Cuando la fijada y tan deseada hora llega, la Reina o el _corregidor_
ocupan el puesto de honor en un espléndido palco central, después de
haber expulsado previamente a la chusma del redondel, operación que se
llama el _despejo_ y que resulta muy divertida, por la resistencia que
el populacho ofrece a ser sacado de allí. Luego, a una señal convenida,
comienza el espectáculo con un desfile de lidiadores, precedidos por
_alguaciles_, o sea policías vestidos a la antigua usanza española y que
son los encargados de detener a cualquiera que trate de infringir las
severas leyes porque se rige el espectáculo. Detrás van los _picadores_,
a caballo, con las picas. Sus originales sombreros de ala ancha van
adornados con cintas de colores, y la chaquetilla, de seda con bordados,
contrasta por su ligereza con la pesada protección de las piernas,
forradas de hierro y cuero, que les da el desgarbado aspecto de un
postillón francés; pero esa precaución es necesaria para defenderlas de
los cuernos del toro. Siguen luego los _chulos_, ataviados como Fígaro
en la ópera, y llevan además capas de seda de alegres colores. Los
_matadores_ van detrás de ellos, y, cerrando el cortejo, un tiro de
mulas, ricamente enjaezadas, destinado a arrastrar a los toros muertos
fuera del redondel. En cuanto a los toreros, al que muere en la plaza,
si no puede confesarse, se le niega el entierro en sagrado. Como suelen
proceder del populacho, son muy supersticiosos, y van cargados de
reliquias, talismanes y otros amuletos papales. Un cura, sin embargo,
está de guardia con los sacramentos, para el caso de que haya que dar
_Su Majestad_ a un torero herido mortalmente.
Después de saludar a las autoridades, se retiran todos y suena el clarín
fatal; entonces el presidente echa la llave de la puerta por donde ha de
entrar el toro, a uno de los _alguaciles_, que debe recogerla en el
sombrero. Cuando la puerta se abre, el digno funcionario galopa todo lo
que puede, entre los silbidos y gritos de la multitud, no porque monte
como un ministril, sino por la instintiva enemistad con que la chusma
distingue al servidor de la ley, igual que los pajarillos gustan de
chillarle a un halcón; y más de mil amables corazones le desean que el
toro le alcance y le cornee. Mientrastanto, el brillante ejército de
lidiadores se derrama como una granada que revienta, y ocupa sus
respectivos sitios, con la misma regularidad con que los hacen nuestros
jugadores de _cricket_.
Y en este punto comienza el verdadero espectáculo, que consta de tres
actos. Cuando se levanta el telón es un momento muy emocionante; todos
los ojos están pendientes de la primera aparición del toro en este
escenario, porque nadie puede decir cómo ha de comportarse. Al darle
salida de su negra celda parece al principio pasmado de la novedad de su
situación; arrancado de sus pastos, prisionero y expuesto al público,
atolondrado por el ruido, mira un instante alrededor, a la muchedumbre,
al resplandor y a los pañuelos que se agitan, ignorante del destino que
inevitablemente le aguarda. En el morrillo lleva clavada una cinta, _la
divisa_, que es la marca del ganadero, y el picador trata de
arrancársela para ofrecérsela como trofeo a su novia. El toro está
condenado a muerte sin remisión, ya se porte bien, ya se resista
desesperadamente; toda la tragedia tiende y se precipita a este
desenlace, que aunque obscuramente bosquejado de antemano, como en una
tragedia griega, no disminuye el interés, puesto que todos los cambios y
suertes intermedios son inciertos; de ahí la excitación sostenida porque
la acción puede pasar, en un instante, de lo sublime a lo ridículo, de
la tragedia a la farsa.
Apenas el toro recobra sus sentidos, cuando su furia espléndida,
semejante a la de Aquiles, enciende todos sus miembros, y con cerrados
ojos y abatidos cuernos se precipita contra el primero de los tres
picadores, que están colocados a la izquierda, junto a las _tablas_, o
sea, la barrera de madera que rodea el anillo. El jinete se mantiene
sobre su tembloroso Rocinante, con la pica bajo el brazo derecho, tan
firme y valiente como Don Quijote. Si el animal no es muy bravo, la
afilada punta detiene su acometida, porque recuerda bien esta _garrocha_
con que le han educado e impuesto disciplina los vaqueros, y un picador
hábil aprovecha este momento para volver el caballo a la izquierda y
librarse del bruto. Los toros, aun cuando irracionales, saben al momento
si sus enemigos son valientes y diestros, y les disgustan
particularmente las picas. Si huyen y no dan cara al picador, se les
grita como a viles malhechores que quieren defraudar al público, y se
les insulta llamándoles «cabras» o «vacas», cosa al parecer muy ofensiva
para ellos; estos criminales son, además, fuertemente apaleados cuando
pasan cerca de la barrera por bosques de palos que el populacho lleva ya
a prevención; el que usan los _majos_ para ir a los toros es
especialmente típico y se llama _la chivata_; tiene de cuatro a cinco
pies de largo y termina en un bulto o porra; la empuñadura es
ahorquillaba, y en ella se mete el pulgar; va pelado o pintado, en
anillos alternados, negros y blancos o rojos y amarillos. La gente baja
se conforma con un vulgar garrote, pero prefiriendo siempre los que
tienen un nudo al final, para que el golpe que con él se dé sea más
eficaz. Este instrumento se llama _porro_, por ser pesado y grueso.
