Después de tratar de los medios más aceptados en España para viajar,
vivir y ser enterrado, es natural que nuestros amables lectores deseen
averiguar qué atractivo especial puede inducir a personas que viven con
cierta holgura a aventurarse en esta tierra de pasa-trabajos, en la que,
donde menos se piensa, saltan las _ratas_, no la liebre. «Lo digno de
observación» es algo muy difícil de explicar, porque, ¿quién puede
proveer a la infinita variedad de gustos, a las diferencias por las
cuales la naturaleza da a cada carácter lo que la conviene? ¿Y quién se
atrevería a decidir cuando los doctores no se ponen de acuerdo, como
siempre les ocurre, en cuestión de gustos, ya que cada cual tiene su
manera de ver las cosas y sus manías y predilecciones? No hay, pues, que
decir que todo el mundo es un yermo ni empeñarse en hallar cizaña donde
se crían flores. El buscar lo bueno es el camino más seguro de llegar a
la excelencia, y el no apreciarlo donde está, es síntoma seguro de
mediocridad. El esfuerzo constante por refinarse acostumbra a pensar, y,
por la larga contemplación del bello mundo externo, se sorprenden trozos
del bello mundo interno, y los pocos escogidos pueden permitirse una
ojeada de los esplendores ocultos para el gran vulgo, que tiene ojos,
pero no ve, y que apenas si observa las cosas de la naturaleza externa
hasta que se le dice qué es lo que debe mirar, dónde se encuentra y cómo
debe contemplarlo, con lo que se les concede un nuevo sentido, una
segunda vista.
¡Felices cien veces aquellos que han perdido las telillas de los ojos y
que, en lugar de mirar puerilmente, han aprendido realmente a _ver_!
Para ellos brota limpia, pura y abundante, una fuente de placeres
desconocidos, según la proporción en que comprendan las formas, bellezas
y colores infinitos con que la Naturaleza adorna cada una de sus obras,
aunque sus más puros goces se revelan a los iniciados como premio
reservado a los que se dirigen a su altar con sencillez de espíritu y se
entregan a su adoración con toda su alma, su corazón y su entendimiento.
Con estas caritativas intenciones fué con las que nuestro buen amigo
John Murray ideó primero las Guías, y luego las escribió él mismo,
enseñando a los demás cómo mojar la pluma para escribir esos libros
rojos, que enseñan a hombres, mujeres y niños lo que han de observar
para acabar con los _laquais de place_, y anular a los autores de
excursiones de verano. Pocos señores de los que publican notas de sus
rápidos viajes por la Península mejoran sus superficiales diarios con
estudios profundos de los que suelen tratar las Guías; resbalando, como
golondrinas, por la superficie y persiguiendo insectos, ni atienden, ni
distinguen las joyas que se esconden allá abajo, en el fondo; ven toda
la paja y la escoria que flota en la superficie y apuntan en sus
cuadernos todo lo que está podrido en España. De aquí la semejanza de
algunas de sus obras; libros y bandidos se parecen unos a otros,
llegando así los escritores y los lectores a encontrarse encerrados
dentro de un círculo vicioso. Nada molesta tanto a los españoles como
ver volúmenes y volúmenes acerca de ellos y de su país escritos por
extranjeros que sólo han echado una rápida ojeada sobre un aspecto del
asunto, y ése, precisamente, el que más avergüenza a los españoles, y lo
consideran menos digno de atención. Este entrometimiento continuo en los
defectos de la tierra, para hablar luego de ellos, ha aumentado el
desagrado que sienten hacia la tribu del _Curioso impertinente_. Bien
conocen ellos, y bastante lo sienten, la decadencia de su país; pero,
igual que los hidalgos pobres, que sólo pueden enorgullecerse del
pasado, ocultan con ansiedad estos secretos de familia hasta a sí
mismos, y mucho más a la curiosidad de aquellos que casualmente son
superiores a ellos, si no por la sangre, por las riquezas materiales. El
temor de ser descubiertos agudiza su innata suspicacia, cuando un
extranjero desea «observar» y examinar sus defectuosos arsenales e
instituciones, confundiendo lo bueno y lo malo y anotándolo todo como
Pablo Fisgón[24].
If there’s a hole in a’your coats,
I rede ye tent it;
A chiel’s amang ye, taking notes
And faith! he’ll prent it[25].
Cuanto menos se observe y se diga acerca de las _cosas de España_, de
los pingajos que ahora cuelgan de su antes altiva bandera, en la que
nunca se pone el sol, más fácilmente, piensan ellos, se zurcirán porque:
«_Sanan cuchilladas, mas no malas palabras_».
Y que ningún autor se imagine que por imparciales que sean sus
observaciones, presentando a España tal cual es, y sin decir nada
maliciosamente, pueda nunca complacer a un español; su orgullo y amor
propio son tan grandes como la presunción y vulgar fachenda del
americano: ambos son morbosamente sensibles y susceptibles y les
perturba la idea de pensar que el mundo entero, que no se cuida para
nada de ellos, no piensa en otra cosa y que conspiran conjuntamente
contra ellos por envidia, celos o ignorancia; «veo que no nos entienden
ustedes». La verdad, a no ser que tenga la forma de un cumplido, se la
considera como una enorme calumnia y se la persigue como un embuste y
una falsedad, desde el Estrecho hasta el Bidasoa; y un buen ejemplo es
la historia de Napier. El español, que difícilmente se acostumbra a una
prensa libre, o, más bien, licenciosa, y a la propensión de escarabajo
con que en Inglaterra y en América hurga esa prensa en las cloacas de la
vida privada y en las gangrenas de la pública, se disgusta de que se
cuenten pormenores y le parece que los extranjeros no responden a la
hospitalidad con que son recibidos. Considera, y con justicia, que no es
prueba de buena crianza, de corazón o de inteligencia, el buscar
defectos más bien que bellezas, y setas venenosas más bien que violetas;
y desprecia a esos cicateros que ven motas más bien que luces en los
bellos ojos de Andalucía. Las producciones de los extranjeros, sobre
todo las de aquellos que viajan y escriben de prisa, tienen que
adolecerse de la celeridad y de las fuentes de que han salido. Los que
no conocen bien el idioma ni están en relación con la buena sociedad
española, tienen necesariamente que ponerse en contacto con la vida y
las costumbres de la clase más baja, y así resulta que sus informaciones
son las que les proporcionan los postillones, posaderos y demás
gentualla, que pueden ser divertidas para los que gusten de eso, pero
que proporcionan opiniones bien pobres para discurrir sobre lo que más
honre a un país, y datos poco sólidos para juzgar de su situación
efectiva. ¿Cómo podía a nosotros gustarnos que los españoles se guiaran
para juzgar a Inglaterra y los ingleses por los calendarios de Newgate,
las narraciones de los cocheros o los anales de las cervecerías?
