Capítulo XIX

Ningún buen aficionado al _Quijote_ encontraría completa una pintura del

cirujano español si no se mencionara al barbero, aun cuando sólo fuese a

la ligera. Aunque los nombres de los dos doctos profesores han sido

durante largo tiempo casi sinónimos en España, es mucho más preferible

el barbero, por ser sus heridas mucho menos peligrosas y su conversación

más agradable. El y el cura formaban la pacífica tertulia del Caballero

de la Mancha, como el boticario y el vicario solían formar la de la

mayor parte de nuestros señores provincianos de Inglaterra. Por lo

tanto, que todos los que lleguen a Sevilla, ya sea un Adonis francés,

barbudo como un leopardo, a pesar de su juventud, o una de nuestras

bellas lectoras, igualmente libre de los dolores y penalidades del

afeitado diario, hagan inmediatamente una peregrinación al santuario de

San Fígaro. Su tienda (que como otras legendarias curiosidades locales

hay que temer sea apócrifa) está situada junto a la catedral, y es tan

famosa como la casa de Dulcinea, en el Toboso, o la torre de Gil Blas,

en Segovia: tal es el mágico poder del genio. Cervantes y Le Sage han

dado forma, cuerpo y albergue a las aéreas creaciones de su imaginación,

como Mozart y Rossini, llenando el mundo con sus melodías, han hecho que

en las orillas del Guadalquivir repercutan sus dulces invenciones.

Pero, incluso para los que no tienen música en sus almas, el tránsito de

doctores a barberos es armonioso en un país donde las barbas fueron

largo tiempo honradas como emblema del valor y la caballerosidad, y el

afeitado fué el precursor de la cirujía; y aún hoy mismo, _la tienda del

barbero_ está mucho mejor surtida de instrumentos cortantes y de

pacientes que muchos hospitales de España. Diremos antes algo de las

negras patillas de la morena España. No hay que confundirlas con los

antiguos _mostachos_, palabra clásica, pero ahora rara, que los

estudiantes salmantinos derivaban de μυστἁξ, el labio superior, y que

hoy se llama _bigote_, el cual también tiene etimología extranjera, pues

es una corrupción del alemán _bei gott_, y se formó en las

circunstancias que vamos a contar, porque los apodos, que se pegan como

sanguijuelas, sobreviven muchas veces a la historia que los origina. Los

caballeros del séquito de Carlos V, que usaban estos tremendos atributos

de la masculinidad, juraban como condenados y se daban un tremendo

pisto, con mayor tremendo disgusto de sus camaradas españoles, que

tenían una gran opinión de sí mismos y sentían olímpico desprecio por

todos sus aliados extranjeros. Estos extraños mostachos impresionaron

sus ojos, como los más extraños sonidos que salían de debajo de ellos

impresionaron sus oídos, y como tenían un sentido muy fino del ridículo

y un acierto completamente oriental y de chico de escuela para escoger

los apodos, aplicaron el sonido a la substancia y bautizaron el

formidable adorno peludo con el nombre de _bigotes_. Este proceso de la

formación de palabras es muy conocido de los filólogos, quienes saben

perfectamente que, en muchas ocasiones, una parte esencial de una cosa

es tomada por el todo. Por ejemplo, el decir sombrero en conversación

corriente en España equivale metafóricamente a grande de España, como

_woolsack_ (asiento del gran canciller en la Cámara de los Lores) es en

Inglaterra sinónimo de la dignidad de Lord Chancellor. Es, pues, natural

que los incultos soldados, al oír un lenguaje que no entendían,

señalaran a sus enemigos a manera de reproche con aquellas palabras que,

al oírlas constantemente, imaginan que deben constituír los fundamentos

de la hostil gramática. Así nuestras tropas llamaban a los españoles

_los Carajos_, por sus terribles juramentos y terribles huídas. También

los listos franceses designaban con el nombre de _les godams_ a aquellos

«estúpidos» de chaquetas coloradas a quienes nunca podían vencer, pero

continuaron dando ese significativo nombre a sus vencedores hasta que

éstos les enseñaron muy cortésmente el camino más corto para atravesar

los Pirineos y volverse a su casa.