Y en verdad que esta paliza no parece inmerecida, pues las cualidades
que ennoblecen la tauromaquia son el valor, la destreza y la energía, y,
cuando faltan, la carnicería con todos sus incidentes repugnantes
resulta repulsiva para el extranjero; pero para él sólo, pues las
emociones más suaves de piedad y compasión, que rara vez mitigan ningún
asunto de la dura Iberia, están aquí completamente desterradas del
corazón de los naturales; entonces sólo tienen ojos para las
manifestaciones de destreza y de valor, y apenas si advierten esos
crueles incidentes que embargan y horrorizan al extranjero, el cual, por
su parte, también está ciego para aquellas excelencias que redimen el
espectáculo y en las que sólo está puesta la atención de los
espectadores. Ahora se ha vuelto la tortilla para el extranjero, cuya
imaginación estética puede ver la poesía y belleza de los pintorescos
harapos y las derruídas aldeas españolas, y está ciego para la pobreza,
miseria y falta de civilización, que es lo único a que atiende el
español de las clases cultas, en cuya alma exaltada resplandecen los
futuros bienestares que le proporcionará el algodón.
Cuando el toro sale de la acometida del primer picador, pasa por los
otros dos, que le reciben con la misma cordialidad. Si el animal es
dominado por la destreza y valor de los picadores, se celebra la
victoria del hombre con atronadores aplausos, y si, por el contrario,
vence al jinete y al caballo, entonces--pues la distribución de elogios
y censuras se hace con la más perfecta justicia--las aclamaciones son
para el fiero señor de la arena y se grita con entusiasmo: _¡Bravo toro!
¡viva el toro!_, deseándole una larga vida los miles de espectadores,
que saben que ha de morir antes de veinte minutos.
Un animal valiente no se acobarda por una herida de una pulgada, sino
que, acorneando al caballo en el flanco, se anima y cobra coraje con el
«bautismo de sangre», progresando en su carrera de honor, de sangre y de
gloria. Los picadores están muy mal montados por lo general, pues los
caballos los proporciona al más bajo precio posible un contratista, el
cual corre el riesgo, sean muchos o pocos los que se matan. Son, en
realidad, la única cosa que se economiza en este lujoso espectáculo, y
son unos pencos propios solamente para la perrera de un señor inglés o
para el carruaje de un _pair_ extranjero. Esta circunstancia aumenta el
riesgo en que se halla el jinete, pues en los combates antiguos se
utilizaban caballos sumamente ligeros y vivos que, rápidos como el
relámpago, al menor contacto escapaban a la mortal acometida. Los pobres
caballejos, que no verían tranquilos acercarse la muerte, llevan los
ojos vendados como los criminales al dirigirse al lugar de la ejecución
y no pueden ver la fatal acometida del cuerno que ha de acabar con su
vida de miseria.
Los picadores sufren tremendas caídas: el toro, muchas veces, da en el
suelo con caballo y jinete juntos, y cuando sus víctimas caen con
estrépito al suelo, sacia su furia en sus postrados enemigos. El
picador, siempre que puede, procura caer del lado contrario al en que
esté el toro, y de este modo el caballo le sirve de barrera y de muralla
entre él y el toro. Cuando ocurren estas mortales luchas en que la vida
pende de un hilo, en todas las cabezas que pueblan el anfiteatro pueden
verse reflejados la ansiedad, la impaciencia, el miedo, el horror y la
satisfacción en los agresivos rostros: si la felicidad consiste en la
cualidad, intensidad y concentración de sentimientos más que en la
duración de ellos, y así es en efecto, estos momentos de excitación son
mucho más preciosos que años enteros de plácido, insípido y uniforme
estancamiento. Estos sentimientos alcanzan un grado máximo de excitación
cuando el caballo, enloquecido por las heridas y el terror, sumergido en
la lucha mortal, con sus rojas cicatrices veteando su cuerpo cubierto de
espuma y de blancuzco sudor, huye del furioso toro, que sin cesar le
persigue y acornea; en este punto es cuando se pone de relieve el valor,
la presencia de ánimo y la maestría del diestro y sereno picador. Es
realmente un lastimoso espectáculo el ver a los pobres y lacerados
caballos pisoteándose las entrañas, y, sin embargo, sacando
valientemente ilesos a sus jinetes. Pero, así como en los sacrificios
paganos, los palpitantes intestinos, temblorosos de vida, eran los
presagios más propicios (¿con qué no nos familiarizará un hábito
precoz?), del mismo modo a los españoles no les afecta más la realidad
que a los italianos el abstracto _tanti palpiti_, de Rossini.
Cuando el miserable caballo está muerto, es sacado a rastras, marcando
su paso con un reguero de sangre en la arena, como los lechos de los
ríos en las llanuras áridas de Berbería se señalan por una roja franja
de floridas adelfas. En estos terribles momentos, todas las simpatías
están de parte del picador: los hombres se ponen en pie, las mujeres
gritan; pero pronto se tranquiliza todo; y el picador, si está herido,
se le saca fuera y se le olvida, porque _a muertos y a idos, no hay
amigos_; nadie le echa de menos; otro le reemplaza, la batalla sigue con
encarnizamiento, las heridas y la muerte están a la orden del día, y
como surgen nuevos incidentes, no hay lugar para la lástima ni para la
reflexión. Recordamos haber visto en Granada a un matador terriblemente
acorneado por un toro; le sacaron de la plaza como muerto e
inmediatamente ocupó su puesto su hijo, con la misma sangre fría con que
un vizconde hereda los estados y el título del conde, su padre.
