--Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras --dijo D.
Mauro-- que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones
al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las
tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino,
y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece
maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura.
Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.
--Todo pagado --indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los tres
que estábamos presentes--. A _este_ no le gusta deber nada.
--¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí
--declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el
corbatín.
--En casa no ha habido nunca trampas --añadió la hermana.
--A eso deben ustedes el haber adelantado tanto --dijo D. Celestino.
--La suerte... eso sí; hemos tenido suerte --dijo Requejo--. Luego
_esta_ es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...
--Pero todo se debe a tu honradez --añadió Restituta--. Sí, créanlo
ustedes, a su honradez. _Este_ tiene tal fama entre los comerciantes,
que le entregarían los tesoros del Rey.
--En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si
fuera a hacer caso de _esta_, compraría tierras y más tierras. A _esta_
no le gustan sino las fincas.
--Y con razón: si _este_ me hiciera caso --dijo la hermana, mirando
otra vez sucesivamente a los circunstantes--, todas nuestras ganancias
se emplearían en tierras de labor.
--Como yo soy así, tan... pues --indicó Requejo.
--Sin soberbia, Sr. D. Celestino --dijo Restituta--, bueno es aparentar
que se tiene lo que se tiene.
--Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas --indicó D. Mauro--.
Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se
puede... Vea usted esta cadena --añadió, mostrando a D. Celestino una
que traía al cuello--; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree
usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no
quería; pero _esta_ se empeñó, y como se puede...
--Son hermosas piezas.
--Y bien te dije que te quedaras también con la _tumbaga_ de la
esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una
lástima que la haya tomado el Duque de Altamira.
Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales
de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos
ocurrían.
--Pero ¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita? --dijo Requejo riéndose
de improviso y quedándose muy serio un instante después.
Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que
decir.
--¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la pobre
Juana, mi prima querida! --exclamó Requejo llevándose la manopla a la
boca para tapar un bostezo--. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita!
--Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer --dijo
Restituta--, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el
de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan
más fácilmente.
Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro
se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la
conversación, dijo:
--¿Y ha visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola?
--Todavía no --respondió Requejo--; pero me han dicho que son
magníficas. Psh... para mí, poca cosa. _Esta_ se empeñó en que me
quedara con ellas, y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas
más, que hemos ido comprando poco a poco.
--En su país de usted, hacia el Bierzo, si no me engaño.
--Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de Maragatería.
De allí _semos_ todos, y allí está todavía el solar de los Requejos.
--Familia hidalga, según creo --afirmó el cura.
--Ello... no deja de tener uno su _motu propio_ --contestó D.
Mauro--; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros
ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de
Requejo.
--Así debe de ser: los más ilustres apellidos traen su origen de alguna
yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua los _Léntulos_,
los _Fabios_ y los _Pisones_, que se llamaban así porque alguno de sus
mayores cultivó las lentejas, las habas y los guisantes. En cuanto a
mí, creo que este nombre de _Malvar_ me viene de que algún abuelo mío
se pintaba solo para el cultivo de las malvas.
--Pues yo creo --dijo D. Mauro volviendo a reír-- que eso de que la
nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros
es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya
habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron
Duque a uno porque tenía un huerto de cebollas, y a otro Marqués porque
sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de
ningún cardo borriquero.
--Y venga de donde viniere --dijo Doña Restituta--, lo principal es
lo principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta
nada en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos
gusta andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero
todos los días... eso sí: _este_ y yo no nos podemos pasar sin ciertas
comodidades.
--Lo que es por mí --interrumpió Requejo--, con cualquier cosa me
sustento. Teniendo un pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente
del Berro, vamos viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en
buen pie. Todos los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y
jamón rancio a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para
cenar una perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad
y por el día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto,
que es el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la
era del Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que
suele ir a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver
tanta abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra.
--Eso sí --dijo Restituta--, no nos duele gastar en el plato, ni en
buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre.
Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta
ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos,
cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes
que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que
hacer.
Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés, diciendo:
--Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa
temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar
la pinta, si es _éntica_ a su madre...
--Por Dios, Mauro --exclamó Restituta--, no traigas a la memoria a
aquella santa mujer, porque yo estoy todavía tan impresionada con su
muerte, que si la recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos.
--Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad --dijo Requejo tocando
el resorte de la seriedad--. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda
tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con
su cara de princesa.
--Ya, ya... --indicó Restituta guiñando el ojo--, que no tendrá
pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo
que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que
guardamos en casa tal primor.
--Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto --añadió Requejo--.
Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una
de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta
joya.
--Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia,
y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de
heredar de sus tíos, beberán los vientos por conseguir su mano. A fe
mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala
las cortinas de sarga verde con ramos amarillos, y aquellos pájaros
color de pensamiento que parecen vivos, no estará de mal ver para
recibir en ella a todos los señores del Consejo Real. ¡Pues poco tono
se va a dar la niñita en su gran casa!
D. Celestino, viendo que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas
demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así:
--Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va a
recibir.
--Ya estoy contento, Sr. D. Celestino --dijo Requejo--. Una cosa me
faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una
persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será
feliz y nosotros también.
--No hables mucho de eso, porque lloro --dijo Doña Restituta--. ¡Qué
gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta
las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay,
Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar
a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me
crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas
para vivir.
Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es
decir, la piel, se teñía de un leve rosicler.
--Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros --dijo
Requejo--, esta misma tarde nos la llevaremos.
--¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! --exclamó ella vivamente.
--Hija mía --dijo Restituta--, no conviene disimular el cariño que nos
tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo
que hacemos por ti, pues obligación nuestra es.
--Tal vez ponga reparos a ir con ustedes así... tan pronto --indicó con
timidez D. Celestino--; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas
de su nueva posición, y se decida...
