Una vez presenciada una corrida de toros, _el espectáculo_ de España,
los que sólo deseen pasar el tiempo agradablemente pueden hacer
refrendar sus pasaportes para Nápoles. En España, una agradable vida de
_campo_, según nosotros la entendemos, no es una cosa posible, y lo que
la sustituye es una existencia provisional de beduíno, que si es
divertida para corto tiempo, es insoportable a la larga. No es mucho
mejor la vida en las provincias; las del interior tienen un aspecto de
convento, muerto y anticuado, que deja helada a una persona briosa y
viva. Los mismos artistas, después de tomar sus apuntes, se sienten
inclinados al suicidio para ahuyentar al aburrimiento, el dios de la
localidad. Madrid mismo es una ciudad poco sociable, de segundo orden e
inhospitalaria; una vez visto el Museo, ido al teatro y dadas unas
vueltas por el eterno Prado, cuanto más pronto sacuda el viajero el
polvo de sus zapatos, mejor para él. Los puertos de Levante, como son
más frecuentados por los extranjeros, resultan un poco más
cosmopolitas, alegres y divertidos; pero, hablando en términos
generales, las diversiones públicas son cosa casi desconocida en este
país medio moro. La tranquila contemplación del humo del cigarro, y el
_dolce far niente_ de una tranquila indolencia, acompañada de calmoso
palique, les basta. Mientras para otras naciones el carecer de placeres
es una desgracia, para el español es un placer no tener la desgracia de
hacer esfuerzo alguno; la existencia es la mayor felicidad para él, y,
en cuanto a trabajar, sólo desea hacer hoy lo mismo que hizo ayer y lo
que hará mañana, es decir, nada. Así se pasa la vida en una soñolienta y
negligente rutina, con la sola seria excepción de los asuntos de amor;
dejadle, dejadle tranquilo y fumando. Cuando despierta, la _alameda_, la
iglesia, los toros y las citas son sus principales diversiones, y éstas
se gozan más que en ninguna parte, en las provincias del sur, la tierra
también del cante y del baile, de los soles y los ojos brillantes y de
las mujeres de pie pequeño.
El teatro, que en otras partes constituye un medio tan importante para
que el forastero pase la noche, está en una gran decadencia en España, a
pesar de que, como nadie hace nada, ni está cansado de negociar y de
ganar dinero durante el día, parece que debería ser, precisamente, lo
que hiciera falta; pero es demasiado caro para la pobreza general.
Además, los que durante cuarenta años han tenido verdaderas tragedias
en su casa, les falta esa superabundancia de felicidad que está
dispuesta a pagarse el lujo de ver las penas ficticias de los demás.
Verdaderamente, el drama en España, como otras muchas cosas, fué
creación accidental de un período; protegido por Felipe IV, tan amigo de
diversiones, floreció al calor de su sonrisa, languideció al verse
privado de ella, y luego no tuvo fuerza para resistir la firme
hostilidad del clero, que se opuso a este rival de sus propios
espectáculos religiosos y melodramas eclesiásticos, de los que había
nacido el teatro enemigo. No son aún raros los primitivos misterios
medievales, pues los hemos visto representar en Pascua de Resurrección;
de vez en cuando los sagrados asuntos gravemente profanados para ojos
protestantes, son contemplados complacidamente por los naturales con fe
demasiado sincera y sencilla para permitir ni siquiera una sospecha del
gran absurdo; pero en todas partes de España ha sido materializado lo
espiritual, y lo divino rebajado hasta lo humano en las iglesias y fuera
de ellas; el clero atacó a la escena, negando, al morir, el entierro en
sagrado a los actores, a los que, durante su vida, no les permitía
llamarse «_don_», el amado título de todos los españoles. Naturalmente,
como en esta nación en que tanto se estima a sí propio la gente, nadie
es capaz de abrazar una profesión menospreciada, si puede evitarlo,
pocos han querido ser declarados oficialmente vagabundos, y tampoco ha
salido de entre ellos ningún Garrick ni Siddons capaz de acabar con los
prejuicios por sus virtudes públicas y privadas.
Todavía en este mismo siglo XIX había confesores de familias que
prohibían a las mujeres y a los niños aun el pasar por las calles donde
están enclavados «estos templos de Satanás». Y los frailes mendicantes
se colocaban por la noche a las puertas de los teatros para advertir a
los temerarios el insondable abismo a que se dirigían, del mismo modo
que nuestros metodistas distribuyen el día del Derby, en las barreras,
folletos contra las carreras. En 1823, los frailes de Córdoba
consiguieron que se cerrara un teatro porque las monjas de un convento
frontero decían que veían al diablo y sus secuaces bailar fandangos en
el tejado. Aunque, a su vez, los frailes han sido arrojados de las
tablas españolas, el drama nacional ha hecho su salida casi al mismo
tiempo que ellos. El teatro antiguo y clásico fué el espejo de la
naturaleza española y en él se reflejaron sus usos y costumbres. Su
objeto era más bien divertir que instruír, y como la literatura, su
hermana en la exposición de la nacionalidad existente, ponía en acción
lo que las novelas picarescas describían detalladamente. En ambas, el
vanidoso hidalgo era el héroe; envuelto en su capa, con sus largos
bigotes y ceñida la espada, taconeaba en el escenario, galanteaba y
peleaba como correspondía a un viejo castellano, de los que Carlos V
había hecho el terror y el modelo de Europa. Entonces España, lo mismo
que una belleza afortunada, tenía un orgulloso placer en mirarse al
espejo; pero hoy, que las cosas han cambiado, se avergüenza al
contemplar la imagen de sus arrugas y cabellos blancos; su bandera es un
andrajo, sus vestidos están rotos y se estremece con la humillación de
la verdad. Si aparece en el teatro es para revivir días pasados, para
resucitar al Cid, al Gran Capitán, a Pizarro; así, eludiendo el presente
y rememorando el ayer glorioso, abriga la esperanza de un porvenir
brillante. Así, pues, las comedias que representan cosas y costumbres
modernas son rechazadas por el patio y la cazuela como vulgares y fuera
de tono; es más, aun a Lope de Vega sólo se le conoce ahora de nombre;
sus comedias son relegadas de las tablas a los estantes de las
librerías; y eso, en su mayor parte, fuera de España. Ha pagado el
pecado evidente de su localismo nacional y de haber pintado a los
hombres como una variedad española, más bien que como una especie
universal. Reinó en la escena, pero su hora ha pasado; mientras que su
contemporáneo, el bardo de Avon, que representó a la humanidad y a la
naturaleza humana, la misma en todos los momentos y en todas partes,
vive en el corazón humano tan inmortal como el principio en que se basa
su influencia.
