Hace ya largo tiempo que nuestros honrados John Bulls sienten más
predilección por sus homónimos españoles, que por los perpetrados por el
Papa o los que hacen en la Verde Erin[28]; ver una corrida de toros ha
sido el enérgico objeto de la curiosidad ilustrada desde que nuestros
viajeros han tomado y publicado dibujos españoles. Tan pronto como el
príncipe Carlos I perdió su corazón en Madrid, su presunto suegro
obsequió a él y a su hermosa adorada con uno de estos encantadores
espectáculos; acontecimiento que sería para la posteridad de feliz
recordación--pensaban los historiógrafos de entonces--, ya que hubo en
él gran carnicería de hombres y de animales; los anales de aquel suceso
serán siempre las joyas de cualquier biblioteca taurómaca que aspire a
ser completa.
Estos deportes, que recuerdan los sangrientos juegos del circo romano,
sólo pueden verse ahora en España, donde el pasado alterna con el
presente y a cada momento se tropieza con un hueso o una reliquia de
antigüedad bíblica o romana. Omitiremos los detalles referentes a la
semejanza estrechísima de estos combates con los de las edades clásicas,
tanto en lo que se refiere a los espectadores como a los actores, por
ser de mayor interés para el erudito que para la generalidad de los
lectores, y los que tengan curiosidad por conocerlos los encontrarán en
un artículo que publicamos hace algunos años en la _Quarterly Review_,
núm. CXXIV. Y como la naturaleza humana no cambia, los hombres colocados
en ciertas e idénticas circunstancias llegarán, sin previo conocimiento
o comunicación, a casi iguales resultados; el elegante pasatiempo de
alancear y matar toros públicamente y sin ayuda fué probablemente
inventado por los moros, o más bien por los moros españoles, pues nada
de esto fué nunca costumbre en Africa, ni ahora ni en tiempos pasados.
El árabe musulmán, al ser transplantado a un país cristiano y europeo,
se amoldó en muchas cosas a los usos y costumbres de las gentes con
quienes convivía, así como introdujo ampliamente el elemento oriental
que llevaba consigo, en sus vecinos godo-hispánicos. La mora Andalucía
es aún el cuartel general del arte tauromáquico, y todo el que quiera
conocer a fondo este arte, la ciencia española _par excellence_, deberá
comenzar estudiando en la escuela de Ronda para doctorarse luego en la
Universidad de Sevilla, el Bullford[29] de la Península.
Dicho sea de paso, nuestra expresión de lucha y pugilato _bull-fight_
(pelea, lidia de toros) es una inadecuada y vulgar traducción del
reputado título castellano _Fiestas de Toros_. Los dioses y diosas de la
antigüedad se conciliaban por el sacrificio de hecatombes: el mugido de
las víctimas regalaba sus divinos oídos, la purpúrea sangre era muy
agradable a sus ojos, y los asados solomillos engordaban a los
sacerdotes, mientras el gran espectáculo y la muerte deleitaba a la
hambrienta asamblea. En España, la Iglesia de Roma, cuidadosa siempre de
sus intereses, dispuso, en servicio propio, una ceremonia á la vez
provechosa y popular[30]: consagró la carnicería aliándola al altar,
beneficiándose de esta dócil asistenta para obtener fondos con que
erigir conventos. Aun en la última centuria se publicaron bulas papales
en favor de las órdenes mendicantes autorizándolas a celebrar cierto
número de _Fiestas de Toros_, siempre que las ganancias se dedicaran a
las obras de su iglesia; y para aumentar la venta en las puertas, se
concedían con las entradas, a manera de bonificación, indulgencias y la
facultad de sacar ánimas del purgatorio, siendo el número de años
proporcionado a los precios de los asientos para este espectáculo,
santificado por sus piadosos fines. Del mismo modo, en la _taurobolia_
de la antigüedad, se absolvía de sus pecados al que fuese rociado con
sangre de toro. Los pastores protestantes, que, con mucha razón, temen y
desconfían de las bulas papales, las reemplazan por bazares y tómbolas
de caridad cuando la capilla de moda necesita un nuevo tejadito azul de
pizarra. Además, aun cuando las corridas de toros no se den con un fin
religioso, siempre benefician a la caridad: ellas constituyen la renta
más saneada de los hospitales públicos, contribuyendo a un tiempo a
sostenerlos y poblarlos, pues la circulación venosa del populacho
sediento de sangre y abrasada bajo un sol de fuego, y la subsecuente
mezcla de sexos, abrir de botellas y navajas, ocasiona más muertes entre
los caballeros y las señoras del mundo español que entre las cornudas e
hípicas víctimas del anfiteatro.