Siendo como son muchas las cosas dignas de estudio en España, no pocas
de las cuales sólo allí pueden verse, bueno será advertir las que no han
de encontrarse, pues no hay cosa que haga perder más tiempo que el darse
uno cuenta de eso por sí mismo después de perder el tiempo y el
esfuerzo. Los que quieran ver arsenales bien provistos, librerías,
restaurantes, instituciones literarias o de caridad, canales,
ferrocarriles, túneles, puentes colgantes, maquinaria, ómnibus,
fábricas, politécnicos, cervecerías y semejantes instrumentos y
pertenencias de un alto estado de civilización política, social y
comercial, harán bien en no moverse de su casa. En España no hay
administración de peajes, ni tribunales trimestrales, ni tribunales de
_justicia_, de acuerdo con la significación real de la palabra, ni
ruedas de castigo, ni consejos parroquiales, ni presidentes, directores,
jueces extraordinarios del tribunal de cancillería, ni comisarios de
beneficencia, ni mítines contra el tabaco y el alcohol, ni sociedades
para ayudar a los misioneros, ni para ayudar a las paridas y
reciénnacidos; nada, en suma, que valga la pena de atraer la atención de
un curial algo distinguido, a menos que sienta cierta predilección por
el estudio de la ley de quiebras. España no es país para el economista
político, salvo como un ejemplo de la decadencia de la riqueza de las
naciones, y como un buen tema para estudiar los errores que deben
evitarse, así como para teorías experimentales y planes de reforma y
mejora. En España impera la Naturaleza, que la ha dotado pródigamente
con su suelo y su clima magníficos, dones que los españoles parece como
que han tratado de inutilizar durante los últimos cuatro siglos con su
culpable negligencia de discursos y banquetes agrícolas y no
distribución de premios a los verracos y garañones más grandes y a los
labradores con más familia.
El terrateniente de la Península es poco más que un hierbajo del suelo;
nunca ha observado ni apenas permitido que otros observen el gran
partido que podría y debería sacarse de las cosas; parece como si
hubiera puesto a España en manos de la curia; tal es la general
dilapidación. El país es casi una tierra incógnita para los geólogos,
naturalistas y todas las demás ramas de ólogos y de alistas. Por todas
partes es allí el material tan superabundante, como deficientes los
braceros y artesanos. Todas estas interesantes ramas de investigación,
sanas y agradables por ser estudios al aire libre, que ponen al
aficionado en contacto directo con la naturaleza, ofrecen a los autores
noveles deseosos de originalidad, asuntos más dignos que las viejas
historias de bandidos, toreros y ojos negros. Los aficionados a lo
romántico, lo poético, lo sentimental, lo artístico, lo arcaico, lo
clásico, en una palabra, a las líneas bellas y sublimes, encontrarán
tanto en el pasado como en el presente de España bastantes asuntos al
recorrer con lápiz y cuaderno esta nación singular suspendida entre
Europa y Africa, entre la civilización y la barbarie; este país de los
verdes valles y las montañas peladas, de las inmensas llanuras y las
quebradas sierras; aquellos jardines paradisíacos llenos de vides,
olivos, naranjos y áloes; aquellos vastos eriales, silenciosos, sin
caminos, sin cultivos, herencia de la abeja silvestre; y al huír de la
insulsa uniformidad, de la pulida monotonía de Europa, la aromática
frescura de este original e inmutable país, donde la antigüedad le pisa
los talones al presente, donde el paganismo le disputa el altar al
cristianismo, donde los excesos y el lujo reinan junto a las privaciones
y la pobreza, donde la negación de todo sentimiento generoso y
humanitario va de la mano con las más heroicas virtudes, donde las
violentas pasiones africanas conviven y emparejan con la más fría
crueldad, y donde la ignorancia y la erudición se presentan en violento
y notable contraste.
«Allí--dice la «Guía» en un estilo que cualifica a su autor para
escribir en el álbum más elegante y mejor editado--puede el anticuario
escudriñar los conmovedores monumentos de miles de años, los vestigios
de las empresas fenicias, de la magnificencia romana, de la elegancia
árabe, en aquel depósito de costumbres antiguas, en aquel almacén de
todo lo olvidado y desvanecido; allí puede admirar los monumentos
clásicos, casi sin paralelo en Grecia o Italia, y aquellos mágicos
palacios de Aladino, creación de la fantasía y el esplendor árabes,
privilegio exclusivo de España, con el que encanta al insulso europeo.
Allí el sentimental puede espaciarse en la poesía de su decadencia, que
desarma a la envidia y que, perdido su alto puesto, conserva la dignidad
de un monarca destronado que, sin queja, sabe respetarse a sí mismo,
último consuelo del noble innato que no le arrancará la suerte adversa;
allí el artista puede extasiarse ante las obras maestras del arte ideal
italiano de Rafael y Ticiano, que se esforzaron en decorar los palacios
de Carlos, el gran emperador contemporáneo de León X; podrá admirar a
las criaturas de Velázquez y de Murillo, cuyos cuadros sólo en España
pueden verse realmente; allí podrá el artista dibujar la traza ceñuda de
los castillos, la pompa y magnificencia de las catedrales, donde se
adora a Dios de manera tan digna de su gloria como puedan alcanzar las
artes y riquezas del hombre mortal; allí puede gozar de la melancolía de
los claustros góticos, de los torreones feudales, del inmenso Escorial,
del pétreo alcázar de la imperial Toledo, de las soleadas torres de la
soberbia Sevilla, de las eternas nieves y de la deliciosa vega de
Granada; allí el geólogo podrá trepar por montañas de mármol y por
sierras preñadas de minerales; el botánico podrá elegir, en los
invernaderos naturales, infinidad de plantas desconocidas, sin rival en
color y con el aroma del dulce melodía; allí todos, sabios e
ignorantes, escucharán las típicas canciones, el rasgueo de la guitarra
y el repiqueteo de las castañuelas, o contemplarán el alegre fandango o
la emocionante corrida de toros; todos podrán alternar con el alegre,
amable y sobrio campesino, libre, varonil e independiente, al mismo
tiempo que cortés y respetuoso; todos podrán convivir con el noble,
digno, altivo y pundonoroso español, y disfrutar de su amable y cortés
vanidad, admirando a sus mujeres, de ojos negros, tan francas y
naturales, a las que la voz de todos los tiempos y de todos los pueblos
ha concedido la palma de los atractivos y a las que Venus ha donado su
mágico cinturón de gracia y de hechizos; allí... pero bastante es lo
dicho para emprender un viaje en el que, como Don Quijote dijo, «ocasión
tendremos, hermano Sancho, de meter manos hasta los codos en verdaderas
aventuras».
