Capítulo XVI

Una _olla_ sin tocino sería tan sosa como un volumen sobre España sin

bandidos: el estimulante es tan necesario para el gusto extendido en

nuestro mercado, como el aguardiente para el jerez de importación. Y

mientras unos, los tímidos, dudan de asomar las cabezas en estas

supuestas cuevas de ladrones, tanto como en una casa encantada, otros,

los que no participan de los miedos de los críticos de café y de los

escritores exquisitos para álbums de señoritas, sino que atacan

audazmente el avispero, vuelven firmemente convencidos de que la casta

de los ladrones ha desaparecido. En España, el _país de lo imprevisto_,

la inesperada ausencia de estos personajes que hacen intransitables los

caminos, es una de las muchas sorpresas, y no ciertamente la más

desagradable, que esperan al que quiere juzgar un país por experiencia

propia, y no se contenta con creer de buena fe las deducciones

preconcebidas y los prejuicios estereotipados de los que no la tienen,

aun cuando estén dispuestos a juzgar a los primeros y a pronunciar su

fallo sin una inspección previa. Este verano, unos cuantos amigos

nuestros han hecho varias excursiones, a caballo y en coche, por

rincones de la Península verdaderamente sospechosos, sin escolta de

ninguna clase y sin armas, y no han tenido la buena suerte de

encontrarse con ningún ladrón; realmente hay que reconocer que las

historias de frailes y bandidos se refieren más al pasado que al

presente.

La seguridad actual de los caminos españoles se debe a los _moderados_,

como se llama a los afrancesados e imitadores del _juste milieu_, cuyo

jefe es el _señor Martínez de la Rosa_. Este señor es un moderado en

poesía lo mismo que en política y un modelo de la sublime mediocridad,

que, según Horacio, ni los hombres, ni los dioses, ni los libreros

pueden tolerar; su reputación como autor y estadista--¡pobres Cervantes

y Cisneros!--demuestra la presente decadencia de España. Su pluma y su

espada están embotadas, sus laureles marchitos y sus entrañas agotadas;

pero en tierra de ciegos el tuerto es rey.