El verdadero mostacho español, tal como lo llevaban los legítimos don

Whiskerandoses[22], hombres de capas y bolsas más escasas que barbas y

tizonas, hace mucho tiempo que ha sido cortado como los rabos de las

pelucas de nuestros monarcas y ministros. Pero sus _méritos quedan

conservados en metáforas_ más durables que esa obra maestra en bronce,

con la que Mr. Wyatt, ebrio de Fidias, ha adornado al rey Jorge y a

Charing Cross. Así, pues, un _hombre de mucho bigote_ significa en

España ser un personaje de muchas pretensiones, un mozo liberal y bien

plantado; todo lo contrario, en suma, a un santito con respecto al vino,

a las mujeres o a la teología. Los primitivos mostachos españoles han

sido, del mismo modo que los rabos de las pelucas inglesas,

inmortalizados por las bellas artes e insuperablemente pintados por

Velázquez, que con su creador pincel no necesitaba rizarlos con

tenacillas. Retorcidos por puro iracundo y marcial instinto, se les

llamaba _bigotes a la Fernandina_, y su rápido crecimiento era atribuído

a la eterna humareda del cañón enemigo, en la que nadie podía evitar que

sus valerosos propietarios hurgasen con sus caras. En estos tiempos de

degeneración ha disminuído este lujo, a menos que la _Historia de la

Guerra de la Península_, de Napier, esté escrita, como dicen los

españoles, con un espíritu de envidia y de celos hacia sus heroicos

ejércitos, que, solos, abatieron las águilas invencibles de Austerlitz.

Así como entre los egipcios la jerarquía de los dioses y sacerdotes se

manifestaba por la forma de llevar cortada la barba, en España se

distingue el militar, el paisano y el clérigo por sus formas, claramente

determinadas. La carlista o imperial, como llamamos al mechón de pelos

en la mitad del labio inferior (palabra derivada o del rey Carlos o del

emperador, su tocayo), se llamaba en España _el perrillo_[23], al que se

le cortaba la cola, que aunque va muy bien en los animales o en los

bronces, no casaba del todo con la elegancia castellana.

En la época medieval de la grandeza de España no se usaban patillas,

sino barba; y como entre los orientales y antiguos, era considerada como

atributo de sabiduría y cualidades militares; el cortarlas suponía un

insulto y una injuria, poco menos que la decapitación, y se llevaba este

pundonor hasta más allá de la tumba. El cadáver sentado del Cid--así lo

cuenta su historia--dió de puñadas a un judío que tuvo la osadía de

tirar al viejo león de la barba; la cual, como saben todos los filósofos

naturales, tiene vida independiente y crece, quiera o no quiera el

dueño, y esté vivo o muerto. Cuando los insolentes galos tiraron de

estos colgantes ornamentos de los ancianos senadores romanos, éstos, que

habían presenciado con imperturbable dignidad cómo el mariscal Breno

robaba sus cuadros y sus vajillas, no pudieron tolerar este último y más

grande ultraje. El cambio natural de los tiempos y de la moda hizo que

perdiera valor la barba española, que, siendo llevada solamente por los

frailes mendicantes y por los chivos, fuese considerada como poco

distinguida, siendo substituída entre los caballeros por el bigote a la

italiana, colocándose entonces el honor español debajo de la nariz, ese

sensitivo centinela.

Hallándose una vez el famoso duque de Alba necesitado de dinero, ofreció

uno de sus bigotes como garantía para un préstamo, y un solo bigote fué

considerado como garantía suficiente por los Rothschilds del día, que

recordaban demasiado bien qué difícilmente había escapado su antecesor,

para reírse de nada relacionado con la barba de un héroe; _nous avons

changé tout cela_. Ahora, todos los judíos unidos de París y de Londres

no darían seguramente un céntimo por ninguno de los aditamentos

capilares de Narváez o de Espartero, ni aun cuando a ellos se añadieran

los mostachos reglamentarios de Montpensier y un manojo de legítimas

barbas borbónicas, garantizadas.

