--Sí --continuó el cura--. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese
eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado
unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con
el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a
Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien
también tendremos el gusto de ver en casa.
Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños
y no muy alegres pensamientos, dije a Inés:
--Pero ese hombre, ¿es casado?
Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió
con viveza:
--Es viudo.
Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una
antífona, interrumpía nuestro grave silencio.