Este dramaturgo, en mayo de 1833, fué llamado de su retiro de Granada a

Madrid por el suspicaz Calomarde. La diligencia en que viajaba fué

detenida por unos ladrones, a cosa de las diez de una lluviosa noche,

cerca de Almuradiel; y al primer aviso, el conductor y los postillones

se echaron al suelo, con la cara en el polvo, como para demostrar su

gran respeto a estos señores del camino. Los pasajeros eran él, un

artista alemán y un amigo nuestro, inglés, residente ahora en Londres,

el cual fué tratado con mucha cortesía por los satisfechos bandidos,

porque con la mejor voluntad no opuso ninguna resistencia a entregar su

bien guarnecida bolsa; no así el _Deutscher_, que estuvo a punto de ser

maltratado, como venganza por lo vacío de su bolsillo, de no haber

intervenido nuestro amigo explicando cuál era la profesión del alemán y

logrando que le dejaran en libertad. Entretanto, el _Don_ se dedicaba a

esconder en el forro del coche, después de rajarlo, su reloj y los pocos

duros que llevaba, y cuya existencia negó resueltamente al preguntarle

por ellos; bien que luego reaparecieron ante la amenaza de una paliza,

que casi ejecutaron. Después de esta detención, los viajeros pudieron

continuar libremente su camino: el jefe de los bandidos dió la mano a

nuestro compatriota, y se despidió deseándole un feliz viaje y

diciéndole: «Vaya usted con Dios y sin novedad. Usted es un _caballero_,

como lo son todos los ingleses; el alemán es un _pobrecito_, y el

español, un _embustero_». Este último señor, tan duramente tratado por

ese Lavater español, ha embolsado ya más de lo que le robaron, pues ha

llegado a ser presidente del Consejo de Ministros con la reina Cristina

y un humilde y adicto siervo de Luis Felipe: _¡cosas de España!_

Es muy posible que este pequeño incidente diese origen a la creación de

la guardia montada que existe hoy en las ciudades, y que tiene la misión

de vigilar las carreteras: se llama la _guardia civil_, y ha venido a

substituír a la «hermandad», de Fernando e Isabel. Van vestidos a

imitación de la gendarmería francesa; y como los españoles nunca pierden

la ocasión de dar un mote acertado o de largar una pulla a las cosas de

su vecino que no son de su agrado, les llaman _polizontes_ o

_polizones_, palabras que equivalen a la francesa _polissons_,

bergantes, o les llaman _hijos de Luis Felipe_, pues son lo bastante mal

educados, a pesar del matrimonio de Montpensier y de las hazañas

nelsonianas de monsieur de Joinville, para considerar las dos palabras

como sinónimas.

El número de estos bribones, hijos del rey francés, o guardias civiles,

como se les quiera llamar, pasa de cinco mil. Durante el reciente

maquiavelismo de su padre putativo, se han utilizado en las ciudades

tanto como en el campo, y en funciones políticas más que de pura

policía, empleándolos en calmar a la opinión pública indignada, y, en

vez de perseguir malhechores, apoya a criminales de primera línea,

nacionales y extranjeros, que se dedican ahora a despojar a la pobre

España de su oro y de sus libertades; pero siempre ha ocurrido lo mismo.

Cuando nosotros llegamos por primera vez a la Península y preguntamos

por los bandidos, pudimos convencernos, como lo están ya los españoles

sensatos, de que no los encontraríamos en los caminos, sino en los

confesonarios, en los bufetes de los abogados y, mejor aún, en las

oficinas del Gobierno: aun en la misma Inglaterra están más expuestos

los bolsillos en los Ministerios y Cancillerías que en muchos caminos y

veredas de la Península.

Mucho se tardará, sin embargo, en conocer esta verdad, pues para ello

tendrían que contradecirse muchos de los que escriben y contribuyen a

hacer el gusto del público, los cuales tendrían que comerse sus propias

palabras y ver sus opiniones debilitadas y combatidas, y esto es tan

poco agradable como tener que volver a la escuela cuando ya uno está

crecido, como ocurre cuando se estudia la _Historia Romana_, de Niebuhr,

y encontrarse con que hay que empezar de nuevo a estudiar el alfabeto,

porque todo lo que nos enseñaron como cierto está equivocado. España se

ve desde lejos con un telescopio, atribuyéndola riquezas y bondades

exageradas, de las que hay que rebajar mucho, pues como dice el refrán

_de dineros y bondad se ha de quitar la mitad_, o aumentando los

peligros y dificultades a un punto extremo. Un mal nombre dado a un

perro o a un país es una cosa muy pegadiza y que todo el mundo repite.

«Il y a des choses--dice Montesquieu--; que tout le monde dit, parce

qu’elles ont été dites une fois»; y en castellano se dice: _ovejas y

bobas, donde va una van todas_. Consecuencia de esto es que el error

corre y llega a tener más crédito que la verdad misma.

Es cosa tan admitida, al escribir sobre la romántica España, que se

prescinda del sentido común y los escritores se remonten a las nubes y

hablen a la manera de Cambises, que, a los que descienden a la humilde

prosa y se limitan a pintar las cosas como son, se les tacha no

solamente de antiestéticos, prosaicos y faltos de inventiva, sino

también de inverosímiles y pocos observadores. El espíritu del país, al

hablar de sus propias cosas, es muy dado a decir lo que no es, y

guiándose por los datos que se recojan sobre el terreno hay mucho

adelantado para formar un concepto erróneo. Las leguas interminables de

llanuras y montañas solitarias, donde las aves de rapiñas tienen su nido

y en las que los sombríos buitres cruzan con pesado vuelo el claro

cielo, son muy a propósito para que una imaginación volcánica las pueble

con ejemplares igualmente rapaces de la especie de bípedos sin plumas de

Platón. Los desfiladeros entre rocas, que parecen especialmente

preparados para las emboscadas, las enmarañadas cañadas cubiertas de

maleza, a pesar de toda su hermosura, que atrae al artista, no pueden

menos de sugerir la idea de una cueva de culebras y de ladrones.