El uso del _bigote_ en España es obligatorio para los militares, la

mayor parte de cuyos generales--su nombre es legión--cuidan tiernamente

de sus perillas, temiendo a la navaja tanto como a la espada. Cuando el

infante Don Carlos escapó de Inglaterra, la dificultad mayor fué hacerle

quitar el bigote, pues casi hubiera preferido perder la cabeza como su

real _tocayo_ inglés. Cuando el valeroso Drake quemó en Cádiz la flota

de Felipe, llamó sencillamente a esta acción nelsoniana «chamuscar las

barbas al rey de España». Zurbano consideraba suficiente castigo para

algunos traidores vascos cortarles los bigotes y dejarlos luego en

libertad, como ratones sin rabo, _pour encourager les autres_. Y,

ciertamente, es una privación. Así, Majaval, el pirata asesino, que por

la gloriosa ambigüedad de las leyes inglesas no fué ejecutado en Exeter,

cuando llegó a Barcelona ofreció en acción de gracias a la libradora

Virgen la barba que le había crecido en la prisión.

Muchos paisanos y comerciantes españoles, a imitación de los _Calicots_

transpirenaicos, que usan mostachos en tiempo de paz y lentes en tiempo

de guerra, les dejan crecer de tal manera, que Fernando VII fulminó un

Real decreto con objeto de amputarles de la faz de la Península, del

mismo modo que la Sublime Puerta está descolando a sus verdaderos

creyentes: tal es el progreso de la moderna e imberbe civilización. La

intención de cortar las capas de Madrid por poco cuesta la corona a

Carlos III, y este desmochador decreto de su amado nieto fué obedecido

como generalmente se obedecen los decretos en España: durante un mes

menos veintinueve días; pues estos decretos, como los tratados solemnes,

las constituciones, los certificados de mercancías, etc., se usan más

principalmente para encender los cigarros. Pero ahora que los

moro-españoles tienen a gala imitar el verdadero lustre parisiense, el

aire nacional va así desapareciendo, con gran pesadumbre y desdoro del

pobre Fígaro.

En cuanto a su tienda y hogar, nadie puede dejar de encontrarle sin

necesidad de cicerone, pues el exterior se distingue desde lejos por los

emblemas de su antigua y honrosa profesión: primeramente, y ante todo,

hay colgado a la puerta un reluciente y metálico yelmo de Mambrino, con

una primorosa hendedura semicircular, cortada en su reborde, donde se

coloca el cuello del paciente durante la operación del enjabonamiento,

que se hace siempre con la mano y muy copiosamente. Junto a la bacía

cuelgan enormes muelas, que en cualquier museo inglés pasarían por

colmillos de elefantes, y por los de San Cristóbal en las iglesias

españolas, donde la anatomía comparada es rechazada como herética en

asuntos de reliquias, y es cosa extraña (y ningún teólogo español pudo

nunca darnos la razón de ello) que este santo no sea el «patrón

especial» contra los dolores de muelas; de éstos, Santa Apolonia es la

calmante patrona. Al lado de esos molares se exhiben terribles emblemas

flebotómicos y rudas representaciones de sangrías; pues en España, tanto

en la iglesia como fuera de ella, la pintura sustituye a la imprenta

para los muchos que tienen ojos pero no pueden leer. La pértiga del

barbero, con su pintado vendaje, que servía de apoyo para mantener

extendido el brazo, no se ve en el umbral de los fígaros españoles,

porque la sangría se hace generalmente en los pies, pues así se supone

que se mantiene el equilibrio de la circulación. Las muestras suelen

representar un pie de mujer, elegido, sin duda, por el artista por ser

objeto, y muy razonablemente, de gran devoción en España, aun cuando

también tiene en ello influencia la tradición, pues antes se solía

sangrar con regularidad a las morenas, como aun se hace con las

terneras, para lograr blancura en la carne y hermosear el cutis; y como

era costumbre que, con ocasión de la sangría, el novio restaurase a la

agotada paciente por medio de un regalo, las bolsas de los galanes

llevaban el mismo paso que el agotamiento venoso de las señoras de sus

pensamientos. Los _Sangrados_ españoles, sean o no profesionales, han

sido siempre muy partidarios del derramamiento de sangre inocente, y

pocos pueblos en el mundo son más cuidadosos de la pureza genealógica de

su sangre ni más aficionados a verterla como si fuera agua, tanto la de

las propias venas como la de los demás; y digamos una palabra de este

vital fluido, con el que se riega demasiado a menudo la desgraciada

España durante sus discordias intestinas.

