--Pues, Gabrielillo --me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la
casa--, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por
ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número
de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen
trajineros de la Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de
caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar bebidos...
¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota.
Aborrezco al vulgo.
En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San Antonio
discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no
tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el vecindario
todo para observar a los transeúntes, y era opinión general que nunca
se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, subimos
al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su manteo
y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, la
puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con ojos
vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen
jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca
necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en
el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.
--¿Se puede entrar, señor cura? --preguntó sonriendo con aquella
jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente.
--A tiempo viene el Sr. Santurrias --dijo el cura frunciendo el ceño--,
porque tengo que prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado,
sí, señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle
castigo... allá veremos... y digo y repito que la gente que se ve por
ahí no viene a lo que usted me indicó esta mañana. ¡Pues no faltaba más!
--Señor cura --contestó irrespetuosamente Santurrias--, esta noche me
desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar,
tocar para reunir la gente.
--¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!... Pero ¿qué
quiere esa canalla? ¿Qué pretende?
--Eso lo veremos luego.
--Ande usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene
a Aranjuez esa gentuza? --repitió D. Celestino dirigiéndose a mí--.
Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que
pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese
agradecido S. A. nuestro solícito interés!
--Ya se lo dirán de misas --murmuró burlonamente Santurrias--. Lo que
quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros
idolatrados Reyes.
--¡Ja, ja! --exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo--. Ya salimos
con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales
rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo
que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo.
Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mi los ojos, buscando
sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto
Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados
que he visto en mi vida, no cesaba de burlarse de su superior
jerárquico, bien contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con
diabólica música una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de
sainete mezclados con versículos latinos del Oficio ordinario.
--¡Ay, señor cura, señor cura! --gritaba--. Si veremos correr a su
paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja,
ja, ja!
Préstame tu moquero,
si está más limpio,
para echar los tostones
que me has pedido.
_Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor._
--Mi dignidad --repuso el clérigo, cada vez más amostazado-- no me
permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le
tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina
eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí, señor,
enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere
contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y... no
digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del
Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada...
--Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos sacará
aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para que nos
refresquemos --dijo Santurrias, descosiéndose de risa otra vez.
--¡Borracho! así está la santa Iglesia en tus pícaras manos --replicó
el clérigo--. Gabriel, ¿querrás creer que hace dos días tuve que coger
la escoba y ponerme a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba
con media vara de basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este
hombre acostumbraba visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse
corregirle con piadosas exhortaciones; pero ¡el Diablo le lleve! hay
días, chiquillo, que hasta el vino del Santo Sacrificio desaparece de
las vinajeras. ¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo,
asegurando que si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo
usted bien! el incomparabilísimo Príncipe de la Paz!
--Pues y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de
Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!...
--¡Qué abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel!
Tan pronto ahuecaba Santurrias la voz para cantar gravemente un trozo
de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando con
grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las campanas,
y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo a remedar la voz gangosa de
mi amigo, el cual, todo turbado, variaba de color a cada instante, sin
poder sobreponerse a las zumbas de su miserable subalterno.
--Pero, en resumen --dijo al fin--, ¿qué es lo que mi señor sacristán
espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan
cardenal subdiácono?
--Allá veremos, Sr. D. Celestino --contestó el bufón--. Esta noche o
mañana veremos lo que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya
le pondremos en salvo.
_Tuba mirum spargens sonum_
_per sepulchra regionum_
_coget omnes ante thronum._
Esta si que es tira, tirana:
ojo alerta, cuidado, señores,
que aunque tengan las caras de plata
muchas tienen las manos de cobre.
--Eso es, mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me
gusta! Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh, Gabriel!
estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada, que no ocurre nada;
bien sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos
cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene
averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme
noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan
el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo
yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al
Príncipe para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco
el buen señor!
No solo por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad,
salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba
en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era
preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso
pueblo, enojado con la noticia verdadera o falsa de que los Reyes iban
a partir para Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que
se consideraba como una combinación infernal fraguada por Godoy, de
acuerdo con Bonaparte.