Contribuyen a ello las frecuentes cruces colocadas sobre los clásicos

montoncitos de piedras, en recuerdo de algún individuo asesinado, que

tienen por único y conmovedor epitafio el nombre del muerto y la fecha

de la desgracia, e implora del viajero, que se encuentra en igual

situación que el muerto y que hasta puede serlo en un instante, que rece

una oración por su alma en pena. La sombra de la muerte parece cernirse

en tales lugares, y el extranjero se sume más y más en sus pensamientos,

que desde mucho antes están en armonía con lo que tiene ante sus ojos. Y

no será ciertamente aquella cruz, con sus brazos extendidos, muchas

veces adornada de flores, lo que haga a nadie pensar en burlarse de la

muerte; ni hay sermón más elocuente que una de estas piedras silenciosas

con sus sobrias palabras. A los españoles les impresionan menos que a

los extranjeros, pues están habituados a ver cruces y sangrientos

crucifijos en las iglesias y fuera de ellas; además, saben de sobra que

la mayoría de estos pequeños monumentos se han erigido para recordar

asesinatos que no han sido perpetrados por malhechores, sino que son

resultas de alguna pelea o de alguna venganza, y de diez veces, nueve

tienen por causa el vino o una mujer. De todos modos, son lo bastante

para que un valiente inglés no se encuentre muy tranquilo a su vista,

aun cuando no sirve para nada asustarse cuando ya se está en el sitio:

el mejor modo de defenderse es afrontar el peligro y seguir el camino.

Así, pues, querido lector, cierra el oído a todas las historias

espeluznantes que te contarán por esos pueblos apartados, los crédulos y

tímidos habitantes. Como a nosotros nos ha ocurrido con frecuencia, te

congratularás de haber pasado tal o cual bosque y tendrás la seguridad

de que infaliblemente serás robado en tal o cual lugar, unas leguas más

adelante, pues siempre hemos experimentado que este fuego fatuo, de

igual manera que el horizonte, retrocede conforme avanzamos, y el sitio

peligroso está siempre un poco detrás o un poco delante del lugar en que

nos encontramos, y se desvanece, como ocurre en la mayor parte de las

dificultades cuando valientemente nos acercamos a ellas para empuñarlas.

Al mismo tiempo, esta clase de sitios y de sucesos permiten que se luzca

mucho la imaginación de los que han vuelto sanos y salvos de ellos, para

no decir nada de la dignidad y heroicidad que supone el dar tales

pruebas de valor durante un viaje de vacaciones. Además, los sombreros

de medio queso, el escaparse por el canto de un duro de los cuchillos

largos y de los bigotazos, el estar tumbado boca abajo en el suelo

durante una hora, mordiendo el polvo, son pequeños entremeses, tan

diametralmente opuestos a la civilización y a la aburrida y prosaica

rutina de los libres ciudadanos británicos, que pagan contribuciones

para caminos y para policías, que son tópicos casi irresistibles para la

pluma de un escritor fácil. Tales animados incidentes tienen la

seguridad de hallar mucho público en Inglaterra, donde existe gran

afición a estos relatos _auténticos_ de España, que les dan las más

nuevas y mejor informadas noticias sobre ella y que tan bien casan con

la idea que ellos tienen formada de antemano. De aquí que los más

populares sean aquellos autores que ponen el amor propio de su lector en

la mejor armonía con sus propios conocimientos. Y esto explica la

frecuencia con que se habla en los apuntes peninsulares, en las

narraciones personales, etc., de atracos y de robos, más fáciles de

encontrar en sus páginas que en las llanuras de la Península. Los

escritores saben que en el relato de un viaje por España se espera la

aventura de bandidos lo mismo que en una novela de la señora Ratcliffe;