Es una idea vulgar, y muy equivocada, que en España hay tantas corridas
de toros como bandidos; es precisamente lo contrario, porque puede
decirse que son consideradas como el placer estético más refinado; una
cosa semejante a la Opera italiana en Inglaterra, y ambos son
espectáculos bastante caros; bien es verdad que, entre nosotros, sólo la
crema del mundo patrocina a los artistas de Haymarket, y en España, por
el contrario, todos, grandes y pequeños, altos y bajos, gozan con las
corridas de toros. Cada una de éstas cuesta de 5.000 a 7.500 pesetas, y
aun más cuando se dan fuera de Andalucía o Madrid, que son los sitios
que pueden permitirse pagar una cuadrilla permanente; en otras
poblaciones, los toreros y los toros tienen que ir por expresos y desde
largas distancias. Por esta causa las corridas ocurren, como las
apariciones celestiales, pocas veces y muy separadas; se reservan para
las fiestas principales del trono y del altar, para la verdadera
devoción de los fieles en los días de los santos patronos y de la
Virgen, y también en los acontecimientos de la Corte, como bodas de los
reyes, coronación, etc., etc. En este caso se llaman _Fiestas reales_,
quitándoseles el carácter religioso, aunque dándoles mayor importancia y
aparato. El espectáculo es realmente de gran pompa, etiqueta y
magnificencia, y ha reemplazado a los _Autos de fe_, ofreciendo a la más
católica reina y a sus súbditos las más grandes ocasiones de sentirse
enajenados que el limitado poder de goce que tienen los mortales puede
permitirse en este mundo, lleno de zozobras y pesadumbres.
Estas _Fiestas reales_ sólo se celebran en Madrid, y en ellas se
conservan las antiguas costumbres españolas y árabes de que tan
espléndidas descripciones se encuentran en los romances. La plaza
principal de la capital, convertida en plaza, es el sitio elegido para
el espectáculo. Las ventanas de las altas y curiosas casas se utilizan
como palcos, y aparecen adornadas con damascos y terciopelos. La familia
real ocupa, bajo un dosel, uno de los balcones de la casa del centro.
Allí vimos a Fernando VII presidiendo en la corrida celebrada con motivo
del juramento de fidelidad de las Cortes a su hija[31]. Allí estaba,
sentado en el mismo sitio en que se había sentado Carlos I dos siglos
antes, custodiado por el mismo cuerpo de alabarderos y presenciando el
mismo espectáculo. En estas fiestas reales, los toros son rejoneados por
caballeros de la nobleza, vestidos y armados a la antigua buena usanza
española, como acostumbraban antes de que la fatal ascensión de los
Borbones aboliese el traje, las costumbres y la nacionalidad de
Castilla. Estos caballeros, vestidos a la moda de los Felipes, y
montados en briosos corceles árabes, los mejores de su raza, atacan al
fiero animal con una lanza corta, el arma tradicional de los iberos. Los
que toman parte en el combate, han de ser hidalgos de nacimiento y tener
cada uno por _padrino_ un grande de España de primera clase, que pasa
ante el rey en un espléndido carruaje de seis caballos y va escoltado
por grupos de lacayos vestidos de griegos, romanos, moros, o de manera
fantástica. No es fácil conseguir estos _caballeros en plaza_, que están
expuestos a serios peligros, aun cuando hay _toreros_ de oficio que les
auxilian y cubren su retirada.
En 1833, una hermosa dama dió el nombre de su marido y dueño sin previo
consentimiento de éste, como caballero en plaza, y al procurarle esta
agradable sorpresa, cuentan que, para explicar su conducta, decía: «O
matan a mi _marido_, y en ese caso me casaré de nuevo, o saldrá ileso y
le concederán una pensión». Pero parece ser que le salieron fallidos
estos admirables cálculos; ¡tal es la instabilidad de las cosas humanas!