Carnerero, el músico, murió tocando el violín en un baile, en Madrid, el
año 1838, y ni los demás músicos ni los bailarines se detuvieron un
momento. El valor de los picadores es grande. Francisco Sevilla, en una
ocasión, había sido derribado por el toro y se hallaba caído debajo de
su caballo agonizante, y cuando el toro le embistió, agarró al bicho por
las orejas, y volviéndose al público, se echó a reír; pero, en
realidad, los largos cuernos del toro no le permiten fácilmente acornear
a un hombre que está en el suelo; generalmente le olfatea y no permanece
largo tiempo ocupado con su víctima, porque su atención es desviada por
los brillantes capotes de los _chulos_, que acuden instantáneamente al
quite. Con todo, puede asegurarse que pocos picadores, aunque sean de
bronce, tiene una costilla sana en su cuerpo. Cuando uno es retirado
aparentemente muerto, pero vuelve inmediatamente montado en un nuevo
caballo, la atronadora ovación del público domina el mugido de mil
toros. Pero si se diera el caso de que el herido no volviese,
_n’importe_, pues por muy cortejado que esté fuera de la _plaza_, ahora
se le considera como al gladiador entre los romanos, poco menos que a
una bestia, o algo así como a un esclavo bajo la perfecta igualdad y
derechos del hombre de la república modelo.
Al pobre caballo se le aprecia aún menos y es de todos los actores el
que más vivo interés despierta a los ingleses, verdaderos aficionados y
criadores del noble animal, y por mucho que esté habituado a las
corridas de toros, nunca podrán reconciliarse con sus sufrimientos y
malos tratos. Los corazones de los picadores están tan desprovistos de
sentimiento como sus piernas forradas de hierro; sólo piensan en sí
mismos y tienen un tacto exquisito para conocer cuándo es o no mortal
una herida. Por consiguiente, si la cornada ha herido algún órgano
vital, apenas el enemigo se dirige contra una nueva víctima, el picador
experimentado desmonta tranquilamente, recoge la silla y las bridas, y,
andando torpemente, se retira pidiendo como Ricardo otro caballo[35].
Cuando se despoja de estos avíos al pobre animal, tiene un aspecto de lo
más derrotado, tambaleándose de aquí para allá como un borracho hasta
que el toro le acomete de nuevo y le tumba; entonces queda moribundo e
ignorado en la arena, o si se le presta atención, es sólo para servir de
mofa al populacho; y al estremecerse su cola en las agonías de la
muerte, se oye decir en tono de guasa: _¡Mira, mira qué cola!_ Estas
palabras y esta escena las tenemos aún grabadas profundamente por ser
las primeras que impresionaron nuestros inexperimentados ojos y oídos en
la primera embestida del primer toro de nuestra primera corrida. Cuando
estábamos contemplando la escena, totalmente abstraídos del mundo,
sentimos que nos tiraban de los faldones de la levita, como un sollo
voraz cuando pica en el anzuelo, y era que había pescado, o más bien me
había pescado una venerable bruja cuya rápida percepción había adivinado
en mí a un novato, a quien su benevolencia impulsaba a aleccionar, pues
aun en las cenizas viven los fuegos habituales; un brillante y fiero ojo
fulguraba lleno de vida en una cara arrugada y muerta, a la que las
malas pasiones habían surcado como a las laderas agostadas por la lava
de un volcán apagado, y desecada, como gato emparedado muerto de hambre,
en huesos cubiertos de pellejo de la que, con perdón sea dicho, el sexo
había desaparecido. Si la herida recibida por el caballo no es
instantáneamente mortal, el sangriento boquete es taponado con estopa y
la fuente de la vida atascada por unos minutos. Si la ijada sólo está
parcialmente rota, se empujan para dentro los salientes intestinos--no
hay operación de hernia que se realice la mitad de bien por los
cirujanos españoles--y se cose la raja con una aguja y bramante. Así se
prolonga la existencia para que sufra nuevas torturas y se ahorran unos
cuantos duros para el contratista; pero ni la muerte ni las laceraciones
excitan la menor piedad, al contrario, cuanto más sangriento y fatal es
el espectáculo se le considera más brillante. Y es inútil protestar, o
preguntar por qué los heridos pacientes no son piadosamente matados en
seguida; el utilitario español no gusta de ver interrumpido el orden del
espectáculo y estropeado por lo que considera como remilgos extranjeros
y como simplezas. _¡Qué, eso no vale ná!_; eso en el caso de que
condescienda a responder a vuestros _disparates_ con algo que no sea un
encogimiento de cortés menosprecio. Pero los gustos nacionales son
diferentes. «Señor--decía un regidor al doctor Johnson--, por pretender
escuchar vuestros largos discursos y daros una breve respuesta me he
tragado dos pedazos de tocino crudo sin tomarles el gusto. Os ruego,
pues, que me dejéis gozar de mi actual felicidad en paz y en gracia de
Dios.»
El toro es el héroe del espectáculo, pero como Satán en el Paraíso
perdido, está predestinado: nada puede salvarle del destino que le
aguarda, sea bravo o sea cobarde. Los pobres bichos tratan en vano
algunas veces de escapar, y tienen refugios favoritos a los que escapan,
o bien saltan la barrera, entre los espectadores, originando una gran
guasa y alboroto, derribando a aguadores y elegantes, poniendo en fuga a
guardias y a viejas y proporcionando un infinito deleite a los que se
sientan tranquilamente en los palcos, porque, como dice Bacon: «es un
placer estar en la ventana de un castillo y ver una batalla y sus
riesgos allá abajo». Los toros que demuestran esta cobarde actividad son
insultados: suenan gritos de _fuego_ y _perros_, y son condenados a que
les lancen los perros. Como los perros españoles no son ni con mucho tan
denodados como los agresores ingleses de toros, tardan más en su
cometido y muchos de ellos son destrozados.