Y no andaba equivocado el hidalgo manchego al atribuir un cierto
carácter aventurero a los que buscan en España conocimientos útiles y
agradables, pues los naturales acostumbran, y no sin razón, a compararse
a sí mismos y a su país a _tesoros escondidos_; pero también les gusta
invertir los términos y atacar a cualquier industrioso extranjero que
los desentierre, como Le Sage hizo con el alma de Pedro García. No hay
nada que en toda la extensión de la Península sea más sospechoso que un
extranjero dibujando o tomando notas; todo el que lo ve _sacando
planos, mapeando el país_--que esas son las expresiones que se usan al
hablar del más sencillo dibujo al lápiz--supone que es un espía, o un
ingeniero y, desde luego, que no está allí con buenas intenciones. Las
clases bajas, a semejanza de los orientales, dan un sentido vago y
misterioso a esta conducta, para ellos ininteligible; y en cuanto ven a
alguien dedicado a los trabajos antedichos le conducen ante las
autoridades civiles o militares, y, de hecho, en los sitios apartados,
en cuanto llega un desconocido, es objeto de vigilancia por todo el
mundo, dado lo raro de la ocurrencia. Una cosa parecida sucede en
Oriente, donde se supone que los europeos son enviados por sus
Gobiernos, pues ni ellos ni los españoles pueden comprender que una
persona sufra molestias y gaste dinero, cosa que ningún natural del país
hace, con el único objeto de conocer un país extraño, por instrucción o
placer. Cuando se hace alguna pregunta o se demanda alguna información
sobre cosas que, según ellos, no son dignas de estudio, puede tenerse la
seguridad de que los datos que se obtengan serán falsos o, por lo menos,
falseados por los que los proporcionen, que en todas partes sólo desean
adular al que manda, sea civil o militar. Los españoles dan poca o
ninguna importancia a los panoramas, las ruinas, la geología, las
inscripciones, etc., etc.; están habituados a verlas a diario y, por
tanto, no se explican que pueda tenerla para los extranjeros; juzgan a
los demás por sí. En España es raro el individuo que dibuja, y el que
lo hace es considerado como profesional y utilizado por los demás.
Una de las peores cosas que los franceses dejaron en España fué la
desconfianza por el individuo que lleva lápiz y cuaderno. Antes de su
invasión enviaron agentes y espías que, con el aspecto de viajeros,
estudiaban el país, y después, despojándose de la piel de cordero,
guiaron a los lobos al saqueo y a la destrucción. El anciano prior de la
Merced de Sevilla nos decía, al enseñarnos los bastidores y los estuches
de donde los Soult y Compañía «mudaron» los Murillos y los vasos
sagrados: _¿Lo creerá usted?_, entre los _ladrones_ reconocí a un
individuo, que se reía burlonamente de mí, al cual, algún tiempo antes
de la llegada de los invasores, yo mismo había enseñado nuestros
tesoros. «¡_Tonto de mí_, que tomé a aquel _gabacho_ por un hombre
honrado!» No obstante, este digno individuo estaba condecorado con la
legión de honor de Bonaparte, el cual, lo primero que pensaba, según su
libro de notas, hacer en Inglaterra, _después_ de conquistarla, era
llevarse el vaso de Warwick, según Denon[26], que también había
desvalijado a los egipcios, le dijo a sir E. Tomason. Nosotros, los
ingleses, que a pesar de los deseos de muchos reales folicularios no
hemos recibido ninguna visita en nuestras «opulentas tiendas», no
podemos comprender bien los sentimientos de los que aun tienen viva la
herida y sufren las consecuencias de la expoliación. El gato castellano,
que ya ha sido escaldado, huye aún del agua fría.
Por esto hay que excusar en cierto modo a las autoridades españolas,
particularmente en los sitios poco frecuentados, cuando se inquietan al
ver a un extranjero que fisgonea. Su primera impresión, como ocurre en
Oriente, es que puede ser un francés, y de aquí su escama, su temor y su
intranquilidad. En Sevilla, en Granada y en otros lugares donde hay
abundancia de artistas extranjeros, se les suele permitir tomar apuntes,
aunque mirándoles con cierto menosprecio; pero en las comarcas aisladas,
aun el que sólo contempla las estrellas, es objeto de una vigilancia
extremada por el elemento oficial. El seguramente estará tan ajeno de
los ominosos sentimientos y siniestros temores que despierta, como el
inocente cuervo lo estaba de la significación que los romanos augures
atribuían a su vuelo; y pocos antiguos augures podían rivalizar con los
alcaldes españoles de hoy en cuanto a rápidas sospechas y a percepción
del mal, sobre todo cuando no hay mal ninguno.