estos efímeros libros están principalmente compuestos de «grandes

acontecimientos», de manera que los autores ensartan todos los horrores

tradicionales que circulan y que pueden amontonar sobre los caminos

españoles, alimentando y manteniendo de esa manera la idea que existe en

muchos condados de Inglaterra, de que la Península está totalmente

poblada de bandidos. Y los que tal creen, no piensan que, si esto fuera

cierto, sería imposible la vida de relación, y que si casi todos los que

cuentan las aventuras han escapado de ellas por milagro, lo mismo les

ocurrirá a otros.

Nuestros ingeniosos vecinos, cosa extraña en un pueblo tan valiente,

tienen una verdadera _bandidofobia_, pues, según lo que se les dice en

letras de molde a los papanatas de París, todo el temerario que piense

tomar asiento en la diligencia española debería antes, a toda costa,

hacer su testamento, como cuatro siglos atrás se hacía al salir en

peregrinación para Jerusalén. Es muy posible que esto sea una idea de la

diplomacia francesa, la cual siempre se ha distinguido por sus ocultas

intenciones, y puede convenirle propalar ese rumor, como hacen los

monederos falsos cuando corren la voz de que ciertos lugares están

habitados por fantasmas, para evitar que otros vayan y asegurarse así

una pacífica posesión. Es posible también que la superabundancia del

_esprit_ francés preste color y substancia a cosas insignificantes en sí

mismas, como un pintor que esté pensando en las musarañas junto a la

chimenea convierte las cenizas en castillos monstruos, y otros seres

imaginarios; o también puede ser que, como la conciencia hace a todo el

mundo cobarde, estos señores vean realmente un bandido en cada arbusto

de España y esperen ver surgir de detrás de cada roca un ministro

vengador que lleve en el bolsillo una lista de todos los vasos sagrados,

Murillos, etc., que se echaron de menos después de la invasión de sus

compatriotas. Sea como quiera, lo cierto es que, incluso un hombre tan

avisado como monsieur Quinet, un verdadero doctor Sintaxis, llena

páginas enteras de su libro _Vacances_[5] con sus constantes temores,

aun cuando por haber llegado al término de su jornada, sin ningún

accidente, bien que no sin miedo a ellos, le pasase por la mente la idea

de que el _coco_ sólo existía en su imaginación, mostrando con esto en

su agradable libro un modo de ser que, a lo menos en Inglaterra, no

inspira interés ni respeto, pues no se considera muy heroico el exceso

de precaución.

Hay que convenir también en que es muy fácil equivocarse respecto a la

respetabilidad y carácter de muchos españoles cuando van de viaje, a no

ser que lo hagan en un carruaje público, pues, como hemos indicado en el

capítulo noveno, al ponerse en camino, abandonan a la mujer y la levita

y visten el traje nacional, que es muy parecido al que usan los bandidos

de melodrama, y, por tanto, no es extraño que se les tome por uno de

ellos, pues, además, casi todos son morenos, tienen los ojos negros y

penetrantes, el pelo desgreñado, y, en caso de viaje, prescinden de la

toalla y la navaja; una barba sin afeitar da, no sólo en España, un

aspecto tenebroso, que aumentará seguramente si el individuo lleva un

fusil y un cuchillo. Además, estos señores así trajeados, tienen la

costumbre de quedarse mirando fijamente por debajo del sombrero gacho,

cuando pasa por su lado un extranjero, vestido para ellos de un modo

raro, que excita su curiosidad y suspicacia, y, naturalmente, es un poco

difícil distinguir a la oveja del lobo cuando los dos van disfrazados

con la piel del primero, es decir, con una _zamarra_. Un caballero

español que en su pueblo sería un modelo de ciudadanos, o un respetable

tendero pacífico, ejemplo de burgueses inofensivos, se aparecerá, cuando

salga a una excursión comercial, como el Bravo de Venecia u otros héroes

de este estilo que atemorizan a los chicos en los teatros de pueblo.