«Up to the stars the growling mastiffs fly
And add new monsters to the frighted sky[36].»
Cuando, por fin, el pobre bruto es vencido se le hiere en el espinazo,
como si sólo fuera bueno para el matadero, por ser un buey paisano y no
un toro militar. Todos estos procedimientos son considerados como
mortales insultos; y cuando más de un toro muestra esta condición
cobarde, frustrando más altas expectativas, se levanta entonces al grito
de: _¡Cabestros a la plaza!_, lo cual es una mortal afrenta para la
_empresa_, pues supone que ha presentado animales más propios del arado
que del circo. La indignación del populacho es terrible, pues si queda
defraudado en su deseo de ver correr la sangre de los toros, querrá
lamer la de los hombres.
Algunas veces el toro es molestado con figurones rellenos de paja con
los pies emplomados, que se levantan cada vez que los derriba. Un autor
antiguo dice que en tiempo de Felipe IV «algunas veces se montaba a un
villano sobre un penco exponiéndole así a la muerte». Otras veces, para
divertir al populacho, se saca al ruedo un mono atado a una pértiga.
Este arte de atormentar ingeniosamente es considerado por ciertos
enérgicos filosimios extranjeros como un homicidio injustificable; y lo
cierto es que todos estos episodios son despreciados como irregulares
_hors d’œuvres_ por la verdadera afición.
Al cabo termina el primer acto, cuya duración varía mucho. Algunas veces
es de lo más brillante, pues ha salido toro que ha matado una docena de
caballos y ha limpiado la _plaza_. Entonces se le adora, y conforme anda
de un lado para otro, dando resoplidos, dueño y señor por donde quiera
que pisa, es el único objeto de adoración de diez mil aficionados. A la
señal del presidente y sonido de una trompeta, comienza el segundo acto
con las habilidades del _chulo_, palabra que en árabe significa un
chaval, un tíovivo, como en nuestras ferias. El deber de esta división
ligera, de estos guerrilleros, es apartar al toro del _picador_ cuando
estos están en peligro, cosa que hacen con sus capotes de colores; su
destreza y agilidad son sorprendentes, pues se deslizan sobre la arena
como relucientes colibríes, sin tocar apenas la tierra. Van vestidos con
calzón corto y sin polainas, como Fígaro en la ópera del _Barbero de
Sevilla_. Llevan el cabello recogido por detrás en un moño y metido en
la antiguamente universal _redecilla_--el mismo _reticulum_--de que
tantos ejemplos se ven en los viejos vasos etruscos. Ningún torero llega
al final de su carrera sin haber antes sobresalido en su aprendizaje;
entonces aprenden cómo atraerse al toro, la manera cómo éste embiste y
cómo se dan los quites. El momento más peligroso es cuando los _chulos_
se aventuran hasta el medio de la _plaza_ y el toro les persigue hasta
la barrera. Tiene ésta un pequeño estribo sobre el cual apoyan el pie
para saltar al otro lado, y ya dentro de la barrera hay una estrecha
abertura por la que se escurren. Es maravilloso cómo escapan y se libran
por un pelo; a veces van seguidos tan de cerca por el toro, que parece
verdaderamente como si los cuernos de éste le ayudasen a saltar la
barrera. En la segunda parte, los _chulos_ son los únicos actores; su
papel consiste en colocar a cada lado del cuello del animal unos dardos
puntiagudos que se llaman _banderillas_, y están adornados con papel
cortado de diferentes colores; alegre ornato que oculta su crueldad. Los
_banderilleros_ van derechos al toro cogiendo las flechas por el mango y
dirigiendo las puntas al toro; y justamente cuando el animal se agacha
para cornear a sus enemigos se las clavan en el cuello y se escapan a un
lado. Esta suerte parece más peligrosa de lo que es en realidad, pero
requiere mucha vista y pies y manos muy ligeros. Las _banderillas_ deben
ponerse justamente en el mismo sitio a cada lado del cuello. Cuando
están bien puestas dicen los españoles que son _buenos pares_, y los
franceses con su instinto peluquero llaman a esto _coiffer le taureau_.
Algunas veces los dardos van provistos de petardos, que, merced a una
pólvora detonante, explotan en el momento que se clavan en el cuello;
por eso se les llama _banderillas de fuego_. El sufrimiento del tostado
y torturado animal le hace saltar y brincar como un cordero juguetón,
con gran alegría del populacho, mientras que el fuego, el olor del pelo
chamuscado y de la carne asada, que nuestros gastronómicos vecinos
llamarían un _bifsteck à l’espagnole_, les recuerda débilmente a muchos
morenos y ceñudos curas las altas atracciones de su antiguo anfiteatro,
el _auto de fe_.
Por fin suena la última trompeta, la plaza se despeja y el _matador_, el
ejecutor, el hombre de la muerte, queda solo con su víctima: al aparecer
dirige un discurso al presidente y tira la montera al suelo. En la mano
derecha lleva un estoque toledano; en la izquierda flamea la _muleta_ o
_engaño_, que no debe ser (así se lo oímos decir a Romero) ni tan grande
como el estandarte de una hermandad, ni tan pequeño como el pañuelo de
una señora, sino que debe tener, aproximadamente, una vara en cuadro. Es
siempre encarnada, porque es el color que más excita al toro y disimula
la sangre. Siempre hay un matador de reserva, para caso de accidente,
cosa que puede suceder en la corrida de toros mejor organizada.