Los que hayan leído la admirable obra _The Bible in Spain_[27],
recordarán que su autor Borrow estuvo a punto de ser fusilado por
haberle tomado por Don Carlos, evitándolo la milagrosa intervención del
alcalde de Corcubión, el cual, si todavía vive, debe de ser un ave
fénix de los alcaldes, y evidentemente digno de observación, pues era un
lector del «gran Baintham», o sea nuestro ilustre Jeremías Bentham, al
que los reformistas españoles pidieron una _constitución_ de papel, sin
conocer a punto fijo el significado de la palabra o de la cosa, ni si
estaba hecha de algodón o de pergamino. Otro de los que mejor han
escrito acerca de la Península y sus curiosidades, lord Carnarvon,
también estuvo expuesto a sufrir la misma suerte por confundirle con don
Miguel; el capitán Widdrington, hombre amabilísimo y honorable por todos
conceptos, fué detenido por suponerle agente de Espartero; y nuestra
modesta persona ha tenido la suerte de ser llevada a un cuerpo de
guardia por dibujar unas ruinas romanas, y el honor de ser tomado por
Curius Dentatus, un caimán, o por Julio César, pues no hay absurdo ni
ignorancia, por inconcebible que sea, demasiado grande para los golillas
locales, que casi nunca se inclinan a nada que tenga sentido, y cuando
dejan hablar al miedo, son tan sordos a los dictados del sentido común o
de la humanidad como si fueran víboras o bereberes; y aquí como en
Oriente, aun los mejor intencionados pueden ser tomados por espías y
cortárseles las barbas, como se hizo con los emisarios del rey David. En
todas las clases sociales está arraigado el odio al extranjero, y en vez
de observarle razonablemente y tratar de averiguar lo que realmente sea,
tergiversan sus actos y palabras más inocentes, dándoles el sentido que
se amolda a sus absurdos prejuicios, hasta que cualquier nonada se
convierte en sus cabezas en pruebas más firmes que el mismo Evangelio.
Hay que reconocer, sin embargo, que cuando las autoridades se convencen
de que el extranjero es un inglés con intenciones pacíficas, nadie les
iguala en cortesía y amabilidad, y, sobre todo, si son de clase humilde,
miran con curiosidad los dibujos; las clases más altas no prestan
atención, en parte por cortesía y en parte por el principio oriental de
_nil admirari_, que ocultando la inferioridad y la ignorancia, es prueba
al mismo tiempo de buena crianza.
Sacar dibujos de una población fortificada está terminantemente
prohibido en España. Hay tal ignorancia en todo lo referente a artes
gráficas, que no saben distinguir entre un apunte artístico y un plano;
todo lo consideran dibujo y, como tal, pecaminoso. Un cuartel o un
fuerte sólo se puede observar muy a la ligera, y, naturalmente, no hay
que hablar de aventurarse a esbozar el más ligero apunte de él o sus
cercanías; y si alguno se arriesga a ello, incluso siendo una señora, se
expone a ser arrestado o a ser tratado groseramente. Por lo tanto, bueno
será que nadie, sea o no artista, muestre la menor curiosidad por las
cosas o los edificios militares, ya que, por otra parte, no merecen la
pena y no se pierde nada con ello. En nuestra época, las tropas estaban
perfectamente desorganizadas: si tenían zapatos carecían de calcetines;
si disponían de fusiles, no abundaban los pedernales; si se les daba
pólvora, faltaban las balas; en suma, nada había conforme a los
reglamentos. Ni siquiera los botones del uniforme de los oficiales
estaban nunca en fila; y en cuanto a los números, unos los llevaban
hacia arriba, otros hacia abajo y otros de lado; bien es cierto que la
uniformidad es una cosa europea, pero no oriental. En estos momentos, en
que la Iglesia se muere de hambre, en que las viudedades no se pagan y
la bancarrota reina en el país, al que se esquilma para sostener al
ejército, cuyas espadas son las que apoyan a la burocracia odiada, las
fuerzas de la Guardia Real y las bandas pretorianas no saben marcar el
paso ni guardar la fila. Aun cuando todas estas cosas sean muy tristes
para los ordenancistas, pensando en artista no podemos menos de lamentar
la dificultad de obtener apuntes de estos fuertes medio hundidos y de
las ciudadelas desmanteladas, en donde cada _bisoño_ merece figurar en
un cuadro con más derecho que el comandante del castillo de Windsor,
emparejado con su _querida_ de barquiña corta, digna por entero del
pincel de Murillo.
El mejor medio para quien quiera estudiar y publicar sus observaciones
en España, es procurarse un pasaporte o salvoconducto, en el cual se
especifique claramente el objeto de sus investigaciones. Dirigiéndose al
embajador inglés en Madrid se obtiene sin dificultad alguna, y si se
trata de una persona conocida no tiene necesidad de acudir tan lejos;
el capitán general de la región se los proporcionará, seguramente. Como
estos salvoconductos están escritos en español, todos, altos y bajos,
los pueden leer, y así no habrá las dificultades que surgen con los
expedidos por nuestros embajadores y aun por nuestro Ministerio de
Estado, que, para _honra_ de sí mismos y de la nación, dan a los
ingleses pasaportes escritos en francés, de donde nace entre españoles
la sospecha de que el portador es un gabacho, cosa poco agradable en
España. Entre los recuerdos que aun conservamos de nuestra estancia en
la Península, figura un pasaporte firmado por nuestro amable protector
el temible conde de España, refrendado por los no menos temidos Quesada
y Sarsfield, en el cual se disponía, en claro y escogido castellano, que
todas las autoridades mayores y menores, civiles o militares, ayudaran o
facilitaran al portador el estudio de las curiosidades y monumentos de
España.
Estos autócratas se hacían obedecer más que el mismo Fernando, en sus
respectivos distritos, lo cual nos hace recordar a los pachás de
Oriente, que son las verdaderas autoridades, tanto civiles como
militares, en las comarcas que tienen a sus órdenes; y como no sólo
administran la ley, sino que la ajustan a sus propias comodidades, de
hecho resulta que ellos la hacen y la conculcan, y todos los que bajo
ellos tienen alguna autoridad imitan a sus superiores en todo lo que
pueden. Estas cosas de España se llevan con una gravedad verdaderamente
oriental, lo mismo por parte de los superiores que por la resignación de
los gobernados; los pasaportes firmados por estos grandes hombres eran
obedecidos por todas las autoridades subordinadas, tan ciegamente como
un firmán oriental; el solo hecho de que un extranjero tenga un
salvoconducto del capitán general, pronto es conocido por todo el mundo,
y, para usar una frase oriental, «hace que su cara se emblanquezca»;
sirve como carta de recomendación y, en realidad, es la mejor de todas,
puesto que va dirigida a las autoridades de cada pueblo o ciudad, que,
como verdaderos jeques, son mirados por todos sus inferiores con la
misma deferencia con que ellos miran a los que están por encima de
ellos. La importancia de la persona recomendada se estima por la de la
persona que la recomienda: _tal recomendación, tal recomendado_. Y para
completar este cuadro de la oriental España, estos tres déspotas
omnipotentes, que desafiaban las leyes divinas y humanas, que hacían
dados de los huesos de sus enemigos y copas de sus cráneos, han sido
todos asesinados y enviados a dar cuenta de todos los pecados que
pesaban sobre su alma. En las monarquías no absolutas, los ministros que
se exceden pierden sus puestos; en España y Turquía, las cabezas; y, sin
duda, los primeros son los más severamente castigados.
