reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de
aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron
antorchas y linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas
escopetas se dispararon; oyose un son vivísimo de cornetas militares,
y multitud de piedras, despedidas por diestras manos, fueron a
despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran
casa. Era la del Príncipe de la Paz.
La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en
conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor,
salía en coche de casa del Generalísimo. Aseguran algunos que en una de
las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para
empezar la gresca.
Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí perfectamente.
En cuanto a la luz, yo no la vi; pero creo haber oído decir a Lopito
que él la vio, aunque no estoy muy seguro de ello. Poco importa que
apareciese o no: lo primero es, si no cierto, muy verosímil, porque
el centro de la conjuración estaba en el alcázar, y los principales
conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el Príncipe de Asturias,
su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentilhombres, altos
funcionarios de la casa del Rey, y algunos Ministros.
Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas oleadas
de gente engrosaban la masa principal, sin que un soldado se presentase
a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo, destrozada por
repetidos golpes y hachazos, la puerta del palacio del Príncipe de
la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre horribles
juramentos y amenazas.
La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos,
para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos en contra suya
la fatalidad de verse abandonados de improviso por los amigos tibios,
por los servidores asalariados, y hasta por los que todo lo deben al
infeliz que cae; de modo que a las manos del odio, justo o injusto,
se unen, para rematar la víctima, las manos de la ingratitud, el más
canalla de todos los vicios.
Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona,
se cree omnipotente e inspirada por un estro divino, y después se
atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas
repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un
manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo.
Cuando la puerta de la casa se abrió, precipitose la turba en lo
interior, bramando de coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror
e indignación, mayormente cuando consideré que iba a saciar su sed de
venganza en la persona de un hombre indefenso. Era aquella la primera
vez que veía yo al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde
entonces le aborrezco como juez.
A los gritos de «¡Muera Godoy!» se mezclaban preguntas de feroz
impaciencia: «¿Le han cogido?» «¿Le han matado?» Todos querían entrar;
mas no era posible, porque la casa estaba ya atestada de gente. Desde
fuera y al través de los balcones, de par en par abiertos, se veía
el resplandor de las hachas. Siniestros gritos y ruidos de muebles o
vasos que se quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa
a mezclarse con el concierto exterior. En un instante se encendió una
gran hoguera que iluminó la calle: las campanas de todas las iglesias
y conventos del pueblo tocaban sin cesar; pero no podía definirse si
aquellos tañidos eran toques de alarma o repiques de triunfo.
Lopito, que bailaba como un demonio adolescente junto a la hoguera, se
acercó a mí y me dijo:
--Gabriel, ¿no te entusiasmas? ¿Qué haces ahí tan friote? Ven, subamos
al palacio. Alguna vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que todo lo
ha robado a la Nación?
Casi arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí a las
habitaciones altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos que
bajaban y subían. Recorrí todas las salas por las cuales había
transitado dos días antes; llegué al mismo despacho del Príncipe, y
vi la mesa donde escribí mi nombre. La multitud subía y bajaba, abría
alacenas, rompía tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo encontrar
tras alguno de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las
puertas a puñetazos; hacía trizas a puntapiés los biombos pintados;
desahogaba su indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos
uniformes por el suelo; desgarraba ropas; miraba con estúpido asombro
su espantosa faz en los espejos, y después los rompía; llevaba a la
boca los restos de cena que existían aún calientes en la mesa del
comedor; se arrojaba sobre los finos muebles para quebrarlos; escupía
los cuadros de Goya; golpeaba todo por el simple placer de descargar
sus puños en alguna parte; tenía la voluptuosidad de la destrucción, el
brutal instinto tan propio de los niños por la edad como de los que lo
son por la ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como
rompe el rapaz en su despacho la cartilla que no entiende; y en esta
tarea de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa
coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las
uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños,
dentelladas, testarazos y mordiscos.
La rabia del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas
frases: «No está ese perro.» «El endino se ha escapao.» Efectivamente:
el Príncipe no parecía por ninguna parte, de lo cual me alegré.