En las antiguas comedias españolas, las escenas imaginarias estaban tan
llenas de intrigas como la vida real; el honor era entonces el punto
principal, las mujeres estaban encerradas celosamente en verdaderos
harenes y el llegar hasta ellas, cosa fácil hoy, constituía la
dificultad para los amantes. La curiosidad de los espectadores estaba
como sobre ascuas para ver cómo los amantes podrían encontrarse y salir
del consiguiente embrollo. Estos enredos y laberintos eran los más
propios para un _pays de l’imprévu_, donde las cosas suceden siempre al
revés y contra todo cálculo lógico. La acción del drama español estaba
tan llena de acción y de energía como el francés de monótonas
descripciones y declamaciones. Los Borbones, que acabaron con las
corridas de toros típicas, arruinaron también el drama nacional; una
inundación de unidades, de reglas, de altisonantes contrasentidos y
convencionalismos se desbordó sobre los asombrados y asustados Pirineos,
y el teatro, como la plaza de toros, empezó a ser víctima de los que, en
su idea unilateral de la civilización, sólo reconocían un género de
bondad, que era la que veían a través de los gemelos del Palais Royal.
Calderón fué calificado de ser tan bárbaro como Shakespeare, y los que
les condenaban no entendían una palabra de ninguno de los dos. Y ahora,
de nuevo, con esta segunda irrupción de los Borbones, Francia ha llegado
a ser el modelo de esa misma nación, de la que sus Corneilles y Molières
hurtaron muchas plumas que les ayudaron a remontarse a la fama
dramática. Ahora España se ve reducida al triste recurso de copiar a su
discípula de ayer las mismas artes que ella antaño enseñara, y sus
mejores comedias y farsas no son sino pobres versiones de Monsieur
Scribe y otros escritores de vaudeville. Su teatro, como todo lo demás,
ha caído en una pálida copia de su dominante vecina, y está igualmente
desprovisto de originalidad, de interés y de nacionalidad.
De España también copió Europa la distribución del nuevo teatro; los
primeros eran sencillamente patios cubiertos a la usanza de los clásicos
de Thespis. El _patio_ se convirtió en la _platea_, donde no se permitía
la entrada a las mujeres. Los ricos tomaban asiento en las ventanas de
las casas que daban a él, y, como casi todos en España tienen rejas de
hierro, de aquí vino la frase francesa _loge grillé_ que se aplicaba a
un palco particular. En el centro de la casa, sobre el patio, se
levantaba una especie de galería ancha y baja que se llamaba la
_tertulia_, nombre que en aquel tiempo se solía dar al sitio de reunión
de los eruditos, entre los cuales en aquel tiempo estaba de moda citar a
_Tertuliano_. Las mujeres, excluídas del patio, tenían un sitio
reservado para ellas, en el cual no podían entrar los hombres, costumbre
basada en la separación de sexos gótico-árabe. Este lugar, reservado al
elemento femenino, se llamaba _la cazuela_ o _la olla_, sin duda por la
mezcla o bodrio de clases, y también solían decirle _la jaula de las
mujeres_ o _el gallinero_. Todas iban allí vestidas de negro y con
mantilla, lo mismo que a la iglesia. A primera vista aquel obscuro
conjunto de negras trenzas, lustroso cabello y más negros ojos, parecía
como la galería de un convento de monjas; aquello era, sin embargo, un
símil de disimilitud, porque, apenas había en la representación escénica
un momento de pausa, se levantaba tal arrullar y graznar en aquel
enjambre de tórtolas, tales ojeadas, tal revoloteo de mantillas, crujir
de sedas, telegráficas señales de abanicos y eléctrica comunicación con
los _señores_ de abajo, que contemplaban con ansiosas miradas el moreno
racimo de aquella viña tan inasequiblemente colocada allá arriba fuera
de su alcance, que de hecho rechazaba toda idea de reclusión, de
tristeza o de mortificación. Esta _cazuela_, única y pintoresca, acaba
de desaparecer ahora en Madrid, porque como no se usa en Covent Garden
ni en Le Français, podía parecer anticuada y antieuropea.