Comoquiera que desde niños estamos oyendo que viajar en este país es

cosa imposible, resulta que muchos de nuestros compatriotas creen, de

buena fe, que en la Península sólo se pueden encontrar ladrones, y

exageran su número de modo extraordinario, como los lenceros de

Falstaff; y los supuestos Rinaldo Rinaldinis se alarman probablemente

aún más por tomar también a nuestros compatriotas por ladrones, y este

mutuo error continúa hasta que ambos explican su ligera equivocación

sobre su mutuo carácter e intenciones. Aun cuando nosotros no hayamos

nunca confundido a los pacíficos buques mercantes españoles con

corsarios o navíos de guerra, ellos han cometido más de una vez esta

injusticia con nosotros; y, probablemente, se nos hizo este honor a

causa de la atención que pusimos en imitar el traje y el porte de su

gran Rob Roy y en su propia patria, lo cual, para uno que quisiera

acometer, en aquellos días, largas y solitarias cabalgadas a través de

la Península, era una enorme ventaja.

Pero aun en aquellos tiempos de más peligro, los robos eran la excepción

y no la regla, a pesar de las detalladas y precisas relaciones de

indígenas y extranjeros, tan exageradas las unas como las otras. En

realidad, esas conversaciones son el plato obligado, el tópico común de

todos los viajeros de la clase baja, cuando charlan y fuman alrededor

del fuego de la venta, y constituye la natural y agradable _religio

loci_, la natural compañía en los lugares salvajes y llenos de asesinos.

Y aunque el placer de los narradores va mezclado de miedo y de dolor,

se complacen en esas historias como los niños con las de duendes. Su

imaginación oriental corre parejas con su credulidad, y concluyen por

creerse sus propias invenciones, a fuerza de repetirlas. Cuando en

realidad se comete un robo, la noticia se extiende por todas partes y va

ganando en lujo de detalles y de feroces pormenores, pues no hay cuento

de arriero o andaluzada de marinero que pierda al correr de boca en

boca, y la misma horrenda historia (aunque sólo hayan variado los

nombres, las fechas y los lugares) se cuenta en otros muchos sitios,

como ocurría en los tiempos medievales con un milagro frailuno,

multiplicándose así infinitamente. Y se habla del suceso por meses y

meses en todo el país, y, en cambio, nadie recuerda los miles de

viajeros que recorren diariamente aquellos parajes sin que les ocurra

nada. Ocurre con esto como con la lotería: que todo el mundo se fija en

el premio gordo sin prestar atención a la infinita mayoría de los no

premiados. Las historias de ladrones llegan a las ciudades y a oídos de

gentes respetables que nunca se movieron una legua más allá de las

murallas y que simpatizan con todo el que se expone por obligación a los

grandes peligros y penalidades de un viaje, esforzándose con la mejor

buena fe en disuadir de su propósito a los temerarios aventureros que

intentan afrontarlos, dando como seguras las aprensiones de su

credulidad y su imaginación.

Los arrieros, _venteros_ y la masa de españoles vulgares, advierten en

las caras ansiosas de su tímido auditorio que está en vena de escuchar y

de creérselo todo, y como son gárrulos y egoístas por naturaleza, se

agarran a un tema en el que están fuertes, sintiéndose satisfechos de

ser considerados en él una autoridad, con la superioridad que presta a

esta clase de gentes el poder dar datos precisos y amedrentar a los

oyentes. Su vivo ingenio, en el que pocas naciones les gana, pronto

advierte el género de información que el «corresponsal» necesita, y,

como las palabras no cuestan dinero, el voraz papanatas hace buen acopio

de las noticias que desea. Estas historias aparecen luego impresas y se

las cree por estar en letras de molde; y así tenemos que las jugarretas

hechas al pobre míster Inglis y su libro de notas fueron el hazmerreír

de la Península entera. Alguna gente seria se dejó influír por el

contagio, y los chistes de bandidos de míster Mark se imprimieron y se

les dió tanto crédito como si el autor fuese un apóstol en vez de un

cónsul.

