Ningún buen aficionado al _Quijote_ encontraría completa una pintura del
cirujano español si no se mencionara al barbero, aun cuando sólo fuese a
la ligera. Aunque los nombres de los dos doctos profesores han sido
durante largo tiempo casi sinónimos en España, es mucho más preferible
el barbero, por ser sus heridas mucho menos peligrosas y su conversación
más agradable. El y el cura formaban la pacífica tertulia del Caballero
de la Mancha, como el boticario y el vicario solían formar la de la
mayor parte de nuestros señores provincianos de Inglaterra. Por lo
tanto, que todos los que lleguen a Sevilla, ya sea un Adonis francés,
barbudo como un leopardo, a pesar de su juventud, o una de nuestras
bellas lectoras, igualmente libre de los dolores y penalidades del
afeitado diario, hagan inmediatamente una peregrinación al santuario de
San Fígaro. Su tienda (que como otras legendarias curiosidades locales
hay que temer sea apócrifa) está situada junto a la catedral, y es tan
famosa como la casa de Dulcinea, en el Toboso, o la torre de Gil Blas,
en Segovia: tal es el mágico poder del genio. Cervantes y Le Sage han
dado forma, cuerpo y albergue a las aéreas creaciones de su imaginación,
como Mozart y Rossini, llenando el mundo con sus melodías, han hecho que
en las orillas del Guadalquivir repercutan sus dulces invenciones.
Pero, incluso para los que no tienen música en sus almas, el tránsito de
doctores a barberos es armonioso en un país donde las barbas fueron
largo tiempo honradas como emblema del valor y la caballerosidad, y el
afeitado fué el precursor de la cirujía; y aún hoy mismo, _la tienda del
barbero_ está mucho mejor surtida de instrumentos cortantes y de
pacientes que muchos hospitales de España. Diremos antes algo de las
negras patillas de la morena España. No hay que confundirlas con los
antiguos _mostachos_, palabra clásica, pero ahora rara, que los
estudiantes salmantinos derivaban de μυστἁξ, el labio superior, y que
hoy se llama _bigote_, el cual también tiene etimología extranjera, pues
es una corrupción del alemán _bei gott_, y se formó en las
circunstancias que vamos a contar, porque los apodos, que se pegan como
sanguijuelas, sobreviven muchas veces a la historia que los origina. Los
caballeros del séquito de Carlos V, que usaban estos tremendos atributos
de la masculinidad, juraban como condenados y se daban un tremendo
pisto, con mayor tremendo disgusto de sus camaradas españoles, que
tenían una gran opinión de sí mismos y sentían olímpico desprecio por
todos sus aliados extranjeros. Estos extraños mostachos impresionaron
sus ojos, como los más extraños sonidos que salían de debajo de ellos
impresionaron sus oídos, y como tenían un sentido muy fino del ridículo
y un acierto completamente oriental y de chico de escuela para escoger
los apodos, aplicaron el sonido a la substancia y bautizaron el
formidable adorno peludo con el nombre de _bigotes_. Este proceso de la
formación de palabras es muy conocido de los filólogos, quienes saben
perfectamente que, en muchas ocasiones, una parte esencial de una cosa
es tomada por el todo. Por ejemplo, el decir sombrero en conversación
corriente en España equivale metafóricamente a grande de España, como
_woolsack_ (asiento del gran canciller en la Cámara de los Lores) es en
Inglaterra sinónimo de la dignidad de Lord Chancellor. Es, pues, natural
que los incultos soldados, al oír un lenguaje que no entendían,
señalaran a sus enemigos a manera de reproche con aquellas palabras que,
al oírlas constantemente, imaginan que deben constituír los fundamentos
de la hostil gramática. Así nuestras tropas llamaban a los españoles
_los Carajos_, por sus terribles juramentos y terribles huídas. También
los listos franceses designaban con el nombre de _les godams_ a aquellos
«estúpidos» de chaquetas coloradas a quienes nunca podían vencer, pero
continuaron dando ese significativo nombre a sus vencedores hasta que
éstos les enseñaron muy cortésmente el camino más corto para atravesar
los Pirineos y volverse a su casa.