Cuando la turba no puede saciar su hambre de destrucción en el objeto
humano de su rencor, suele darse el gustazo de tomar venganza en los
cuerpos inocentes de los muebles que a aquel pertenecieron. Así ha
ocurrido en todos los motines de nuestro repertorio, y así ocurrió
en aquel, más que ninguno famoso, por las diversas causas que lo
ocasionaron. Convencidos, pues, los conjurados de que no habrían a
las manos ni un pelo del Príncipe de la Paz, concibieron el heroico
pensamiento de quemar todas las preciosidades del recinto recién
saqueado. Con gozo sin igual, con la embriaguez del triunfo y la
conciencia de su fuerza irresistible, comenzaron los nuevos huéspedes
del palacio a arrojar por los balcones sillas, sofás, tapices, vasos,
cuadros, candelabros, espejos, ropas, papeles, vajillas y otros mil
perversos cómplices de la infame política de Godoy. La fiera cumplía
este cometido con cierto orden, sin dejar de decir: «¡Muera ese
tunante, ladrón!» y «¡Viva el Rey, viva el Príncipe de Asturias!»
Pero antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores
se convencieron de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz,
que hasta entonces oculta permanecía, se presentó pidiendo socorro e
implorando la compasión de la multitud. El miedo hacía temblar a la
infeliz señora, lo mismo que a su hija, niña de corta edad, que con
ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé si los ruegos de
la madre y de la hija ablandaron a los amotinados, o si las personas
de categoría que dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con
todo miramiento y consideración a la infeliz Princesa; lo cierto fue
que, lejos de maltratarla de obra o de palabra, sacáronla de la casa, y
puesta en una berlina fue llevada en _ca el palacio_ de los Reyes, como
decía Pujitos, el cual, sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan
caballeresca comisión.
Ustedes comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término
agradaba a Pujitos. Si se reunía un pelotón para marchar a cualquier
parte, allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Malchen,
media güelta a lizquielda», con tanta marcialidad como un capitán de
guardias walonas. No me cansaré de repetirlo: Pujitos tenía en su
cráneo, entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia (¿cómo lo
diré...?), la protuberancia de la _tenientividad_. Como Napoleón el
genio de la guerra, poseía él el instinto de la Milicia Nacional, y los
hados le permitieron gozar el mando de varias compañías en los años de
jarana del 20 al 23 y aun posteriormente.
Cuando los infatigables trabajadores del motín comenzaron a arrojar
por ventanas y balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba a
cuestas una maravillosa obra de porcelana, producto de los talleres de
la Moncloa, se llegó a mí y díjome:
--Gabrielillo, cuidado cómo coges nada. El _tío Pedro_, que está allí
observando lo que hacemos, tiene en la mano una pistola, y dice que
levantará la tapa de los sesos al que robe cualquier chuchería. No
es el único gran caballero que anda entre nosotros. ¿Ves aquel hombre
vestido de majo que está dando de patadas a un retrato de cuerpo
entero? Pues es un gentilhombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves? ya pasó
el pie del otro lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al
fuego, al fuego!
La hoguera, alimentada con tanto combustible, subía a enorme altura, y
las llamas oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda, y
también el interior del palacio. Parecíamos los cíclopes de una inmensa
fragua; y digo parecíamos, porque yo también, temiendo que mi falta
de entusiasmo fuera sospechosa y me proporcionase algún porrazo, puse
manos a la obra, y cogiendo una armadura milanesa, en cuyo peto y casco
se veían batallas microscópicas, trabajadas por finísimo cincel, di
con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento cesaban los
gritos de «¡Muera Godoy!» y sin duda querían matarle a voces, ya que
de otra manera les fue imposible conseguirlo. Pero es de advertir que
entre nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles
cuestiones mandando vivir o morir a quien se nos antoja, y somos tan
dados a los gritos, que repetidas veces hemos creído hacer con ellos
alguna cosa.
Yo no sé si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz creían
estar quemando algo más que muebles muy finos y primorosas obras de
arte; pero por lo que en boca de alguno de aquellos héroes oí, se me
figuraba que estaban convencidos de que hacían un gran papel político;
de que con la llama de los espinos y de los brezos, sin cesar
alimentada por ébanos tallados y bordadas telas, estaban cauterizando
las más feas llagas de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después
la misma escena repetida cada pocos años, ya por esta idea, ya por la
otra, y he dicho: «Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos
de un hombre de genio; pero el fuego en manos del vulgo, jamás.»
