Capítulo XVII

Después de tratar de los _venteros_ españoles, nos fué cosa fácil hablar

de los _ladrones_, y no es más difícil pasar de este tema al de los

médicos. Aquéllos, al menos, ofrecen una cortés alternativa, puesto que

piden «la bolsa o la vida», mientras que los médicos, en la mayor parte

de los casos, se quedan con ambas; pero por no vestirse de modo tan

pintoresco, ni ejercer su oficio de manera tan dramática, no gozan de

tanta reputación en Europa como los bandoleros. Por el contrario,

mientras todos los que han escrito y escriben sobre la Península nos

advierten que debemos guardarnos de los ladrones que se ocultan en las

encrucijadas de los caminos, nadie nos pone en guardia contra el

_Sangrado_, cuyo arte es más mortífero que la insolación, tan corriente

en Castilla. ¡Desgraciado del que caiga en sus manos! Ya puede ir

previniendo que tomen medida de su sepultura, pues, como suelen decir,

_tomar el pulso es pronosticar al enfermo la losa_. Probablemente, por

conocer bien a esta clase de gente, vino, o fué enviado a Madrid, desde

París, monsieur Orfila, cuando se casó Montpensier con la _Infanta_, con

la esperanza de librar a su hermana mayor la reina, a la «inocente»

Isabel, de la lanceta, de las fatales lancetas indígenas--una

bienintencionada interferencia del extranjero, dicho sea de paso, que

ofendió a la facultad española y que rechazó unánimemente; y tampoco

fueron recibidas con el agradecimiento que se merecían las previsoras

advertencias de este eminente _toxicólogo_, o investigador de materias

venenosas, con respecto a la administración de medicinas.

Aunque en otro tiempo los hospitales y casas de misericordia de España

estuvieron magníficamente dotados, hoy no queda nada del antiguo

esplendor para la pobre y doliente humanidad. Administradores y

mangoneadores entraron a saco en sus bienes, y han acabado con todo. Los

depositarios de las rentas para beneficencia se ven sin defensa alguna

contra la avaricia oficial, y, siendo cuerpos _sociales_, carecen de la

santidad de los intereses _privados_, que todo el mundo defiende. De

aquí vino que el codicioso privado, Godoy, empezara la expoliación,

apoderándose de los fondos y dando, en cambio, garantías gubernamentales

que, naturalmente, pronto no tuvieron valor alguno. Luego vino la

invasión francesa y la conspiración de los déspotas militares. La guerra

civil hizo lo restante, y ahora que se han suprimido los conventos, la

falta se nota mucho más, pues antes, en las comarcas arrinconadas, los

frailes socorrían a los pobres y procuraban medicinas a los enfermos. En

general, y salvo raras excepciones, los hospitales y las _Casas de

Misericordia_ están muy lejos de ser un modelo en España, y las de locos

y de expósitos, a pesar de algunas mejoras introducidas recientemente,

dan poco crédito a la ciencia y a la caridad.

Los bajos, brutales y feroces _Sangrados_ de España han sido objeto de

las burlas de escritores del país y extranjeros, que han dicho muchas

verdades. La expresión vulgar para indicar la gran mortalidad de sus

clientes es decir _mueren como chinches_. Esta indiferencia por la vida,

esta falta de atención al sufrimiento humano y este atraso en la ciencia

de curar son enteramente orientales; pues aun cuando la ciencia, en

general, haya salido de Este a Oeste, la Medicina y la Cirugía no tienen

ese origen. En Oriente, como en España, han sido ciencias de segundo

orden, y los que se dedicaban a ellas eran considerados como gente de

condición inferior, obstáculo enorme en la Península, donde el hombre

prefiere morir a ejercer una profesión que pueda enturbiar el brillo de

su honor personal. El cirujano de los moros españoles solía ser un

despreciado y aborrecido judío, lo que creaba una tradicional

repugnancia hacia la profesión. El médico era de casta algo superior,

pero, lo mismo que el botánico y el químico, era más fácil hallarle

entre los infieles que entre los cristianos. Así Sancho el Graso tuvo

que ir a Córdoba en busca de asistencia. Y todavía en España, como en

Oriente, todos aquellos cuya profesión es condenar a muerte a seres

vivientes, están casi excomulgados socialmente: el carnicero, el torero,

el verdugo, por ejemplo. El soldado, que acuchilla, ocupa puesto

preeminente en aquella sociedad; el médico, que cura, el más bajo. El

doctor en Medicina, a quien el infalible Papa consulta y el Rey

autócrata obedece, sólo tiene entrada en las buenas casas en caso de

enfermedad, y vuelven a cerrársele las puertas en el momento en que la

salud se recupera; pero él sabe vengarse de los que le desprecian; y si

todos los españoles son temibles con el cuchillo, el cirujano lo es muy

especialmente. Madrid puede llamarse con razón la Corte de la Muerte, y

el Escorial es muestra palmaria de ello con la prematura muerte de las

personas reales, y eso que es de suponer que ellas congreguen en torno

suyo la más refinada y escrupulosa asistencia, tanto médica como

teológico-terapéutica, que la capital puede proporcionar; pero el

tránsito de la realeza es breve, especialmente en el caso de las mujeres

e _infantes_, y el _resultado_ es innegable en estas estadísticas de la

muerte; la causa de ello está en el clima y en el doctor, que, como se

ayudan mutuamente, puede honradamente dejárseles que decidan entre sí la

cuestión de la relativa excelencia de cada uno.

El médico español es rehuído no solamente por prejuicios antiguos, y

porque es considerado peligroso como una serpiente de cascabel, sino

también por los celos que la gente de iglesia siente hacia una profesión

rival, creyendo que, si fuesen bien mirados, podrían tener que partir

con ellos los legados y secretos que tan fácilmente se obtienen en el

lecho de muerte, cuando el cuerpo y la inteligencia han perdido su

vigor. Además, un médico y un confesor españoles miran al enfermo desde

diferentes puntos de vista: el médico sólo piensa o debería pensar en

salvarle en este mundo; el confesor trata de librarle de los tormentos

del otro; ambos emplean todos los medios a su alcance para conseguir su

objeto, aun cuando, en muchos casos, no es aventurado asegurar que ni

uno ni otro tienen mucha fe en ellos: la práctica espiritual no cambia,

porque la misma novedad, que es una herejía en religión, no se cree sea

favorable en ninguna otra cosa. Así, las Universidades, gobernadas por

eclesiásticos, convencieron al pobre fanático de Felipe III para que

dictara una ley prohibiendo el estudio de todo sistema nuevo de medicina

y exigiendo los textos de Galeno, Hipócrates y Avicena. Letrados y

hombres para quienes el sol había detenido su carrera, rechazaron las

ciencias exactas y la filosofía experimental como peligrosas

innovaciones que, según ellos, hacían de cada médico un Tiberio que, por

ser aficionado al estudio de las matemáticas, en donde todo necesita

demostración, era poco respetuoso con los dioses y diosas del Panteón; y

así, en 1830, atemorizaron al tímido Fernando VII (cuya semejanza con

Tiberio nada tenía que ver con Euclides), diciéndole que las escuelas de

Medicina formaban materialistas, herejes, ciudadanos reyes, liberales,

insurrectos y revolucionarios. Convencido el amado monarca, cerró las

Universidades, si bien, en cambio, y como compensación, fundó una

escuela de tauromaquia: los hombres pueden ser destrozados impunemente,

pero es muy conveniente que los toros mueran con todas las reglas del

arte y los honores de la ciencia.