Al quedarse solo el _matador_ concentra sobre sí toda la atención de la
multitud, que antes compartía con los demás combatientes, como ocurría
con los antiguos espectáculos de gladiadores en Roma. Se adelanta hacia
el toro con objeto de atraerle hacia él o, hablando en buenos términos
técnicos, para _citarlo a la jurisdicción del engaño_; en buen inglés,
emplazarlo, o, como en nuestros partidos se diría, «meter la cabeza en
el Supremo»[37]. Y este juicio es casi tan horrible, pues el matador
está en careo con su enemigo, en presencia de testigos inexorables,
curia y jueces, que preferirían ver al toro matarle dos veces, que no
que él matase al toro contrariamente a las reglas y prácticas de los
precedentes judiciales y taurómacos. En estos breves, pero penosos
momentos, el _matador_ aparece generalmente pálido y ansioso, y no es
para menos, pues su vida pende de un hilo, pero presenta una fina imagen
de firme voluntad y de concentración de energía moral. Séneca dijo muy
bien que el mundo ha visto tantos ejemplos de valor en los gladiadores
como en los Catones y Escipiones.
El matador procura darse cuenta rápidamente del carácter del animal, y
examina con ojo más perspicaz que Spurzheim sus protuberancias de
combatividad, destructividad y otros órganos amables, y no tiene mucho
tiempo que perder en esta investigación, en la cual un error sería
fatal, pues uno de los dos ha de morir, y puede suceder que ambos. Aquí,
como dice Falstaff, no hay azotes, excepto en la cabeza. A menudo, aun
el bruto parece comprender que ha llegado el último momento, y se
detiene al verse cara a cara en mortal duelo con un solo adversario.
Como quiera que sea, el contraste es sorprendente. El matador va vestido
con un traje propio para un baile, sin más escudo que su habilidad, y
como si aquello fuera un entretenimiento. En él todo es sangre fría; en
el animal, todo furia; y hay que aprovechar el tiempo, porque entonces
el conocimiento es poder, y si el bruto pudiera razonar, el hombre
escaparía difícilmente. Mientras tanto, los espectadores se hallan
poseídos de más furor aún que el pobre toro, que ha sufrido una larga
tortura y se ha visto excitado continuamente. En este instante, es un
magnífico modelo para Paul Potter; los ojos echando fuego, las hinchadas
narices rugiendo furiosamente, el cuerpo cubierto de sudor y de espuma o
cubierto de un sangriento barniz que brota de sus abiertas heridas.
_¡Mira qué hermoso cuerpo lleno de sangre!_--exclamaba la digna vieja,
que, como antes dijimos, era lo bastante amable para hacer resaltar ante
nuestra vista inexperta los más escogidos trozos del festín, las perlas
de mayor precio.
Hay varias clases de _toros_, cuyo carácter varía casi tanto como el de
los hombres: unos son bravos y codiciosos; otros, tardos y pesados;
otros, recelosos y cobardes. El _matador_ juega y entretiene al toro
hasta que descubre su disposición. El principio fundamental consiste en
la manera de atacar del bruto, en cómo agacha la cabeza y cierra los
ojos antes de cornear; el secreto para dominarle está en distinguir si
toma la ofensiva o si está a la defensiva. Los que no tienen miedo y se
lanzan al trapo de repente, cerrando los ojos, son los más fáciles de
matar; los que son marrulleros y casi nunca atacan rectamente, sino que
se paran, escurren el cuerpo, y se tiran al bulto y no a la muleta, son
los más peligrosos. El interés de los espectadores es más vivo cuanto
mayor es el peligro.
Aun cuando no es corriente que ocurran desgracias (nosotros no hemos
visto matar a ningún torero a pesar de haber presenciado la muerte de
varios centenares de toros), la cosa no es imposible. En Tudela, un toro
que había matado diez y siete caballos, a un picador llamado Blanco y a
un banderillero, saltó la barrera y allí mató a un campesino e hirió a
varios. Los periódicos encabezaban sencillamente la noticia: «Ocurrieron
_accidentes_». Pepe Hillo, que había sufrido treinta y ocho cogidas,
murió, como Nelson, una muerte heroica. Le mataron el 11 de mayo de
1801. Tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, pero dijo que
tenía que cumplir con su deber.
El _matador_ tiene que ser decidido y ágil. No debe dejar que el toro
vaya al trapo más de dos o tres veces: la tensión moral de la multitud
es demasiado fuerte para soportar una faena larga; y demuestra su
impaciencia con exclamaciones y ruidos, tratando por todos los medios
posibles de irritarle, haciéndole perder la presencia de ánimo y quizá
la vida. En circunstancias parecidas, a Manuel Romero, que había
asesinado a un hombre, le gritaban: _¡A la plaza de la Cebada!_, pues el
populacho aborrece a todo el que da la más pequeña muestra de miedo y no
afronta la muerte con serenidad.
Hay muchos modos de matar un toro: el mejor de todos es cuando se le
mata recibiendo, y la espada, que se mantiene quieta y sin avanzarla,
entra justamente en la cruz; para ello son esenciales una mano firme,
vista y nervio, pues para nada es la verdadera afición tan exigente
como para la exactitud y primor de la colocación de esta herida mortal.
No siempre cae el toro a la primera estocada, pues si no está bien
puesta, da en hueso y es lanzada al aire al sacudir el bicho el testuz.
Cuando el golpe es certero, la muerte es instantánea, y el toro,
vomitando sangre, cae a los pies de su vencedor. Es el triunfo de la
inteligencia sobre la fuerza bruta; todo lo que era fuego, furia, pasión
y vida, cae en un instante, inmóvil para siempre. Entonces aparece el
alegre tiro de mulas, vistosamente enjaezado con banderitas y resonante
de cascabeles, y el toro muerto es arrastrado a un rápido galope, que
siempre hace las delicias del populacho. El matador limpia entonces la
sangre caliente del estoque y con admirable sangre fría saluda al
público, que le arroja los sombreros (generalmente bastante viejos) a la
plaza, cumplido a que contesta devolviéndolos. Cuando España era rica,
caía a la plaza una lluvia de oro o a lo menos de plata, pero _ces beaux
jours là sont passés_, gracias a sus amables vecinos. Sin embargo, el
indigente español da todo lo que puede y deja al torero añorar el resto.