El verdadero mostacho español, tal como lo llevaban los legítimos don
Whiskerandoses[22], hombres de capas y bolsas más escasas que barbas y
tizonas, hace mucho tiempo que ha sido cortado como los rabos de las
pelucas de nuestros monarcas y ministros. Pero sus _méritos quedan
conservados en metáforas_ más durables que esa obra maestra en bronce,
con la que Mr. Wyatt, ebrio de Fidias, ha adornado al rey Jorge y a
Charing Cross. Así, pues, un _hombre de mucho bigote_ significa en
España ser un personaje de muchas pretensiones, un mozo liberal y bien
plantado; todo lo contrario, en suma, a un santito con respecto al vino,
a las mujeres o a la teología. Los primitivos mostachos españoles han
sido, del mismo modo que los rabos de las pelucas inglesas,
inmortalizados por las bellas artes e insuperablemente pintados por
Velázquez, que con su creador pincel no necesitaba rizarlos con
tenacillas. Retorcidos por puro iracundo y marcial instinto, se les
llamaba _bigotes a la Fernandina_, y su rápido crecimiento era atribuído
a la eterna humareda del cañón enemigo, en la que nadie podía evitar que
sus valerosos propietarios hurgasen con sus caras. En estos tiempos de
degeneración ha disminuído este lujo, a menos que la _Historia de la
Guerra de la Península_, de Napier, esté escrita, como dicen los
españoles, con un espíritu de envidia y de celos hacia sus heroicos
ejércitos, que, solos, abatieron las águilas invencibles de Austerlitz.
Así como entre los egipcios la jerarquía de los dioses y sacerdotes se
manifestaba por la forma de llevar cortada la barba, en España se
distingue el militar, el paisano y el clérigo por sus formas, claramente
determinadas. La carlista o imperial, como llamamos al mechón de pelos
en la mitad del labio inferior (palabra derivada o del rey Carlos o del
emperador, su tocayo), se llamaba en España _el perrillo_[23], al que se
le cortaba la cola, que aunque va muy bien en los animales o en los
bronces, no casaba del todo con la elegancia castellana.
En la época medieval de la grandeza de España no se usaban patillas,
sino barba; y como entre los orientales y antiguos, era considerada como
atributo de sabiduría y cualidades militares; el cortarlas suponía un
insulto y una injuria, poco menos que la decapitación, y se llevaba este
pundonor hasta más allá de la tumba. El cadáver sentado del Cid--así lo
cuenta su historia--dió de puñadas a un judío que tuvo la osadía de
tirar al viejo león de la barba; la cual, como saben todos los filósofos
naturales, tiene vida independiente y crece, quiera o no quiera el
dueño, y esté vivo o muerto. Cuando los insolentes galos tiraron de
estos colgantes ornamentos de los ancianos senadores romanos, éstos, que
habían presenciado con imperturbable dignidad cómo el mariscal Breno
robaba sus cuadros y sus vajillas, no pudieron tolerar este último y más
grande ultraje. El cambio natural de los tiempos y de la moda hizo que
perdiera valor la barba española, que, siendo llevada solamente por los
frailes mendicantes y por los chivos, fuese considerada como poco
distinguida, siendo substituída entre los caballeros por el bigote a la
italiana, colocándose entonces el honor español debajo de la nariz, ese
sensitivo centinela.
Hallándose una vez el famoso duque de Alba necesitado de dinero, ofreció
uno de sus bigotes como garantía para un préstamo, y un solo bigote fué
considerado como garantía suficiente por los Rothschilds del día, que
recordaban demasiado bien qué difícilmente había escapado su antecesor,
para reírse de nada relacionado con la barba de un héroe; _nous avons
changé tout cela_. Ahora, todos los judíos unidos de París y de Londres
no darían seguramente un céntimo por ninguno de los aditamentos
capilares de Narváez o de Espartero, ni aun cuando a ellos se añadieran
los mostachos reglamentarios de Montpensier y un manojo de legítimas
barbas borbónicas, garantizadas.