El terror de este infortunado _héroe malgré lui_, al que se había
impuesto esta caballeresca misión, al verse expuesto a los cuernos del
toro y del dilema por obra y gracia de su cara mitad, era altamente
ridículo. Si hubieran sido otros cuernos, pase, ¡pero éstos! Fué herido
al primer ataque, sobrevivió, pero no consiguió pensión alguna, pues a
poco murió Fernando y son pocas las pensiones que se pagan en la
Península desde que ha sido dotada de Constitución, Libertad y Gobierno
representativo.
Recordamos ahora otra anécdota en la que también figura una dama, que
seguramente será del agrado de nuestras bellas lectoras. La tomamos de
una auténtica crónica antigua: «No dejaré de mencionar lo que ocurrió en
presencia de Carlos I, de feliz memoria, que, siendo príncipe de Gales,
se encaminó a la Corte de España, ya fuese para casarse con la Infanta,
o con otro objeto que yo no puedo determinar. El caso es que las
comedias, juegos y fiestas (entre las que figuraban las de toros en
Madrid) que en su honor se organizaron, fueron lo más decorosas y
magníficas posible para el más soberbio y majestuoso entretenimiento de
tan espléndido príncipe. En una de ellas, después de haber matado tres
toros, y saliendo el cuarto, aparecieron cuatro caballeros ataviados
espléndidamente; a poco, una garrida dama, suntuosamente vestida,
acompañada de personas de calidad y de tres o cuatro pajes, salió a la
plaza y la recorrió a pie. Quedaron atónitos los espectadores, de que
una persona del sexo débil se arrogase la inaudita intrepidez de
exponerse a las furias del animal más fiero que puede verse, y que ya
había vencido y medio matado a dos hombres forzudos, de gran valor y
destreza. Incontinenti el toro se dirigió al rincón en que la dama y sus
acompañantes se habían detenido: ella (después que los demás huyeron)
sacó impasiblemente su daga, y agarrando al toro por un cuerno se la
clavó muy diestramente en el morrillo, no necesitando más para realizar
a la perfección su designio; después de lo cual, volviéndose hacia el
balcón del Rey, le rindió pleitesía y se retiró grave y solemnemente».
En la jura de 1833 se mataron noventa y nueve toros: con uno más, la
hecatombe hubiera sido completa. Esta carnicería al por mayor se ha
repetido este año con motivo del casamiento de la misma _inocente_
Isabel[32], que no parece sino que los faustos sucesos de su vida son
sentencias de muerte para los cuardrúpedos. Los toros en España
representan el mismo papel que los banquetes de coronación en
Inglaterra. En aquel hambriento y ascético país los toros se matan, pero
no se comen, hecho singular que no escapó al sabio Justino en sus
observaciones sobre las antibanqueteadoras coronadas testas de la vieja
Iberia.
Estas típicas corridas de toros antiguas eran por extremo peligrosas y
mortíferas; pero como el valor era considerado cosa de honra, no
faltaban nunca caballeros que expusieran la vida en presencia de las
crueles damas de sus pensamientos. Matar al monstruo de no ser muerto
por él, ha sido, desde antes de Hudibras, el camino más seguro para
conseguir el amor de las mujeres, que admiran más precisamente aquellas
cualidades de que ellas carecen:
«The ladies’ hearts began to melt,
Subdued by blows their lovers felt;
So Spanish heroes, with their lances,
At once wound bulls and ladies’ fancies.»[33]
La expulsión de los moros y la consiguiente disminución de los hábitos
caballerescos, hizo que estos torneos cayeran en desuso. A la gentil
Isabel I le disgustó tanto la fiesta de toros que vió en Medina del
Campo, que hizo todo lo posible por prohibirlas; pero fueron inútiles
sus esfuerzos, porque la fiesta y la monarquía estaban condenadas a
morir juntas. La subida al trono de Felipe V inundó la Península de
franceses. Las muñecas de París consideraron a los españoles y sus toros
bárbaros y brutales, y sus _artistes_, desde entonces hasta hoy,
prefieren el _bœufgras_ de los bulevares a rebaños enteros de magras
vacas ibéricas. Así el espectáculo que había resistido a la influencia
de la reina y a las bulas de los Papas cedió ante el despotismo de la
moda. Los empelucados cortesanos abandonaron la liza, que era mirada
fríamente por los Borbones, mientras que el pueblo, tenaz y
enemigo--entonces como ahora--de los franceses y de las innovaciones,
siguió aferrado a los deportes de sus antepasados. Pero ya se había dado
un golpe de gracia a la fiesta: el arte antes practicado por los
caballeros degeneró en la vulgar carnicería de toreros mercenarios que
no luchaban por el honor, sino por bajo lucro; y así, al convertirse en
la diversión del vulgo, pronto perdió todo prestigio caballeresco. Del
mismo modo las fiestas de nuestros caballeros antepasados han degenerado
en los vulgares boxeos de rufianes pugilistas.