Los que deseen observar el hombre español, que, con la mujer española,
constituyen el estudio verdaderamente humano, observarán que una clave
para descifrar este singular pueblo, apenas es europea, pues esta
_Berbería cristiana_ es como un terreno neutral, colocado entre el
sombrero y el turbante, y aun muchos de ellos afirman que el Africa
comienza en los Pirineos. Sea como quiera, lo cierto es que España,
civilizada primeramente por los fenicios, y largamente dominada por los
moros, conserva rastros indelebles de ambas dominaciones. Midiéndola,
pues, así como a sus hombres y mujeres, por un patrón oriental, se verá
cómo se explican muchas cosas que extrañan y repugnan a los usos y
costumbres europeas. Pero bueno será no dejar traslucir lo que se piensa
a este respecto, pues es de lo que más les ofende. El bello sexo está
dispuesto, para desvanecer esta opinión, a prescindir incluso de la
clásica _mantilla_, así como los hidalgos a despojarse de la majestuosa
capa romana, ofreciendo la antigua indumentaria como sacrificio en aras
de la civilización y a la manía de presentarse igual que el mundo
elegante en Hyde Park o en los Campos Elíseos.
Otro rasgo marcadamente oriental es el poco amor a las Bellas Artes y la
sobra de Αφιλοχαλια que los antiguos atribuían a los verdaderos iberos.
Esto se nota en la general indiferencia y abandono en que tienen las
obras árabes, que, en lugar de destruírlas, debieran haberlas conservado
bajo fanales, pues son atractivos privativos de la Península. La
_Alhambra_, la perla y la piedra imán de Granada, es para ellos poco
más que una _casa de ratones_, en lo cual casi han llegado a convertirla
a fuerza de siglos de incuria. Pocos son los españoles que van a
visitarla que comprendan el interés y devoción que despierta en los
extranjeros; del mismo modo contempla el beduino las ruinas de Palmira,
tan insensible a la belleza presente como a la poesía del pasado. Triste
cosa es que los españoles no sepan apreciar la Alhambra, pero igual
ocurre con los asiáticos, que no tienen otra preocupación que la del día
en que viven y que no se cuidan poco ni mucho del pasado ni del futuro y
sólo piensan en sí mismos y en el día de hoy; y así la gran masa de
españoles que, aunque no use turbantes, carece de órganos para venerar y
admirar nada que no tenga relación con la primera persona y el tiempo
presente del verbo, conservan, además, en sus pechos un sedimento de
odio hacia los moros y sus obras, y consideran casi como herética la
preferencia que los extranjeros muestran hacia los trabajos de los
infieles, en lugar de admirar los de los buenos católicos, opinión que
pone de manifiesto su mal gusto por no saber apreciar las cosas y su
vandalismo por esforzarse en mutilar lo que los moros se esforzaron en
adornar. Los deliciosos cuentos de Wáshington Irving y la admiración de
los peregrinos europeos han avergonzado últimamente a las autoridades,
inspirándoles sentimientos más conservadores con respecto a la Alhambra,
siendo este celo extemporáneo tan peligroso como el anterior abandono,
pues como quieren «reparar y embellecer» con criterio de sacristán, se
corre el mismo peligro con estas «restauraciones» que con las funestas
limpiezas de los cuadros de Murillo y Ticiano, del Museo de Madrid, que
están borrando sus más bellas líneas. Y aun este tardío aprecio es algo
interesado. Así Mellado, en su última Guía, se lamenta de que no se haga
caso de la Alhambra, de la cual habla sin gran entusiasmo, y sugiere la
idea de que un libro describiéndola detalladamente, sería una _segura
especulación_, pues los ingleses son muy aficionados a visitarla;
convirtiendo de este modo la poesía del maravilloso palacio árabe en
prosaica cuestión española de perras y de pesetas.
Conviene, sin embargo, que el viajero piense que muchas de las cosas que
para él tienen los arrebatadores y tentadores encantos de la novedad, se
miran por el apagado y saciado ojo del natural del país con una
familiaridad que engendra menosprecio; están hastiados ¡oh, fatal
aburrimiento! hasta de lo bello. «¡Ay!--decía el ermitaño de Montserrat
a un extranjero que miraba extasiado por primera y última vez el
panorama que desde allí se divisa--esto no tiene ningún atractivo para
mí; hace veintinueve años que estoy viendo este mismo paisaje desde que
sale el sol hasta que se pone». Pero _sordent domestica_, como dice
Plinio: nada ni nadie es admirado debidamente en su propia casa, desde
el día en que Mahoma, el verdadero profeta, no pudo convencer a su
mujer y a su criado de que él estaba revestido de un poder sobrenatural.
¿Es de admirar, pues, que las ruinas y cosas viejas sean despreciadas
por los moro-españoles o que sus guías (digámoslo así) extravíen y
confundan al extranjero? Cosas son éstas imposibles de evitar, dado el
caso de que pocos escritores viajan dentro de su país, y menos aún,
fuera de él; y como carecen de términos de comparación, no pueden
apreciar las diferencias, ni saber cuáles son los deseos y las
necesidades de un extranjero; así es que paisajes, trajes, ruinas, usos
y costumbres, ceremonias, etcétera, que han visto desde su niñez, son
pasados por alto sin mencionar siquiera, siendo así que por su
anacronismo para el extranjero, es exactamente lo que más desearía que
se le señalara y explicase. Pero frecuentemente los naturales desprecian
o se avergüenzan de esas mismas cosas que más interesan y encantan al
extranjero, al cual muestran las cosas modernas más bien que las viejas,
enseñando especialmente sus malas copias de Europa, con preferencia a
sus cosas originales, tan ricas, y con tal aroma racial, haciéndolo nada
más que con las costumbres y trajes de la gente baja, que felizmente aun
no está contagiada del sarampión del pulimento francés; así, cuando
desentierran alguna moneda antigua, la limpian el precioso moho dos
veces milenario, porque imaginan que de esa manera la hacen más
fácilmente vendible; pero ellos, en cambio, se dispensan de esa
limpieza, tanto, que Carlos III, al fracasar en una de sus laudables
tentativas para mejorarlos y modernizarlos, comparaba a sus amados
súbditos a los chicos díscolos que lloran y patalean cuando la madre
quiere lavarlos.