Si los anatomistas iberos no descubrieron su circulación, los reyes de

armas han adornado su blasón, como nosotros a nuestros almirantes, con

todo el primor del colorido heráldico. _Sangre azul_ es el licor de los

semidioses que corre por las venas de los grandes y de los más nobles,

cuyo orgullo consiste en ser «un verdadero hidalgo, sin mezcla de sangre

de judíos o de moros», alarde que, al igual de muchos otros, necesita

confirmación, pues en la mano de cualquier mujer está el contaminar la

sangre de Carlomagno; y la naturaleza, que no puede ser mixtificada, ha

estampado en sus semblantes la muestra del origen híbrido, y

particularmente de estos mismos y aborrecidos linajes; y de este tinte

de celestial azul proviene el llamar de _sangre azul_ en España a la

flor y nata del universo, a la _haute volée_, que se encumbra sobre los

vulgares mortales. La _sangre roja_ es la que corre por las venas de los

hidalgos pobres y los segundones, y apenas se la tiene en cuenta, a no

ser por las madres juiciosas que tienen hijas casaderas. La _sangre_,

la _sangre ordinaria_ es la roja arcilla que colorea la

mejilla del labrador y del plebeyo; y posee o debe poseer una

incompatibilidad perfecta con el fluido mejor coloreado y una propiedad

anti-amalgamadora, como el aceite o como el vinagre. Hay más diferencia,

según dice Salario, entre esas sangres que entre el vino rojo y el del

Rin. Pero estos y otros sueños son metáforas heráldicas, pues el rosado

torrente, burlándose de heraldos y reyes de armas, corre inversa y

perversamente; en las venas del fornido arriero la sangre es lava de

salud y energía, mientras que en el memo barón o marqués se estanca en

el torpe letargo de un colapso azul. Su noble sangre está virtualmente

más empobrecida que sus rentas nominales, pues la operación de

transmitir sangre saludable de unas venas jóvenes a un cuerpo viejo, tan

practicada en otras partes, es demasiado refinamiento para la _sangre

azul_ y los _Sangrados_ españoles; el fino fluido no se enriquece nunca

con la adiposa heredera de un magistrado ni la decaída cepa genealógica

es renovada por el dorado injerto de la hija única de un banquero. Los

insignificantes grandes de España permitieron tranquilamente que

Cristina hollase sus libertades patrias, y sólo protestaron cuando los

hijos que ella tuvo del plebeyo Muñoz se interpusieron entre ellos y su

nobleza, siendo, pues, indiferentes ante la degradación del trono y

ridículamente puntillosos para los prejuicios de su clase. Esas damas

peninsulares que tienen la sangre azul y la cabeza en blanco, son

igualmente difíciles en lo que se refiere a la mezcla de ella, aunque

sea por el himeneo; se cuenta que habiendo ocurrido que una de ellas

mezclara, en un momento de debilidad, su color azul con otro algo

pardusco, alegó en excusa que lo había hecho por salvar su reputación.

«¡Qué disparate, señora mía!», fué la respuesta de su bella confidente;

«diez bastardos no hubieran empañado tanto el brillo de vuestro linaje

como un hijo legítimo habido en un matrimonio tan desigual».

