Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero
deseando vivamente saber de Inés y oír de sus propios labios si
era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los
Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era
más barato. D. Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a
buscarme.
--Esta noche --me dijo al bajar la escalera-- tendremos fiesta. No lo
digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás... Aquel papelote que
escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con
su carita de pascua, nos está engañando.
--¿De modo que hay viaje?
--Tan cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan,
porque esto es enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse
a España entre los dos; como no queremos que se vayan, el viaje se
prepara ocultamente para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban
salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más
tropa, y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón
por la calle de la Reina.
Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón
o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr.
D. Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese.
Así se lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito
inundada de generoso entusiasmo, _por el bien del reino_, me hizo ver
que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas
pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas
conversaciones. El se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna
fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había
variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos
animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los
agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años
antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de _El sí de las
niñas_, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso otro
de los dioses menores del Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y Media,
calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo!
El pinche me dijo que todos aquellos personajes habían venido de Madrid
traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió:
--Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se
llaman _científicos_.
No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en
cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin
explicarme por qué.
--Estúpidos --decía para mí--, ¿pensáis que semejante gatería es capaz
de quitar y poner reyes a su antojo?
Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su
inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel
puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento
que la asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró
la noche procuré tranquilizar a D. Celestino, y me fui allá. Lopito,
que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado:
--Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor.
Aquí está reunida toda la gente, y después... después veremos.
La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y también
disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia un patio interior,
destinado de ordinario a herradero y taller de carretería. No puedo
haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi, pues creo
que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el hambre
con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con
sombrero manchego y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras
y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante
oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie
de gato, que tan bien cuadra al ladrón; muchos, con chalecos botonados
de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último girón
de la bandera de las Comunidades; y entre esta mezcolanza de paños
pardos, sombreros negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de
capas encarnadas, cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave
María, del Carnero, de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la
Arganzuela, de Mira el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de
Ministriles, de los Tres Peces, y otros _faubourgs_ (permítasenos la
palabrota), donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor
de la granujería.
En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos
hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas
las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás. La
multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea con sus
propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable Pujitos»,
y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de sus _amigos
políticos_ (dispensadme este anacronismo), salió al patio, por no tener
la taberna capacidad para tan grande auditorio, y subió a la tribuna,
es decir, a un tonel.
Pujitos era lo que en los sainetes de D. Ramón de la Cruz se señala
con la denominación de _majo decente_, es decir, un majo que lo era más
por afición que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra
prima, el de carpintero o el de platero, y que no necesitaba vender
hierro viejo en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas,
ni cortar carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero,
ni vender aguardiente en _Las Américas_, ni machacar cacao en Santa
Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas
allá por el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del
hospital de la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente
a expensas de una mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas
Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con
un pie en la clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro
de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia
a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las
costumbres se le distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito,
Majoma y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar
las cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc.
Pujitos era español. Como es fácil comprender, tenía su poco de
imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos
por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No
sabía leer, y tenía ese don particular, también español neto, que
consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero exagerando o
trastornando de tal manera las ideas, que las repudiaría el mismo que
por primera vez las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero,
de esos que en todas épocas se distinguen, por creer que los gritos
públicos sirven de alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de
cuatro personas, y tenía todos los marcados instintos del personaje de
club; pero como entonces no había tales clubs ni milicias nacionales,
fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con
distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades.
Setenta años más tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito
a dos o tres periódicos, teniente de un batallón de voluntarios,
vicepresidente de algún círculo propagandista, elector diestro y
activo, vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de
algún figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del _derecho al
trabajo_ y del _colectivismo_, y en vez de empezar sus discursos así:
_Jeñores: Denque los güenos españoles..._ los comenzaría de este otro
modo: _Ciudadanos: A la raíz de la revolución..._
Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco
que de la Soberanía Nacional dijeron algunos no llegó a las tapiadas
orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones de obreros,
ni derecho al trabajo, ni batallones de milicias, ni gorros encarnados;
ni había periódicos, ni más discursos que los de la Academia, por cuyas
razones Pujitos no era más que Pujitos.
De pie sobre el tonel, con la capa terciada, el sombrero echado sobre
la ceja derecha, aquel personaje, pequeño de cuerpo, si bien de alma
grande, morenito, con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le
subían del estómago, habló de esta manera:
--Jeñores: Denque los güenos españoles golvimos en sí y vimos quese
Menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos
ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos
cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más
sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, pa que el puebro
contento diga: «el _Kyrie eleison_ cantando, ¡viva el Príncipe
Fernando!» (_Fuertes gritos y patadas._) Ansina se ha de hacer, que
ínterin quel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no come,
y Madrid no quiere al Menistro; conque, ¡juera el Menistro! que aquí
semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un tantico y verán
do tenemos las manos. (_Señales de asentimiento._) Pos sigo iciendo que
esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha de dar cuenta
de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande a presillo y que nos
ponga al Príncipe Fernando, a quien por esta (y besó la cruz) juro que
le efenderemos contra too el que venga, manque tenga enjércitos y más
enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y ahora no hay naa más
sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar con Godoy, y digamos
toos con el ángel:
«El _Kyrie eleison_ cantando,
¡viva el Príncipe Fernando!»
Un alarido, un colosal balido resonó en el patio, y el orador bajó de
su escabel. Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los
laureles oratorios, la moza de la taberna se acerca a escanciarle vino.
¿Es Hebe, la gallarda copera de los dioses, que vierte el néctar de
Chipre en el vaso de oro del joven de los rubios cabellos, al regresar
de la diurna carrera? No: es Mariminguilla, la ninfa de Perales de
Tajuña, a quien trajo desde las riberas de aquel florido río el Sr.
Malayerba, dándole el cargo de escanciadora mayor, que desempeña entre
pellizcos y requiebros.
Lopito, que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la
pellizca también, dícele mil niñerías... Pero a todas estas la multitud
que ocupa la taberna se levanta, obedeciendo a la orden de un hombre
que allí se presentó de improviso. Salieron todos, y yo, no queriendo
perder el final de una función que parecía ser divertida, les seguí.
--¡Silencio todo el mundo! --dijo una voz, perteneciente, según
comprendí, a persona resuelta a hacerse obedecer; y la turba se puso en
marcha con cierto orden. La noche era oscurísima, pero serena.
--¿A dónde vamos, Lopito? --pregunté a mi compañero.
--A donde nos lleven --me contestó por lo bajo--. ¿A que no sabes quién
es ese que nos manda?
--¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote,
chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por las
bocacalles, y se vuelve hacia acá para mandar que calléis?
--Sí: pues ese es el señor Conde del Montijo. Conque figúrate,
chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de... cuando los santos
hablan, será porque Dios les habrá dado licencia.