Los teatros de España son muy pequeños, aun cuando se les llama
coliseos, y mal dispuestos; el guardarropa y los adornos son tan escasos
como los de los espectadores, sin exceptuar siquiera a Madrid. Cuando
están llenos, los olores son ultracontinentales, y se parecen a los que
predominan en París cuando el pueblo acude a una representación
gratuita; y en los teatros españoles no se usa un incienso
neutralizador, como hace el prudente clero en sus iglesias. Si se
analizara la atmósfera por Faraday, se encontrarían en la misma
proporción el humo de tabaco añejo y el tufo de ajo fresco. El
alumbrado, excepto en las raras ocasiones en que el teatro, según dicen,
se ilumina, está justamente proyectado para hacer la obscuridad
visible, y no había manera de ver en el gallinero, hacia al que en vano
se alzaban los ojos y anteojos de los zorros del patio.
La tragedia española, incluso cuando declama el Cid, es pesada; su
lenguaje altisonante; la declamación campanuda, francesa y afectada, y
la pasión queda hecha andrajos. Los _sainetes_ o farsas son burdos,
aunque divertidos, y están perfectamente representados; los
verdaderamente nacionales van desapareciendo, pero los que aun se ven
están llenos de sarcasmo, sátira, intriga, chispa e ingenio, a que tan
aficionados son los españoles; como que no hay pueblo tan profundamente
dramático y serio en la _venta_, en la _plaza_, en la iglesia y en todas
partes. Los actores, al representar estas farsas, dejan de ser cómicos y
la escena resulta una de la vida real; generalmente hay un _gracioso_,
favorito del público, de la especie de los Liston y de los Keeley, que
está en excelentes términos con el patio, que hace y dice lo que quiere,
que mete en el diálogo sus propios chistes y que provoca una carcajada
apenas se presenta.
La orquesta no tiene importancia ninguna; los españoles son muy
aficionados a lo que ellos llaman música, lo mismo vocal que
instrumental; pero que es oriental y muy distinta de las exquisitas
melodías y representaciones de Italia o Alemania. Del mismo modo, aunque
ellos han bailado sus rudas canciones desde tiempo inmemorial, no tienen
la menor idea de la gracia y elegancia del baile francés, y en cuanto
se atreven con él, resultan ridículos, pues son malos imitadores de sus
vecinos, lo mismo en cocina que en idioma o que en trajes; en realidad,
un español deja de ser un español en la misma proporción en que es un
_afrancesado_; imitan al saltamontes en sus saltos y chirridos y tienen
un genio natural para la _jota_ y el _bolero_. El mayor encanto de los
teatros españoles es el baile nacional, incomparable, inimitable y
único, y sólo para ser bailado por andaluces. Es la _salsa de la
comedia_, la esencia, la crema, la _sauce piquante_ de los espectáculos
nocturnos; se _intenta_ describirlo en todos los libros de
viajes--porque ¿quién puede describir el sonido o el movimiento?--, pero
es preciso verlo. Por aburrido que esté el teatro, por seria que sea la
comedia o divertida la tragedia, el sonido de las castañuelas despierta
al más indiferente; el agudo e inquietante repiqueteo se oye entre
bastidores y el efecto es instantáneo: resucita a un muerto; paraliza
las lenguas de innúmeras mujeres; _on n’écoute que le ballet_. Se
levanta el telón y la brincadora pareja aparece por opuestos lados, como
dos amantes separados que, después de larga busca, se vuelven a
encontrar, y parece como si el público no existiera para ellos y sólo
vivieran el uno para el otro. El brillo del fino traje del _Majo_ y la
_Maja_ parece inventado para este baile: el centelleo del oro y de la
filigrana prestan más ligereza a sus movimientos; la _saya_ trasparente
y que dibuja la forma de la mujer, realza el encanto de la línea
armónica que gustosamente ocultaría, y no tiene cruel corsé que
aprisione su serpentina flexibilidad. Se detienen, se inclinan un
momento hacia adelante, probando la flexibilidad de sus miembros y de
sus brazos; rompe la música, vuélvense tiernamente el uno hacia el otro
y despiertan a la vida. ¿Qué ejercicio puede hacer resaltar mejor los
siempre variables encantos femeninos, y los perfiles de las formas
varoniles, que este baile fascinador? El acompañamiento de las
castañuelas da ocupación a los levantados brazos. Los franceses dicen:
_C’est la pantomime de l’amour_. El enamorado joven persigue a la
esquiva y coqueta moza; ¿quién describirá sus requerimientos, la tímida
retirada de ella, su ávida persecución, como Apolo, tratando de alcanzar
a Dafne? Ya se miran uno a otro, ya dirigen la vista al suelo; tan
pronto es todo vida, amor, movimiento, como después sigue una pausa y se
quedan inmóviles y como clavados en tierra. Este baile triunfa de todo,
pues lleva consigo una verdad que venga a cualquier descontentadizo.