Pero volvamos a nuestros colores: la _sangre negra_ es la ruin pez,

infernal vileza que se encuentra en los esqueletos de los moros, judíos,

gentiles, luteranos y otros herejes combustibles, cuyos cuerpos quemaba

el Santo Tribunal por el bien de sus almas. Es más; en el caso de los

hebreos se supone que, además, esta sangre negra hiede; de donde viene

el que los judíos fueran llamados por los doctos latinistas _putos_,

_quia putant_; y no se puede negar que en Gibraltar los hijos de Israel

no huelen a rosas, aunque para narices heterodoxas o no heráldicas no

huelan menos mal los creyentes frailes españoles. Recientemente se ha

asignado el color _negro_ a la sangre de los enemigos políticos, y la

constante panacea de todos los Sangrados militares ha sido un abundante

«derramamiento de vil sangre negra». ¡Cómo se tocan los extremos! Así

esta aristocracia del color que en la vieja y despótica España se sitúa

en las venas, la coloca la joven y republicana América en la piel,

porque, ¿cuál será el libre y sencillo yanqui que reconozca un hermano

en un negro?

Pero volvamos a nuestro Fígaro. Es muy difícil confundir su tienda con

otra, pues aparte de las señales exteriores que anuncian las finas artes

que se practican dentro, su umbral es el punto de reunión de todos los

desocupados, así como de los que desean limpiar sus caras del espeso

rastrojo que en ellas ha crecido durante tres días. La barbería ha sido,

desde los tiempos de Salomón y de Horacio, el centro de las noticias y

de la murmuración, de la sátira y del epigrama, como lo fué la tienda de

Pasquino, el sastre, en Roma. Es el círculo de las gentes humildes que

se sitúan aquí y escuchan, liados en sus capas como romanos, a algún

lector de la _Gaceta_ que, con su cigarro, representa a la moderna

civilización, y se consuela con vanos humos. Es asimismo un cuadro de

escándalo, pues todo el que haya vivido íntimamente algún tiempo entre

españoles sabe lo aficionados que son a despellejar al vecino en cuanto

vuelve la espalda, y que a veces las gentes bajas usan cuchillos más

afilados aún que sus lenguas. También acuden jugadores que, sentados en

el suelo con cartas de color de tierra, siguen las peripecias del juego,

como si de él dependiera la vida, cosa que algunas veces ocurre, pues

nunca falta un _guapo_ que llegue y, apoderándose de las cartas, diga:

_Aquí no se juega más que con mi baraja_. Si los jugadores se acobardan,

cada uno le da una perra chica; pero si uno de los desafiados es un

espíritu rebelde, suele retarle diciendo: _Aquí no se cobra el barato

sino con un puñal de Albacete_. Si el otro acepta el reto, contesta:

_Vamos allá_; y entonces se acaba el juego y todos se disponen a

presenciar un _écarté_ más interesante. Se han dado casos, cuando un

bribón se encuentra con otro, de atarse los dos pies, que avanzan para

luchar, y haber esgrimido el cuchillo y la capa durante un cuarto de

hora antes de asestar el golpe. El cuchillo se empuña firmemente,

apoyando el pulgar en línea recta contra la hoja, y calculándolo según

sea para cortar o para pinchar.

La palabra _barato_ significa propiamente la propina que se da al mozo

que trae una baraja nueva. Se deriva del árabe _baara_, «don

_voluntario_»; por corrupción, _baratero_ viene a significar un don

involuntario. El término legal inglés _barratry_ se deriva del medieval

_barrateria_, que quería decir fullería en el juego. Cervantes sabía muy

bien que _baratar_, en español antiguo, era cambiar de mala fe,

escamotear, vender una cosa por menos de su valor, y por eso llamó

_ínsula Barataria_ al imaginario gobierno de Sancho. El _baratero_ es

una cosa peculiar de España, donde se da mucha importancia al valor

personal, y los hay en todos los regimientos, en las cárceles, en los

barcos y hasta entre los galeotes.

El interior de la barbería es, igualmente, una _cosa de España_. Su

vecina puede jactarse de ir a la cabeza de Europa en las artes del

peinado y de esquilar a los perros de agua; pero Fígaro se ríe de su

civilización y no hay gato que tenga las orejas y el rabo mejor

afeitados que el suyo.