Tras la armadura cogí un reloj de bronce, y al llevarlo sobre mí
sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía: aquel
artificio, que tanto se parece a un ser animado; aquella obra de los
hombres que parece obra de Dios, y que ha sido inventada por la ciencia
y adornada por las artes para uno de los más útiles empleos de la vida,
iba a perecer a manos del hombre mismo, sin haber cometido más crimen
que el de marcar las horas... ¿Pero a qué vienen estas consideraciones
hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba lástima del
relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su latido que
iba a extinguirse, arrojele al fin, y las mil piezas de su máquina
ingeniosa repercutieron sobre el suelo. Al reloj siguieron cuantas
baratijas encontré a mano, entre ellas guantes perfumados, un estuche
de marfil, estatuitas de alabastro, y después unos mapas del Asia,
libros lujosamente encuadernados (que sin duda los muy necios se creían
libres de la Inquisición), unas pantuflas, cuatro casacas con galones
de plata y oro, y el pupitre en que dos días antes se había extendido
mi recomendación. Fortuna, vil prostituta, ¿por qué te invocan los
hombres? ¿Por qué consagran su vida a buscarte, ya con afanes y
trabajos, ya con sutilezas e intrigas, por todos los rincones del
mundo, en altas y bajas esferas? Y el que te encuentra, ¿por qué se te
entrega ciegamente, ignorante de tus traiciones? Vale más ser constante
entre tus desdeñados que entre tus elegidos, y la mayor suerte del ser
humano será el no conocerte ni de nombre, y su mejor hazaña darte con
la puerta en los hocicos el día en que intentes penetrar en su casa.
X
Cuando revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces o
condecoraciones; pero algunos de los presentes ni aun me permitieron
tocarlas, y pusiéronlas todas en una bandeja de plata, para
devolverlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la
determinación de aquellos cortesanos, tiznados con el hollín de la
demagogia, era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno
quería ceder a los demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin; y
no quisiera equivocarme, pero me pareció reconocer al señor de Mañara.
Con el crecer de la llama parecía que cobraban nuevos bríos los
quemadores, si bien puede atribuirse este fenómeno a que algunos
zaques dieron vuelta a la redonda, humedeciendo los secos paladares,
y alegrando los ánimos que un trabajo tan duro como patriótico había
comenzado a abatir. Creí oír la voz de Pujitos, obligado nuevamente por
sus _amigos políticos_ a tomar la palabra; pero no: era Santurrias,
que teniendo en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño
encendido, pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey,
ambos en buen amor y compaña, para bien del _reino_; y añadía que el
_endino_ Príncipe de la Paz estaba bien castigado, puesto que eran ya
cenizas todos los muebles que robó al _reino_, y que de _aquí palante_,
es decir, en lo sucesivo, no habría más _menistros_ pillos y _lairones_.
Las hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron; el
populacho, mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias
elocuencia, seguía ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron
trasladar el teatro de sus ingeniosas proezas a las puertas de palacio,
no siendo extraños los dos oradores a un proyecto que ensanchaba la
esfera de sus triunfos; pero debió oponerse a esto el tío Pedro y
compañeros de polaina, mayormente cuando tenían la seguridad de que
el motín de las calles no era más que una sucursal de la gran asonada
que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del Rey
Carlos IV.
Era ya la madrugada cuando quise retirarme, sin que lograra detenerme
Lopito, que decía:
--Aún falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos hecho?
Pues _entavía_ hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto el Rey si se
puede o no se puede. Pónganos otra vez menistros malos, y verá cómo
en menos que canta un gallo se les despabila. Lo que es Lopito... je,
je... ya habrán visto que tiene malas moscas... y como yo hubiera
encontrado a Godoy en cualquiera parte de la casa, le juro que no sale
vivo de mis manos.
Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le vi
describir heroicas curvas en el aire.
--Y si llegamos a ir a palacio --prosiguió, alzando el arma homicida--,
yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles
que si no nos ponen al Príncipe Fernando en el trono, lo pondremos
nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la
Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono.
Dijo, y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias
para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la
inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento
un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de
la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la
autoridad.
No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado
Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su genio
organizador se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de
hombres, con los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de
la casa, mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz
la falta de tambor.
Al fin me marché, no solo porque tenía sueño, sino porque cuanto había
visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura, y no
puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que le
encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y
con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros, sus anchos
pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo
a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante
al de los que sufren un terrible dolor de muelas; a cada instante se
llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que
hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba
el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando
de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto no cesaba de
hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con
la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus
flacos y secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome
sin aguardar a que llegase a su lado.
--Estoy loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas
de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro... no, jurar no, que
es pecado... prometo que Santurrias me las ha de pagar todas juntas.