Acosar en cualquier forma a los toros es algo irresistible para las
bajas clases españolas, que desprecian los daños que puedan sufrir sus
cuerpos y, lo que es peor, sus capas. La hostilidad contra el cornúpeto
es innata y va creciendo conforme crecen, hasta formar (puesto que los
hombres no son sino niños crecidos), una segunda naturaleza. Los
golfillos en la calle juegan al _toro_, como los ingleses al paso; y
llevan la representación con todas las reglas del arte, como hacen los
chicos de las escuelas cuando luchan. Pocos serán los jóvenes españoles
que, estando en el campo, vean pasar una manada de vacas sin que se
despierte su afición y empiecen a provocar a los animales agitando ante
ellos las _capas_, y de aquí viene la suerte que se llama _el capeo_. En
los pueblos en que no pueden permitirse el gasto de una corrida de
toros, se contentan con _novillos_ de un año y con _embolados_, o toros
cuyos cuernos van protegidos por una bola. Estos inocentes pasatiempos
son mirados con desprecio por la _afición_, pues como no hay exposición
de la vida ni para los hombres ni para los animales, encuentran soso el
tal espectáculo, que es una pura ficción. Gritan pidiendo _toros de
muerte_, pues sólo la vista de la sangre calma su excitación. Desprecian
la imitación de la corrida, del mismo modo que un gastrónomo la sopa de
tortuga hecha con ternera, o un veterano un simulacro.
En los distritos menos poblados de Andalucía el poco ganado que se lleva
al matadero va atado con largas cuerdas, y así puede ser toreado por los
jovenzuelos de los pueblos que no pueden permitirse el lujo de corridas
de toros formales. El gobernador de Tarifa solía permitir que en ciertos
días se dejara un toro en libertad por las calles, y la diversión de
los habitantes de la ciudad consistía en cerrar las puertas de sus casas
y colocarse en las rejas para ver los apuros de los incautos o
forasteros que se veían perseguidos por él en las estrechas callejas,
sin medio de escapar. Aunque se perdían muchas vidas en esa diversión,
un gobernador de nuestro tiempo, llamado Dalmau, que era un bienhechor
del pueblo, perdió toda la popularidad de que gozaba por intentar
abolirla. Cuando un Borbón, Felipe V, visitó por primera vez la plaza de
Madrid, el populacho le pidió a gritos: _¡Toros, dadnos toros, señor!_
Se cuidaban muy poco de la ruina de la monarquía; pero cuando el intruso
José Bonaparte ocupó el puesto de Rey de España, todas las discusiones
del pueblo se limitaban a si prohibiría o no las corridas de toros. Y
hoy, como siempre, el grito de la capital es: _Pan y toros_, que es lo
que constituye los gajes de la moderna Corte, como en la antigua Roma
fué _Panem et Circenses_. El ceño y el enojo nacional con que fué
recibido Montpensier cuando su casamiento, se mitigó por un momento
cuando los españoles notaron su fingida admiración por el espectáculo
tauromáquico. Nada ha progresado más con las recientes grandes mejoras
que ha habido en España, que las corridas de toros--se han hundido
conventos, se han destruído iglesias, pero todos los días se construyen
nuevas plazas de toros. La difusión de los conocimientos útiles y
entretenidos como medio de promover la mayor felicidad del mayor
número, ha obtenido de esta manera la mejor consideración de los
patriotas y hombres de Estado que presiden los destinos de España; el
toro es dueño del terreno que pisa. Este último y representativo resto
de la nacionalidad española desafía al extranjero y a su civilización;
es un _fait acompli_, que pisotea la _charte_, aunque el honrado Rey
ciudadano jure que desde el momento actual es ya una _vérité_.