--¡Que no quiere venir! --exclamó Requejo con asombro--. ¿Conque
nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!
--Sí... les quiere a ustedes --añadió el cura, tratando de conciliar
la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los
Requejos.
--Hermano, no sabes lo que te dices --afirmó Restituta--. Nuestra
sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez.
¿Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala,
saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos? Eso no estaría
bien. Por el contrario, se está muy calladita, y como muchacha honesta
y bien criada... ¡ya se ve! como hija de aquella santa mujer...
disimula su alborozo y se está así, mano sobre mano, bendiciendo
mentalmente a Dios por la suerte que le depara.
--Entonces, Sr. D. Celestino --dijo Requejo--, nosotros nos vamos
ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de
Titulcia, y por la tarde, cuando volvamos, Inés estará preparada para
venirse con nosotros a Madrid.
--No tengo inconveniente, si ella está conforme --repuso el clérigo,
mirando a su sobrina.
Mas no dieron tiempo a que esta expresara su opinión sobre aquel
viaje, porque los Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que
un coche de dos mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron
por turno dos o tres veces a su sobrina; hicieron ridículas cortesías a
D. Celestino, y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron,
dejando al clérigo muy complacido, a Inés absorta y a mí furioso.
V
Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía
hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo
que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos, y hablamos
así:
--¿Será usted capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a
vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana?
--Hijo --me contestó--, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a
Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su
heredera cuando estire la zanca.
--¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta años.
Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante
hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo.
--Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos: Inés se irá con ellos. En
caso de que la traten mal, la recogeremos otra vez.
--No la tratarán mal, no --dije muy sofocado--. Lo que yo temo es otra
cosa, y eso no lo he de consentir.
--A ver, muchacho.
--Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que
Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de
una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo
esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?
--¿Qué intención?
--Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no le
dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en
su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos
lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando
a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos
han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han
comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de
que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el
proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en
su casa.
--Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención
de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que
ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no
dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben
lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés
hecha una damisela, paseando en magnífica carroza, con dos caballos
empenachados y un encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos
y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos
caserones que hay en Madrid más grandes que conventos.
--¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo y
Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales
cosas; pero no a los sesenta.
--Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez.
¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen
personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no
estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como
tío carnal, me corresponde la tutela.
--¿Y por qué la deja usted marchar?
--Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque
Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al
fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.
--Alto allá, señor mío --exclamé muy amostazado--, ¿qué es eso de
casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí,
¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!
--Es verdad: no me acordaba, hijito --dijo el cura con algo de mofa--.
¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y
además, hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde
trabajas.
--Sobre tres reales diarios.
--Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es;
pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con
cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde
hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por
barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente
con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno.
--Eso ella es quien lo ha de decir --repuse con la mayor zozobra--;
y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo
pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está
decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?
--Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.
--¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no se
puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí,
señor.
--¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener
los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures.
Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro.
Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te
luce más el oficio.
--¿Y no puedo yo buscar un destinillo?
--Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un
principado.
--No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la
contaduría de acá o en la de allá.
--¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?
--¿Por qué no? --respondí enfáticamente--. ¿Pues para qué son los
destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos?
--Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que
a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce
años haciendo memoriales.
--Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le
pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.
--¡Ah! --exclamó D. Celestino con satisfacción--. El día que visité
a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus
augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto
agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin
dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando
entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada
al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de
Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido
en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos
de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de
este año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada
eran malos; pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por
esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si
estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente,
añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir
esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe
le interesa mucho cuanto se refiere a la Religión. Hablele después de
que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber
compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo
que _bueno_, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición
a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me
rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos
urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores
horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro
que salí de allí conmovido.
--¿Y no vuelve usted?
--¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para
llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo
los pies en el palacio de mi ilustre paisano.
--Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino --dije con mucha
determinación--. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.
--¡Estás loco! --exclamó el sacerdote con asombro--. No me creo capaz
de semejante irreverencia.
--Pues se lo pediré yo --dije, más resuelto cada vez a entrar en la
administración.
--Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te
presente sin más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti,
cuáles son tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos?
¿Has saludado siquiera el _Divitias alius fulvo sibi congerat auro_,
el _Passer delitiœ meœ puellœ_, o el _Cynthia prima suis me cepis
ocellis_? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los
mocosos a quienes se les antoja pedirlos?
--Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo
demás.
--¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.
Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré
convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del
Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de
desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito
de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me
inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos,
engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba
la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos,
condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para
sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más
pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea
salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la
mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos
que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro: la idea
de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay! aunque había entonces
menos destinos, no eran escasos los pretendientes.
España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de
_siete mil millones_ de reales. Quien esto derrochó en una calaverada,
¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el
pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada
peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea
echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi
conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando,
ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado
tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido
era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía
falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo de
adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a
la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis
ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.
No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le
inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro;
pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con
esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces
la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del
buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de
los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi
manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las
perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable
saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según
el lector observaría, se llamaban simplemente _este_ y _esta_. D.
Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas
respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y
honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su equipaje.
No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas
de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil
ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su
contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario.
--No te des prisa, pimpollita --decía Don Mauro--, que todavía hay
tiempo de sobra.
--Su impaciencia por emprender el viaje --añadió Doña Restituta,
plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara-- es tan
viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de
aquí.
--Eso no --dijo D. Celestino algo amoscado--, que su tío no le ha dado
malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.
Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas
lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran
que un antiguo y cordial amor me unía a Inés; así es que disimulé mi
sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto
olvidado, le dije:
--Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me
quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.
Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de
la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento
a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les
escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo
como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y al poco rato
nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. D. Celestino,
que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo conservarla, y
haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a
los ojos.
--¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!
Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.