La poca consideración social al médico es muy clásica: en Roma eran

esclavos libertos, y sólo fueron elevados a la categoría de ciudadanos

en tiempo de César, que quiso _atraerse_ a estos ministros de las

terribles Parcas cuando la población de la capital era muy reducida a

causa de la excesiva emigración: acto de favor que puede tener dos

fines, pues Adriano VI (maestro del español Carlos V) aprobó que hubiese

en la Ciudad Eterna quinientos individuos que practicasen la Medicina,

pues, de lo contrario, «la _multitud_ de seres vivientes se hubiera

devorado entre sí». Con todo, cuando le llegó a él su turno de ser

eliminado, el pueblo, agradecido, obsequió con una serenata a su

cirujano, llamándole el «salvador de la patria». En nuestros días sólo

un médico era admitido en Sevilla entre la gente de _sangre azul_, o

buena sociedad, cuando gozaban de salud fuerte y antiflebotómica; y a

todos los extraños les informaba a manera de excusa el exclusivista

anfitrión, de que el doctor era de _casa conocida_, dándole así entrada

en el mundo su persona y no su profesión. Y mientras hay una porción de

aventureros que ostentan un título, ni al más liberal dispensador de

mercedes se le ocurre dar un título a su médico, honor que es algo más

que el de par de Francia y menos que una baronía médica de Inglaterra.

Estos prejuicios de casta hacen que los médicos no frecuenten más

sociedad que la suya, que, como no se recetan unos a otros, no es ni

desagradable ni peligrosa. En Sevilla se reunía una _tertulia_ de ellos

en la botica de _Campelos_, y puede decirse que era una bandada de aves

de mal agüero que graznaban sobre la salud general que afligía a la

ciudad y que rogaban a Dios, como Sangrado en _Gil Blas_, que por favor

divino sobreviniesen pronto muchas enfermedades. El que este nido de

cornejas estuviese atestado o vacío era el mejor barómetro para conocer

la salubridad de la bella capital de Bética; y mientras nosotros vivimos

allí lo consultamos a menudo con ansiedad, pues por mucho que la gente

se burle de los médicos cuando están rebosantes de salud, cuando la

enfermedad trae al médico se acaban todas las bromas, y entonces todo el

mundo les hace mucho caso, aun en España, por preferir ese mal a otros y

por miedo al confesor y al sepulturero.

En ningún país son los pobres muy aficionados al hospital, y en España,

además del orgullo natural, que hace retraerse en todas partes a muchos

enfermos de establecimientos admirablemente montados, aquí un fundado

temor aleja al paciente, que prefiere morir de _muerte natural_. Además,

por el hecho de ser pobres, es menos evidente para los directores que

para los pacientes la necesidad que en absoluto tengan éstos de vivir,

pues, como dicen los maltusianos, no hay en la mesa de la naturaleza

sitio vacante para los que no pueden pagar; y así ocurre que los

directores del hospital no se apresuran a ofrecer mesa y cama a los

solicitantes; la muerte de un paciente es ahorro de dinero y trabajo,

cosa muy digna de tener en cuenta en un país en donde el primero escasea

y el segundo tiene muy pocos partidarios, y en donde un hombre sano vale

poco y uno enfermo, aun menos. Por otra parte, los médicos no siempre

adquieren fama por obrar curas, como podríamos demostrar con varios

casos de mujeres y herederos en general; así, si en los hospitales de la

Península sólo mueren la mitad de los enfermos, se piensa que es una

gran suerte; además, los muertos no abren el pico, y los vivos cantan

grandes alabanzas por haber escapado milagrosamente: _El médico lleva la

plata, pero Dios es el que sana_. Los sepultureros, en cambio, viven

atareados y satisfechos, como los de Hamlet y como, en general, lo están

todos los enterradores cuando tienen entre manos un trabajo que les

producirá ganancia. Cavan profundamente en la silenciosa tierra la

profunda fosa, de la cual no volverá a salir el viajero. Cantan y

bromean mientras echan polvo sobre el polvo y entierran el _corpus

delicti_, y con él los desatinos del médico. En este momento todos

quedan satisfechos, excepto el difunto: el hombre de la lanceta queda

contento, porque la desagradable prueba del delito desaparece de la

vista; los obreros de la pala y el azadón, porque aquello les

proporciona el sustento, y, una vez terminado el entierro, unos y otros

ponen en práctica el proverbio español: _Los muertos a la huesa y los

vivos a la mesa_.

En ninguna época han dado los españoles gran importancia a su vida, y

mucho menos a la de los demás, pues no es pueblo de buenas entrañas. La

familiaridad con el dolor hace insensibles aun a las personas empleadas

en nuestros hospitales, porque todo el que vive por la muerte sólo

siente por los vivos cariño de sepulturero, y le importa tanto la poesía

de la salud inocente como a míster Giblet un cordero domesticado. Y son

cosas estas muy difíciles de mejorar en España, donde todo contribuye a

educar a hombres y mujeres en una gran indiferencia hacia la sangre: las

heridas, la sangre y la carnicería de los toros, los gritos de _muera_

de las multitudes y de _pásele por las armas_, los decretos draconianos

y mil otras prácticas de los poderes públicos; por esta razón, el

bisturí o puñalada fatal del cirujano son mirados como _cosas de

España_. La filosofía de la indiferencia general por la vida en este

país, que es casi el fatalismo oriental, en la multitud de ejecuciones y

la general resignación ante el derramamiento de sangre, dependen en gran

parte de que para muchos la vida no es en el mejor caso sino una lucha

por la existencia, y así, al jugársela, sólo arriesgan moneda pequeña, y

cuando uno desaparece, los demás viven mejor en cierto modo; de aquí el

que cada uno mire sólo por sí y por el día presente, y _après moi le

déluge: el último mono se ahoga_; o como decimos nosotros: que el diablo

cargue con el último.

El abandono de los hospitales que habían estado bien dirigidos y

administrados, ha repercutido en los españoles. Los que se dedican a la

carrera de Medicina carecen de las ventajas de estudiar clínica y

observar los casos difíciles resueltos por maestros expertos.

Recientemente se ha procurado en algunas ciudades de importancia, sobre

todo en las costas, introducir reformas y mejoras; pero la socaliña

oficial y la rutina ignorante figuran aún entre los males que no tienen

cura en España. En 1811, cuando el ejército inglés estaba en Cádiz, un

médico llamado Villarino, empujado por algunos de nuestros indignados

cirujanos, llevó a las Cortes el asunto del mal estado de los hospitales

españoles. Se nombró una comisión, y ésta redactó un lastimoso informe,

aún existente, en el que se puso de manifiesto que los fondos destinados

a sostenimiento y asistencia de los enfermos se quedaban entre las manos

de los administradores y demás empleados. El resultado de ello fué el

que podía esperarse: que las autoridades se unieron y persiguieron a

Villarino, tachándole de _revolucionario_, consiguiendo que no se

hiciere caso de sus palabras. El superintendente de ese establecimiento

era el famoso Lozano de Torres, que mató de hambre al ejército inglés

después de Talavera, y que, según las palabras del duque de Wéllington,

era «un ladrón y un mentiroso». Después de este escándalo la regencia le

nombró gobernador de Castilla la Vieja, y Fernando VII, en 1817, le hizo

ministro de Justicia.

