Capítulo XVIII

El reverendo doctor Fernando Castillo, estimable autor y maestro

español, hace notar, en su luminosa vida de Santo Domingo, que, como

España ha sido tan espléndidamente dotada por el cielo con un hermoso

clima, un suelo fértil y un número extraordinario de santos, sus

habitantes sienten inclinación a la pereza y hacen poco aprecio de tan

raras ventajas. Ciertamente, no se dedican con tanto afán como en otras

tierras menos favorecidas a cavar y labrar la tierra; pero el reproche

de que nunca se sienten Hércules en ningún trabajo y de que no sacan el

mayor partido posible de Santiago en cualquier importante dilema, es

excesivamente severo; pues en caso de enfermedad no hay sitio en que más

se confíe en las salvadoras virtudes de las reliquias y en los conjuros

de los benditos frailes.

Como de sobra saben nuestros cultos lectores, la práctica de la medicina

en la antigüedad, como ocurre hoy entre los orientales, tenía más de

exótica que de científica. Cuando en las enfermedades se veía un castigo

divino por los pecados, era tenido por un malvado el que solicitaba el

auxilio humano; por esto se vituperó a Asa, y, por la misma razón, los

musulmanes y los españoles se resignan con su suerte, desconfiando, y

con razón, de sus médicos: «¿Soy yo un dios para matar o para dar la

vida?» En las ciudades grandes hay ya gentes que en estos días de

progreso se someten a la curación según el sistema europeo; pero en los

pueblos pequeños y escondidos--y hablamos por repetidas experiencias

personales--no ha desaparecido ni con mucho la antigua y buena confianza

en las reliquias y en los conjuros, y aun cuando el doctor Sangrado y

Felipe III, cuyos decretos sobre materia médica adornan aún las

ordenanzas españolas, deploren la introducción de la perturbadora

química, la terapéutica mineral es aún letra muerta en muchos sitios,

pues la Iglesia ha trasladado la eficacia de la fe de los asuntos

espirituales a los temporales y a las heridas de fusil. Aun Ponz, el

Lysons de España, se aventura a asombrarse (y aun no estaba la

Inquisición abolida) del número de imágenes de San Lucas, que, según él,

no fué un escultor, sino un médico, de donde probablemente provenía su

eficacia curativa. Los antiguos iberos eran grandes herbolarios y

consideraban que todo el que tenía en su casa una planta determinada

estaba a salvo de ciertas enfermedades, como el que tiene hoy una palma

bendita está libre del rayo. También empleaban una bebida compuesta de

cien hierbas, que llamaban _centum herbæ_ o _bebida de cien hierbas_,

con la cual, lo mismo que con las píldoras vegetales de Morison, se

curaban todas las enfermedades, y era tan agradable al paladar, que se

bebía en los banquetes, cosa que no ocurre ciertamente con las medicinas

de hoy; además, según Plinio, curaban la gota con harina y las

inflamaciones de la garganta colgando al cuello verdolagas. Hoy en

España los _curas_ y _curanderos_ hacen conjuros y maleficios, del mismo

modo que Ulises detenía cantando la salida de sangre; una medalla de

Santiago cura la fiebre; un pañuelo de la Virgen, la oftalmía; un hueso

de San Magín sirve para todos los casos en que está indicado el

mercurio; un huesecillo de San Justo suple en Segovia la pérdida del

sentido común; la Virgen de Oña acabó con las lombrices de los Reales

Infantes, y la faja de la de Tortosa ayudó al parto a las Reales

Infantas. Todo aldeano murciano cree que no le alcanzará ninguna

enfermedad a él, ni a su ganado, si lo toca con la cruz de Caravaca, que

los ángeles bajaron del cielo y la pusieron sobre una vaca colorada.

Cuando visitamos Manresa la última vez, el digno individuo que enseñaba

la cueva en que Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, hizo

penitencia durante un año, se procuraba una rentita vendiendo piedras

pulverizadas de la cueva, que los fanáticos tomaban en los casos en que

un médico inglés recetaría polvos de Dover[15]. Cada provincia, por no

decir cada pueblo, tiene su santo y su reliquia particular, altamente

venerados en la jurisdicción y muy poco fuera de ella, pues, al parecer,

su eficacia le ha sido concedida por Santiago, como la Reina Victoria

concede autoridad a sus magistrados, para ejercerla solamente dentro de

los límites de la provincia. Zaragoza está muy bien dotada de

favorecedores: a un pedazo del hígado de Santa Engracia acuden los

pacientes necesitados de píldoras mercuriales; el aceite de sus

lámparas, que no ennegrece los techos, cura los _lamparones_, o sea los

tumores en el cuello, mientras que el que arde ante la _Virgen del

Pilar_, o imagen de la Virgen que bajó del cielo sobre un pilar,

restituía las piernas perdidas. El cardenal de Retz cita en sus

_Memorias_ el caso de un hombre con piernas de palo que las tiró porque

le crecieron las suyas cuando se frotó con el aceite de la lámpara; y

este portentoso milagro fué durante largo tiempo celebrado por el deán y

el capítulo, tal como se merecía, con un día especial de fiesta, pues el

aceite de Macasar no puede hacer mucho más. Esta imagen esculpida es en

este momento un objeto de adoración popular, y la veneración que

despierta puede aun disputársela con la que experimentan por el tabaco y

el dinero: son innumerables los mendigos cojos, ciegos, lisiados de toda

especie que se apiñan alrededor de su altar, como la triste humanidad

antigua, para la que los médicos no encontraban remedio, se apretaba

alrededor del de Minerva; y hay que confesar que se ven curas

verdaderamente maravillosas.

Naturalmente que todo lo dicho es un resto de la superstición y el

obscurantismo medievales, y es muy probable que la clase médica de

Madrid y otras grandes ciudades, y sobre todo los que han hecho sus

estudios en París, no tengan una gran fe en estos remedios espirituales,

ni probablemente en ningunos otros puramente españoles; pero su eficacia

médica está probada en docenas de historias de provincias españolas que

felizmente poseemos, todas las cuales han pasado por la prueba

escrutiñadora de la censura eclesiástica, y han sido aprobadas como no

conteniendo nada contrario al Credo de la Iglesia de Roma, ni a las

buenas costumbres; ni puede permitirse que una Iglesia que declara ser

siempre una la misma, y la única verdadera, pueda, cuando le convenga,

volverse la espalda a sí misma y negar sus propias drogas y doctrinas.