No hay duda en España del día y la hora a que comienzan las corridas,
que suelen ser el lunes de Pascua por la tarde, cuando ha pasado el
calor del mediodía.
La _plaza_ es una cosa completamente distinta de las plazas de Londres,
esos recintos de desmedrados y ennegrecidos arbustos, cercados con
empalizadas de hierro para proteger a las niñeras aristocráticas del
contacto con la plebe. Es algo más clásico y más divertido al mismo
tiempo. La plaza de Madrid es muy espaciosa: tiene unos 1.100 pies de
circunferencia y caben en ella 12.000 espectadores. Desde el punto de
vista arquitectónico, esta plaza de la corte es inferior a muchas de
provincias: no hay en ella el menor intento arquitectónico, ni de
pilastras, ni de columnas vitruvianas; nada que recuerde el Coliseo
romano: el exterior es desnudo y liso, como hecho de propósito; el
interior está lleno de bancos de madera y no es mucho mejor que un
matadero; en realidad, no es otra cosa, y tiene aquello un aire
utilitario y homicida, que demuestra el espíritu antiestético
godo-hispánico, que no siente la necesidad de ninguna manifestación
artística, y sólo desea contemplar espectáculos de sangre y de muerte.
No tiene necesidad de estimulantes externos; la _réalité atroce_, como
observa un extranjero sensible, «les basta, pues es la diversión del
salvaje y lo sublime para las almas vulgares».
El recinto está perfectamente ideado para ver, y éste es un espectáculo
enteramente para los ojos. El abierto local está completamente iluminado
por la luz del sol, que es siempre más brillante que el gas o que las
bujías. El interior está tan falto de adorno como el exterior, y tiene
un aspecto realmente mezquino cuando está vacío; alrededor de la arena
hay unos bancos de madera para las clases humildes, y sobre ellos, una
hilera de palcos para las damas y los caballeros elegantes; pero apenas
la plaza se llena de gente, desaparece toda la mezquindad y adquiere una
apariencia verdaderamente soberbia.
Al penetrar en la plaza, cuando está llena, el extranjero se encuentra
transportado a diez y ocho siglos atrás, a la Roma de los Césares, y en
verdad que es realmente espléndido el espectáculo de esta asamblea de
miles de españoles con sus trajes típicos, la novedad de espectáculo,
que asociamos con nuestros estudios clásicos, y realzados por el azul
del cielo que se extiende sobre ella como un dosel. Hay algo en estas
diversiones al aire libre _à l’antique_ que impresiona hondamente a los
frioleros ciudadanos del Norte, donde el clima contribuye tan poco a la
felicidad del individuo. Todos los buenos aficionados bajan al redondel
y se mezclan con el populacho, para ocupar los sitios en donde estén más
cerca de los toros y los toreros. Lo «clásico» es sentarse al lado de
una de las entradas, lo cual permite al elegante mostrar sus bordadas
polainas y el buen corte de su pierna. Aquí es donde se critica
científicamente la calidad del toro y los buenos lances y el
comportamiento del torero.
El redondel tiene un dialecto especial suyo, ininteligible para la mayor
parte de los mismos españoles, pero que expresa con intención muy exacta
los chistes de los aficionados andaluces, análogamente a lo que ocurre
con la jerga y tecnicismo de nuestros boxeadores. Generalmente, los
periódicos dan al siguiente día cuenta muy detallada de la corrida,
describiendo científicamente cada lance en un estilo imposible de
traducir, pero que, redactado por un Boz español, es de lo más deleitoso
para todo el que puede entenderlo; la nomenclatura laudatoria o de
vituperio se determina con la más exacta precisión de lenguaje, y los
más delicados matices de carácter se distinguen con la sutileza de las
subdivisiones frenológicas. El fundamento de esta jerga es germanía
gitana, metáforas y palabras de doble sentido, y dominarla no es cosa
fácil. A un distinguido diplomático y filólogo tauromáquico, a quien nos
enorgullecemos en llamar nuestro amigo, le era difícil a menudo
comprender el sentido exacto de ciertos términos sin consultarlos con el
difunto duque de San Lorenzo, que mantenía con igual dignidad su
carácter de embajador español en Londres y de torero en Madrid, y que
era un diccionario viviente de _caló_. Pero que ningún estudiante
desista ante las dificultades, pues finalmente verá compensado su
esfuerzo cuando pueda saborear por completo la _sal andaluza_ con que
están sazonadas las revistas, aunque debamos confesar que no tiene mucho
de ática. Que no escatime ni el tiempo ni los esfuerzos; no hay calzada
real para Euclides; y la vida, dicen los españoles, es demasiado corta
para aprender el arte del toreo. Esto quizá parezca extraño, pero los
señores ingleses piensan otro tanto de la caza de la zorra.