Como edificios, los hospitales son, por lo general, muy grandes, pero el

espacio está en ellos tan poco habitado como en las vastas llanuras de

Castilla. En Inglaterra se necesitan salas para los enfermos; en España,

enfermos para las salas. Los nombres de algunos de los hospitales

mayores están muy bien elegidos; el de Sevilla, por ejemplo, se llama de

_La Sangre_ y de _Las cinco llagas_, que están esculpidas en el arco de

entrada como racimos de uvas. Sangre es un nombre fatal para este reino

del Sangrado, cuya lanceta, lo mismo que la navaja española, no da

cuartel. En materia de vida o de muerte, este establecimiento se parece

a los arsenales de España, en donde en el momento preciso siempre falta

de todo. Su dispensario presentaba, como la tienda del boticario de

Shakespeare, una colección de cajas de píldoras vacías.

El gran hospital de Madrid se llama _el general_, y la asistencia médica

en él corre parejas con la ayuda de algunos generales españoles, tales

como Lapeña y Venegas, que en el momento preciso abandonaron en absoluto

a Graham en Barrosa, y al Duque en Talavera. Por supuesto que en ello no

hay nada nuevo, pues, como el viejo proverbio dice, _socorros de España,

o tarde o nunca_. En casos de batallas y muertes repentinas, en paz y en

guerra, los españoles profesionales, militares y médicos, son muy buenos

para _asistir_ a ellas, dando a esta palabra únicamente la acepción de

estar presentes, sin mezclarse para nada en su marcha. Y esto ocurre

cuando se reparten golpes, no sólo con los médicos, sino con toda la

nación española: si un hombre cae herido en la calle, se desangrará

seguramente, a menos que las autoridades lleguen a tiempo de levantar el

cuerpo y curar las heridas; los demás--excepción hecha de los ingleses,

y hablamos por experiencia--pasarán de largo, y no ciertamente por miedo

a la sangre ni odio al asesinato, sino por el horror que el español

siente a la sola idea de verse mezclado en las redes de _La Justicia_,

cuyos funcionarios detienen a todo el que interviene o está presente,

como sospechoso o como testigo; y cuando uno cae en las garras de la

justicia española puede estar seguro que no saldrá de ellas hasta

dejarse el último céntimo.

Las escuelas y los hospitales, especialmente en las ciudades del

interior, carecen de toda clase de adelantos mecánicos y modernos

descubrimientos, y los pocos que los tienen, son de manufactura francesa

y de segundo orden. Cosa parecida ocurre con los libros de medicina y

las obras técnicas: todo lo que hay es copiado y malo; se ha visto que

es mucho más fácil traducir y copiar que inventar, y por eso en la

medicina española, lo mismo que en arte y literatura, hay muy poca

originalidad: todo es adaptación de las ideas de otros, o una adaptación

de la ciencia antigua y de la ciencia árabe. Muchos de sus términos

médicos, así como muchas de sus drogas, son puramente árabes (_jalea_,

_elixir_, _jarabe_, _rob_, _sorbete_, _julepe_, etc.) y denuncian el

origen de los conocimientos, pues no hay nada tan seguro para averiguar

las fuentes de donde se ha tomado una ciencia como estudiar su lenguaje

y fraseología. Cuando los españoles se apartan del camino seguido por

sus antepasados es para adoptar un tímido velo francés. Las pocas

publicaciones modernas de medicina son traducciones de sus vecinos, y la

escasa existencia de medicamentos de sus boticas se ha hecho más

peligrosa e inútil con los productos de los cúralotodo de París. Es una

verdadera desgracia para la Península que todo lo que se conoce de los

trabajos que hace la pensadora y escrupulosa Alemania y la decidida y

práctica Inglaterra haya de pasar por el alambique de la traducción

francesa, y el original queda así doblemente estropeado, y la sagrada

causa de la verdad y de los hechos es demasiado frecuentemente

sacrificada a la gálica manía de suprimir los dos por el honor de su

propio país. No es de extrañar, pues, que los médicos españoles

desconozcan casi en absoluto las obras, las operaciones y los inventos

modernos, y que sus textos de consulta se limiten a Galeno, Celso,

Hipócrates y Boerhaave. Los nombres de Hunter, Harvey y Astley Cooper

les son tan desconocidos como los últimos descubrimientos de Herschel:

la luz de estos planetas tan distantes no ha podido aún llegar hasta

ellos.

Ahora, el _Colegio de San Carlos_, o sea la Escuela de Medicina de

Madrid, confía mucho en poder enseñar la obstetricia por medio de

figuras de cera: bien es verdad que aprender una ciencia práctica sobre

el papel no es exclusivo en España de la clase médica. La gran escuela

naval de Sevilla está dedicada a San Telmo, el cual, reuniendo en sí los

atributos de Cástor y Pólux, aparece en las tormentas en el palo maestro

en forma de luces para socorro de los marineros, y en cuanto empieza a

sentirse el viento, sople de donde quiera, ya están las tripulaciones de

rodillas rogando a este Hércules marino, en vez de recoger las velas y

empuñar los remos. Nuestros marineros, que sienten afición al mar con

todas sus consecuencias, como no tienen ningún San Telmo que les socorra

en el mal tiempo (aun cuando aquel artillero algo irreverente del

Victoria llamara al héroe de Trafalgar San Nelson), arriman el hombro y

realizan el milagro por sí mismos: _aide toi, et le ciel t’aidera_. En

nuestros tiempos, los guardiamarinas aprendían el arte de la navegación

en una sala con un modelo de navío de tres puentes que estaba sobre una

mesa, con lo cual tenían la gran ventaja de no estar expuestos al mareo.

El infante don Antonio, almirante de la Marina española, estaba paseando

en el Retiro, junto al estanque, cuando alguien le propuso embarcarse en

una lancha, y él respondió excusándose: «Desde que vine de Nápoles a

España no me he arriesgado nunca a embarcarme». Por contado que en esto,

como en otras muchas cosas, hay un criterio distinto a orillas del

Támesis y a las del Betis; y así ocurre que junto al Hospital de

Greenwich, una gran fragata flotante, grande como la vida, es la escuela

de la que salen los que a diario recuerdan que los veteranos del Cabo de

San Vicente y de Trafalgar supieron «cumplir con su deber», siendo la

evidencia de las victorias de ayer una garantía para la realización de

sus esperanzas, basándose el futuro en el pasado.