El uso del _bigote_ en España es obligatorio para los militares, la
mayor parte de cuyos generales--su nombre es legión--cuidan tiernamente
de sus perillas, temiendo a la navaja tanto como a la espada. Cuando el
infante Don Carlos escapó de Inglaterra, la dificultad mayor fué hacerle
quitar el bigote, pues casi hubiera preferido perder la cabeza como su
real _tocayo_ inglés. Cuando el valeroso Drake quemó en Cádiz la flota
de Felipe, llamó sencillamente a esta acción nelsoniana «chamuscar las
barbas al rey de España». Zurbano consideraba suficiente castigo para
algunos traidores vascos cortarles los bigotes y dejarlos luego en
libertad, como ratones sin rabo, _pour encourager les autres_. Y,
ciertamente, es una privación. Así, Majaval, el pirata asesino, que por
la gloriosa ambigüedad de las leyes inglesas no fué ejecutado en Exeter,
cuando llegó a Barcelona ofreció en acción de gracias a la libradora
Virgen la barba que le había crecido en la prisión.
Muchos paisanos y comerciantes españoles, a imitación de los _Calicots_
transpirenaicos, que usan mostachos en tiempo de paz y lentes en tiempo
de guerra, les dejan crecer de tal manera, que Fernando VII fulminó un
Real decreto con objeto de amputarles de la faz de la Península, del
mismo modo que la Sublime Puerta está descolando a sus verdaderos
creyentes: tal es el progreso de la moderna e imberbe civilización. La
intención de cortar las capas de Madrid por poco cuesta la corona a
Carlos III, y este desmochador decreto de su amado nieto fué obedecido
como generalmente se obedecen los decretos en España: durante un mes
menos veintinueve días; pues estos decretos, como los tratados solemnes,
las constituciones, los certificados de mercancías, etc., se usan más
principalmente para encender los cigarros. Pero ahora que los
moro-españoles tienen a gala imitar el verdadero lustre parisiense, el
aire nacional va así desapareciendo, con gran pesadumbre y desdoro del
pobre Fígaro.
En cuanto a su tienda y hogar, nadie puede dejar de encontrarle sin
necesidad de cicerone, pues el exterior se distingue desde lejos por los
emblemas de su antigua y honrosa profesión: primeramente, y ante todo,
hay colgado a la puerta un reluciente y metálico yelmo de Mambrino, con
una primorosa hendedura semicircular, cortada en su reborde, donde se
coloca el cuello del paciente durante la operación del enjabonamiento,
que se hace siempre con la mano y muy copiosamente. Junto a la bacía
cuelgan enormes muelas, que en cualquier museo inglés pasarían por
colmillos de elefantes, y por los de San Cristóbal en las iglesias
españolas, donde la anatomía comparada es rechazada como herética en
asuntos de reliquias, y es cosa extraña (y ningún teólogo español pudo
nunca darnos la razón de ello) que este santo no sea el «patrón
especial» contra los dolores de muelas; de éstos, Santa Apolonia es la
calmante patrona. Al lado de esos molares se exhiben terribles emblemas
flebotómicos y rudas representaciones de sangrías; pues en España, tanto
en la iglesia como fuera de ella, la pintura sustituye a la imprenta
para los muchos que tienen ojos pero no pueden leer. La pértiga del
barbero, con su pintado vendaje, que servía de apoyo para mantener
extendido el brazo, no se ve en el umbral de los fígaros españoles,
porque la sangría se hace generalmente en los pies, pues así se supone
que se mantiene el equilibrio de la circulación. Las muestras suelen
representar un pie de mujer, elegido, sin duda, por el artista por ser
objeto, y muy razonablemente, de gran devoción en España, aun cuando
también tiene en ello influencia la tradición, pues antes se solía
sangrar con regularidad a las morenas, como aun se hace con las
terneras, para lograr blancura en la carne y hermosear el cutis; y como
era costumbre que, con ocasión de la sangría, el novio restaurase a la
agotada paciente por medio de un regalo, las bolsas de los galanes
llevaban el mismo paso que el agotamiento venoso de las señoras de sus
pensamientos. Los _Sangrados_ españoles, sean o no profesionales, han
sido siempre muy partidarios del derramamiento de sangre inocente, y
pocos pueblos en el mundo son más cuidadosos de la pureza genealógica de
su sangre ni más aficionados a verterla como si fuera agua, tanto la de
las propias venas como la de los demás; y digamos una palabra de este
vital fluido, con el que se riega demasiado a menudo la desgraciada
España durante sus discordias intestinas.