Todo lo que se cuenta aquí era perfectamente evidente bajo el reinado de

Fernando VII, y cualquiera que sea la idea que los doctores en Medicina

o Filosofía puedan tener acerca de España, lo cierto es que, sobre todo

en los distritos rurales a los que no ha llegado aún la civilización

extranjera, se tiene mucha más fe en los milagros que en las medicinas.

Nosotros hemos visto muchas veces en las calles a niños pequeños

vestidos de frailes franciscanos--Cupidos con cogulla--, cuyos piadosos

padres habían hecho la promesa de llevarlos vestidos con el hábito de la

Orden, con tal de que su santo fundador protegiese a los angelitos

contra el sarampión o los trastornos de la dentición. Es corriente ver a

mujeres y aun señoras de la mejor sociedad que hacen promesa de llevar,

durante un año, un traje religioso, que se llama el _hábito_, o con una

insignia en las mangas en señal de idéntica protección. En nuestra época

ocurrió un caso que divirtió a todas las tertulias de Sevilla, que

maliciosamente atribuían la rápida mejoría que una paciente, soltera y

muy bella, de la alta sociedad, experimentó de una aparente hidropesía,

a causas no por entero sobrenaturales. _Don Ricardo_, decían a menudo

sus amigos de igual edad y rango, «usted que es extranjero, vaya y

pregúntele a la querida _Esperanza_ por qué lleva el hábito de la Virgen

del Carmen; y luego vuelva a contarnos lo que le dice, y sabrá por

nosotros la verdad». _¡Vaya, vaya, don Ricardo, usted es muy majadero!_,

contestaba la penitente si sospechaba quiénes eran los autores y cuál el

motivo de la embajada.

Entre los antiguos, la gente piadosa erigía templos a Minerva médica o a

Esculapio, del mismo modo que los españoles levantan altares a _Nuestra

Señora de los Remedios_, o a San Roque, cuya intervención pone «más

fuerte que una roca», proverbio inventado en su honor por nuestros

antepasados, quienes, antes de la Reforma, confiaban igualmente en él; y

ambos pensaban, si hay que dar crédito a Cicerón, que estos patronos

hacían tanto, _por lo menos_, como el médico. ¡Pobre humanidad, tan

paciente y crédula que aun se traga charlatanerías médicas como éstas, y

que continuará haciendo lo mismo, aunque uno de los difuntos se

levantase de su tumba para condenar el absurdo tratamiento que le

costara la vida a él y a otros muchos!

Sin embargo, a manera de compensación, la salvación del _alma_ ha sido

considerada en España tan importante como en Inglaterra la salud del

_cuerpo_. Estas reliquias, conjuros y amuletos, equivalen a nuestras

medicinas, y es maravilloso que nadie en la Gran Bretaña sea condenado a

muerte en este mundo, o que en la Península se condene nadie a perder el

otro: probablemente las penitencias no han sido en ninguno de los casos

completamente específicas. Sea como quiera, es lo cierto que en España

los conventos e iglesias son mucho más numerosos y mejor acondicionados

que los hospitales; los almacenes de reliquias están mucho más provistos

de huesos y ensalmos que los museos anatómicos y las boticas; y

_después_ que un español ha sido herido, matado de hambre o ejecutado,

acude a su lado un tropel de santos médicos, que, seguramente, no

hubieran dado un paso para salvar todo un ejército de compatriotas

cuando están en vida; en cambio, ¡cuántas monedas se recogen ahora para

pagar misas que libren su alma del purgatorio!

Procura, sin embargo, amable lector protestante, no morirte en España,

como no sea en Cádiz o en Málaga, donde, si quieres ser enterrado

cristianamente, hay acomodo para los herejes; y si estimas la vida,

evita el estar aun enfermo en Madrid; pero si te echa la mano la

Facultad, haz testamento a toda prisa, pues si la opinión que sobre sus

propios médicos tienen los españoles es cierta, no te salvará de los

cuervos ni el mismo Esculapio; huye, pues, de los médicos españoles como

de perros rabiosos, y tira sus medicinas apenas vuelvan la espalda.

En España todos tienen sus patronos y protectores a quienes acudir en

momentos de apuro. Los reyes--que Dios guarde--tienen la prerrogativa de

una patrona especial: la Virgen de Atocha de Madrid, a la cual visitan,

con el resto de la real familia, cada domingo del año, cuando están en

buena salud. Apenas caía el soberano gravemente enfermo y los médicos de

la Corte no sabían lo qué hacer, como algunas veces ocurre aun en

Madrid, se llevaba la imagen a la cámara real; de esto puede dar fe el

caso de Felipe III, descrito por Bassampièrre: «Los médicos desesperan

desde esta mañana, en que se ha acudido a los _auxilios espirituales_ y

se ha trasladado a palacio la imagen de Nuestra Señora de Atocha». El

rey murió tres días después de llevar la imagen.

Aun cuando ni el médico ni el cura crean completamente en la eficacia de

amuletos y reliquias, acuden gustosamente a ellos, por que si la cosa

marcha mal, ¿cómo puede esperarse que un simple mortal triunfe si fallan

los remedios sobrenaturales? Todos los cargos que en un caso desgraciado

se podrían hacer quedan destruídos, atribuyendo la muerte a la voluntad

de Dios. Además, si una reliquia no cura, tampoco puede matar, como se

sabe que puede ocurrir con los calomelanos. Este principio interruptivo,

distinto de los remedios humanos, está admitido por la Iglesia en las

rogativas por los enfermos; y donde la fe es sincera, aun las reliquias

deben ofrecer un poderoso cordial médico-moral, obrando sobre la

imaginación y prestando confianza al enfermo. Este consuelo le está

negado al pobre protestante, ni aun a un recién convertido anglicano,

porque, realmente, para creer en la eficacia de un hueso monjil, se

necesita haber aprendido la lección en la misma cuna. Su substitutivo en

los países luteranos _in partibus infidelium_ se encuentra en el

láudano, las novedades y la chismografía, siendo esta última el gran

específico, por medio del cual sir Henry mantenía la vida de

innumerables señoras, con gran desesperación de los hijos, que pagaban

su pensión de viuda, desde marquesas hasta baronesas. ¡Y qué profundo

agrado produce el amable cuchicheo! «No tiene idea Su Señoría del

interés que Su Alteza Real la... se toma por la salud de Su Señoría».