Con los cuarteles, cárceles, arsenales y fortalezas, los

establecimientos dedicados a las miserias corporales, son poco dignos de

verse, y el extranjero que pueda hará bien en evitarlos, pues,

seguramente, encontrará en su país ejemplares mejores. Para dar más

fuerza a esta afirmación, presentaremos una ligera descripción de alguno

que tuvimos ocasión de ver hace unos pocos años. Los manicomios en

España se llaman casas de _locos_, palabra que se deriva del árabe

_locao_; y, como sus congéneres del Cairo, estaban tan mal dirigidos,

que no parecía sino que los directores hacían méritos para ingresar en

ellos. La locura, indudablemente, trastornaba al mismo tiempo la

inteligencia de los enfermos y endurecía las entrañas de los que les

cuidaban, y la inversión absurda de los escasos fondos producía un

resultado verdaderamente desastroso. No había ni asomo de

_clasificación_, cosa por cierto nada corriente en España. El maniático,

el loco furioso y el tranquilo estaban revueltos en confusión de

suciedad y miseria: allí gritaban dirigiéndose insultos los unos a los

otros, se les encadenaba como a fieras y se les trataba peor que a

criminales, pues las pasiones de los más furiosos eran exacerbadas con

el salvaje látigo. Ni siquiera había una cortina para excusar las

necesidades de aquellos seres humanos reducidos a la condición de

animales: todo era público, hasta el trance de la muerte, dándose el

caso de que el último suspiro de algún sin ventura se mezclase con la

risa histérica de los espectadores. En casos especialísimos, el cuerpo

de alguno de aquellos cuya inteligencia estaba perdida, se encerraba en

una celda aislada, sin más compañía que su aflicción. Algunos de éstos,

al entrar allí, llevados por sus parientes para quitarlos de enmedio, no

estaban locos; pero tardaban poco en estarlo, pues la soledad, la

pesadumbre y el hierro acaban con los cerebros. Estos establecimientos,

que los naturales del país deberían ocultar por vergüenza, eran los que

primeramente enseñaban a los extranjeros, en particular a los ingleses,

pues como nos consideran a todos como locos, creen que es una cosa muy

natural que nos encontremos a gusto entre nuestros iguales.

Los españoles, de acuerdo en esto con muchos otros habitantes del

continente, tienen la creencia de que a todo inglés intrépido le falta

un sentido, y fundan esta creencia en varias observaciones, alguna de

las cuales no deja de ser razonable. Ven que en todo caso prefieren los

usos, dichos y hechos ingleses a los suyos, y esto, ante los ojos de un

español y de un francés, es señal evidente de chifladura. Además,

nuestros compatriotas dicen la verdad en sus boletines, usan toallas y

rasuran a diario los pelos superfluos. Y aparte detalles de

excentricidad de menos importancia, ¿no son los naturales de Inglaterra,

Escocia e Irlanda los reos de tres actos, que cualquiera de ellos les

calificaría como locos de atar, si el ministro de Justicia diese un

decreto de _lunatico inquirendo_? ¿No se han desangrado en dinero y

hombres por España en el campo de batalla, en la Bolsa y en los

ferrocarriles?

«¡Oh Anticyris tribus caput insanabile!»[11]

Pero volvamos a los locos españoles y a los manicomios. Su aspecto era

tristísimo y desagradable para el cuerdo, y degradante para el loco.

Los locos furiosos imploraban una «limosna» de los extranjeros, pues sus

compatriotas no les daban más que piedras. No deja ciertamente de haber

una especie de locura en la furiosa energía y el intenso anhelo de todos

los mendigos españoles; y en los que están en los manicomios, aun cuando

hayan perdido todas sus facultades, queda viva y despierta la natural

propensión a pedir, sin duda alguna porque es la más indestructible y

como el «sentido común» del país.

Por lo general, en los manicomios había algún enfermo cuyo estado de

miseria agravada le hacía objeto de una curiosidad malsana. En Toledo,

en 1843, los _guardianes_ (palabra que también se usa para los que

guardan fieras), siempre llevaban a los extranjeros a la jaula o cubil

de la mujer de un célebre capitán general de Cataluña, categoría

superior a la de Lord-Lieutenant de Irlanda. Se le permitía revolcarse

desnuda en lodo, y aquello se enseñaba como un caso raro. Los moros, por

lo menos, no encierran a sus inofensivas locas, que pasean desnudas por

las calles, y a los locos los encierran como santos cuya inteligencia ha

volado al cielo. Los antiguos médicos iberos, de acuerdo con Plinio,

creían que la locura se curaba con la hierba _vettonica_, y la

hidrofobia, con un cocimiento de _cynorrhodon_ o escaramujo, por ser

inadecuado al paladar canino. Los españoles modernos parece como que

sólo desean, por ignorancia, obscurecer todo momento de lucidez en un

delirio uniforme.

Los hospicios estaban, en la época en que los vimos últimamente, tan mal

dirigidos como los manicomios. Se les llama _Casas de expósitos_ o la

_Cuna_, como si fuera la cuna y no el sepulcro de los pobrecitos niños.

En casi todas las capitales de provincia hay uno de estos asilos; los

principales se asientan en las ciudades levíticas, pues ellos son el

resultado natural del celibato del clero rico, tanto regular como

secular. La _Cuna_ en nuestros tiempos podría definirse como un lugar

donde los inocentes son martirizados y al que los padres

desnaturalizados llevan a sus hijos para que los vayan matando de hambre

lentamente. El primer hospicio lo fundó en Milán, en 787, un sacerdote

llamado Dateo. El de Sevilla, que vamos a describir, fué fundado por el

clero de la catedral, y lo dirigían y administraban doce individuos,

seis clérigos y seis seglares, de los cuales pocos se ocupaban de él

como no fuera para aumentar el número de sus asilados. El hospicio está

situado en la calle de la Cuna; junto a una ranura, preparada para los

donativos de la caridad, hay un mármol con una inscripción en latín, que

dice este verso de los Salmos: «Cuando mi padre y mi madre me abandonen,

me recogerá el Señor».

Hay un pequeño postigo en el muro que se abre cuando llaman a él para

admitir a los inocentes hijos del pecado, y, durante la noche, vela

siempre un ama para encargarse de los niños cuyos padres ocultan su

culpa en la obscuridad.

«Toi que l’amour fit par un crime,

et que l’amour défait par un crime à son tour,

funeste ouvrage de l’amour,

de l’amour funeste victime».

Muchos de los niños que llevan están moribundos, y los dejan allí para

evitarse los gastos del entierro; otros van casi desnudos, y muy pocos

son los que llegan vestidos con todo lo necesario. Estos últimos suelen

ser vástagos de gente de clase alta que quieren ocultarlos por algún

tiempo. Con ellos suelen llegar cartas rogando al ama que tenga cuidado

con un niño que seguramente será recogido en su día, y también acompañan

algún distintivo o señal por el que pueda ser reconocido e identificado,

siguiendo en esto las costumbres de la antigüedad. Todos los detalles

referentes a los niños expósitos se consignan en un libro que es un

triste recordatorio de los crímenes y remordimientos humanos.