¡Lejos, pues, la estudiada gracia de la _danseuse_ francesa, bella, pero
artificial, fría y egoísta, como el aleteo de su amor, comparada con el
apasionado _abandono_ de las hijas del sur! En este baile no hay nada
indecente; nadie se cansa de verle, o tanto peor para él, y, si algún
defecto se le encuentra, es el ser demasiado corto, porque, como Molière
dice: «_Un ballet ne saurait être trop long, pourvu que la morale soit
bonne, et la métaphysique bien entendue_». A pesar de esta profundísima
observación, el clero toledano, por un exceso de celo, quería abolir el
bolero, pretendiendo que era inmoral. Se permitió que a manera de
testimonio, los bailarines diesen «una representación» ante el tribunal:
cuando empezaron a bailar, los señores magistrados mostraron síntomas de
intranquilidad, y, por último, desechando togas e informes, se lanzaron,
como si les hubiera picado la tarántula, a hacer una cabriola,
absolviendo a los acusados, pero condenándoles a pagar las costas.
Este _baile nacional_, aunque es adorado por los extranjeros, empieza
¡ay! a ser despreciado por esas mal aconsejadas señoras que van a los
palcos con sombreros franceses en vez de mantillas españolas. Se supone
que el baile no es europeo o civilizado, y el mejor albur para su
supervivencia, es que está positivamente de moda en los escenarios de
Londres y París. Entre la gente del pueblo, sin embargo, todos los
bailes nacionales están muy arraigados. Las diferentes provincias, del
mismo modo que tienen lenguaje y costumbres diferentes, tienen también
sus peculiares danzas locales, que, del mismo modo que sus vinos, bellas
artes, reliquias, santos y salsas, sólo pueden ser verdaderamente
saboreados en sus propios sitios de origen.
Los bailes de sociedad de las clases elevadas de España se diferencian
muy poco de los de otros países, y ninguno de los dos sexos se distingue
por su gracia especial en ellos, aun cuando les tienen gran afición.
Sin embargo, todavía no se piensa que sea una prueba de buen tono el
bailar tan mal como sea posible y con un gran aire de aburrimiento que
parece apéndice obligado del llamado mundo _alegre_. Como de estos
bailes se excluye todo lo que tiene carácter nacional, carecen del más
mínimo interés para los que no sean los actores. Un baile improvisado
viene a ser el obligado remate de las _tertulias_ de invierno, en el
cual no se da gran importancia ni a la música, ni al traje, ni a la
medida exacta de los pasos. Aquí los bailes populares ingleses, los
rigodones franceses y los valses alemanes están a la orden de la noche;
todo lo español brilla por su ausencia, exceptuando, naturalmente, la
«abundante falta» de buena música, luz, vestido y comida, cosas que
nunca preocupan a la concurrencia, pues los frugales y parcos españoles,
fáciles de contentar, gozan con corazón de estudiantes de la realidad de
día de fiesta, que siendo ya por sí mismo un placer suficiente, no
necesita de artificiales encarecimientos.
El bailar es para las mujeres españolas una novedad, introducida por los
Borbones; antes se consideraba degradante, lo mismo que ocurría entre
los romanos y los moros. Las bailarinas se alquilaban para divertir a
los moradores del harén cristiano y no había que pensar que se mezclaran
ni dieran la mano a ningún hombre; en la actualidad, tampoco las mujeres
españolas dan la mano a los hombres: el choque es demasiado eléctrico;
sólo se las dan con sus corazones, y para siempre.
Las clases humildes, que son un poquito menos escrupulosas, y para las
cuales, por bendición de Santiago, el maestro de baile extranjero no
está fuera del país, son partidarias de los primitivos bailes y tonadas
de sus orientales antepasados. Sus acompañamientos son el «arpa y
tamboril», la guitarra, el pandero y las castañuelas. La esencia de
estos instrumentos es que produzca un sonido cuando se les golpea. Tan
sencillo como puede parecer el tocar las últimas, sólo puede conseguirse
con un oído muy fino, unos dedos muy ágiles y una gran práctica. Estas
delicias de las gentes están siempre en sus manos; la práctica les hace
perfectos, y muchos de los ejecutantes, moreno como un moro, rivaliza
aún con los «palillos» de un etíope; se ponen a ello antes que al
alfabeto, pues aun los golfillos de la calle empiezan a aprender
castañeteando los dedos, o sonando una contra otra dos conchas o pedazos
de pizarra, al son de la cual danzan; pues en realidad, después del
ruido, parece cosa esencial las piruetas como válvulas de seguridad
ilustrativas de lo que Cervantes describe como el brincar del alma,
explosión de risa, inquietud del cuerpo y azogue de los cinco sentidos.
Es el rudo deporte de la gente que baila por necesidad de movimiento, la
satisfacción de la juventud, la salud y la alegría de aquellos para
quienes la vida constituye por sí misma una bendición, y que, como
cabritos retozones, dan así salida a la ligereza de su corazón y de sus
miembros. Sancho, manchego legítimo, después de contemplar las extrañas
tumbas y zapatetas que daba su señor en traje de baile algo incorrecto,
confiesa su ignorancia de tan complicada danza, pero sostiene que para
un _zapateo_ no hay quien pueda vencerle. Tan inmutables como los
instrumentos son las aficiones bailatorias de los españoles; hace tres
mil años, dicen los historiadores, todas las noches cantaban y bailaban,
o más bien gritaban y saltaban, y lejos de constituír eso una fatiga
para ellos, bailaban toda la noche a manera de _descanso_.