La _forma_ del restaurativo moral puede variar según el clima, las

creencias, las costumbres, etc., etc., pero sólo a la _substancia_ es a

lo que el médico filosófico debe mirar. Debe tocarse aquella cuerda, sea

la que fuere, a la que el pulso del paciente responda; y si se consigue

curarle, poco importan los medios que para ello se hayan empleado.

Una palabra sobre la obstetricia española. En este país no hay afición a

los médicos para asistencias a partos, y la _comadre_ trae generalmente

al mundo a los españoles dejando obrar a la naturaleza, y con la ayuda

de _manteca de puerco_, botadura muy apropiada para un niño, que, si

sobrevive hasta la edad de la razón, gustará seguramente del tocino. Se

envuelve luego al recién nacido como si fuera una momia egipcia y se

tiene un cuidado especial en preservarlo del aire, del jabón y del agua;

se le cuelga al cuello un amuleto contra el mal de ojo, o una medalla de

la Virgen, para asegurar la buena suerte; y así, desde la cuna, se

inculcan ideas en los niños sobre los errores que deben evitar y sobre

las defensas en que debe resguardarse, que no olvidarán después en toda

su vida. Sin entrar en más detalles acerca de los niños, puede decirse

que este sistema de asistencia contribuye mucho a la escasa población de

la Península. Los partos son también con frecuencia desgraciados. En

casos normales la _comadre_ sirve perfectamente, pero en cuanto surge la

menor complicación pierde la cabeza y también a la parturienta; en

estos difíciles momentos, como en las operaciones críticas de la

cocina, es cuando un artista varón es preferible.

Las Reinas e Infantas de España gozan de especiales ventajas. El Paladio

de la ciudad de Tortosa es la _cinta_ que la Virgen, acompañada de San

Pedro y San Pablo, trajo ella misma bajando del cielo a un sacerdote de

la Catedral en 1178, acontecimiento en honor del cual se dice todavía

una misa el segundo domingo de octubre. Este gracioso presente fué

declarado auténtico en 1617, por Pablo V, y para justificar su

infalibilidad, obra toda clase de milagros, principalmente en casos de

obstetricia. También se saca para defender a la ciudad en cualquier

momento de calamidad pública; pero no valió de nada cuando el ataque de

Suchet. Esta cinta, más famosa que el ceñidor de Venus, fué llevada en

1822, en solemne procesión, a Aranjuez, por orden de Fernando VII, con

objeto de facilitar el parto de las dos infantas; y así como Lucina,

cuando se la invocaba debidamente, favorecía a las mujeres que estaban

con los dolores de parto, Sus Altezas Reales fueron igualmente saliendo

felizmente del caso, y uno de los niños que entonces nacieron es el

marido de Isabel II. Para las mujeres humildes de Castilla, cuando

estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de

Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos.

La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer

que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al

final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el

que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres,

solteras y casadas, lo tomaran muy a mal. Todas estas cosas de España

tienen un sabor marcadamente oriental; hoy los moros tienen un cañón en

Tánger, con el cual fué hundido un barco cristiano, y las mujeres deben

pasar sobre este artefacto guerrero para salir bien del paso. En todas

las edades y en todos los países en que la ciencia de la obstetricia no

ha hecho mucho progreso, es natural que se recurra a medios espirituales

para contrarrestar los peligros inevitables del momento del parto. En

Italia la panacea era el cinturón de Santa Margarita, una cosa parecida

a la _cinta_ de Tortosa, que sacaban los frailes siempre que se

presentaba un caso difícil. Y se suponía que beneficiaba al bello sexo,

porque cuando el demonio quiso comerse a Santa Margarita, la Virgen le

ató con su faja y se amansó como un cordero. Esta faja dió también a luz

otras fajas, y en el siglo XVII se habían multiplicado tan

extraordinariamente, que un viajero afirmaba que «si se uniesen todas

unas a otras, llegarían hasta Londres»; pero la historia natural de las

reliquias es demasiado conocida para que insistamos sobre ella.

Hacer referencia a médicos españoles sin tener que apuntar alguna

muerte, sería tan raro como una cacería con buenos sabuesos en la que no

se cobrara ninguna pieza, bien que en el momento crítico no gusten los

médicos de estar presentes, al contrario de lo que les ocurre a los

cazadores. El médico, en el momento en que las terribles Parcas se

mezclan en el asunto, escurre el bulto dejando el campo libre al cura;

de aquí el dicho español: «cuando empieza el cura, acaba el médico». En

el _Quijote_ se dice que tan pronto como el barbero tomó el pulso al

pobre caballero, le advirtió que atendiera a su alma y enviara por el

confesor; y hoy, cuando un hidalgo castellano se mete en la cama, sus

amigos le persiguen con la misma tonada, y a menudo no se hace esperar

la catástrofe. Lord Bacon, grande en sabios ejemplos y sentencias, pedía

que su muerte le viniese de España, porque así tardaría en el viaje;

pero no sabía que el caballero vestido de negro era una excepción en las

proverbiales lentitud y tardanza, característica de sus compatriotas.