No hay país en el mundo que pueda rivalizar con España, cuyo seco clima,
por lo menos, es conservador, en recuerdos de antaño, en torres y
torreones, en casas señoriales, en balcones volados, tan viejos, que
parece que van a desplomarse a las hondonadas o torrentes sobre los
cuales cuelgan. Aquí pueden verse todas las formas y colores de la
pobreza pintoresca; las enredaderas trepan por todas las grietas e
irregularidades de los muros, mientras abajo las náyades chapotean
bañando sus rojas y amarillas vestiduras en los dorados y gloriosos
rayos del sol. ¡Qué cuadro para todo el que no sea natural del país!
Pero éste no ve ninguna de las maravillas de la luz y la sombra, los
reflejos, los colores y las líneas: es ciego a todas las bellezas, y
sólo está atento a los andrajos y a los estragos del tiempo; casi
sospecha que el dibujo que se haga o la admiración que se muestre por un
contrabandista o un torero pueda ser un insulto, y que si se toman
apuntes es sólo para mostrar luego en Inglaterra lo que monsieur Guizot
llamaba (y nunca se le olvidará) las «brutales» cosas de España. Por lo
tanto, mientras uno admira sinceramente encantado y con razón sus fajas
y sus _zamarras_, ellos se esfuerzan en enseñarle su ridículo traje
bulevardero; o cuando uno se sienta ante una ruinosa muralla romana, o
ante un desmoronado arco árabe o un templete gótico, ellos le ruegan que
deje aquellas vejeces y contemple el último flamante aborto de la Real
Academia, fríamente correcto y clásicamente insípido, para poder admirar
un ejemplar que acreditará a España de hacer las cosas como se estila en
Charing Cross.
Sin que eso suponga que se haya de seguir el consejo de los españoles de
mejor intención que gusto, nadie que quiera hacer averiguaciones debe
despreciar la compañía de persona que pueda favorecer su objeto, aun
cuando vaya provisto de un salvaconducto del Capitán General y de una
roja guía Murray. Las informaciones orales que pueden obtenerse de los
españoles, no son muy amplias que digamos; estos indolentes
semi-orientales, miran siempre con recelo al extranjero, contestan con
medias palabras a sus preguntas, le ponen mil dificultades, o, como
tienen gran imaginación, ponderan o disminuyen el mérito de las cosas,
según convenga a sus intenciones o a sus sospechas. Las expresiones
nacionales: _¡Quién sabe!_ _No se sabe_, suelen ser el preludio de _No
se puede_.
Estas dificultades son infinitamente mayores cuando un extranjero
tropieza con un empleado, por modesto que sea, pues la primera idea de
estos golillas es sospechar algo malo y negarse a todo. «No», suele ser
siempre la primera respuesta, y aun cuando se lleve un permiso especial,
no puede tenerse la certeza de ser bien recibido. Es menester
conquistar al guardián, que aquí, como en todas partes, considera como
de su propiedad y fuente de propinas los objetos confiados a su
custodia: muchas veces, después de haber recorrido una buena distancia
sufriendo el calor y el polvo para ver una iglesia, un museo, una
biblioteca, y de llamar y esperar durante largo tiempo, le dicen a uno
secamente que está cerrado, que no se puede ver, que no es día de
visita, que hay que volver al día siguiente; y si es el día indicado, le
dirán que no es la hora, que es muy temprano o demasiado tarde; y es
posible que la mujer diga que su marido ha salido a misa o a la plaza, o
que está comiendo o durmiendo la _siesta_; o si no ocurre nada de esto,
y el marido está en casa y despierto, el buen hombre jurará que su mujer
ha perdido la llave, «como siempre hace». Y si con estas u otras excusas
no consigue nada, y uno insiste, le asegurarán que allí no hay nada
digno de verse, o le preguntarán qué interés tiene en verlo. Por regla
general nadie debe dejarse convencer de no visitar cualquier cosa que
sea, porque un español de la clase alta le dé su opinión de que no vale
la pena, pues tratará de convencerle a uno de que Toledo, Cuenca y otras
poblaciones que no tienen igual en toda la Cristiandad, son feas y
odiosas ciudades viejas; se avergüenza de ellas a causa de sus calles
tortuosas y estrechas, que no están tiradas a cordel, como Pall Mall y
la rue de Rivoli. En realidad, su única idea de una ciudad civilizada
es un vulgar grupo de anchas calles rectangulares, construídas y
pintadas uniformemente, como soldados en parada, adoquinadas y
alumbradas con gas, por las cuales se paseasen los españoles, vestidos
lo mismo que los ingleses, y las españolas, como las francesas;
maravillas todas que cualquier extranjero puede contemplar en su propia
casa sin tomarse la molestia de ir tan lejos y que no merecen
seguramente la pena, pues, cuando más, llegan a ser una imitación
vulgar, sin gracia, historia, nacionalidad, color ni carácter, salvo el
de una utilitaria comodidad o vulgar conveniencia, buena para políticos
y contratistas, pero mortal y destructora para el hombre del lápiz y el
cuaderno.
Para conseguir visitar las cosas dignas de verse en España, conviene
observar algunas escasas y sencillas reglas que casi nunca fallan:
primera, ser perseverante; no retroceder nunca; no recibir nunca una
respuesta si es negativa; no perder nunca la calma ni los modales
corteses; y, por último, hacer oír el tintineo del dinero; si el jefe o
personaje es inexorable, indagar privadamente quién es el infeliz
subordinado que guarda la llave, o la vieja que barre el cuarto, y
entonces enviar un discreto mensajero diciendo que se pagará el
servicio, sin decir «nada a nadie». Así se podrá siempre ver lo que se
quiere, aun donde con una orden oficial no se consiga. Cuando fuimos por
primera vez a Madrid, novatos aún en las cosas de España, tuvimos
especial empeño en visitar a diario una galería real que no estaba
abierta al público más que ciertos días de la semana. Consultamos
nuestro grave dilema a un sensato y experimentado diplomático, y la
respuesta del oráculo fué la siguiente: «Sin duda, si usted lo desea, me
dirigiré al señor Salmon (ministro de la Gobernación en aquella época),
pidiéndole el permiso como un favor personal a mí. Pero vamos a ver,
¿cuánto tiempo piensa usted permanecer aquí?» «Tres o cuatro semanas».