Los gallegos y asturianos conservan, entre muchas de sus danzas y
tonadas aborígenes, una salvaje y pírrica cabriola, que bailan con palos
en las manos, igual que los bailes célticos, y que es la mismísima danza
guerrera que Aníbal ejecutó en los solemnes funerales de Graco. Los
pasos de esta contradanza son intrincados y belicosos, y requieren, como
se decía de las representaciones ibéricas, mucha soltura de piernas,
cosa en que los flacos, fibrosos y activos españoles son todavía
notables. Estas son las danzas _morris_ importadas de Galicia por
nuestro John of Gaunt, que las creía moriscas (_moorish_). Aun las
bailan los aldeanos con sus trajes domingueros y al son de las
castañuelas, la gaita y el pandero. Generalmente están dirigidos por un
_maestro de ceremonias_, o lo que es equivalente, un bufón vestido de
colores, Μωρος, que puede ser la etimología de la palabra _morris_.
Estas _comparsas_ de campesinos fueron las que se pagaron en Vitoria
para que diesen la bienvenida a los hijos de Luis Felipe; son las mismas
que a menudo hemos nosotros presenciado gratis y formadas por ocho
hombres que tocaban las castañuelas al compás de un pífano y un
tamboril, mientras que un _bastonero_, o director de la banda, vestido
de colores charros, como un arlequín, dirigía la rústica danza;
alrededor se agrupaban _payesas_ y _aldeanas_ vestidas con ajustados
corpiños, _pañuelos_ en la cabeza, el cabello colgando en _trenzas_ y el
cuello cubierto con cuentas azules y de coral; los hombres llevaban
recogidos los largos rizos con pañuelos encarnados y bailaban en camisa,
con las mangas arremangadas y sujetas con cintas de colores, que
cruzaban por el pecho y la espalda, mezcladas con escapularios y
pequeñas estampas de santos; llevaban calzones blancos, anchos como las
_bragas_ de los valencianos, y como éstos, iban calzados con
_alpargatas_ o sandalias de cáñamo sujetas a la pierna con cintas
azules; las figuras de la danza eran muy intrincadas y consisten en
círculos, vueltas y saltos, y a cada cambio se acompañan con gritos de
_¡viva!_ Estas _comparsas_ son indudablemente una reminiscencia de los
originales espectáculos iberos, en los cuales, como en los espartanos y
en los de los indios salvajes, siempre se conserva, aun en los recreos,
el principio guerrero. Los bailarines llevaban el compás chocando las
espadas con los escudos; y cuando uno de los campeones quería mostrar su
menosprecio hacia los romanos, ejecutaba ante ellos una irrisoria
pirueta. ¿Se acordaron de esto en el baile de que hablamos en Vitoria?
Pero en España a cada momento se encuentra uno transportado a la
antigüedad, y así tenemos que en las mismas orillas del Betis se ven aún
aquellas bailarinas de la libertina Gades, que se exportaban a la
antigua Roma, con el atún en escabeche, para delicia de los malvados
epicúreos y horror de los buenos padres de la Iglesia primitiva, que las
comparaban, y quizá con justicia, con las cabriolas ejecutadas por la
hija de Herodías. Sus danzas fueron prohibidas por Teodosio, porque,
según San Crisóstomo, en ellas nunca le faltaba al diablo una pareja. La
conocida estatua del museo de Nápoles llamada la Venus Calípiga, es la
representación de Telethusa o alguna otra danzarina de Cádiz.
Sevilla es hoy en esto lo que en la antigüedad fué Gades; nunca falta
allí alguna venerable bruja gitana que prepare una _función_ como se
llama a estos bonitos espectáculos, tomando la palabra de las ceremonias
pontificales, pues en tiempos, Italia era la que ponía la moda en
España, como hoy la impone Francia. Estas fiestas son de pago, pues la
raza gitanesca, como dice Cervantes, sólo vino a este mundo para ser
anzuelo de bolsas. Las _callis_ de jóvenes son muy bonitas, y además
son muy zalameras y trafican en negocios muy apetitosos, pues profetizan
oro a los hombres y maridos a las mujeres.
La escena del baile es generalmente el barrio de Triana, que viene a ser
el Transtevere de la ciudad y cueva de toreros, contrabandistas,
pilletes y gitanos, cuyas mujeres son las _premières danseuses_ en estas
ocasiones, en las que los hombres nunca intervienen. La casa elegida es
usualmente una mansión medio árabe que es un verdadero cuadro donde la
ruina, la pobreza y la miseria se mezclan con columnas de mármol,
higueras, fuentes y parras; la compañía se reúne en algún soberbio
salón, cuyo dorado artesonado árabe--salvado del saqueo--descansa sobre
paredes blanqueadas; hay en el recinto algunos, pocos, bancos de madera,
en donde se sientan las dueñas e invitados, en los cuales se atiende más
a la cantidad que a la calidad; probablemente ni el público ni sus
trajes serían admisibles en _Mansion House_[41]; pero aquí el pasado
triunfa sobre el presente; el baile, que es muy semejante al _ghowasee_
de los egipcios, y al _nautch_ de los indios, se llama el _olé_ entre
los españoles y el _romalís_ entre sus gitanos; el alma y la esencia de
él consiste en la expresión de cierto sentimiento, que no es ciertamente
de carácter muy sentimental o correcto. Las mujeres, que parecen no
tener huesos, resuelven el problema del movimiento continuo,
disfrutando sus pies relativamente de un privilegio, pues todo el cuerpo
toma parte en la pantomima y tiembla como la hoja del álamo; la
flexibilidad y la figura de Terpsícore de una joven andaluza, sea gitana
o no, ha sido designada, según dicen los entendidos, por la naturaleza
como el marco adecuado para su voluptuosa imaginación.