Aquellos niños que son reclamados pagan unos seis peniques por cada día

que han estado en el hospicio; pero no se presta mucha atención a las

recomendaciones de cuidado, ni a la promesa de reclamación, porque los

españoles no se fían mucho unos de otros. Como no lleve el niño la

indicación del nombre que ha de ponérsele, se le bautiza generalmente

con el del santo del día en que fué admitido. El número de expósitos en

este hospicio era muy grande, aumentando a medida que la pobreza se

extendía, mientras que los fondos destinados a su sostenimiento

disminuían por la misma razón. La Semana Santa y la Navidad tienen un

gran influjo en la población de estos establecimientos, pues nueve meses

después de estas fiestas, en que la gente se pasa la noche

arrodillándose ante reliquias e imágenes, es decir, en enero y en

noviembre, el número diario de entradas aumenta en una proporción de

quince a veinte.

Siempre hay un exceso de amas de cría en la _Cuna_, pero, por lo

general, son las de malas condiciones, que no pueden encontrar

colocación en casas particulares; usualmente cada una tiene a su cargo

tres niños. Algunas veces, cuando una mujer decente quiere ponerse a

criar y, por lo tanto, tiene interés en que no se le retire la leche, se

va a la _Cuna_; el pobre niño a quien amamanta engorda un poco; pero

luego, cuando le falta aquel plus de alimento, vuelve a estropearse y se

muere. Las amas que hay fijas alimentan a los niños, no con arreglo a

las necesidades de éstos, sino teniendo en cuenta el número. Algunos

niños son enviados a madres que han perdido sus hijos, para que los

críen, y cobran unas diez pesetas al mes; los niños así criados son los

que tienen más probabilidades de vida, pues ninguna mujer que ha sido

madre y ha dado el pecho a su hijo, sería capaz de dejar morir de hambre

a un niño que tuviera a su cargo. Las amas de la _Cuna_ conocen el

hambre muy de cerca, y aun cuando no se quedaran sin leche, o ésta no se

les volviera de malas condiciones con la alimentación que reciben, nunca

podrían satisfacer a los hambrientos pequeñines. La proporción de los

muertos era terrible: parecía aquello un sistema organizado de

infanticidio. La muerte es un bien para el niño y un ahorro para el

establecimiento; y si la vida de un hombre no tiene mucho valor en

España, menos la ha de tener la de un niño abandonado. La manera que

tenían los griegos y los romanos de exponer a los niños a una muerte

inmediata, era menos cruel que la muerte lenta de estos osarios

españoles. Esta _Cuna_, cuando la visitamos por última vez, estaba

dirigida por un sacerdote vulgar, que, como buen español, era un mal

administrador y malversaba los fondos. Se hizo rico, como el visitador

de _Gil Blas_, en Valladolid, mirando por la hacienda de los pobres y

huérfanos. Sus departamentos bien alhajados y su rollizo aspecto, hacían

un triste contraste con la condición de sus consumidos administrados.

Éstos estaban en grupos, separados los enfermos de los sanos; aquéllos

colocados en una gran estancia, en un tiempo salón de actos, cuyo techo

dorado y de hermosas proporciones contrastaba con la presente miseria.

Los niños estaban echados en filas en sucios colchones, a lo largo del

suelo, sin asistencia y sin cuidado alguno. Sus cabezas grandes, sus

cuellecitos flacos, sus ojos hundidos y sus caritas amarillas, tenían el

tinte de la muerte. Traídos al mundo sin culpa ni deseo por su parte,

su vida se extinguía apenas empezada, mientras su madre estaba lejos

pensando: «Cuando haya llorado bastante por su nacimiento lloraré por su

muerte».

Los de alguna más salud estaban en cunas, apareados a lo largo de una

gran habitación, con el hambre retratada en sus mejillas y en sus ojos.

Al penetrar en aquel recinto hería los oídos el grito agudo de las

infelices criaturas, que, como estaban mal alimentadas, lloraban siempre

y no tenían un momento de tranquilidad. Su existencia empieza con el

primer _sollozo de la cuna_, como dice Rioja; pero todos lloran al venir

al mundo y muchos se marchan de él sonriendo. Algunos, los que acababan

de ingresar y no habían mamado de sus madres lo suficiente, estaban

alegres y de buen color y dormían tranquilos, inconscientes de su suerte

y de lo que les reservara el porvenir.

De doce, uno solía sobrevivir para holgazanear por el hospicio, mal

vestido, mal alimentado y peor enseñado. Los chicos eran destinados al

ejército; las chicas, al servicio doméstico, o a algo peor si la voz

pública no calumniaba al cura director. Se criaban egoístamente y sin

ningún afecto; sin noción de lo que es amabilidad y cariño, sus jóvenes

corazones se cierran apenas abiertos: «el mundo no les protege, ni las

leyes tampoco». En sus cabezas aprendía el barbero a afeitar, y todos

eran visitados por los pecados de sus padres. No teniendo a nadie que

los quiera y que se ocupe de ellos, se vengan de su abandono odiando a

la humanidad. Su única preocupación consistía en pensar quién pudiera

ser su padre y en si serían reclamados algún día y llegarían a ser

ricos. Algunos, por excepción, eran adoptados por personas cariñosas que

no tenían hijos, y que se interesaban por uno de los desgraciados

cuneros; pero si uno de estos niños adoptados era reclamado por sus

padres, tenían que entregarlo. Townshend cita una costumbre

completamente oriental que se conserva en Barcelona: cuando las

muchachas están en edad de casarse se pasean en procesión por las

calles, y todo el que desee elegir a alguna de ellas para su mujer puede

hacerlo «tirándola su pañuelo». Esta costumbre española se conserva

todavía en Nápoles.

Así era la _Cuna_ de Sevilla cuando la visitamos la última vez. Ahora,

según hemos oído decir, con gran placer por nuestra parte, está

admirablemente dirigida bajo un patronato de señoras que, aquí como en

todas partes, son las mejores guardianas del hombre en su primera o

segunda infancia, por no decir nada de todas las edades intermedias.

Nuestros lectores tendrán que convenir con nosotros en compadecer a los

desgraciados que se ponen enfermos en España, pues la dolencia que

tengan irá seguida de peores síntomas en la persona del médico del país,

y si la opinión que de éstos tienen sus compatriotas es cierta, no les

salvará ni el mismo Esculapio. Los facultativos de Madrid llevan poca

ventaja a sus colegas de provincias, y aun son a veces más dañinos que

ellos, puesto que siendo médicos de la mismísima corte, el paraíso en la

tierra, son, según corresponde, superiores a los médicos del resto del

mundo, de los que, como es natural, no tienen que aprender nada. Están,

pues, un siglo atrasados, por lo menos, con respecto a sus congéneres de

Inglaterra. En las naciones y en los individuos suele haber una idea

falsa de las excelencias propias cuando no se tiene suficiente

conocimiento de los méritos de los demás y, por lo tanto, se carece de

términos de comparación; y esto es tanto más fuerte entre los menos

informados y los que menos salen de su rincón. Así ocurre que, a pesar

de todas las deficiencias de que iremos hablando, la presunción de la

clase médica española es aún mayor que la de la militar, si es que esto

es posible; unos y otros han matado a millares. Se consideran los

mejores _espadachines_, médicos y cirujanos del mundo y los más

indicados para manejar las tijeras de las Parcas. Sería una pérdida de

tiempo el tratar de disipar esta fatal ilusión, y seguramente al

consejero mejor intencionado se le tomaría por envidioso, malévolo e

imbécil, porque ellos creen que su ignorancia es la suma perfección. Los

extranjeros tienen muy pocas probabilidades de éxito entre ellos, y ni

aun los mismos del país que han hecho fuera sus estudios encuentran

facilidades para implantar sistemas nuevos. Sus compañeros formarían

liga contra ellos por considerarles innovadores perjudiciales, no los

llamarían nunca en consulta (la rama más lucrativa de la profesión), y

entretanto, los confesores envenenarían los oídos de mujeres (que son

las que gobiernan a los hombres), previniéndolas del peligro que

correrían sus almas si sus cuerpos eran curados por un judío, o hereje,

o extranjero; términos sinónimos para ellos.