Si los anatomistas iberos no descubrieron su circulación, los reyes de
armas han adornado su blasón, como nosotros a nuestros almirantes, con
todo el primor del colorido heráldico. _Sangre azul_ es el licor de los
semidioses que corre por las venas de los grandes y de los más nobles,
cuyo orgullo consiste en ser «un verdadero hidalgo, sin mezcla de sangre
de judíos o de moros», alarde que, al igual de muchos otros, necesita
confirmación, pues en la mano de cualquier mujer está el contaminar la
sangre de Carlomagno; y la naturaleza, que no puede ser mixtificada, ha
estampado en sus semblantes la muestra del origen híbrido, y
particularmente de estos mismos y aborrecidos linajes; y de este tinte
de celestial azul proviene el llamar de _sangre azul_ en España a la
flor y nata del universo, a la _haute volée_, que se encumbra sobre los
vulgares mortales. La _sangre roja_ es la que corre por las venas de los
hidalgos pobres y los segundones, y apenas se la tiene en cuenta, a no
ser por las madres juiciosas que tienen hijas casaderas. La _sangre_,
la _sangre ordinaria_ es la roja arcilla que colorea la
mejilla del labrador y del plebeyo; y posee o debe poseer una
incompatibilidad perfecta con el fluido mejor coloreado y una propiedad
anti-amalgamadora, como el aceite o como el vinagre. Hay más diferencia,
según dice Salario, entre esas sangres que entre el vino rojo y el del
Rin. Pero estos y otros sueños son metáforas heráldicas, pues el rosado
torrente, burlándose de heraldos y reyes de armas, corre inversa y
perversamente; en las venas del fornido arriero la sangre es lava de
salud y energía, mientras que en el memo barón o marqués se estanca en
el torpe letargo de un colapso azul. Su noble sangre está virtualmente
más empobrecida que sus rentas nominales, pues la operación de
transmitir sangre saludable de unas venas jóvenes a un cuerpo viejo, tan
practicada en otras partes, es demasiado refinamiento para la _sangre
azul_ y los _Sangrados_ españoles; el fino fluido no se enriquece nunca
con la adiposa heredera de un magistrado ni la decaída cepa genealógica
es renovada por el dorado injerto de la hija única de un banquero. Los
insignificantes grandes de España permitieron tranquilamente que
Cristina hollase sus libertades patrias, y sólo protestaron cuando los
hijos que ella tuvo del plebeyo Muñoz se interpusieron entre ellos y su
nobleza, siendo, pues, indiferentes ante la degradación del trono y
ridículamente puntillosos para los prejuicios de su clase. Esas damas
peninsulares que tienen la sangre azul y la cabeza en blanco, son
igualmente difíciles en lo que se refiere a la mezcla de ella, aunque
sea por el himeneo; se cuenta que habiendo ocurrido que una de ellas
mezclara, en un momento de debilidad, su color azul con otro algo
pardusco, alegó en excusa que lo había hecho por salvar su reputación.
«¡Qué disparate, señora mía!», fué la respuesta de su bella confidente;
«diez bastardos no hubieran empañado tanto el brillo de vuestro linaje
como un hijo legítimo habido en un matrimonio tan desigual».