Sea ello como quiera, el comentador clásico y erudito citará a cada
momento a Marcial, etc., al contemplar el inalterable balanceo de los
brazos, levantados en alto como para recoger una lluvia de rosas, el
taconeo y los movimientos serpentinos y tremolantes. Una excitación
contagiosa embarga a los espectadores, que, como los orientales, llevan
con medida cadencia el compás con las manos, y, en las pausas, aplauden
con gritos y palmoteos. Las damiselas, animadas con los aplausos,
continúan sus violentos movimientos hasta que tienen que suspenderlo
completamente rendidas; entonces se reparte vino, anisado y
_alpisteras_, y la fiesta, que dura hasta la madrugada, muchas veces
termina con alguna cabeza rota, que se llama aquí «la cuenta del
gitano». Estas danzas, para muchos de los habitantes del frío Norte son
más notables por la energía que por la gracia, y no tienen en ellas
menos trabajo las piernas que todo el cuerpo, las caderas y los brazos.
La vista de este inalterable pasatiempo de la antigüedad, que excita a
los españoles hasta el frenesí, producen más bien disgusto a un
espectador inglés, probablemente por alguna mala organización nacional,
pues como Molière dice: _L’Angleterre a produit des grands hommes dans
les sciences et les beaux arts, mais pas un grand danseur--allez lire
l’histoire._--Aun cuando estas danzas puedan parecer indecentes, las
ejecutantes son inviolablemente castas, y por lo menos, en cuanto toca a
los huéspedes no gitanos, son más frías que el granizo; y estas
muchachas bailan ante los aprobadores ojos de sus padres y hermanos, que
estarían dispuestos a matar a quien atentase contra la virtud de sus
hermanas.
En los intermedios lúcidos entre el baile y el anisado, la _caña_, que
es la verdadera _gaunía_ o canción árabe, se administra como un calmante
por algún hirsuto artista, sin faralaes, botonaduras, diamantes o
guantes de cabritilla, cuyas coplas, tristes y melancólicas, siempre
empiezan y terminan con un _¡ay!_, un suspiro o grito en tono muy
elevado. Estas melodías morunas, reminiscencias de otros tiempos, se
conservan mejor en pueblos serranos de cerca de Ronda, donde no hay
caminos para los miembros del _conservatorio napolitano_ de la Reina
Cristina; pues donde quiera que la Academia impone su autoridad e impera
la ópera italiana, ¡adiós canciones populares! Hoy en día, la ópera
exótica se cultiva en España por la clase alta, porque como está de moda
en París y Londres, se mira como una muestra de la civilización de 1846.
Aunque el público, en el fondo de su honrado corazón, se aburra en la
ópera más que en otro sitio, la cosa se da por maravillosa, por ser tan
cara, tan selecta y tan fuera del alcance del vulgo. Evitadla, sin
embargo, en España, bellas lectoras, pues estos cantantes de segundo
orden no son dignos de sostener la partitura a los de vuestro querido
Haymarket.
La verdadera ópera de España está en la tienda del _barbero_ o en el
patio de la _venta_; en realidad, la buena música, sea armoniosa o
científica, vocal o instrumental, rara vez se oye en esta tierra, a
pesar del eterno cantar y del arañar de guitarra en que allí se está.
Las mismas misas, tal como se cantan en las catedrales, desde la
introducción del piano y del violín, tienen carácter muy poco solemne y
devoto. El violín desilusiona, pues el mismo Murillo cuando planta las
tripas de un violín bajo el mentón de un querubín en las nubes estropea
el sentimiento angélico. Pero que nadie desprecie las canciones e
instrumentos típicos de la Península, pues la excelencia en música es
multiforme, y mucha de ella, tanto en nombre como en substancia, es
convencional. Prueba de ello es una melancólica balada cantada por un
coro de sin trabajo ante las entusiasmadas masas callejeras de la vieja
Inglaterra, o un aire de gaita, tocado en el Ross-shire, que encanta a
los montañeses de Escocia, que repiten a gritos la melodía, pero espanta
a los milanos. Déjese, también, a los españoles disfrutar de lo que
ellos llaman música, aunque los extranjeros melindrosos la condenen como
ibérica y oriental. A ellos les gusta así y la quieren a su manera, con
su compás y su tonada, a despecho de Rossini y de Paganini. Ellos--no
los italianos--son escuchados por una encantada audiencia semi-mora, con
atención profundamente oriental y melancólica. Como su amor, su música,
que es su sustento, son asuntos serios; a pesar de lo cual, la canción
melancólica, la guitarra y el baile, son, en este momento, la alegría de
la pobreza indolente, el reposo del que trabaja bajo un sol abrasador.
El pobre olvida sus fatigas, _sans six sous et sans souci_; y hasta
llega a olvidarse de comer, como Claro, el amigo de Plinio, que perdió
su cena--_aceitunas y gazpacho_--por correr tras una bailarina gaditana.
En las ventas y en los patios, a pesar de la ruda labor del día y de la
escasa comida, en cuanto se oye el rasgueo de la guitarra y el
repiqueteo de las castañuelas, parece como si la gente sintiera nueva
vida correr por sus venas. Lejos de notar la fatiga pasada, la del baile
parece que les refresca, y muchos cansados viajeros lamentarán los
nocturnos retozos de sus ruidosos y saltarines compañeros de pupilaje.