Como los enfermos se mueren pronto, la ley del país[16] condena a la

multa de diez mil maravedises al médico que no dispone en su primera

visita que el paciente se confiese, pues el principal objeto en la

enfermedad es, como dice el preámbulo, curar el alma; y así ocurre en

Italia, donde Gregorio XVI publicó en 1845 tres decretos, uno condenando

los ferrocarriles, otro prohibiendo las reuniones científicas, y un

tercero ordenando a todos los médicos abandonar la asistencia de los

enfermos que no hubieran enviado a buscar al cura y comulgado después de

su tercera visita. En España, la primera pregunta que en nuestro tiempo

se dirigía a un enfermo no era si, realmente, se arrepentía de sus

pecados, sino si había adquirido la bula; y si la respuesta era negativa

o si su vieja nodriza se había olvidado de comprar una, se le negaban

los últimos sacramentos al infeliz moribundo.

Digamos una palabra sobre esta maravillosa bula, que desarma a la muerte

de su aguijón, y que, aun cuando la mayoría de nuestros lectores no

tengan la menor noticia de ella, juega un papel más importante en la

vida española que el toro en la plaza. En ninguna parte se observa el

ayuno con más rigor que aquí, donde la Cuaresma representa el Ramadán

del mahometano. Para evitar contravenciones, los creyentes de buen

apetito acudieron a la paternal indulgencia de su Santo Padre en Roma,

que en consideración a que era necesario que los cruzados españoles

estuviesen lo bastante aguerridos para aplastar más eficazmente a los

infieles, concedió a San Fernando el permiso para que sus ejércitos

pudieran comer carne durante la Cuaresma, con tal de que hubiese alguna,

pues dicho sea en honor de la administración militar española en

general, pocas tropas hay que ayunen más regular y religiosamente. El

día feliz en que se proclama la llegada de esta grata bula que anuncia

la comida, se celebra con repique de campanas, como si se tratara de una

boda. En provincias, los alcaldes y las corporaciones van a la Catedral

con toda solemnidad, asombrando a la multitud y divirtiendo a los

señores con la resurrección de las carrozas, las mazas y atavíos

antiguos y abigarrados, con los que estas sombras de un antiguo poder y

dignidad tienen la esperanza de subrayar su insignificancia individual y

colectiva. Una copia de esta preciosa bula no puede, naturalmente,

conseguirse de balde, y como hay que pagarla, y al contado, constituye

una de las rentas públicas más saneadas. Aun cuando lo que se recauda

por este concepto debería ser aplicado a las cruzadas, Fernando VII, el

rey católico y único soberano poseedor de una renta semejante, nunca

contribuyó con un ochavo para ayudar a los griegos cristianos en su

reciente lucha con los infieles turcos.

Estas bulas o, mejor dicho, esta clase de papel moneda se preparan con

el mayor cuidado, y constituían uno de los artículos más provechosos de

manufactura española. Se temía una guerra marítima con Inglaterra, no

tanto por atención a las ayunadoras almas trasatlánticas, como por el

temor a perder, como ha demostrado el doctor Robertson, los varios

millones de dólares y de plata enviados desde América a cambio de estos

tesoros espirituales. Se imprimían en Sevilla, en el convento de

dominicos de _Porta Cœli_; pero Soult, que ahora parece que está

volviéndose beato, quemó esta puerta del cielo con sus pasaportes y sus

imprentas. Las bulas sólo sirven para el año en que se expenden; doce

meses después, quedan anticuadas e inútiles. Hay, entonces, dice

exactamente Blanco White, porque muchas veces lo hemos visto, «una

prodigiosa prisa de comprar las nuevas por todos los que quieren la

felicidad de sus almas y no descuidan la holgura y satisfacción de sus

estómagos». Todos los años hay que tomar una nueva, como si se tratase

de una licencia de caza, antes de que los españoles se aventuren a

recrearse con ave o cuadrúpedo, y con razón pueden estar contentos de

que no les cueste tres libras y pico, como las licencias, pues por la

suma de _dos reales_, hombre, mujer y niño, pueden obtener la gracia del

clero y de la cocina; pero al cazador furtivo puede acontecerle grandes

males, pues la cadena perpetua es una broma al lado de la perdición que

aguarda a su alma. Este certificado es pedido por el confesor o

guardador de conciencia cuando le coge en la trampa de la enfermedad, y

si no la tiene, el fallo es seguro, pues no puede alegar ignorancia de

la ley, ya que hay fijada una postdata y requisitos en todas las

noticias de jubileos, indulgencias y demás ventajas para el purgatorio,

que están fijadas en las puertas de las iglesias; y su lenguaje es tan

cortés y perentorio como el de nuestros papeles de contribuciones: _Se

ha de tener la bula_ si se espera conseguir algún alivio mitigando las

penas del purgatorio, cosa que la mayor parte de los españoles muy

vivamente desean; de aquí viene la frase corriente usada por cualquiera

al cometer un _pecadillo_ en otras materias: _tengo mi bula para todo_.

La posesión de este documento actúa sobre todas las comodidades

corporales como la soda en la indigestión, pues, realmente, lo

neutraliza todo, excepto la herejía.

Como es barata, un vecino protestante, aunque no crea por completo en

sus salvadoras cualidades, hará bien en comprar una en obsequio a la

tranquilidad de conciencia de sus débiles hermanos, pues en esta

religión de formas y de prácticas externas se siente más horror por los

rígidos españoles al ver comer carne a un inglés durante un día de

vigilia, que si hubiera quebrantado los diez mandamientos. La cantidad

que la nación cobra por estas bulas es muy importante, aun cuando quedan

muy mermadas antes de que al final se paguen a la Hacienda, pues algo de

la miel libada por tantas abejas se le pega a las alas. Y el puesto de

jefe encargado de la bula es más productivo que el de aduanas o

impuestos de los países infieles.