¿Pero has visto cómo se burla de mí ese condenado? No es él el que
toca, que si fuera... Mira, estaba yo descabezando el primer sueño,
cuando me hizo saltar de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío,
qué algazara! Plin, plan, plin, plan... parecía que el cielo se venía
abajo. Lleno de indignación subí a la torre; pero Santurrias no estaba,
y en su lugar sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera,
que resolví mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas,
váyanse de aquí noramala;» pero ellos se rieron de mí y siguieron
tocando... plin, plan, plin, plan... ¡Si hubieras visto a los cuatro
condenados muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las
cuerdas!... ¡Malditos sean!... Pues uno de ellos, el mayor, es listillo
y muy mono... y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado,
que les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? pues ellos tampoco.
El más chico me dijo: _Pare Gorio jue matal a Godoy, y nos puso a que
tocálamos fuelte, fuelte._ Desde las once hasta ahora no han cesado ni
un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto el resplandor
de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue por orden mía a
ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que estaban quemando
todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines, y el Tajo, y la
cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego.
Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo.
--Pero a estas horas habrán salido las tropas para castigar a esa vil
plebe --me dijo.
--¡Quiá! Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe de
estar sobornada.
--Pero a estas horas el Príncipe habrá tomado sus disposiciones para
arreglarlo todo... porque él no es hombre que se anda con chiquitas,
y si les sienta la mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle
ayer lo que se preparaba! Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto.
¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si
no fuera por este genio corto que Dios me ha dado...
--El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de
Aranjuez.
--¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser --afirmó con cierta
enajenación--. Gabriel, ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los
que creen las majaderías y simplezas de Santurrias?
A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz
ronca y desapacible que gritaba en el portal.
--¡Ah! --dijo el cura--; me parece que siento a Santurrias. Ahora va
a ser ella: no intercedas por él... estoy decidido... ahora sí que es
preciso ser enérgico.
La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así,
subiendo por la escalera:
Vale una seguidilla
de las manchegas
por veinticinco pares
de las boleras.
_Solvet sæclum in favilla, teste David cum Sibylla._
--Váyase usted, Sr. Santurrias --gritó el cura--. No le quiero ver a
usted, no quiero oír sus necedades.
El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante
nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua
estropajosa:
El _Kyrie eleison_ cantando,
¡viva el Príncipe Fernando!
Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado que
en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por el
corredor, imitando con la boca el ruido del tambor.
--¡Está borracho! --dijo el cura--. Pero, miserable, ¿no ves que el
vino se te sale por los ojos?
Santurrias, apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su cuello,
fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más aún que de
ordinario, y chilló así:
--Señor paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el
Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!... _¡O salutaris hooo...stia!_ Si
me bian dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum... ¡marchen!
Media güelta... ¡Viva el comendante Pujitos!
--¡Oh espectáculo lastimoso! --clamó D. Celestino--. Está como una
cuba. Ya no le aguanto más... A la calle, a la calle mañana mismo. Se
lo diré al señor Patriarca... Pero no: ahora me acuerdo de que es un
viudo con cuatro hijos.
A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba
evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había
disminuido.
Santurrias se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después de
haber dicho mil herejías, que a D. Celestino le pusieron el cabello de
puntas, dijo que nos iba a contar lo que había hecho.
--Calla de una vez, deshonra de la santa Iglesia, borracho, hereje,
blasfemo --le dijo D. Celestino empujándole--. Yo te aseguro que si no
fueras un viudo con cuatro hijos...
--Pos, pos... --balbuceó Santurrias--: lo que hamos hecho se llama...
¡rigolución!... Que si vamos a Palacio, que si no vamos. Yo quería ir
pa pedí la aldicación.
--¡Cómo! --exclamó el cura con espanto--. ¿Ha abdicado S. M. el Rey
Carlos IV?
--Nones... entavía nones...
_Quantus tremor es futurus_
_Quando judex est venturus._
Viva quien baila,
que merece la moza
mejor de España.
¡Muera Godoy!... marchen... señor cura. Ya el menistro no es menistro,
polque el Rey...
--Creo que el Rey --indiqué yo para sacar de su ansiedad al buen
anciano--, ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según
allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían así.
--Eso... eso... juimos a palacio --continuó Santurrias, que, no
pudiendo sostenerse ya, había caído al suelo--, y salió un gentilón
con un papé escrito, y leyó... y decía... decía: _Queriendo mandal por
mi mesma mesmedá en el enjército y la marina, he venido en ex... ex...
ex..._
--En exonerar --dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo.
Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas,
y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel
elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración.
Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo
pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de
pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio
cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la
casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo:
--Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de
mi amigo el Príncipe de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con
tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco!
En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.