En todos los grupos se hablaba del Generalísimo, como es de suponer,
y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de
aquel señor, a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido;
pero sabido es que la Fortuna suele ser la más traidora de las diosas
con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho
de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos
no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les
había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra
bondadosa madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto
y buen ingenio, aquellos benditos se disponían a probar que para algo
respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península.
Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada instante
llegaba gente de la Corte, traté de encontrar alguna persona conocida;
pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del cura, cercana
la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de más edad que yo, y
llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me saludó llamándome por
mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi importantísima salud. Al
pronto no le conocí; mas cuando cambiamos algunas palabras, caí en la
cuenta de que era un señor pinche de las reales cocinas, con quien yo
había trabado conocimiento cinco meses antes en el Palacio del Escorial.
--¿No te acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? --me
dijo--. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas?
--¡Ah! sí --repuse--: ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin
duda.
--La buena vida, amigo --dijo con petulancia, terciando airosamente la
capa en que se envolvía--. Ya no estoy en las cocinas: he pasado a la
montería del señor Infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que
hacer y se divierte uno. Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos
las libreas y paseemos por el pueblo... en fin, esto no se puede decir.
--Pues yo por nada serviría en Palacio. Tres días fui paje de la señora
Condesa Amaranta, y quedé harto.
--Quita allá: en ninguna parte se vive como en Palacio, porque después
que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando llega una
ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo... Pero esto no
es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la taberna del tío
Malayerba, que parece llamarnos, para que, refrescando en ella, nos
contemos nuestras vidas.
Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer
pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no
conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar
de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar
con aire matachín, y contar de sí propios inverosímiles aventuras.
Pero con estas cualidades y otras muchas, el expinche no dejaba de
ser simpático, sin duda porque unía a su vanidosa desenvoltura la
generosidad y el rumbo, que acompañan por lo regular a los pocos años.
Convidome a cenar en la taberna, charlamos luego hasta las nueve, y nos
separamos tan amigotes, cual si hubiéramos aprendido a leer en la misma
cartilla.
Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de que
los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos otra
vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del tío
Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte del
día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente acerca
de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba extraordinaria
importancia. Al principio se mostraba algo reservado en esta cuestión;
pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su alma el sofocante
peso de un secreto, se franqueó conmigo gallardamente.
--Si quieres --me dijo--, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré
a casa del señor Pedro Collado, criado de S. A. el Príncipe Fernando, y
verás cómo te dan soldada. ¿Has reparado en esos paletos manchegos que
andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con
viaje pagado y vino a discreción.
--¿Y por qué es ello, Lopito? Yo creí que gritaba y chillaba porque así
era su gusto. ¿De modo que todo eso de _vivan nuestros Reyes_ y lo de
_muera el choricero_, es porque corre la mosca?
--No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para que
dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a gritar, es
preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día como este.
Todos los que servimos al Infante D. Antonio Pascual y los criados del
Príncipe de Asturias, hemos estado por ahí buscando gente. De Madrid
hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de Ocaña,
Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral, creo
que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un
racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado.
--Pero, tonto --dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo--,
¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio
pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales
tropas para hacerse respetar y temer? Porque o somos o no somos. Si con
un puñado de gente gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de
Madrid se puede obligar al Rey a que haga una cosa, no sé para qué se
toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza.
--Dices bien, Gabrielillo; y si el condenado Generalísimo estuviera
seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas
todos esos caballeros que han venido a darle una serenata; pero tú no
sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa
--añadió bajando la voz--; y como el Príncipe de Asturias tiene no sé
cuántas arcas llenas de onzas de oro que le ha ido dando su padre para
juguetes... ya ves... S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan
todos los señores de la grandeza, muchos Obispos, muchos Generales, y
hasta los mismos Ministros que ahora tiene el Rey.
--Eso sí que es una grandísima picardía --exclamó con ira--. Son
Ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los
zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al
niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas
o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en
sentarse en el trono.»
Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos, pidiendo
Lopito para sí aguardiente de Chinchón y yo tintillo de Arganda. No
estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca
de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física
y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías
reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos
que invocó con épico acento el poeta al decir:
Grandes, invencibles héroes,
que en los ejércitos diestros
de borrachera, rapiña,
gatería y vituperio,
fatigáis las faltriqueras,
las tabernas y los juegos,
venid a escuchar el modo
de vengar nuestro desprecio.
Envidiable Pelachón;
Marrajo temido y fiero;
inimitable Zancudo,
y demás que sois modelo
de virtudes, venid todos...
Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con
tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verles.
--Estos --me dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad-- son lo
mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el
aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes.
También entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al
poco rato se había entablado conversación tan viva, que no era posible
entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones
y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la Familia Real
partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en
tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que
S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al
punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar
_vasallos_ a los españoles, decía el buen Carlos IV que la noticia
del viaje era invención de la malicia; que no había que temer nada de
los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy
dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba
asimismo como empachado de prosperidad y bienaventuranza al amparo de
paternales instituciones.
La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas no parecían
inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se burlaban de
cuantos acudían a leerla, añadiendo:
--No se nos engañará. A mí con esas... _Aspacito_, Sr. D. Carlos, que
ya lo arreglaremos.
Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba por
su habitación con la sotana suelta, y aunque no estaba presente, ni
aun en sombra, el pícaro sacristán, mi amigo, profería con desaforado
acento estas palabras:
--¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal acólito,
que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela para
venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los Reyes
no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están esos señores
en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán, escurridor de
lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo dijera yo, que soy
amigo de S. A. Serenísima, y tengo estudios para comprender lo que
conviene al interés de la Nación? Véngase usted ahora con bromitas;
amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. ¡Ah! agradézcame el
muy tunante que no me cale ahora mismo el manteo y teja para ir en
persona a contarle a S. A. qué clase de pajarraco es usted, con lo cual
dicho se está que el señor Patriarca me le pondría de patitas en la
calle. Pero no, señor Santurrias soy un hombre generoso y no iré; no
quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted
ahora con bromitas, diciendo que mi paisano acá y allá, y que le van a
arrastrar; y repita aquello de «¡Viva Fernando, _Kyrie eleison_! ¡Muera
Godoy, _Christe eleison_!» con que me despierta todos los días.
A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y
echándome los brazos al cuello, me dijo:
--Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias.
¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima, ¿sí? Ahora,
cuando salga el señor Príncipe de la Paz a paseo, supongo que le
vitorearán... ¡Ay! qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que
íbamos o tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi
vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme a su seno antes que
lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle
gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta
si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios
no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de
aquel hombre... ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que
pasaba, y no me recibió?...
--Lo creo. En estos días no tendrá S. A. humor para recibir, porque,
como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes.
--Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los
otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba
--continuó el cura--. ¿Pero en dónde está ese endemoniado sacristán?
No parece por aquí, porque sabe que le he de poner más colorado que un
pimiento riojano.
No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó ver
los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la esprimida cara y
arrugada frente del sacristán.
--Venga acá --exclamó D. Celestino con alborozo--; venga el
sapientísimo Sr. Santurrias, presunto cardenal metropolitano; venga
acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su
prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí
que la proclama de S. M. es una tiñería; ¿y qué crédito merece el Rey
de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando
habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de
monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos sacará de dudas su
señoría?
--Mañana, mañana, mañanita, señor cura --contestó el sacristán--.
Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas?
Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino, por el
contrario, burlándose de los graves gestos con que se le interpelaba,
empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio, haciendo mil
grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de repicar,
ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya, en fin, con la
postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la forma
siguiente:
_Domine, ne in furore tuo arguas me..._
Es la Corte la mapa
de ambas Castillas,
y la flor de la Corte
las Maravillas.
Anda, moreno,
que no hay cosa en el mundo
como tu pelo.
_De profundis clamavi ad te, Domine._
_Domine exaudi vocem meam..._
Don, dilondón, don, don.