Pero volvamos a nuestros colores: la _sangre negra_ es la ruin pez,
infernal vileza que se encuentra en los esqueletos de los moros, judíos,
gentiles, luteranos y otros herejes combustibles, cuyos cuerpos quemaba
el Santo Tribunal por el bien de sus almas. Es más; en el caso de los
hebreos se supone que, además, esta sangre negra hiede; de donde viene
el que los judíos fueran llamados por los doctos latinistas _putos_,
_quia putant_; y no se puede negar que en Gibraltar los hijos de Israel
no huelen a rosas, aunque para narices heterodoxas o no heráldicas no
huelan menos mal los creyentes frailes españoles. Recientemente se ha
asignado el color _negro_ a la sangre de los enemigos políticos, y la
constante panacea de todos los Sangrados militares ha sido un abundante
«derramamiento de vil sangre negra». ¡Cómo se tocan los extremos! Así
esta aristocracia del color que en la vieja y despótica España se sitúa
en las venas, la coloca la joven y republicana América en la piel,
porque, ¿cuál será el libre y sencillo yanqui que reconozca un hermano
en un negro?
Pero volvamos a nuestro Fígaro. Es muy difícil confundir su tienda con
otra, pues aparte de las señales exteriores que anuncian las finas artes
que se practican dentro, su umbral es el punto de reunión de todos los
desocupados, así como de los que desean limpiar sus caras del espeso
rastrojo que en ellas ha crecido durante tres días. La barbería ha sido,
desde los tiempos de Salomón y de Horacio, el centro de las noticias y
de la murmuración, de la sátira y del epigrama, como lo fué la tienda de
Pasquino, el sastre, en Roma. Es el círculo de las gentes humildes que
se sitúan aquí y escuchan, liados en sus capas como romanos, a algún
lector de la _Gaceta_ que, con su cigarro, representa a la moderna
civilización, y se consuela con vanos humos. Es asimismo un cuadro de
escándalo, pues todo el que haya vivido íntimamente algún tiempo entre
españoles sabe lo aficionados que son a despellejar al vecino en cuanto
vuelve la espalda, y que a veces las gentes bajas usan cuchillos más
afilados aún que sus lenguas. También acuden jugadores que, sentados en
el suelo con cartas de color de tierra, siguen las peripecias del juego,
como si de él dependiera la vida, cosa que algunas veces ocurre, pues
nunca falta un _guapo_ que llegue y, apoderándose de las cartas, diga:
_Aquí no se juega más que con mi baraja_. Si los jugadores se acobardan,
cada uno le da una perra chica; pero si uno de los desafiados es un
espíritu rebelde, suele retarle diciendo: _Aquí no se cobra el barato
sino con un puñal de Albacete_. Si el otro acepta el reto, contesta:
_Vamos allá_; y entonces se acaba el juego y todos se disponen a
presenciar un _écarté_ más interesante. Se han dado casos, cuando un
bribón se encuentra con otro, de atarse los dos pies, que avanzan para
luchar, y haber esgrimido el cuchillo y la capa durante un cuarto de
hora antes de asestar el golpe. El cuchillo se empuña firmemente,
apoyando el pulgar en línea recta contra la hoja, y calculándolo según
sea para cortar o para pinchar.
La palabra _barato_ significa propiamente la propina que se da al mozo
que trae una baraja nueva. Se deriva del árabe _baara_, «don
_voluntario_»; por corrupción, _baratero_ viene a significar un don
involuntario. El término legal inglés _barratry_ se deriva del medieval
_barrateria_, que quería decir fullería en el juego. Cervantes sabía muy
bien que _baratar_, en español antiguo, era cambiar de mala fe,
escamotear, vender una cosa por menos de su valor, y por eso llamó
_ínsula Barataria_ al imaginario gobierno de Sancho. El _baratero_ es
una cosa peculiar de España, donde se da mucha importancia al valor
personal, y los hay en todos los regimientos, en las cárceles, en los
barcos y hasta entre los galeotes.
El interior de la barbería es, igualmente, una _cosa de España_. Su
vecina puede jactarse de ir a la cabeza de Europa en las artes del
peinado y de esquilar a los perros de agua; pero Fígaro se ríe de su
civilización y no hay gato que tenga las orejas y el rabo mejor
afeitados que el suyo.