Como los sombreros en España representan la grandeza, estos castoreños,
carne y hueso de ellos, se arrojan como símbolos de sus generosas almas
y corazones; y nadie que no sea un mercachifle se fija en menudos
detalles de valor o de condición.
Cuando un toro no acude al trapo fatal, o implora perdón, se le condena
a una muerte infamante, pues ningún verdadero español ruega por su vida
ni perdona la de su enemigo, cuando está en su poder; entonces se pide a
gritos la _media luna_, y la petición implica un insulto; su uso es
equivalente al de fusilar a los traidores por la espalda. Esta _media
luna_ es exactamente el antiguo y cruel instrumento oriental para
desjarretar al ganado; además, es el mismo y viejo bidente ibérico, o
sea, una afilada media luna de acero colocada en un largo palo. El
cobarde golpe se asesta por detrás, y cuando el pobre animal queda
lisiado por rotura de los tendones, de las piernas y se arrastra
agonizante, un asistente le clava la aguda puntilla en la médula
espinal, que es la manera corriente que tiene el carnicero de matar el
ganado en España. Todas estas viles operaciones están consideradas como
inferiores a la dignidad de un _matador_, algunos, sin embargo, matan al
toro clavándole la punta de la espada en la vértebra, y como la difícil
operación es cosa peligrosa, no resulta degradante.
Tal es la lidia de un toro, que se repite ocho veces con otros tantos,
aumentando la excitación del público con cada concesión; después de un
corto lapso, el nuevo toro despierta nuevos deseos y el fiero deporte se
renueva y sólo la noche puede terminarlo. Es más, a menudo cuando la
realeza está presente, se pide a gritos un noveno toro, que siempre es
graciosamente concedido por el signo de concesión del monarca, que es un
tirón de su real oreja; en realidad, el populacho es aquí el autócrata,
y su majestad la multitud no sufriría una negativa. La corrida termina
cuando el día muere, como un delfín, y la cortina del cielo colgada
sobre el sangriento espectáculo está color de carne y teñida de carmesí;
este glorioso final se ve en toda su perfección en Sevilla, cuya plaza,
por no estar terminada, queda abierta del lado de la catedral, lo cual
proporciona un fondo moro al pintoresco primer término. En ciertas
ocasiones se decora este lado con banderas. Cuando el flameante sol se
pone sobre la roja torre de la Giralda, enciende sus bellas proporciones
como si fuera una columna de fuego, la fresca brisa vespertina se
levanta y las lánguidas banderas ondean triunfalmente sobre el fenecido
espectáculo; entonces, cuando todo ha terminado, como con todas las
cosas humanas ocurre, la congregación parte, con algún menor decoro que
al salir de la iglesia; y todos se apresuran a sacrificar el resto de la
noche a Baco y a Venus, rindiendo un pasajero homenaje al cuchillo, si
los críticos difieren demasiado calurosamente respecto al mérito de
alguna suerte de la corrida.
Para concluír: las opiniones de los hombres, como la Cámara de los
Comunes en 1802, están divididas acerca de los méritos de las corridas
de toros: los Wilberforces[38] aseguran (especialmente los extranjeros,
que, no obstante, rara vez dejan de autorizar la plaza con su presencia)
que se embotan los mejores sentimientos; que la pereza, el desorden, la
crueldad y la ferocidad se fomentan a expensas de una gran cantidad de
vida humana y animal con esos pasatiempos; los Windhams sostienen que la
lealtad, el valor, la presencia de ánimo, la resistencia al dolor y el
desprecio a la muerte se inculcan en esta fiesta, y mientras que en el
teatro es todo ficticio y en la ópera todo afeminamiento, el espectáculo
nacional es varonil y todo verdad, y repitiendo las palabras de un
panegirista indígena, «eleva el alma a aquellos grandiosos actos de
valor y heroísmo que durante muchos siglos han hecho de los españoles la
nación mejor y más valiente del mundo».
La eficacia de tales deportes para mantener el espíritu marcial queda
negada por la degeneración de los romanos, precisamente en los momentos
en que los espectáculos sangrientos estaban más en boga. Y tampoco puede
decirse que sean la valentía y la humanidad las características
colectivas de los aficionados españoles, sin que por esto queramos
nosotros decir que las riñas y homicidios, y las palizas y muertes de
mujeres puedan achacarse a las corridas, cuya influencia moral ha sido
exagerada y mal interpretada. No puede negarse que sea una cosa cruel y
perfectamente de acuerdo con la inherente e inveterada ferocidad del
carácter ibero, pero ello es más bien efecto que causa, aunque
indudablemente con cierta acción recíproca; y es muy discutible si la
corrida de toros _original_ no tenía más tendencia a humanizarse que
los juegos olímpicos. Ciertamente la _Fiesta real_ de las edades
feudales, combinaba las ideas de religión y lealtad, y los combates
caballerescos, llevaban en sí un fino sentimiento de honor personal y de
respetuosa galantería para la mujer, que eran desconocidos de los
refinados griegos y los guerreros romanos; y muchos de los rasgos más
hermosos del carácter español han degenerado desde la cesación de la
lucha original, que era mucho más sangrienta y fatal que lo es hoy.