Las paredes de su sala de operaciones están pulcramente blanqueadas; en

una percha se ven colgados su capa y su sombrero de catite; la

anaquelería está adornada con pintadas figuras de yeso de pintorescos

truhanes, ataviados con todos los trajes andaluces: bandidos, toreros y

contrabandistas, todos los cuales, especialmente los últimos, son más

populares que cualquier enlevitado ministro. Animan las paredes toscas

estampas de bailes de fandangos, milagros y corridas de toros, que

deleitan tanto a las clases populares españolas; son muy aficionadas,

como las nuestras, para las notabilidades del pugilismo y de los

deportes. Y a menudo tampoco falta el retrato de su morena. Junto a

éstas se ven imágenes de la Virgen (pues en España la religión se mezcla

a todo), y los santos patronos, con pilitas de agua bendita y alumbrados

constantemente por una lamparita de aceite. Antiguamente ningún barbero

empezaba un trabajo, bien fuese sangrías, o afeitar, o sacar una muela,

sin hacer la señal de la cruz. Santificados de esta manera, los

utensilios para su arte están en perfecto orden; su espejo, jabón,

toalla, correa, y la guitarra, que con la navaja constituyen el género

barbero. Decía Don Quijote de estos notables que eran, o guitarristas, o

copleros; o inventan coplas, o acompañan a los cantantes con la

guitarra. Por eso Quevedo, en las _Zahurdas de Plutón_, castiga a los

malos fígaros colgando cerca de ellos una guitarra, que les atormenta

por no poder tocarla y se aleja cuando quieren cogerla.

Pocos son los españoles que se afeitan solos; lo consideran demasiado

mecánico, y, como los orientales, prefieren la «navaja alquilada»; y

como eso tiene que pagarse, es raro el que se permite el lujo de

afeitarse a diario. Don Quijote advertía a Sancho, cuando fué a gobernar

la ínsula, que se afeitara por lo menos un día sí y otro no, si quería

tener apariencia de caballero. La palidez típica de los españoles se

acentúa más por el contraste con las cerdas negras de la cara. El fígaro

de hoy se viste con arreglo a la moda, en que aparece en los escenarios

transpirenaicos; siguiendo los buenos consejos de Galeno, tiene cuidado

de no alarmar a sus pacientes con un traje lúgubre. A su alrededor no

hay nada negro ni que recuerde la sepultura: va lleno de borlas,

tejuelos, colorines y bordados; a cada paso dice agudezas y cuchufletas;

nunca está quieto; siempre inquieto, miente y enjabona, hace la barba o

una zapateta, acá y acullá y en todas partes: _Fígaro la, Fígaro qua_.

Si tiene un momento libre de rapar barbas o de liar pitillos, descuelga

la guitarra y canta la seguidilla de moda, desechando así las

preocupaciones, que son enemigas de la música alegre. Desempeña sus

deberes profesionales mucho mejor que su rival el cirujano, y al mismo

tiempo no descompone el cuadro si toma parte en una función de

aficionados, pudiéndose decir que representan más funciones los barberos

en Sevilla que en muchos teatros de Europa.

Según reza el proverbio: _Los barberos, o locos o parleros_, y por eso,

el autócrata andaluz Adriano contestó cuando le preguntaron cómo quería

que le afeitaran: «en silencio». El común de los mortales tiene que

soportar la charla del fígaro mientras le sirve, sin ni siquiera poder

responder, pues no es cosa fácil sostener una conversación sentado en

el sillón de la barbería con las mejillas enjabonadas y las narices

entre un índice y un pulgar. Según se dice, los barberos españoles

aprenden su oficio en la cabeza de los hospicianos, y a aquel de que

hablaba Marcial nada escapó de sus manos, a no ser un cauto macho

cabrío. Los experimentos en las venas y en la boca de los pacientes son

muchas veces cómicos, pero otras son bastante serios, como podemos

afirmar por triste experiencia propia, pues tuvimos la poca precaución

de dejar en España dos muelas de juicio como reliquias, recuerdos y

trofeos de la implacable hazaña de Fígaro. No nos queda ya sino recordar

su existencia y que eran de más valor que las perlas de las orejas de

Cleopatra que disolvía en sus gazpachos. «Una boca sin muelas decía Don

Quijote, es peor que un molino sin piedra». Y el caballero tenía razón.

Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto) · 第 15 / 34 题