Apenas terminada la cena, cuando _après la panse la danse_, algún
musculoso ejecutante masculino, verdadera antítesis de Farinelli, vocea
sus coplas, chillando sus prosaicos versos con toda la fuerza de sus
pulmones, o arrastrando melancólicamente su balada como el zumbido de
una gaita del Lincolnshire, y tanto en uno como en otro caso, con
inminente peligro para su tráquea y para todos los órganos acústicos no
españoles. Porque, verdaderamente, repitiendo la áspera crítica que hace
Gray de la Gran Opera francesa, diremos que consiste sólo en _des
miaulements et des hurlements effroyables, mêlés avec un tintamare du
diable_. Pero, lo mismo que en París, también aquí, en España, el
auditorio está enajenado, los oídos de todos los hombres se ponen a
tono, como si hubiesen tragado coplas, y todos hacen coro al final de
cada verso; esta «banda particular», como entre los de sangre azul,
suple la falta de conversación y convierte un silencio estúpido en
atención científica--_ainsi les extrêmes se touchant_. En toda reunión
de españoles--militares, paisanos, arrieros o ministros--siempre hay
alguno que sepa tocar la guitarra, mejor o peor, como Luis XIV, a quien,
según Voltaire, sólo le habían enseñado esto y bailar. Godoy, el
Príncipe de la Paz, uno de los peores de la multitud de ministros malos
que han desgobernado España, cautivó primero a la real Mesalina por su
habilidad en el rasgueo de la guitarra; así, González Bravo, editor de
_El Guirigay_, de Madrid, llegó a la Presidencia del Consejo y se atrajo
a la virtuosa Cristina, que, apaciguada por la dulce música de este
averiado Anfión, olvidó sus libelos contra ella y el señor Muñoz. Puede
predecirse de las Españas, que cuando estos rasgueos enmudezcan todo
habrá acabado, pues la expresión hebrea por la _nec plus ultra_
desolación de una ciudad oriental es «la cesación de la alegría de la
guitarra y del pandero».
En España, en donde quiera y como quiera que se oyen los tentadores
acordes, en seguida se reúne un grupo de todos sexos y edades, al que
atrae la musiquilla como a un enjambre de abejas. La guitarra forma
parte integrante del español y de sus canciones; se la echa a la espalda
con una cinta, lo mismo que se ve en las pinturas egipcias de hace
cuatro mil años. Los ejecutantes, casi nunca son músicos expertos: se
contentan con tañer la guitarra, rasgueando las cuerdas con toda la
mano, o floreando, y golpeando la caja con el pulgar, en lo cual son muy
expertos. Alguna vez, en las ciudades, surge un individuo que domina más
este ingrato instrumento, pero el intento resulta mal.
La guitarra no se presta bien a las palabras italianas y a las melodías
primorosas, que nunca hacen felices ni a los oídos ni a los corazones
españoles; pues a semejanza de la lira de Anacreonte, por muy a menudo
que cambie la cuerda, el amor, el dulce amor, es su único tema. La gente
ajusta la tonada a la canción, que muchas veces son improvisadas tanto
la una como la otra. Balbucean la cadencia, por no decir los versos;
pero su espléndido idioma se presta a una gran prodigalidad de palabras,
trátese de verso o prosa, y ni uno ni otro son muy difíciles, ya que el
sentido común no es un expediente necesario para su composición; de
manera que el lenguaje ayuda al fértil ingenio de los indígenas; las
rimas se pasan por alto a voluntad o se mezclan caprichosamente con
asonantes, que sólo consisten en la repetición de las mismas vocales,
sin cuidar de las consonantes, y aún eso, que difícilmente contenta a un
oído extranjero, no siempre se observa; un cambio de entonación o unos
golpecitos de más o de menos en la caja, hacen el avío, vencen todas las
dificultades, constituyen una ruda prosodia e inducen a la música, del
mismo modo que los ademanes llevan al baile y a las coplas _que se
cantan bailando_, y que cuando se oyen inspiran recíprocamente el deseo
de castañetear los dedos y de bailar el zapateado, como si se tuviera el
mal de San Vito; y no nos dejarán mentir los que aun tengan en los oídos
las _habas verdes_, de León, o la _cachucha_, de Cádiz.
Las letras destinadas a poner toda esta zambra en movimiento no están
escritas para los fríos críticos británicos. Lo mismo que los sermones,
sólo son para hablados, y nunca debe sometérselas a la desencantadora
prueba de la letra de molde; y aun las que son francamente serias, y no
sólo para pretexto del baile, son escuchadas por los presentes,
acordándolas a lo que les pide el oído, anticipándose al asunto y
respondiéndole, e influídos en todo momento por sus prejuicios. Lo mismo
ocurre con un público británico alucinado por la ópera, que, siendo
sensible para otras cosas, tolera, no obstante, los dislates que en ella
se dicen:
Where rhyme with reason does dispense,
And sound has right to govern sense[42].
