Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la
semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo
siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor
solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del
sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la
calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese
para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no
poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente.
Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que tenía,
logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin consintió
en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en el viaje. Yo
temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue así. Cuando
llegué, D. Celestino estaba en la misa mayor: entré en la iglesia lo
mismo que los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y
fúnebre. Al salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco
en la puerta de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa
singular! No hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos.
Durante la comida traté de animar a los demás con fingido buen humor;
pero no pude conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita,
yo creí que los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando
estábamos concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en
el patio de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una
voz hueca y áspera que decía:
--¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura de
la parroquia?
D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían
llegado.
Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro
vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al
estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz:
--¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin te
veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven,
déjame que te abrace otra vez.
Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el mohín
lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos; y luego
que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron a D.
Celestino, quien no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver
tal explosión de sensibilidad. Por mi parte, de buena gana habría
correspondido con bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés
aquellos gansos, cuya descripción no puedo menos de considerar ahora
como indispensable.
D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir
más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la
Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del
cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su
torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los
trabajos mecánicos solo sirve para ayudar a su experta compañera, la
derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía;
en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja
la espada; en la náutica el timón; en la pintura el pincel; es la que
abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y
la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene
el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el
baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que
salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación,
el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el
que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece
ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa
de las extremidades derechas, se extiende a todo el organismo.
Cuando estamos perplejos sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo
se abandona a su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos
buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el
lado siniestro todo es torpeza, todo subordinación, todo ineptitud;
cuanto hace por sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria,
que ni aun en desarrollo puede igualar al otro lado. La mitad de todo
hombre es generalmente más pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin
duda, se dispuso que el corazón ocupara el costado izquierdo.
Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que
dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos
lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante,
inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía
que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado
para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos
miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la
sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no
los conocía por suyos.
Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y
rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíanse
a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí.
Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí
los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al
limpiarse el sudor con un luengo pañuelo de cuadros encarnados y
azules, parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo. La
buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba
vestido con ella, sino ella puesta en él. En cuanto a los guantes,
embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada instante
se tocaba los dijes del reloj y los encajes de las chorreras para
cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza
había desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le
hacía semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase
vestido de pies a cabeza.
Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por
infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer
llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante
amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección
del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a
rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada.
También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño
agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la
solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel
y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba
también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar
la rodilla.
La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de reloj:
no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio
buscando el siniestro carrillo que, por obra y gracia de cierto
lobanillo, era más luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien
puestos bajo cejas negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de
la astucia, mientras que su boca, insignificante si no la afearan los
dos o tres dientes carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los
labios, tenía todos los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero
estudia para engañar a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era
repentina y sonora: en la generalidad de las personas este fenómeno
fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña a estados
particulares del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la
rigurosa precisión de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro
personaje tenía sin duda en su organismo un resorte para la risa, de la
cual pasaba a la seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se
quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo
que él en su interior pensaba así: «ahora conviene reír», y reía.