Pero volvamos al moribundo: si tiene la bula se le da el viático con

toda solemnidad. Se conduce al Señor en procesión, con gran

acompañamiento de personas que llevan luces, cruces, campanillas e

incienso, y, como la casa queda abierta al público, se unen a la

comitiva todos los desocupados que la encuentran al paso. El espectáculo

es siempre imponente, como debe ser, considerando que se cree que el

mismo Dios está presente. Y es particularmente llamativo el Domingo de

Resurrección, cuando se lleva el Sagrado Viático a todos los enfermos

que no han podido ir a comulgar a la parroquia. Este día el sacerdote va

bajo un vistoso palio y en el mejor carruaje de la ciudad; y mientras

todos, al pasar él, se arrodillan ante la hostia que conduce, él sonríe

interiormente, pensando en el dominio que tiene sobre sus prosternados

vasallos; las calles se adornan como para el paso triunfal de un rey

vencedor; las ventanas se cuelgan con terciopelo y tapices, y los

balcones están ocupados por el bello sexo, adornado con sus mejores

galas, que arroja bellas flores al paso de la procesión y más bellas

sonrisas durante todo el resto de la mañana a sus adoradores de la

calle, cuya múltiple adoración está embargada por las divinidades

femeninas.

Morir sin sacramentos es la mayor calamidad que puede suceder a un

español, puesto que no puede salvarse mientras que se le enseña que hay

en esos actos una propia virtud protectora independiente de ninguna

diligencia por parte suya. El viático se suele dar cuando se han perdido

ya todas las esperanzas humanas, y la excitación, el calor, el ruido y

la confusión, rara vez dejan de matar al ya exhausto paciente. Después,

cuando la vida ha salido perezosamente con la última boqueada, se coloca

el cuerpo en la _capilla ardiente_, que es un cuarto dispuesto como una

capilla, y despojado de todos los adornos y muebles. Cuando se trata de

una familia rica, se habilita para este momento una habitación del

cuarto bajo, y en ella se coloca un altar y varias filas de candelabros

con velas alrededor del féretro. Entonces se permite entrar a la gente

en la cámara mortuoria, aun cuando se trate del rey: así vimos a

Fernando VII, en su lecho de muerte, completamente vestido, con el

sombrero puesto y el bastón en la mano. Esta exposición pública es una

especie de pesquisa judicial; antes, como hemos podido observar en

varias ocasiones, se vestía al difunto con un hábito de fraile, con los

pies descalzos y las manos cruzadas sobre el pecho; la sombra sepulcral

que la capucha daba a las muertas y plácidas facciones, producía casi

siempre un solemne e indefinible sentimiento en el corazón de los

espectadores, y era como si hablasen a los vivos un lenguaje que no

podía ser incomprendido.

Los hábitos de lana de las órdenes mendicantes eran los más populares,

por la idea que había de que si eran viejos, estaban demasiado saturados

de olor de santidad para las viles narices del demonio; y como uno

andrajoso valía a menudo al fraile más de media docena nuevos, la venta

de los hábitos viejos era negocio para el piadoso vendedor y comprador;

los de San Francisco eran siempre los preferidos, porque en las visitas

trienales de este santo al purgatorio, conocía su enseña y se llevaba al

cielo a los que lo ostentaban. Por una idea semejante pobló Milton su

sombrío limbo con lobos cubiertos con pieles de oveja:

«Who to be sure of Paradise,

Dying put on the robes of Dominick,

or in Franciscan think to pase unseen»[17].

A las mujeres, en nuestra época, las vestían de monjas, llevando también

el escapulario de la Virgen del Carmen, que ella dió a Simón Stock,

asegurándole que ninguno que muriese con él podría nunca sufrir las

penas eternas. Estas graves costumbres, tan generalizadas en España,

indujeron a un extranjero de espíritu muy exacto a observar que no moría

en España nadie más que los frailes y las monjas. En este cálido país,

el entierro sigue inmediatamente a la muerte, y no puede ser de otro

modo, pues la descomposición de los cadáveres es muy rápida. Los oficios

de difuntos se suelen hacer de una manera un poco indecorosa. Antes se

enterraba en las iglesias o en los patios anejos a ellos; pero esta

costumbre se suprimió por razones de higiene. Entonces se edificaron

unos cementerios públicos, que producen, por lo menos, un cuatro por

ciento de interés, en las afueras de las ciudades, donde se ven largas

filas de sepulturas abiertas ansiosamente para los que pueden

comprarlas, y una fosa grande para los pobres. En este _camposanto_, la

muerte nivela a todos, cosa que no deja de ser dura para los que han

construído y dotado capillas, con objeto de asegurarse una sepultura

entre sus antepasados. Y, sin embargo, no protestaron de la medida ni se

preocuparon gran cosa de los sepulcros arruinados y de las rotas efigies

de sus «abuelos tallados en alabastro»; la verdadera oposición la

hicieron los curas, que perdían ingresos, y, en consecuencia, aseguraron

a su grey que no había resurrección posible para unos cuerpos

enterrados en esos nuevos depósitos.

Sea ello como quiera, el cuerpo es conducido en un ligero féretro,

acompañado de sus amistades masculinas y colocado luego su nicho sin

ninguna otra oración o ceremonia. Las mujeres que mueren poco tiempo

después de su boda y antes de que las horas nupciales hayan terminado su

danza, suelen ser enterradas con el vestido de novia y cubiertas de

flores, como en las recomendaciones que para la hora de su muerte daba

la reina Catalina de Aragón a su doncella, en la obra de Shakespeare _El

rey Enrique VIII_:

«When I am dead, good wench,

Let me be used with honour; strew me o’er

With maiden flowers, that all the world may know

I was a chaste wife to my grave»[18].

En estos entierros se abre la caja al ir a ponerla en la sepultura, para

satisfacer la indecorosa curiosidad de la gente, y luego, por toda la

ciudad, se habla del modo cómo iba vestido el cadáver, y se discute si

el entierro fué o no _muy lucido_. El sitio reservado para los niños que

mueren antes de los siete años está aparte del de las personas mayores.

Su temprana muerte debe mirarse en España más bien como una alegría que

como una pena, pues los amados de los dioses mueren jóvenes, y los

epitafios son una mezcla de dolor y de satisfacción. _El párvulo fué

arrebatado a la gloria_:

«There is beyond the sky a heaven of joy and love,

And holy children, when they die, go to that world above»[19].