Esto no obsta para que, como en los tribunales de justicia y otras

muchas cosas en España, todo resulte admirablemente en el _papel_, pues

las formas, reglas y sistema son perfectos en teoría. Los colegios de

médicos y cirujanos dirigen la vida científica; los profesores son

miembros de infinitas academias y sociedades; se dan conferencias, se

sufren exámenes y se expiden certificados de suficiencia debidamente

sellados y firmados. El _Galeno_ de nuevo cuño sale provisto de una

licencia para matar; pero lo que falta desde el comienzo hasta el fin,

al paciente y al médico, es la vida. El médico sabe, no obstante, de

memoria todos los aforismos antiguos, y _discursea_ tan elocuente y

plausiblemente sobre cualquier caso como los ministros puedan hacerlo en

las Cortes. Ambos improvisan magníficas teorías y opiniones, para las

que su espléndida lengua les proporciona palabras que parecen llenas de

pensamiento. Pero lo que es deficiente es la educación clínica, en que

el caso se trae ante el estudiante aplicando el tratamiento

conveniente, y, como consecuencia, las muertes _casuales_ son más

frecuentes que las curas.

La disección es repulsiva y contraria a sus prejuicios, totalmente

orientales, y, por tanto, los alumnos, en vez de hacer experiencias en

individuos, estudian con grabados, diagramas, preparaciones y

esqueletos. En España, lo mismo que en todos los pueblos de la

antigüedad, y hoy en Oriente, está muy generalizada la creencia de que

el tocar un cuerpo muerto contamina; y, además aun no está vencida la

objeción levantada por el clero de que huele a impiedad el mutilar un

cuerpo hecho a imagen y semejanza de Dios. Si me lee algún médico podrá

recordar que Vesalius, el padre de la anatomía moderna, fué condenado

por la Inquisición, a la hoguera, en tiempo de Felipe II, por haber

hecho una operación. El rey lo envió en peregrinación a los Santos

Lugares para que expiase su pecado; en el camino naufragó y murió de

hambre en Zante.

No es de extrañar, pues, que con una educación semejante, la práctica de

la medicina esté anticuada y conserve todos los prejuicios clásicos y

orientales y sea necesariamente muy limitada. En casos de fracturas

graves, heridas de bala, los médicos suelen desahuciar al paciente casi

al momento, aun cuando sigan visitándole y cobrando honorarios, hasta

que la muerte le libra de sus muchos sufrimientos. En los males crónicos

y de menos importancia, son menos peligrosos; porque como los remedios

no hacen daño ni provecho, la naturaleza obra sola y en muchos casos

cura. En enfermedades e inflamaciones agudas rara vez tienen éxito, pues

aun cuando son aficionados al empleo de la lanceta, la utilizan con

miedo y se asombran de la decisión de los ingleses en ciertos casos en

que a ellos sólo se les ocurre encogerse de hombros, invocar a los

santos y pronunciar un pedantesco discurso sobre la imposibilidad de

emplear en la Católica España, donde el sol es brillante y el aire

templado, el mismo sistema que en la fría, húmeda, brumosa y herética

Inglaterra.

La mayor parte de los españoles acomodados que pueden permitirse ese

lujo, tienen su _médico de cabecera_ y su confesor, pareja que cuida de

los cuerpos y de las almas de todos los de la casa, les dan conversación

y comparten con ellos el _puchero_, la bolsa y el tabaco. Ellos dominan

al marido por medio de la mujer y los hijos, no permitiendo que sean

infringidos sus privilegios exclusivos. La etiqueta es la vida de los

españoles, y algunas veces su muerte, como todos sabemos (aunque los

españoles juren que todo es una mentira de los franceses) después de

haber oído decir de Felipe III que se dejó morir antes que alterar la

etiqueta de la Corte. Cuentan que una vez estaba sentado muy cerca del

fuego, y aun cuando se quemaba materialmente, no se le ocurrió ni por un

momento cometer la inconveniencia de que el rey de España se moviese

sólo de su sitio, y al rogar a los que estaban presentes que le

separaran el asiento, ninguno se permitió la libertad de hacerlo hasta

que llegó el encargado de este servicio. En el caso de una enfermedad

repentina en cualquier familia, a menos que el médico de cabecera se

halle presente, ningún otro se atreverá, aun cuando haya sido llamado, a

tomar iniciativa alguna hasta que el Esculapio de la casa llegue. Un

médico inglés, amigo nuestro, tuvo ocasión de salvar la vida de un

señor, por llegar en el momento en que sufría un ataque de apoplejía,

con la boca llena de espuma y luchando con la muerte, con la

particularidad de que en el cuarto inmediato estaba otro médico sentado

tranquilamente en la camilla fumando al lado del brasero y charlando con

las señoras de la casa, pero sin asistir al enfermo, porque no era el

médico de la familia. Nuestro amigo sacó instantáneamente 30 onzas de

sangre del brazo del paciente, sin que ninguno de los presentes se

moviese de su sitio. ¡Apolo le salvó la vida! El mismo médico fué

llamado casualmente para ver a una persona que tenía una inflamación en

la córnea; preguntando, supo que el individuo había consultado a varios

médicos y que por todo remedio le habían recetado baños de mar, leche de

burras y caldo de culebra de Chiclana. Nuestro amigo, el hereje, trató

la enfermedad con cáusticos, y cuando en la consulta que se celebró dió

cuenta de su sistema, los médicos indígenas se horrorizaron y

asombraron, y más aun creció su asombro cuando vieron que el enfermo se

puso bueno en una semana.