Las corridas de toros se anuncian por medio de carteles multicolores,
que se pegan en todas las paredes. Lo primero que debe hacerse es
procurarse con tiempo un buen sitio mandando por un _boletín de sombra_;
y como lo importante es evitar el resplandor y el calor, los mejores
sitios están al norte, o sea en la sombra. El tránsito del sol por la
plaza, el progreso zodiacal hacia Tauro es, sin duda, la observación
astronómica mejor calculada de España. La línea de sombra en la arena se
marca por una gradación de precios. Tanto éstos como las localidades
están detallados en los anuncios con los nombres de los toreros y los
colores de las diferentes ganaderías.
El día antes de la corrida, los toros destinados al espectáculo son
conducidos a la ciudad, llevándoles a pastar a un prado cercano,
reservado para ellos. Los buenos aficionados no dejan de salir a caballo
a ver el ganado, lo mismo que los entendidos en caballos van a
Tattersall el domingo por la tarde, en lugar de acudir a los oficios
divinos. Según Pepe Hillo, que era hombre muy práctico y el primero que
arregló al estilo moderno la plaza, de la que era su más brillante
ornamento, y en la que murió lleno de gloria, «la afición a los toros es
innata en el hombre, especialmente en el español, en cuyo glorioso
pueblo siempre ha habido corridas desde que hubo toros, porque los
españoles son más valientes que los demás hombres, lo mismo que sus
toros son más bravos que los demás toros». Ciertamente, estos animales
que se han criado en llanuras enormes completamente en libertad, tienen
que ser más salvajes que los de John Bull, pero en cuanto a belleza y
fuerza, serían rechazados en una exposición inglesa de ganado: un toro
inglés de raza, con su cuello ancho y sus cuernos cortos, daría buena
cuenta de los caballos y los toreros de España; sus «lanzas» no serían
de menos efecto que las bayonetas de nuestros soldados, o las picas de
nuestros braceros, de los que se calcula por los economistas que tres y
tres octavos de ellos comen más carne y hacen más obra que cinco y cinco
octavos de igual material extranjero. Digamos de paso que la correcta
palabra castellana para nombrar los cuernos del toro es _astas_, del
latín _hastas_, lanzas. La palabra _cuernos_ no se debe usar nunca entre
la buena sociedad española, porque su significación figurada puede
implicar grave ofensa a los presentes: las alusiones a las calamidades
comunes no se deben hacer nunca ante oídos bien educados: en cambio,
entre gente vulgar es lo más corriente nombrar las cosas por sus
impropios nombres y hasta gritarlos, como en tiempo de Horacio: _Magnâ
compellens voce cucullum_.
No todos los toros sirven para la plaza y sólo se escogen los más
fieros, a los que se prueba varias veces desde que son muy jóvenes; los
mejores son los de Utrera, cerca de Sevilla, y de los mismos prados
donde aquel ganadero, el viejo Gerión, criaba aquellos bueyes
maravillosos que a los cincuenta días reventaban de gordos y que fueron
«retirados» por el invencible Hércules. El señor Cabrera, Gerión
moderno, sintió tanta amistad, o tanto miedo, por José Buonaparte, que
le ofreció cien toros como una hecatombe para alimentar a sus tropas,
que, más valientes y hambrientas que Hércules, no hubieran vacilado en
seguir el ejemplo del semidiós.
El toro manchego, pequeño, de mucho poder, y vivo, se considera como la
raza española original: a ella pertenecía _Mancheguito_, el favorito del
vizconde de Miranda, un noble taurómaco de Córdoba, que solía entrar en
el comedor, pero un día mató a un huésped, y entonces lo mataron, a
pesar de la insistencia del vizconde, que tuvo que rendirse ante las
órdenes terminantes del príncipe de la Paz.