«Bueno, pues entonces, cuando ya haga un buen mes que usted se haya
marchado, recibiré una cortés y prolija epístola de Su Excelencia
lamentando profundamente no haber encontrado en los archivos de su
Ministerio un caso en que se haya concedido una petición de esa índole y
el verse obligado a responder negativamente, ante el temor de sentar un
precedente. Lo que le aconsejo a usted es que le dé un duro al conserje
y que repita la suerte siempre que los goznes de la puerta parezca que
vayan a enmohecerse y necesiten aceite». El consejo fué tomado, igual
que la propina, y las puertas prohibidas se abrieron, tan regularmente,
que, al final, hasta conocían el ruido de nuestros pasos. El oro es el
_sésamo_ español. Mediante él penetró Soult en Badajoz; por su fuerza,
Luis Felipe echó a Espartero e impuso a Montpensier. El oro, el
brillante oro rojo, es el remedio soberano que en España resuelve casi
todas las dificultades, incluso algunas que resistieron a la fuerza,
pues allí las cabezas tercas pueden ser guiadas por una paja de oro,
pero no forzadas por una barra de hierro. La mágica influencia de una
propina se extiende por el país, donde todo es venal, hasta la misma
justicia. Aquí, todo el que tiene algún asunto que sacar adelante
empieza a trabajarlo por la base y no por la cúspide, como hacemos en
Inglaterra. Para asegurar el éxito hay que engrasar todas las ruedas de
la maquinaria oficial. Un pretendiente sensato y discreto soborna desde
el portero hasta el ministro, sin olvidar ninguno de los secretarios,
según su orden y regulando la cantidad según la categoría e influencia
de cada uno. Si olvidáis al portero, éste no pasará vuestra tarjeta, o
dirá que el señor Mon está fuera, o que volváis _mañana_, el tópico
eterno; si es el escribiente el que no está interesado, dará carpetazo a
vuestra petición o influirá con su jefe en contra de ella. En negocios
de gran importancia política, el soberano, él o ella, tiene su parte, y
por esto fué Calomarde tanto tiempo el que manejó al amado Fernando y a
sus consejeros. Era el ministro que entregaba a la corona más dinero:
«Señor, con economía y honradez he conseguido ahorrar 50.000 libras, de
las cantidades cobradas en mi departamento, las cuales tengo el honor de
poner a la disposición de V. M.»--«Muy bien, mi bueno y leal ministro,
toma un cigarro.» Este Calomarde que empezó su carrera como lacayo,
contrabandeó en el timo cristinista, por medio del cual Isabel lleva
ahora la corona de Don Carlos. El tunante fué recompensado
concediéndosele el título de _conde de Santa Isabel_, que luego ha sido
conferido al hijo de monsieur Bresson, como delicada recompensa por los
trabajos de Su Señoría en la transmisión de dicha corona a Luis Felipe;
pero los españoles son unos ásperos humoristas.
En Oriente, el ejemplo del Sultán y del Visir es seguido por cada uno de
los pachás, y hasta por el último animal que tenga la más pequeña
autoridad; la enfermedad del picor en la palma de la mano es endémica y
epidémica; todos, altos y bajos, necesitan dinero y no quieren pasar por
la vergüenza de mendigarlo ni exponerse a los peligros del salteador de
caminos. La pobreza pública es el azote del país, y todos los
_empleados_ se excusan con la terrible necesidad, viejo argumento de
quien no tiene respeto a la ley. Sin embargo, hay que perdonar en parte
esta rapacidad que, con muy pocas excepciones, prevalece, teniendo en
cuenta que los sueldos, casi siempre cortos, se pagan generalmente con
retraso, y que los servidores públicos, por lo común, pobres diablos,
aseguran que se ven obligados a cobrarse, poniéndose de acuerdo para
defraudar al Gobierno, en lo que no sienten escrúpulos, pues todos saben
que es injusto y que puede soportarlo; y como todos son igualmente
culpables, difícilmente se admite que haya en eso delito. Cuando el robo
y el agio están a la orden del día, los pícaros se protegen unos a
otros, como ocurre en Suiza entre los que tienen bocio. Un hombre que no
hace su agosto cuando está empleado, no se le cree honrado, sino tonto;
_es preciso que cada uno coma de su oficio_, y como el sueldo es pequeño
y poco seguro, no se desperdicia tiempo ni ocasión de llenar la bolsa;
así la pobreza y la voluntad aunan sus esfuerzos.
Podemos presentar como ejemplo un individuo que ejercía un alto cargo en
una de las principales ciudades de Andalucía. En una ocasión en que
entramos en su despacho, acertaba a salir de él una persona envuelta en
su capa; la mesa del gran hombre estaba llena de onzas de oro, que él
trasladaba a un cajón con gran complacencia, deleitándose en la hermosa
redada: «¡Cuántas onzas, Excelencia!--le dijimos». «Sí, amigo
mío--replicó--_no quiero comer más patatas_». Este caballero, que había
estado cesante durante la constitución de Riego, las había pasado muy
duras, y aprovechaba el tiempo tomando prudentes precauciones para
evitar en lo futuro parecidas calamidades. Su sistema era perfectamente
conocido en toda la ciudad, en donde la gente decía con la mayor
sencillez: «_está atesorando_», cosa que hubieran hecho todos si se
hubiesen encontrado en las mismas afortunadas circunstancias. Los ricos
y honestos ingleses no deben, por tanto, juzgar con demasiada dureza
estas malas mañas y a estos extraños camaradas con quienes los
españoles, más pobres, tienen que convivir: «_Donde no hay abundancia no
hay observancia, y honra y provecho no cabe en mi saco o techo_»; y allí
la virtud sucumbe muchas veces a manos de la pobreza, empujados a ello
por más de medio siglo de desgobierno, con la ruina y desolación de la
invasión francesa y las discordias civiles por añadidura.