Cuando se critican las corridas de toros, los españoles siempre sacan a
relucir nuestro boxeo como justificación de aquéllas, como si el _tu
quoque_ fuera una razón; pero bueno será decir en descargo nuestro que
las luchas de boxeadores están desaprobadas por las gentes buenas y
respetables, y anatematizadas legalmente como perturbadoras del orden
público; aun cuando degradadas por la bestial borrachera, la brutal
vulgaridad, el ruinoso juego y las apuestas, de que la plaza española
está libre, pues a nadie se le ha ocurrido aún apostar si un toro matará
o no tantos caballos; nuestras luchas, sin embargo, están basadas en un
espíritu de juego limpio, que no suele ser el principio fundamental de
la política púnica, la guerra o los toros en España. En este país, la
plaza está protegida por la Iglesia y el Estado, sobre quienes en
justicia debe recaer la responsabilidad de las malas consecuencias que
pueda traer consigo. La representación es dirigida con gran ceremonial,
combinando muchos elementos poéticos, bellos y sublimes, tanto que un
autor español dice con gran orgullo: «Cuando la innúmera asamblea está
honrada por la presencia de nuestros augustos monarcas, queda el mundo
_pasmado de admiración_ ante el majestuoso espectáculo que ofrece el
pueblo más feliz de la tierra, gozando con arrobamiento de un
espectáculo peculiar suyo, y rindiendo a sus idolatrados soberanos el
debido homenaje de la más verdadera y más acrisolada lealtad»; y es
imposible negar el magnífico _coup d’œil_ que presenta la plaza, y en
tan difíciles circunstancias hay que apartar la mirada para no ver
ciertos penosos detalles que se pierden en la poética ferocidad del
conjunto, porque el interés de la tragedia de la muerte real es
innegable, irresistible y completamente absorbente.
Los españoles parece que no se dan cuenta de la crueldad de los detalles
que resultan más molestos para el extranjero. Están acostumbrados a
ellos, ni más ni menos que nosotros a las sangrientas carnicerías que
desfiguran nuestras alegres calles, y que producirían indecible
desagrado si se las viese por primera vez. En la plaza reina el mismo
espíritu que en las cacerías, ese residuo del salvaje, y la humanidad
nunca ha sido muy amable ni tierna de corazón para los sufrimientos de
los animales, cuando está bajo la influencia de los instintos
destructores. En Inglaterra no se siente ninguna compasión por la caza:
ave, pescado o carne; ni por los bichos: armiño, milano o cazador
furtivo. El objeto del deporte es la muerte; la diversión está en que dé
_juego_, en que sea una _buena_ batida, como se llama a la prolongación
de los sufrimientos del animal en el tierno vocabulario de los Nemrodes;
los sufrimientos de la agonía no se miden por el tamaño de la víctima, y
además al toro se le liberta pronto de sus padecimientos, sin exponerle
nunca a los miles de muertes lentas de la pobre liebre herida; no
debemos, pues, ver el toro en el ojo ajeno y no ver la zorra en el
propio, ni
Compound for vices we’re inclined to
By damning those we have no mind to[39].
No parece claro que tomados en conjunto los sufrimientos del animal
predominen sobre su felicidad. El toro vaga por amplios pastos, pasando
una juventud y una madurez libres de trabajos, y al morir en la plaza
sólo anticipa en pocos meses la suerte del prisionero, ultracansado y
mutilado buey.
En España, donde no abundan los capitales y la persona y la propiedad no
tienen seguridades (males que no están completamente corregidos por las
últimas reformas democráticas), nadie quiere aventurarse a la
especulación de la cría de ganado en gran escala, pues la retribución es
muy remota, sin la segura demanda y la venta que las corridas
proporcionan; y como sólo una pequeña parte de los animales que se crían
reúnen las condiciones necesarias, el resto y las hembras se destinan al
arado o al matadero y pueden venderse más baratos por el beneficio que
proporcionan los toros. Algunos hacendistas españoles _demostraron_ que
en la plaza se estropeaban muchos animales buenos; pero su teoría cayó
por la base al verse que, cuando las corridas de toros se suprimieron,
disminuyó notablemente el abasto de ganado. Una cosa semejante ocurre
con la cría del caballo, aun cuando en menor escala; sin embargo, los
que se venden para la plaza no habría quien los comprase para ningún
otro uso. Con respecto a la pérdida de vidas humanas, en ninguna parte
vale menos un hombre que en España, y más regidores ingleses resultan
muertos indirectamente por las tortugas, que picadores andaluces
directamente por los toros; y en cuanto al _tiempo_, estos espectáculos
son casi siempre en día de fiesta, en que aun los industriosos britanos
se embriagan de vez en cuando en tabernas, y los perezosos españoles se
dedican invariablemente a fumar al sol en _dolce far niente_. La
concurrencia, además, de espectadores ociosos, previene la ociosidad de
las numerosas clases empleadas directa o indirectamente en preparar y
realizar este costoso espectáculo.
Es una filosofía pobre y falta de lógica el juzgar las costumbres
extranjeras por los propios hábitos, prejuicios y opiniones
convencionales; un extranjero frío, sin preparación y calculador llega
libre de los lazos de asociaciones anteriores y critica y se fija en
minucias que pasan inadvertidas para los naturales del país en su
entusiasmo por el conjunto. Se horroriza con detalles a que los
españoles han llegado a acostumbrarse tanto como las enfermeras de
hospital, cuyas más finas y simpáticas emociones de piedad han quedado
embotadas con la repetición.