Como fué nuestro destino el viajar por la Península cuando Fernando VII

era rey de las Españas y José María (a cuyo solo nombre aun tiemblan

allí los viejos y las mujeres) era el amo de Andalucía, nos encontramos

en un momento muy propicio para estudiar la filosofía de los bandidos

españoles, y nuestras especulaciones se beneficiaron por haber tenido la

fortuna de conocer al mismo temible jefe, del cual, como de muchos de

sus inteligentes compañeros, sólo podemos contar amabilidades y valiosas

informaciones, a las que quedamos profundamente agradecidos.

Históricamente hablando, España nunca ha gozado de buena fama en este

asunto de los caminos; en la antigüedad, realmente, no tiene una

reputación definida, pero en toda época los extranjeros son los que la

han acusado. Los romanos, a quienes no costó gran trabajo invadirla,

fueron hostilizados por los guerrilleros indígenas, esas bandas

indisciplinadas que sostenían esa lucha de guerrillas que siempre ha

hecho Iberia. Molestados por estos tiradores sin disciplina llamaron a

todos los españoles que les resistían _latrones_, como más tarde los

invasores franceses, por las mismas razones, los llamaron _ladrones_ o

bandidos, por no llevar uniforme, como si el usar un casco impuesto por

un general que se dedique al saqueo, pudiera convertir a un pillo en un

hombre honrado, o el no llevarlo significara que era un ladrón el noble

patriota que defendiera su propia hacienda y su país, sin tener en

cuenta que, como dicen los franceses _l’habit ne fait pas le moine_, y

que _aunque la mona se vista de seda, mona se queda_, replican los

españoles.

Los hombres armados han sido siempre la plaga de España, tanto en tiempo

de paz como en guerra: el estar en contra de la humanidad parece como

que es instintivo en todos los descendientes de Ismael, y,

particularmente, en esta rama quijotesca, cuyos caballeros andantes o

reformadores a caballo han sido no pocas veces ladrones disfrazados.

Durante la guerra contra Buonaparte, la Península hervía en insurrectos,

muchos de ellos impulsados de un sentimiento de lealtad a su rey, de

indignación por su religión ultrajada y de odio arraigado al _gabacho_.

Buenos servicios prestaron los Minas y Compañía a la causa de su

legítimo rey; pero otros utilizaban sus patrióticos oficios como capa

para cubrir su instintiva pasión por el saqueo y el libertinaje, y antes

de que el país se viera libre de invasores, eran ya un enemigo

formidable para todos los partidos. El duque de Wéllington, con su

sagacidad característica, vió desde luego, al concluír victoriosamente

la lucha, lo difícil que sería arrancar este «fruto nacido de un árbol

injerto en patriotismo». De matar a un francés, a saquear a un

extranjero, no había más que un paso para estos verdugos patriotas,

entre los cuales se contaban todos los descontentos y los que no

pudiendo cavar la tierra se avergonzaban de mendigar. El mal disminuyó

bastante en los últimos años del reinado de Fernando VII; primeramente,

porque murieron muchos de los viejos, y, además, por las mejorías

introducidas en la sociedad, que hicieron desaparecer, o poco menos,

estas ocupaciones fuera de la ley, del mismo modo que el cultivo del

campo ahuyenta a las alimañas. Estos males, que quedan anulados por la

tranquilidad interior y los continuos esfuerzos de las autoridades,

aumentan en los tiempos de revueltas, los cuales, como la tormenta, hace

levantar el vuelo a los petreles, prestan actividad a la parte peor de

la sociedad, creando una especie de caquexia civil, como está ocurriendo

en Irlanda.