A Madrid suelen llevarse los toros criados en la vega del Jarama, cerca
de Aranjuez, que son célebres, de tiempo inmemorial. De aquí salió aquel
_Harpado_, el magnífico bruto de la magnífica balada mora de Gazul, que
indudablemente fué escrita por un torero experto y en el mismo lugar;
los versos brillan de luz y de color local como un Velázquez, y son tan
minuciosamente exactos como un Paul Potter, mientras que la «corrida de
toros» de Byron es la invención de un poeta extranjero y está llena de
pequeñas inexactitudes.
El _encierro_, o sea la conducción de los toros a la plaza, es una faena
peligrosa: van rodeados de bueyes mansos por un camino especial,
resguardado por los dos lados y conducidos a toda velocidad por vaqueros
expertos armados de pica. Es un espectáculo excitante, original y
pintoresco, y los pobres que no pueden permitirse el lujo de asistir a
la corrida, arriesgan sus vidas y sus capas para tener los primeros
lugares y el albur de un achuchón _en passant_.
A la tarde siguiente la multitud acude en tropel a la _plaza de toros_.
No hay que preguntar por el camino: basta con lanzarse a la corriente,
que en estas cosas le arrastrará seguidamente consigo. No hay nada que
pueda compararse a la alegría y brillantez del público español que va
ansioso y engalanado a la corrida. No se moverían más de prisa si
fuesen corriendo de algún peligro. Las calles y los alrededores de la
plaza aparecen llenos de gente, ofreciendo al extranjero ese
espectáculo, pues la verdadera España se ve y se estudia mejor en las
calles que en los salones. Ahora, al viajero inglés no puede caberle
duda de que se encuentra fuera de su casa y en un nuevo mundo; alrededor
de él todo es una perfecta bacanal; todas las clases están confundidas
en una corriente de seres humanos, un cruel pensamiento inflama todos
los corazones y un mismo corazón late en diez mil pechos; cualquier otro
asunto está olvidado; el amante abandona a su amada si ella no quiere
acompañarle; el médico y el abogado renuncian a sus enfermos, a sus
escritos y a sus honorarios; la ciudad dormida se despierta, y todo es
vida, ruido y movimiento, donde al día siguiente reinará calma y el
silencio de la muerte; la inclinada línea de la _calle de Alcalá_, que a
diario es ancha y triste, como la plaza de Portland, constituye en ese
momento la aorta de Madrid, y resulta estrecha para la enorme
circulación; va entonces llena de una masa densa, de abigarrados
colores, que culebrea como una pintada serpiente que va en busca de su
presa. ¡Qué polvo y qué baraúnda! La alegre multitud lo es todo, y, como
el coro griego, siempre está en escena. ¡Qué típicos los trajes de la
gente del pueblo!, pues sus superiores sólo van a la moda del bulevar o
del último figurín inglés. ¡Cuánta manola! ¡Cuánto amarillo y rojo! ¡Qué
de flecos y volantes! ¡Qué enjambre de pintorescos vagabundos
arremolinándose alrededor de las _calesas_, cuyos salvajes caleseros
corren al lado de ellas dando latigazos, gritando y blasfemando! Esta
clase de vehículos, de forma y de color napolitanos, están ¡ay! llamados
a sacrificarse en aras de la civilización, para sustituírlos con el
vulgar ómnibus y el coche de punto.
La _plaza_ es el foco de un fuego que sólo con sangre puede extinguirse:
lo que las reuniones públicas y los banquetes son para los ingleses, las
revistas y las «razzias» para los galos, y la misa o la música para los
italianos, es la absorbente corrida de toros para los españoles de todas
clases, sexos y condiciones, pues su alegría es muy contagiosa; y, sin
embargo, una espina asoma entre estas rosas; cuando el deslumbrante
resplandor y el ardiente sol africano calcinan la tierra y los cielos,
enardece a hombres y animales hasta la locura, una rabiosa sed de sangre
asoma a los fulgurantes ojos y a la irritable y pronta navaja, y la
pasión del árabe triunfa de la frialdad del godo. La excitación sería
terrorífica, de no ir encauzada al placer; y no hay ciertamente
sacrificio, aun el de la castidad, ni renuncia, aun la de la comida, que
no se sientan dispuestos a hacer para encontrar dinero con que asistir a
la corrida: es el lazo con que el diablo coge a muchas almas masculinas
y femeninas.