Pero como la naturaleza es en todas partes la misma, hemos visto a más

de una madre sollozando junto a la tumba de su hijito, y adornándola con

rosas y limpiándola de los hierbajos que crecieron en ella. El cuerpo de

los pequeñuelos suele ser llevado al cementerio por niños de la misma

edad del muerto, vestidos de blanco, y se arrojan sobre el cadáver

flores, bellas como ellos, y que, también como ellos, se marchitan y

mueren pronto. Los padres vuelven a casa suspirando por el hijo perdido,

su cuna queda vacía, no se oye más su llanto, sus juguetes están donde

él los dejara, y todo recuerda el cruel vacío que el dolor no puede

llenar aunque

«Stuffs out its vacant garments whith its form»[20].

Los cadáveres de la gente pobre, vestidos con los trajes que usaron en

vida, son llevados al cementerio en angarillas, a hombros de cuatro

individuos, en la manera que describía Marcial: «no van encerrados en

inútiles ataúdes», sino que los conducen como al hijo de la viuda de

Nain. Algunas veces hemos visto las horribles angarillas a la puerta de

una casa, y tenían en la madera la huella de un cuerpo humano, impresa

seguramente por los cientos de cargas que se habrían llevado

anteriormente. Estos cadáveres son sepultados en la fosa como los de los

perros, y muchas veces, desnudos, pues los supervivientes o sepultureros

les despojan de sus andrajos. Aquellas gentes tan pobres que no pueden

pagar ni los derechos más baratos, cuando pierden un hijo suelen

colocarlo en un cesto a la puerta del cementerio. Una vez vimos a un

español embozado que paseaba tristemente por el camposanto de Sevilla,

y, cuando abrieron la fosa común, sacó de debajo de su andrajosa capa el

cadáver de un niño, lo echó al hoyo y desapareció. Y así, medio mundo

vive sin saber cómo muere el otro medio.

En las clases acomodadas la verdadera ceremonia del entierro comienza

después de dar tierra al cuerpo. El primer paso es hacer una visita

_para dar el pésame_ dentro de los tres días de ocurrida la desgracia.

La familia está reunida en la mejor habitación de la casa y sentados en

sillas, colocadas al fondo de ella, a un lado los hombres y a otro las

mujeres. Cuando entran una señora y un caballero, aquélla da la mano a

todas las otras señoras, una tras otra, y después se sienta junto a

ellas en la silla vacante más próxima; el caballero se inclina ante cada

uno de los hombres presentes, los cuales se levantan de su asiento y le

devuelven la cortesía con gran gravedad y dando muestras de profunda

aflicción. Al saludar a los más interesados en la desgracia, cada uno de

los visitantes le saluda con esta frase: _Acompaño a usted en su

sentimiento_, y, mientras tanto, todo el mundo permanece silencioso como

si fuera una reunión de enterradores. Después de estar sentados con

ellos el tiempo adecuado, se retiran cada uno en la misma forma en que

han entrado.

A los pocos días se envía una esquela, en nombre de todos los parientes,

participando la muerte a los amigos de la familia y rogando la

asistencia a los funerales; estas invitaciones van encabezadas con una

cruz, que se llama _El Cristus_. Antes de la invasión francesa, que no

sólo derribó los muros de los conventos, sino que también atacó a las

creencias religiosas, se imprimían muchos libros y se escribían muchas

cartas encabezadas con este signo. En nuestra época, muchos médicos de

Sevilla lo ponían en sus recetas, pues el Cardenal Arzobispo había

concedido un cierto número de años de indulgencias a todo los que

santificaran con esta señal sus recetas, aunque fueran de sena y

ruibarbo. En las esquelas mortuorias, debajo de la cruz, se ponen las

letras R. I. P. A., que significan «Requiescat in pace. Amén». El día

indicado, y a la hora precisa, se reunen las personas que acuden al

duelo en la _casa mortuoria_, y, desde allí, se dirigen a la iglesia.

Todos van vestidos de riguroso luto, y antes de los progresos de la

civilización y de los paletos, no llevaban capas; y como esto les hacía

estar a todos más incómodos que a San Bartolomé sin la piel, era

considerado como una prueba de verdadero dolor a los manes del difunto.

El quitarse la capa en España es una muestra de respeto, equivalente a

quitarse el sombrero entre ingleses. Cuando la comitiva llega a la

iglesia es recibida por los sacerdotes, y se celebra la ceremonia con

toda solemnidad ante un catafalco cubierto con un paño mortuorio,

colocado ante el altar y rodeado de candelabros con velas de cera.

Cuando termina el oficio, todos los concurrentes saludan al duelo, que

está siempre colocado en sitio aparte, y así termina la tragedia. Los

padres no llevan luto por los hijos pequeños, lo cual es una

reminiscencia de la superioridad patriarcal romana del cabeza de

familia, al cual, si muere, se le rinden todas las muestras de respeto

imaginables. La forma y el tiempo del luto están escrupulosamente

prescritos y son observados rigurosamente, incluso por los parientes

lejanos, que se retraen de toda clase de diversiones:

«None bear about the mockery of woe

To public dances or to private show»[21].

Recuerdo la muerte de una amable y venerable marquesa en Sevilla,

precisamente días antes del Carnaval, cuya principal preocupación en sus

últimos momentos era el pensar en las muchas jóvenes de su familia que

se verían privadas de asistir a los bailes y mascaradas, y ellos, por su

parte, estaban interesadísimos en su salud y rogaban ansiosamente a la

Virgen que prolongase la vida de la señora siquiera sólo fuese por unas

pocas semanas.

