Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que
su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los
cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el
gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma
y que sabía estarse quieta. Había en ella, si no fineza de modales,
esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con gente por mucho
tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se
podía decir: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta
midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la
bestezuela enredadora de la tienda.»
Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de
manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas
había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente
aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su
nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler
lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco
velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y
no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía
a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola,
se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la
observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por
mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel
húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del
saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones
para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los
tíos de Inés.
--_Este_ estaba tan impaciente por venir --dijo Restituta, señalando a
su hermano-- que con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita,
como hubiéramos deseado.