IV

Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que

su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los

cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el

gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma

y que sabía estarse quieta. Había en ella, si no fineza de modales,

esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con gente por mucho

tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se

podía decir: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta

midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la

bestezuela enredadora de la tienda.»

Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de

manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas

había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente

aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su

nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler

lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco

velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y

no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía

a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola,

se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la

observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por

mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel

húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del

saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones

para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los

tíos de Inés.

--_Este_ estaba tan impaciente por venir --dijo Restituta, señalando a

su hermano-- que con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita,

como hubiéramos deseado.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 8 / 40 题