El triste noviembre trae consigo otras solemnidades fúnebres, muy en

armonía con la caída de las secas y amarillas hojas, que Homero compara

con las generaciones de la humanidad mortal. La noche antes del 1.º de

noviembre, o sea de la fiesta de Todos los Santos, en España se pasa en

vela, y es la indicada para los misterios y adivinaciones, pues en ella

las impacientes mozas casaderas acostumbran sentarse en el balcón para

ver si pasa o no pasa la imagen de los destinados para maridos suyos. El

primero del citado mes se dedica a todos los santos, y el 2 a las almas

del purgatorio, llamándosele el _día de los difuntos_, y es

rigurosamente observado, en particular por los que han perdido algún

pariente o amigo durante el año, ¡y cuán pocos se exceptúan! Desde el

amanecer todas las campanas lanzan al viento un lúgubre tañido para

recordar a los que no han de acudir ya a sus llamadas, y se visitan los

cementerios. En Sevilla se solían ver largas procesiones de mujeres

vestidas de negro, que, con lámparas encendidas, montadas en unos palos,

andaban lentamente dando vueltas, musitando rezos melancólicos, y

volvían al anochecer, formando una larga hilera de brillantes luces.

Las sepulturas son visitadas durante el día por los que toman un triste

interés en los ocupantes, y se colocan lámparas y coronas de flores en

testimonio de cariño, y se rocían con agua bendita, cada gota de la cual

tiene la virtud de librarles de alguna de las llamas del purgatorio.

Estas pintorescas costumbres recuerdan a la vez el _Eed es Segheer_ del

Cairo moderno, el _feralia_ de los romanos, el Νεμεσια de los griegos;

aquí están las ofertas de flores de Electra, el _funes assensi_ de los

griegos, y las antorchas funerales de los paganos, en vano prohibidas a

los cristianos españoles por su antiguo Concilio de Illiberis. En

Navarra y provincias del noroeste de España se hacen ofertas de pan y de

trigo, que se llaman _robos_ y que son lo mismo que los dones ofrecidos

por el descanso de las almas de los difuntos por la gente piadosa de la

antigua Roma.

Como en el día citado el cementerio se convierte en el sitio de

recepción pública, muy a menudo parece más bien un alegre paseo de moda

que un acto triste y religioso. La liviandad de los meros curiosos y de

la multitud contrasta violentamente con la tristeza de los realmente

acongojados. Pero la vida en este mundo se impone a la muerte y la

alegría sigue de cerca al dolor; el sitio está lleno de mendigos, que

apelan a la orden del día e importunan todos los piadosos recuerdos,

pidiendo por el alma del llorado muerto. Fuera de los tristes muros todo

es vida y alegría, pues hay un ruidoso comercio de dulces, castañas y

chucherías, un estrépito de coches y caballos y un torrente y baraúnda

de juramentos de los que cuidan de ellos, que seguramente no será del

agrado de las _benditas ánimas_ del purgatorio, por las que todas las

clases españolas manifiestan tanto interés y cariño.

Ya hemos visto cómo se da tierra al cuerpo del ortodoxo castellano; en

cuanto al alma, si va al purgatorio, se considera desde luego salvada,

pues es seguro su admisión en el Paraíso al expirar el término de

castigo, es decir, «cuando está purificada de los crímenes cometidos en

carne humana», como dice el fantasma en Hamlet, que no había olvidado su

Virgilio. Si el docto objeta a un clérigo español que todo eso es

pagano, se le contestará que puede ir más lejos y pasarlo peor.

Tratándose de un verdadero católico, este plazo de trabajos forzados

puede ser mucho más corto, pues esto puede hacerse por medio de misas,

de las cuales pueden decirse todas las que se quieran, pagándolas

previamente. El vicario de San Pedro tiene las llaves que siempre abre

las puertas a los que ofrecen el áureo don con que Caronte fué sobornado

por Eneas; y así, nada hay más fácil para un creyente rico y juicioso,

suponiendo que crea al Papa contra la Biblia, que ir derecho al cielo;

tampoco los pobres son completamente relegados al olvido, como puede

verse por la infinidad de días de indulgencia que es fácil ganarse

visitando cualquier altar de España practicando las más falsas rutinas.

Lo único extraño es cómo cualquier creyente puede dejar de asegurarse el

escapar de este presidio espiritual sin tener que ir a él para nada, o,

por lo menos, sólo como un formalismo.

Un alemán exacto y laborioso calculó que un hombre activo, gastando tres

chelines en coche, podía ganar en una hora, visitando varios altares

privilegiados en Semana Santa, veintinueve mil seiscientos treinta y

nueve años, nueve meses, trece días y tres minutos y medio de

disminución de las penas del purgatorio. Estas mercedes fueron ofrecidas

por los curas españoles en Sud América, en más grande estilo, adecuado a

aquel colosal continente; por una misa sencilla en San Francisco de

Méjico, el Papa y los prelados concedieron treinta y dos mil trescientos

diez años, diez días y seis horas de indulgencias. Ello constituye un

buen medio de sacar dinero; como dice una autoridad en asuntos

mejicanos: «yo no daría esta sencilla institución de las misas por las

ánimas benditas, por el poder de tributación que posea cualquier

gobierno, puesto que no se necesita ningún recaudador y la contribución

se paga con la mejor voluntad del mundo, porque, ¿quién no paga para

librar a un pariente o a un amigo del fuego eterno?»

El purgatorio ha sido siempre una verdadera mina de oro de Golconda para

Su Santidad, pues aun los más pobres tienen un albur, puesto que las

personas caritativas pueden librar ánimas anónimas del purgatorio

obteniendo un auto de _habeas animam_, esto es, pagándole al cura una

misa. Para esto hay días especiales señalados en el almanaque y que

conoce cualquier mozo de posada; pero, además, en las puertas de las

iglesias se pone un cartelito con el letrero: _Hoy se saca ánima_. Por

lo general, estos días son más numerosos en primavera, sin duda porque

en invierno no es tan molesto estar cerca del fuego.

¡Pobres protestantes, que, no pagando el dinero de San Pedro, han

cometido un nuevo acto de herejía, y el peor de todos, el que Roma nunca

podrá olvidar! Estos rebeldes sólo pueden esperar salvarse por su fe y

sus frutos las buenas obras; deben arrepentirse de sus amados pecados y

comenzar una nueva vida, pues para ellos no hay cordón de San Francisco

que les saque, si cayeron al pozo, ni rosario de Santo Domingo que les

traslade, prontamente, a toda velocidad, del tormento a la felicidad

eterna.