Es cosa dificilísima el cambiar antiguos usos y costumbres a los que
estamos habituados desde nuestros primeros años y que han llegado a
nosotros unidos a recuerdos queridos. Tardamos en convencernos de que
pueda haber algo malo o que pueda causar daño en tales prácticas; nos
molesta mirar cara a cara los hechos evidentes y nos aterra una
deducción que requeriría el abandono de una diversión que hemos mirado
como inocente, y que nosotros, así como antes nuestros padres, no hemos
tenido escrúpulo en permitirnos. Los niños, _l’age sans pitié_, no paran
mientes en la crueldad, ya sea de echar perros a los toros o de coger
nidos, y los españoles son llevados a las corridas desde su infancia,
cuando son demasiado ingenuos para especular sobre cuestiones
abstractas, sino que asocian con la plaza todas sus ideas de galardón
por su buena conducta, de gala y de día de fiesta. En un país donde las
diversiones son pocas, sienten el contagio del placer, y, guiándose por
el instinto de imitación, aprueban lo que ven aprobado por sus padres.
Después de la fiesta vuelven a sus casas lo mismo que salieran de ellas,
juguetones, tímidos o serios, sin que sus sentimientos sociales y
cariñosos hayan sufrido lo más mínimo: ¿dónde son los lazos filiales o
paternos más afectuosamente alimentados que en España? ¿Y dónde están
las nobles cortesías de la vida, el amable, considerado y digno
comportamiento tan manifiestos como en la sociedad española?
Las sucesivas sensaciones que experimentan la mayoría de los extranjeros
son admiración, compasión y cansancio físico. Lo primero se comprende
fácilmente, como también que los novicios no pueden contemplar los
sufrimientos de los caballos sin sentir compasión: «En realidad, era más
una lástima que un entretenimiento», escribía el heraldo de Lord
Nottingham. Pero estos sentimientos los provocan los animales que se ven
obligados a sufrir heridas y muerte; los hombres rara vez interesan
tanto, pues como se exponen voluntariamente al peligro, no tienen
derecho a quejarse. Estos héroes de clase modesta son aplaudidos, están
bien pagados y el riesgo que corren es más aparente que real; nuestros
sentimientos británicos de juego limpio nos hace más bien estar del lado
del toro que lucha desigualmente, pues respetamos la valentía de su
inferioridad. Ese debe de ser siempre el efecto que se nota en los que
no están educados y habituados a tales escenas.
Así Tito Livio cuenta que, cuando el espectáculo de los gladiadores fué
introducido en Asia por los romanos, produjo más bien susto que agrado,
pero que pasándoles de los simulacros a las luchas reales, llegaron a
gustar tanto de ellas como los mismos romanos. La sensación predominante
en nosotros fué de _aburrimiento_ al ser la misma cosa repetida y
repetida, y ya excesivamente. Pero eso ocurre con todo en España, donde
las procesiones y las profesiones son interminables. Plinio, el joven,
que no era un aficionado, se quejaba de la monotonía de lo que bastaba
con verlo una vez; justamente como el doctor Johnson, después de
presenciar una carrera de caballos, observaba que no había una prueba
más evidente de la escasez de los placeres humanos que la popularidad de
tal espectáculo. Pero la vida de los españoles es uniforme, y sus
sensaciones, como no están embotadas por la saciedad, son intensas. Para
ellos las corridas de toros son siempre nuevas y excitantes, pues cuanto
más se cultiva la afición, mayor es la capacidad adquirida para gozar de
sus encantos; ven mil detalles de belleza en el carácter y en la
conducta de los combatientes, que escapa a la mirada superficial e
indocta de los no iniciados.
Las mujeres españolas, contra las que se desatan en invectivas los
emborronadores de cuartillas, se sustraen al aburrimiento por el
constante y siempre despierto afán de ser admiradas. No van a esas
fiestas por predilección abstracta ni pasifaica; las llevan a los toros
antes de que aprendan a leer, ni sepan lo que es amor. No sabemos que
esto las haya hecho especialmente crueles, salvo algunas viejas y
malvadas hembras de la clase baja. Las más jóvenes y sentimentales
gritan y se afectan extraordinariamente en todos los verdaderos momentos
de peligro, a pesar de su larga familiaridad. Su principal objeto al ir
a la plaza no es, después de todo, ver los toros, sino dejarse ver ellas
y sus trajes. Las de clases más finas se tapan la cara con el abanico
para no ver los incidentes más penosos, y no demuestran falta de
sensibilidad. Las de la clase baja, por lo general, permanecen tan
serenas como las de otros países en las ejecuciones u otras escenas
semejantes, donde acuden en tropel con los chicos en brazos. Las mujeres
inglesas son un caso aparte. Han oído condenar las corridas de toros
desde su infancia, y van a ellas, ya mayores, llevadas principalmente
por curiosidad a un espectáculo del que tienen la confusa idea de que el
placer se mezcla en él al dolor. La primera impresión es agradable; sus
mejillas encendidas traicionan una satisfacción que casi se avergüenzan
de confesar; pero en cuanto la sangrienta tragedia comienza, se echan a
temblar, molestas y desencantadas. Pocas pueden presenciar más de un
toro y menos aún son las que vuelven a acudir a la plaza:
The heart that is soonest awake to the flower
Is always the first to be touched by the thorn.[40]
Es muy probable que una mujer española puesta en las mismas
circunstancias, obrase de manera semejante y que si presenciase por
primera vez una lucha de boxeo, recibiera también una impresión
desagradable. Pero sea de ello lo que quiera, está lejos de nosotros y
de nuestros amigos esa fingida filosofía, que sacaría la consecuencia de
que en sus bellos ojos, que disparan los dardos de Cupido, brillaría una
sonrisa menos por haber visto esas más piadosas _banderillas_.