Los hombres van lujosamente vestidos con sus galas de _majo_; las
señoras se ponen mantillas blancas de encaje, y cuando se sofocan,
parecen, como decía el humorista andaluz Adriano, salchichas envueltas
en papel blanco; todas lucen su _abanico_, que es tan necesario como lo
fuera en tiempo de los romanos. Los venden a la puerta de la plaza por
una bicoca, y está hecho de papel basto pegado a un mango de caña o de
palo, y los morenos galanes los regalan como una delicada atención para
el cutis de sus trigueñas _queridas_; mientras que las clases más
modestas, especies de salamandras, soportan en esta ocasión el fuego
mejor que en la guerra, y preferirían achicharrarse vivos _a lo auto de
fe_ que perder estas tórridas fiestas.
Las _plazas_, como los _mataderos_ del continente, están situadas en las
afueras de la población, tanto con objeto de disponer de más terreno,
cuanto porque cuando se conduce a los toros por entre calles es muy
fácil estropearlos, a semejanza de lo que ocurre en la City en los días
de mercado, como no ignora el alcalde de Londres.
Las localidades ocupadas por la chusma se llenan más rápidamente que
nuestras galerías de a peseta y los «dioses» que las ocupan son
igualmente ruidosos e impacientes. La ansiedad de los inmortales quiere
matar el tiempo y el espacio y hace felices a los aficionados. Ahora su
majestad el público reina triunfante, y ésta es la única reunión
pública--fuera de las de las iglesias--que se permite; pero aún aquí,
como en el continente, brillan las odiosas bayonetas, y el piquete de
soldados recuerda que las diversiones inocentes no son libres, y que los
cobardes déspotas siempre temen traiciones y estratagemas, incluso en el
momento en que no hay en todo el mundo sino la idea de divertirse. Todas
las clases sociales se confunden en una masa humana homogénea; su
buenhumor es contagioso; todos dejan en casa penas y preocupaciones, y
entran con un corazón alegre y un propósito de divertirse que desafía
las inquietudes; las pullas y los chistes, no de los más finos, se
cruzan de un lado para otro con elocuencia más enérgica que falta de
adornos; se habla de las cosas y de las personas como para asustar a los
perifrásticos gongoristas; hay una perfecta libertad de lenguaje, y todo
se hace de un modo parlamentario, sin que nadie se sienta ofendido. Sólo
están tristes los que no han entrado; los repudiados quedan fuera
rechinando los dientes como las tristes sombras del otro lado de la
Estigia, escuchando ansiosamente los alegres gritos de los tres veces
bienaventurados que se encuentran dentro.
En Sevilla se reserva un escogido palco de sombra, a la derecha del de
la presidencia, como sitio de honor para los canónigos de la Catedral,
que asisten con traje talar; y se procura que los días de corrida sean
aquellos en que no tienen ningún oficio importante que les impida
asistir. El clero español ha sido siempre enemigo declarado del teatro,
al que no asiste nunca; pero ni la crueldad ni el desenfreno de la
plaza han despertado jamás el celo de los más elegidos o de los más
fanáticos; por lo menos nuestros puritanos arremetieron contra las
luchas de osos con perros, lo que indujo al caballero Hudibras a
defenderlas; y nuestros metodistas denunciaron el acoso de toros con
perros, que fué patronizado por el honorable W. Windham, en el memorable
debate de 24 de mayo de 1802 sobre Mr. _Dog_ Dent. El clero español
concede todo el debido respeto a los _bulls_[34] tanto papales como
cuadrúpedos, y no les gusta que se les hable de ese asunto, sobre el que
generalmente contestan: _Es costumbre; siempre se ha practicado así; son
cosas de España_; que son, en resumen, las respuestas que dan los
españoles cuando una cosa es incomprensible para los extranjeros, y que
ellos no pueden o no quieren explicar. En vano escribió San Isidoro un
capítulo contra el anfiteatro; a su _capítulo_ no le importa; en vano,
Alfonso el Sabio prohibió que asistiera el clero a él. El sacrificio del
toro ha figurado siempre en la religión romana antigua y en la española,
antigua y moderna, en la cual se incluye entre las obras de caridad,
puesto que contribuye a sostener a los enfermos y heridos; por esta
razón todos los morenos paisanos de San Ignacio de Loyola se adhieren a
la doctrina jesuítica de que el fin justifica los medios.