Fuera del seno del Vaticano, sus almas no tienen redención, y dentro de

las fronteras de España, difícilmente correrán los cuerpos mejor suerte,

si muriesen en aquel ortodoxo país, donde los más avanzados liberales

difícilmente tolerarían que se enterrasen los cadáveres de los herejes

de negra sangre, pues el trigo no crecería al lado de sus tumbas. Hasta

hace poco tiempo, en los puertos de mar se solía enterrar a los

protestantes en un hoyo abierto en la playa, más allá de la línea de la

marea baja; pero hasta esta concesión a los infieles ofendió a los

pescadores semimoros que, en verdaderos creyentes y perseguidores,

temían que sus lenguados se envenenaran; a pesar de lo cual no hay

marinero ni sacerdote que se niegue a aceptar una moneda inglesa, porque

dicen que: _El dinero es muy católico_.

Afortunadamente, las cosas han mejorado algo en estos últimos años, con

respecto a los protestantes, y puede ser un consuelo para los enfermos

que son enviados a España para cambiar de clima y que sean exigentes, el

saber, en caso de ocurrirles una desgracia, que se permiten ahora

cementerios protestantes en Cádiz, Málaga y otras pocas capitales. La

historia de la concesión es curiosa, y que nosotros sepamos, nunca se ha

contado. En tiempos de Felipe II, los luteranos eran peor tratados que

los perros: si se les cogía vivos se les quemaba por orden del Santo

Tribunal, y si muertos, los arrojaban al muladar. Cuando en 1622 envió

nuestro cobarde Jaime I su pacífica y mal juzgada misión, por la cual se

libraba a España de ulteriores humillaciones, Mr. Hole, el secretario

del embajador lord Digby, murió en Santander. No se permitió que fuese

enterrado y se colocó el cadáver en una caja y se echó al mar; pero

apenas se marchó Su Excelencia, «los pescadores», según escribe Somers,

«temiendo que mientras el cadáver de un hereje estuviese en el agua no

tendrían pesca», lo sacaron, y «el cuerpo de nuestro hermano y

compatriota fué abandonado en el campo para pasto de las aves de

rapiña». En el tratado de 1630, el artículo 31 determina lo que ha de

hacerse con los bienes de los ingleses que mueran en España, pero no

dice nada de sus cuerpos. «Estos, dice un comentador de Rymer, tienen

que quedar apestando en campo abierto, con el fin de que los perros los

encuentren con seguridad». Cuando Mr. Wáshington, paje de Carlos I,

murió en Madrid, en la época en que su señor estaba allí, Howell, que

estaba presente, dice que, sólo como un favor especial al pretendiente

de la Infanta, se permitió que el cadáver fuese enterrado en el jardín

de la embajada, al pie de una higuera. Algunos años después, en 1650,

fué asesinado Ascham, el enviado de Cromwell, y su cuerpo fué enterrado

en un hoyo, sin ninguna ceremonia; pero el Protector era hombre con el

cual no se podía jugar y que conocía perfectamente cómo debía tratar a

un Gobierno español, siempre pusilánime y fanfarrón, del cual no se

consigue nada con amabilidad y cortesía--cualidades que toma por

debilidad--y, en cambio, concede inmediatamente lo que se le exige

_atemorizándole_. Entonces _exigió_ que se estipularan y determinaran

las condiciones en que se debía enterrar debidamente a sus súbditos, y

el jactancioso Gobierno español accedió inmediatamente, figurando en el

tratado de Carlos II, en 1664, y concediéndose después, en 1667, con sir

Ricardo Fanshawe.

Sin embargo, nada figura en ninguna parte relativo a este asunto hasta

1796, en que lord Bute compró terreno para enterrar a los ingleses más

allá de la puerta de Alcalá, en Madrid. Durante la guerra, cuando toda

la Península era un cementerio para nuestros compatriotas, un digno

señor madrileño se apropió esta parcela de terreno, no para sepultura

suya precisamente, sino para cultivarlo bien y provechosamente. En 1831,

míster Addington hizo algunas averiguaciones, encontrando los documentos

que acreditaban la compra del terreno indicado en la _Contaduría de

Hipotecas_ que la atrasada España tiene y que no posee la avanzada

Inglaterra. El intruso fué desposeído, aunque con grandes protestas por

su parte. Antes de la época de lord Bute, los ingleses eran enterrados

de noche, sin ceremonia de ninguna clase, en el jardín del _Convento de

los Recoletos_, y cuando el terreno adquirido por lord Bute tuvo valor,

los piadosos frailes quisieron cambiarlo por el rincón que en un jardín

tenían los ingleses; pero el trato no pudo hacerse, por la reciente ley

que prohibía los enterramientos dentro de las ciudades.

El campo comprado por lord Bute está ahora sin cercar y sin cuidar;

afortunadamente, no se ha utilizado mucho, pues en los últimos treinta

años sólo han muerto en Madrid quince protestantes. En noviembre de

1831, Fernando VII resolvió al fin esta grave cuestión, dando un decreto

en el cual se concedía permiso para construír cementerios protestantes

en todas las poblaciones en que residiese cónsul o un agente inglés

cualquiera, aunque en las condiciones más degradantes. El primero que

se hizo, en virtud de este decreto, firmado por el hombre que fué

repuesto en el trono por la muerte de treinta mil ingleses, fué obra de

míster Mark, nuestro cónsul en Málaga, el cual cercó un espacio de

terreno en la parte este de la ciudad, colocando sobre la puerta una

lápida con el decreto en cuestión, y encima una cruz como si clamara a

los sentimientos dominantes en los españoles: su lealtad y su religión.

Los malagueños no salían de su asombro al ver el símbolo de la

cristiandad sobre la última morada de los perros luteranos, y

exclamaban: «¡También estos judíos usan la cruz!» Hay que recordar que

el término judío es el colmo del desprecio para un español. El primer

cuerpo que se enterró en este primer cementerio fué el de míster Boyd,

fusilado por el cruel Moreno con el desgraciado Torrijos y sus rebeldes

compañeros.

Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto) · 第 14 / 34 题