Es regla general que, al ser llamados por primera vez para ver a un

enfermo, le miren con mucha atención, muevan la cabeza delante de las

mujeres y aumenten la importancia del mal; procedimiento muy acertado

para todo el mundo, pues, como todos los médicos, si no curan, matan al

enfermo; si se da el primer caso, su mérito es tanto mayor cuanto más

grave sea la enfermedad, y en el segundo, su responsabilidad es menor,

pues el mal se considera superior a la ciencia humana. Los médicos

prolongan con la mayor naturalidad la asistencia, y, como cosa rara,

puede observarse que sienten la necesidad de obrar unidos; así que, en

cuanto el de cabecera considera la dolencia un poco grave, pide una

_junta_. Todos sabemos lo que es una junta española en asuntos de paz o

de guerra, y una de esta clase no tiene por qué ser mejor ni peor que

las demás: en ellas no se hace nada, y si se hace algo se hace mal. En

estas juntas, en las que se suelen reunir de tres a siete médicos, según

el bolsillo del paciente, cada uno de ellos ve al enfermo, le toma el

pulso, le dirige algunas preguntas y luego se retira al cuarto

inmediato, donde se reúnen todos para discutir el caso, proporcionando

en muchas ocasiones al enfermo la satisfacción de oír lo que dicen. El

_Protomédico_ preside; y mientras todos encienden los cigarros, el

médico de cabecera explica la enfermedad, comenzando su relato por la

historia del enfermo, su constitución, la dolencia y las medicinas que

se le han propinado. Después, cada uno de los presentes, por orden de

edades, expresa su opinión, hablando a menudo durante media hora, y, por

último, el que preside hace un resumen y algunos comentarios a lo dicho

por todos. El final suele ser que se sigue con el mismo tratamiento, o

se introducen ligeras modificaciones; pero lo seguro es que al día

siguiente se celebre una nueva junta, en la que los honorarios son

caros, pues cada uno de los que acuden en consulta cobran de tres a

cinco duros. A menudo la consulta dura muchas horas, convirtiéndose al

fin en una enfermedad crónica.

Debemos decir, para hacer justicia a estos hábiles doctores, que, como

cuerpo, son muy cuidadosos en el vestir: el aspecto exterior, por no

decir la elegancia en el vestir, encumbra a los ojos de muchos una

profesión que es de crédito moral muy incierto. Y por la misma razón,

¡qué cuidado en el traje, qué brillante la botonadura de la camisa de

los violinistas extranjeros cuando vienen a Inglaterra! El digno doctor

andaluz de nuestra familia española, hombre de mucha ciencia, como

podrían atestiguarlo dos de sus pacientes que ahora descansan en paz, no

hacía visitas si no iba vestido de punta en blanco. También el

_matador_, cuando sale a la plaza, se atavía con su mejor traje de

_majo_. Este cuidado especial de la persona se debe en parte a la

moro-ibera afición a la ostentación, y en parte, a profundos principios

de Galeno y a un alto concepto de los deberes de su cargo. Las

autoridades de la antigüedad recomendaban a los doctores que se

presentaran ante los enfermos rodeados de todo aquello que pudiese hacer

buena impresión para ser recibidos a la cabecera del enfermo como

mensajeros de buenas nuevas y como ministros de la salud, no de la

muerte, pues consideraban que un atavío solemne despertaba ideas tristes

en el enfermo. Un traje color de ala de cuervo, unido a un aspecto

académico y lúgubre, son nuncios de tristeza y luto que nadie, ni en

plena salud, gusta de contemplar, y el efecto que tales _facies

hippocratica_ produce en un desgraciado enfermo cuyo estado es

desesperado, puede ser fatal.

Las recetas de estos elegantes caballeros suelen ser más anticuadas que

sus levitas, siendo la más corriente de todas no hacer nada, sino

devengar honorarios, y que la naturaleza obre por sí sola; y así, los

que son jóvenes y fuertes y no sufren dolencias muy graves, son mimados

por la Naturaleza y se curan por su _vis medicatrix_, que, cuando no se

la estorba, suele producir curas maravillosas.

El _Sangrado_ puede atestiguar que un español, de cualquier sexo que

sea, está mejor hecho que un reloj, puesto que su maquinaria tiene

dentro fuerza y condiciones para regular sus propios movimientos y

reparar los accidentes; y por esta causa, el relojero no tiene necesidad

de desarmarlo, bastándole en la mayoría de los casos con ponerle un poco

de grasa o limpiarlo para que marche perfectamente. Los remedios que se

suelen emplear, cuando llega el caso, son sencillos, y son buscados más

bien entre los vegetales de la superficie de la tierra que entre los

minerales en sus entrañas. Las recetas externas se reducen a cataplasmas

en el vientre, sinapismos en los pies, fomentos de agua de malvavisco y

de manzanilla, y el cura. Los internos, tisanas, leche de almendras o de

burras, cocimientos de arroz, etc., etc., se siguen unos a otros con

tanta regularidad, que el novato no tiene más que repetir los pasajes

médicos de las sátiras de Horacio. En ningún país, sin embargo, se puede

esperar mejor que se curen las enfermedades, por aquello de que _todo

tiene remedio menos la muerte_. Si, por desgracia, el enfermo muere, se

culpa a la enfermedad y al médico. Es posible que la costumbre de los

antiguos iberos fuese, después de todo, la más atinada: sacaban al

enfermo a la puerta de la calle, y a todo el que acertaba a pasar le

preguntaban su parecer, y las recetas que daban podían surtir tanto

efecto como los santos, las reliquias, el caldo de lagarto o la leche de

burras:

And, doctor, do you really think

that asses’ milk I ought to drink?

It cured yourself, I grant, is true

but then’t was mothers’s milk to you[12].

Además, aun cuando los médicos sepan y quieran recetar con arreglo a los

adelantos de la ciencia, es casi imposible que encuentren los

medicamentos, como no sea en las ciudades más grandes, pues las boticas

suelen estar como la famosa de Romeo, con los estantes llenos de frascos

vacíos. El comercio de drogas no es libre, y no puede haber más que un

número limitado de farmacéuticos, examinados, por supuesto, y con su

licencia, aun cuando ésta puede obtenerse por dinero. Ninguno de ellos

expenderá una medicina fuerte sin una receta firmada por un médico

_local_; todo es un monopolio. Las drogas corrientes están adulteradas

en la mayoría de los casos, o no las hay; pero, como ocurre con sus

arsenales y su despensa, nunca lo confesará el boticario, pues en su

casa _hay de todo_, y si no tiene lo necesario para componer la receta

que se desea, finamente lo substituye por otra cosa, y, como las

indicadas son inofensivas en el noventa por ciento de los casos, no

pueden producir grandes trastornos.

Esto no es cosa nueva: Quevedo, en las _Zahurdas de Plutón_, presenta a

un juez de faz amarillenta que azotaba a los boticarios españoles por

hacer exactamente lo mismo. Porque «sus tiendas--decía el juez

amarillento, sermoneando al mismo tiempo que les zurraba--, no se habían

de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma

la daga de los lamedores, el montante de los jarabes y el mosquete de la

purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo». Pero

éstas y otras cosas parecidas se han hecho siempre impunemente, pues,

como Plinio dice, ningún médico ha sido nunca ahorcado por asesino. Una

ventaja del poco crédito de médicos y boticarios, es que la masa general

de la gente no se preocupa mucho de sí ni de sus dolencias, y así,

escapan a las puramente imaginarias, que son las que más atormentan y

las más difíciles de curar; porque ¿quién puede dar con la medicina

apropiada para un mal que no existe? De esta poca fe en los remedios

resulta el que se toman poquísimos, y, por lo tanto, las boticas son tan

escasas en España como las librerías. No se ven por las noches globos

encarnados, verdes o azules, que iluminen los escaparates, pudiendo

asegurarse que en una ciudad poco importante de Inglaterra se

encontrarían más farmacias que en la capital de España. Bien es cierto

que en Madrid no es corriente el comer _plum pudding_, diluído con sidra

agria y crema coagulada.