Las paredes de su sala de operaciones están pulcramente blanqueadas; en
una percha se ven colgados su capa y su sombrero de catite; la
anaquelería está adornada con pintadas figuras de yeso de pintorescos
truhanes, ataviados con todos los trajes andaluces: bandidos, toreros y
contrabandistas, todos los cuales, especialmente los últimos, son más
populares que cualquier enlevitado ministro. Animan las paredes toscas
estampas de bailes de fandangos, milagros y corridas de toros, que
deleitan tanto a las clases populares españolas; son muy aficionadas,
como las nuestras, para las notabilidades del pugilismo y de los
deportes. Y a menudo tampoco falta el retrato de su morena. Junto a
éstas se ven imágenes de la Virgen (pues en España la religión se mezcla
a todo), y los santos patronos, con pilitas de agua bendita y alumbrados
constantemente por una lamparita de aceite. Antiguamente ningún barbero
empezaba un trabajo, bien fuese sangrías, o afeitar, o sacar una muela,
sin hacer la señal de la cruz. Santificados de esta manera, los
utensilios para su arte están en perfecto orden; su espejo, jabón,
toalla, correa, y la guitarra, que con la navaja constituyen el género
barbero. Decía Don Quijote de estos notables que eran, o guitarristas, o
copleros; o inventan coplas, o acompañan a los cantantes con la
guitarra. Por eso Quevedo, en las _Zahurdas de Plutón_, castiga a los
malos fígaros colgando cerca de ellos una guitarra, que les atormenta
por no poder tocarla y se aleja cuando quieren cogerla.
Pocos son los españoles que se afeitan solos; lo consideran demasiado
mecánico, y, como los orientales, prefieren la «navaja alquilada»; y
como eso tiene que pagarse, es raro el que se permite el lujo de
afeitarse a diario. Don Quijote advertía a Sancho, cuando fué a gobernar
la ínsula, que se afeitara por lo menos un día sí y otro no, si quería
tener apariencia de caballero. La palidez típica de los españoles se
acentúa más por el contraste con las cerdas negras de la cara. El fígaro
de hoy se viste con arreglo a la moda, en que aparece en los escenarios
transpirenaicos; siguiendo los buenos consejos de Galeno, tiene cuidado
de no alarmar a sus pacientes con un traje lúgubre. A su alrededor no
hay nada negro ni que recuerde la sepultura: va lleno de borlas,
tejuelos, colorines y bordados; a cada paso dice agudezas y cuchufletas;
nunca está quieto; siempre inquieto, miente y enjabona, hace la barba o
una zapateta, acá y acullá y en todas partes: _Fígaro la, Fígaro qua_.
Si tiene un momento libre de rapar barbas o de liar pitillos, descuelga
la guitarra y canta la seguidilla de moda, desechando así las
preocupaciones, que son enemigas de la música alegre. Desempeña sus
deberes profesionales mucho mejor que su rival el cirujano, y al mismo
tiempo no descompone el cuadro si toma parte en una función de
aficionados, pudiéndose decir que representan más funciones los barberos
en Sevilla que en muchos teatros de Europa.
Según reza el proverbio: _Los barberos, o locos o parleros_, y por eso,
el autócrata andaluz Adriano contestó cuando le preguntaron cómo quería
que le afeitaran: «en silencio». El común de los mortales tiene que
soportar la charla del fígaro mientras le sirve, sin ni siquiera poder
responder, pues no es cosa fácil sostener una conversación sentado en
el sillón de la barbería con las mejillas enjabonadas y las narices
entre un índice y un pulgar. Según se dice, los barberos españoles
aprenden su oficio en la cabeza de los hospicianos, y a aquel de que
hablaba Marcial nada escapó de sus manos, a no ser un cauto macho
cabrío. Los experimentos en las venas y en la boca de los pacientes son
muchas veces cómicos, pero otras son bastante serios, como podemos
afirmar por triste experiencia propia, pues tuvimos la poca precaución
de dejar en España dos muelas de juicio como reliquias, recuerdos y
trofeos de la implacable hazaña de Fígaro. No nos queda ya sino recordar
su existencia y que eran de más valor que las perlas de las orejas de
Cleopatra que disolvía en sus gazpachos. «Una boca sin muelas decía Don
Quijote, es peor que un molino sin piedra». Y el caballero tenía razón.