Para poder sentir todo el encanto de la guitarra y de las canciones
españolas han de oírse a una vivaracha andaluza, esté o no adoctrinada
en el arte; ellas manejan el instrumento como la mantilla o el abanico;
dijérase que forma parte integrante de su sér y que tiene vida, pues
realmente todo ello requiere una _gracia_ y un _abandono_ que no es
fácil hallar en las mujeres de climas del Norte o de zonas más
encorsetadas. Así no es extraño que uno de los padres de la Iglesia
dijera que prefiriría oír cantar a un basilisco que a una de estas
mujeres. En cambio, no tienen gracia ninguna para el piano, que muy
pocas españolas tocan ni medianamente, y lo mismo les ocurre con el
canto: cuando se lanzan con _Adelaida_ u otra cosa sublime, bella y
seria, el fracaso es absoluto, mientras que si no salen de su terreno
triunfan por completo; las palabras de sus coplas se les ocurren, como a
Teodoro Hook[43], en un santiamén y aluden a incidentes y a personas
presentes; algunas veces están llenas de intención y _double entendre_;
y a menudo cantan lo que no debe hablarse, y por los oídos roban los
corazones, como las sirenas, o como Cervantes dice: _cuando cantan,
encantan_. Otras veces sus canciones son poco más que aleluyas sin
sentido, con las cuales los oyentes también quedan tan satisfechos,
pues como Fígaro dice: _ce qui ne vaut pas la peine d’être dit, on le
chante_. Es muy raro encontrar una buena voz, lo que los italianos
llaman _novantanove_, noventa y nueve por ciento; nada hay que haga peor
impresión al viajero que las voces chillonas de las mujeres; pero, a
pesar de eso, estas canciones, desde la más remota antigüedad, han sido
el encanto del pueblo, han templado el despotismo de la Iglesia y del
Estado y han mantenido la resistencia nacional contra las agresiones
extranjeras.
En España hay muy poca música impresa; casi todas las tonadillas y
coplas se venden manuscritas. A veces, para los más ignorantes, las
notas se representan por números, que corresponden al número de las
cuerdas.
Las mejores guitarras del mundo son las hechas en Cádiz por la familia
Pajez, padre e hijo. Como es natural, un instrumento tan en boga ha sido
siempre en la bella Bética objeto de la más grande atención; en el siglo
XVII las guitarras sevillanas se hacían de la forma del pecho humano,
pues decían los arzobispos que las cuerdas correspondían a las
pulsaciones del corazón: _a corde_. Los instrumentos de los mozos
andaluces estaban encordados según esas significativas fibras
cardiarias; Zariab reformó la guitarra añadiéndole una quinta cuerda de
brillante rojo, que representaba sangre, mientras que la prima era
amarilla, para representar la bilis; y hoy en día, en las orillas del
Guadalquivir, cuando el manto de la noche atrae al embozado galán, el
carmíneo corazón femenino se liquida con más seguridad que si estuviera
puesto a la parrilla, y si la serenata se alarga no hay marido que no
trague bilis.
Sea ello como quiera, las melancólicas armonías de estas orientales
cantinelas producen aún efecto, a pesar de su antigüedad, y es que
ciertos sonidos tienen una misteriosa aptitud para expresar ciertos
estados de ánimo, en relación con cierta simpatía inexplicada que existe
entre los órganos sensitivos y los intelectuales, y cuanto más sencillos
son esos sonidos puede afirmarse que son más antiguos. Las melodías
aderezadas son una invención italiana moderna, y aun cuando en países de
mayor tráfico y melindrería lo convencional haya arrinconado a lo
nacional, en España la moda no ha hecho desaparecer las viejas
tonadillas. Estas no las enseñan las orquestas, sino que, lo mismo que
el canto de los pájaros, se aprenden en la cuna. Los españoles son
músicos sin tener idea de la armonía, del mismo modo que son guerreros
sin ser militares, y bailarines sin ser garbosos; son la primera materia
de hombre producida por la naturaleza y se tratan a sí mismos como
tratan a los productos en bruto de su suelo, dejando al extranjero el
cuidado de pulirlos y darles forma artística.
El día en que el español sea un violinista científico, o un buen
fabricante de hilados, perderá todo su encanto; por lo tanto debe cerrar
los oídos a los moralistas y a los sociólogos que tratan de abolir la
guitarra, por que pretenden que ella ha causado más males a España que
el pedrisco o la sequía, por haber fomentado prodigiosamente la pereza y
los amoríos, con lo cual han mandado a su tierra el azote de una mayor
cantidad de expósitos que de hombres acaudalados; pero, ¿cómo pueden
evitarse estas calamidades, si el diablo cuelga de un clavo en todas las
casas ese fatal instrumento? Nuestros inarmónicos labradores y sosegados
artesanos son presentados por los misioneros de Manchester como ejemplo
de laboriosidad ante los ojos de los _majos_ y _manolas_ de España: «Ved
cómo trabajan doce y catorce horas diarias», les dicen. Pero estos
filántropos deben recordar que son muy distintas las circunstancias,
pues nuestros obreros no tienen ninguna distracción, fuera de la taberna
o capilla, y, por lo tanto, no saben qué hacerse cuando están _ociosos_,
situación que para la mayor parte de los españoles es un goce anticipado
de la bienaventuranza celestial, mientras que el trabajo, que se piensa
en Inglaterra que es la felicidad, es para ellos como una condena a
trabajos forzados. Ni puede negarse que la facilidad que hay en la
Península de andar de francachela, y las uvas, la guitarra, los
cánticos, bailes y demás facilidades para divertirse que proporciona el
hermoso clima, conspiran contra la laboriosidad tenaz, resuelta y
violenta de que dan ejemplo en el mundo nuestros obreros en todo lo que
emprenden, si se exceptúa el baile y la música.