Pero volvamos a las cosas dignas de verse en España. Feliz podía
considerarse en nuestro tiempo el viajero que, incluso dispuesto a dar
propinas abundantes, tropezase con un bibliotecario que supiese qué
libros había en la biblioteca, o con un cura que pudiese darle cuenta de
los cuadros que había en su iglesia: si se le preguntaba por _el_ cuadro
de Murillo respondía encogiéndose de hombros o con un seco _no hay_; de
haber preguntado por el «bendito Santo Tomás», quizá le hubiese
señalado, por ser el asunto y no el pintor lo que había que saber para
el servicio del culto. Este beatífico estado de ignorancia es tan
agradable para el cerebro español como el _dolce far niente_ lo es para
el cuerpo. Todo lo que supone molestia, turba la felicidad suprema que
consiste en ahorrar esfuerzo. Podríamos llenar un capítulo entero con
ejemplos que, de no habernos ocurrido a nosotros mismos, creeríamos que
eran burdas invenciones. El no responder a las preguntas más sencillas o
no dar datos de las cosas más comunes, es tan corriente, que al
principio creíamos que era por miedo a la cárcel o por un resto de
reserva inquisitorial, más bien que por una ignorancia satisfecha y de
buena fe; pero un largo trato y experiencia nos hizo convencernos de que
poca gente es más comunicativa que las clases bajas españolas,
especialmente con un inglés, al que revelan sus secretos privados y
familiares: su falta de conocimiento se aplica más bien a las cosas que
a las personas.
Si se va a visitar a un español y, no encontrándole en casa, se pregunta
al criado o criada por el número de la casa para escribirle, seguramente
la contestación es: «Yo no sé, señor, nunca me lo han preguntado, ni lo
he mirado. Vamos afuera y lo veremos. ¡Ah!, es el número 36.» Una vez
queríamos enviar un encargo de Mérida a Madrid, y preguntamos al
ventero, barrigón, de negras patillas: «¿Qué día sale su _galera_ para
la Corte?» «Todos los miércoles; pierda el señor cuidado»--contestó--.
«¡Qué _disparate_!--replicó su trigueña y ojialegre mujer--, por qué le
dices esa mentira a ese caballero? La galera sale los viernes,
señor».--Durante la disputa de esta pareja tan bien avenida, quiso mi
buena suerte que acertase a llegar el _mayoral_, el cual nos dijo que
los días de viaje eran los jueves, y por fin supimos a qué atenernos.
Esto ocurrió en provincias, pero también se puede presentar un ejemplo
de algo semejante ocurrido en la capital, cerebro y corazón de las
Castillas. «_Señor, tenga usted la bondad_--dijimos una vez a un grave y
pomposo burócrata que despachaba los billetes para la diligencia a
Toledo--tenga la bondad de reservarme un billete para el lunes siete».
«Creo que se equivoca usted de fecha--respondió muy cortésmente porque
habíamos empezado prudentemente el _negocio_ regalándole un buen
habano--: el lunes es ocho del mes corriente». Como no era así, sacamos
un almanaque que por casualidad llevábamos en el bolsillo y se lo
enseñamos para que se convenciera: «Es verdad, señor--dijo el hombre
tranquilamente, después de examinarlo con atención--, bien sabía yo que
llevaba razón; este almanaque está impreso en Sevilla--lo cual era
verdad--, pero aquí estamos en Madrid, y eso es _otra cosa_». En esta
idea de la diferencia solar y de la preeminencia de la Corte, debe
recordarse que el sol, al ser creado, lució primeramente sobre la vecina
ciudad adonde iba la diligencia, y que aún en el siglo pasado se
consideraba una herejía en Salamanca decir que no giraba alrededor de
España. Desgraciadamente se ha pasado allí más tiempo que en las
metáforas o en las conferencias astronómicas. España no es un país para
los hombres de cálculo; aquí lo que debe ocurrir, y lo que ocurrirá
seguramente en otras partes, según Cocker y la doctrina de las
probabilidades, es precisamente lo que no sucederá nunca. Sólo puede uno
fiarse de un hecho aritmético si lleva consigo una mediana certeza:
representando los sucesos por números, puede tenerse la seguridad de que
dos y dos darán por resultado tres unas veces, y quizá cinco otras, y
siempre hay una diferencia de uno con respecto de cuatro, cuando dos y
dos deben de ser siempre cuatro. Hay otra regla cierta con respecto a
los números oficiales españoles; por ejemplo, si se dice: «cinco mil
muertos y heridos» o «se entregarán cinco mil duros», deben rebajarse
dos ceros y a veces hasta tres si se quiere tener el número aproximado.
Como decía el perspicaz y práctico duque de Wéllington, es muy difícil
conocer a fondo a los españoles: allí, ni las mujeres, ni los hombres,
ni los soles, ni los relojes marchan nunca al unísono; allí, como en un
concierto holandés, cada cual elige su tono y su diapasón, y cada uno de
los que forman la orquesta trata de ser el primer violín. Todo esto es
cosa tanto más corriente cuanto que los españoles, como los irlandeses,
toman a broma las equivocaciones, tonterías, faltas de puntualidad,
informalidades e inconsecuencias con las que los puntuales hombres de
negocios ingleses y alemanes se vuelven locos. Formados de
contradicciones y viviendo en el _pays de l’imprévu_, donde la excepción
es la regla, donde las fuerzas motoras son el accidente y el impulso
momentáneo, las gentes se dejan llevar buenamente, y, sobre todo en
colectividad, obran como mujeres y niños. Una chispa, una nimiedad, pone
en acción a las impresionables masas y nadie puede prever el suceso más
sencillo, ni hay un español que intente mirar más allá del momento, de
_la situación actual_, ni pueda predecir lo que traerá el mañana, cosas
que deja para el extranjero que no le entiende a él. _Paciencia y
barajar_ es su lema, y «pacientemente» esperan lo que salga de las
vueltas de la baraja.
Una cosa hay, sin embargo, que todos saben con exactitud, una pregunta a
la que todos pueden responder, y providencialmente se refiere al asunto
más digno de observación para cualquier extranjero: ¿Cuándo y a qué hora
son los toros? Y esto siempre se sabe, a pesar del aviso que aparece en
los carteles: «si el tiempo no lo impide», pues aun cuando este
espectáculo suele ser en verano, época en que la lluvia y las nubes son
un mito, las prudentes autoridades desconfían hasta del bendito sol y
sospechan de sus procedimientos como si estuvieran irregulados por un
relojero castellano.