Muchas de las recetas de España se refieren a cosas de la localidad,

como un manantial, una hierba, un animal, los aires de determinada

comarca, los baños éstos o aquéllos; todo lo cual, sin embargo, se dice

que es muy peligroso, si no se consulta previamente al médico del lugar

en que radica el remedio. Baste con un ejemplo entre mil: cerca de Cádiz

está Chiclana, donde invariablemente envían los médicos a todos los

enfermos que no pueden curar, es decir, al noventa y cinco por ciento de

ellos, para que tomen los baños de mar, que es la gran receta después de

una tanda de días de leche de burras; y si esto falta, entonces se le da

al enfermo un caldo hecho con una larga e inofensiva culebra, que

abunda en los aromáticos desiertos cercanos a _Barrosa_. Hemos olvidado

el nombre genérico de estos valiosos reptiles de Esculapio, uno de los

cuales debería coger vivo uno de nuestros naturalistas y criarlo en el

Regent’s Park, o por lo menos, comparar su anatomía con la de las

exquisitas víboras que contribuyen, como ya dijimos, a que sean tan

sabrosos los cerdos de Montánchez.

No podemos abstenernos de hablar de otra prescripción. Muchos de los

asesinatos que se cometen en España, pueden llamarse más propiamente

homicidios, pues rara vez son premeditados, y dependen muy especialmente

de la facilidad que tienen las gentes para sacar la navaja, que las

clases bajas siempre llevan consigo, como las avispas su aguijón.

Siempre la tienen a mano cuando la sangre se calienta y antes de que

empiece ningún proceso refrigeratorio. Así, en los casos en que un

inglés desarmado _cierra_ el puño, un español abre su navaja. Este

instrumento ruin es fatal en pendencias de celos, cuando las clases

bajas encienden su cólera en la antorcha de las Furias, y no atienden a

más razón que la navaja. Y entonces la puñalada va a su sitio, pues así

como los _Sangrados_ son torpes y desconocen casi en absoluto la

anatomía y el modo de manejar el escalpelo, el común de las gentes sabe

a la perfección maniobrar con la navaja y el sitio en que debe asestar

el golpe; y no suelen errar, pues la herida, aunque no sea tan profunda

como un pozo ni tan ancha como la puerta de una iglesia, «lleva lo

suyo». Generalmente, las dan a la manera traicionera de sus antepasados

los iberos y orientales; y si es posible un navajazo «por bajo de la

quinta costilla», es lo suficiente. La hoja, como su congénere el

cuchillo de Arkansas o de Bowie de los yanquis, puede perfectamente

sacar las tripas de un hombre, o atravesarlo de parte a parte, de modo

que se pueda mirar a través de su cuerpo. El número de muertos en

romerías y ferias excede, seguramente, del que arroja la mayor parte de

las batallas españolas, aunque no se suela decir una palabra en los

periódicos, porque son considerados como cosa corriente, y aun los

crímenes, que harían que se publicara hoja doble en nuestros diarios, en

el continente apenas se mencionan, pues los extranjeros ocultan lo que

nosotros publicamos sin rebozo.

En casos menores de flirteo en los que el culpable no quiere hacer un

castigo ejemplar, sino solamente dejar un recuerdo, suelen dar un

navajazo en la cara del contrario, diciendo al mismo tiempo, _ya estás

señalao_. Esto recuerda el _winkel quarte_, la herida en la cara, que es

la única salida de un estudiante alemán para salvar su honor cuando le

llaman _ein dummer junge_, un pollo estúpido:

«Und ist die quart gesessen

So ist der touche vergessen»[13].

Las expresiones: _Mira que te pego, mira que te mato_, son bromitas

cariñosas de las que dice una _maja_ a su _majo_, y, cuando sólo

amenazan con la señal en la cara, dicen en Sevilla: _Mira que te pinto

un jabeque_ (que es también el nombre del afilado falucho mediterráneo).

«Se burla de las cicatrices el que nunca sintió una herida»[14], pero

aquellos o aquellas que han recibido un _jabeque_, avergonzados del

estigma y no atreviéndose a mostrarse en público, sienten la natural

ansiedad por recobrar la fama y la piel, cosa que sólo puede lograrse

con un cosmético, panacea universal. En tiempos de Felipe IV se decía

que lo mejor para hacer desaparecer esas superfluas señales era la grasa

de gato, y Don Quijote afirmaba que solamente se curaban los arañazos

hechos por las mujeres o los felinos con aceite de Apariccio.

Con los adelantos de las ciencias se sustituyeron aquellos medios por el

_unto del hombre_ o grasa humana. Nuestro amigo don Nicolás Molero,

cirujano muy práctico de Sevilla, nos decía que antes de la invasión

francesa preparaba él este específico, vendiéndolo a peso de oro; pero

que habiendo sido después adulterado por empíricos sin conciencia, se

había desacreditado. La receta del bálsamo de Fierabrás ha hecho

romperse la cabeza a los comentaristas del _Quijote_, pero a nosotros

nos ahorró trabajo la amabilidad de don Nicolás que puso a nuestra

disposición la fórmula de esta _pommade divine_ o, mejor dicho, mortal.

«Cójase a un hombre de buena salud que haya sido muerto violentamente

(cuanto más reciente la muerte, mejor), quítesele el sebo que envuelve

el corazón, el cual se derritirá después a fuego lento, y clarificándolo

se le coloca en un sitio fresco hasta el momento de usarlo. Los

numerosos días de fiesta y ceremonias religiosas de España, que reunen a

multitud de personas, combinados con el sol, el vino y las mujeres, han

asegurado siempre una provisión de sujetos escogidos.

En España, como en otras partes, la manía del médico es una diversión

muy cara, que las clases pobres y más numerosas, de los distritos

rurales especialmente, se permiten con rareza. Las gentes, lo mismo que

las mulas, están rara vez enfermas y sólo se meten en la cama para

morirse. Claro está que en el partido hay un médico con el que están

igualados, y cuando muere, su vacante se anuncia en los periódicos

oficiales y va otro a reemplazarle. Sus modestísimos honorarios les son

pagados en dinero y en especie, tanto en trigo, y tanto en metálico; el

principio a que se atiende es al de la baratura y, como en nuestra nueva

ley de pobres, es preferido el que contrate al mayor número de personas

por la cantidad más pequeña. Sus igualados declinan a veces el prestar

entera confianza en su ciencia o en su maña y consultan con más

frecuencia al barbero o _curandero_, porque en la ortodoxa España

siempre hay algún charlatán donde quiera que se trate de manejar la

espada, la pluma, la lanceta o el rosario. Los hechizos, conjuros,

reliquias, encantamientos, etcétera, etc., a que se recurre, son si no

medievales, por lo menos muy poco cristianos. Pero la farmacopea

espiritual de esta patria de Fígaro es demasiado interesante para que

vaya a la cola de ningún capítulo.

Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto) · 第 13 / 34 题