Otra fuente era, por no decir es, Gibraltar, este foco de contrabando y

cuna del contrabandista, que es la _prima materia_ del ladrón y el

asesino. La absoluta ignorancia financiera de los gobiernos españoles

les llama para corregir los errores del ministro de Hacienda: _trovata

la legge, trovato l’inganno_. Los reglamentos fiscales son tan

ingeniosamente absurdos, complicados y vejatorios, que el honrado

comerciante encuentra molestias y entorpecimientos allí donde el

estafador halla mil facilidades. Los excesivos derechos sobre las cosas

necesarias a la gente puede compararse, en el caso del tabaco en

Andalucía, con lo que ocurre con éste y otros artículos en las costas de

Kent y de Sussex; en ambos países el azote del fisco conduce a

perturbaciones de orden público, perjuicios al comerciante honrado y

pérdida de renta al Tesoro, haciendo al mismo tiempo perezosos, feroces

y rateros a campesinos que, con otro sistema más prudente, serían

trabajadores y virtuosos. En España el eludir estas leyes se considera

como un engaño a quienes tratan de engañar a la gente; los campesinos

favorecen con toda su alma al contrabandista, como hacen en Inglaterra

con el cazador furtivo. Hay curas montañeses cuyos rebaños son todos de

esa casta, que en sus sermones hablan del contrabando como un crimen

convencional, no moral, y, como otras personas, decoran las rinconeras

de sus casas con una figura de barro pintada del pecador con un traje

completo de _majo_. El mismo contrabandista, lejos de considerarse

rebajado, goza de la reputación que corresponde al éxito en las

aventuras personales ante un público orgulloso de las proezas

individuales: es el héroe del escenario español, y cuando aparece

vistiendo todas sus galas y trabuco al brazo cantando la conocida

romanza _Yo, que soy contrabandista..._, causa las delicias de todos los

espectadores, desde el Estrecho al Bidasoa, sin exceptuar a los mismos

empleados de Aduana.

El _prestigio_ de tales representaciones teatrales, al igual de _Los

Bandidos_, de Schiller, es bastante para que todos los estudiantes de

Salamanca deseen echarse al camino. El contrabandista es el Turpin, el

Macheath de la realidad y algo semejante a aquellos héroes de las viejas

baladas y teatros ingleses, que han desaparecido a causa de los

cercados, las comunicaciones rápidas y el empedrado (pues nada más

odioso para un salteador de caminos que el gas y las barreras de

portazgo) más que por miedo a la cárcel. Los escritos de Smollet y los

relatos de los peligros corridos por muchos que aun viven en Hounslow

Heath y Finchley Common, pintan costumbres que hace poco han

desaparecido de entre nosotros y que en España se han modificado más

recientemente aún. El verdadero contrabandista es bien recibido en

todos los pueblos; es como el noticiero y el medio de entenderse unos

con otros: lleva té y charla para el cura, cigarros y dinero para el

juez, cintas e hilos para las mujeres; va vestido espléndidamente, lo

cual es siempre un atractivo para los ojos moroiberos; es valiente y

resuelto--«nadie más que el bravo merece la hermosa»--; buen jinete y

tirador; conoce palmo a palmo los rincones del país, tanto los bosques

como los ríos, los montes como las llanuras; en una palabra, está

admirablemente educado para andar por los caminos, para hacer la vida

que Froissart llamaba, hablando del celebrado Amerigot Tetenoire,

«hermosa y santa», y para él no es mucho más difícil quitarle la bolsa a

un individuo en medio de la carretera que robar las rentas del rey.

Muchas son las circunstancias que concurren a hacer popular esta

profesión entre las clases bajas. El atractivo del poder, la

demostración de osadía y valor, la idea de llegar a hacerse rico

fácilmente, tan sugestiva siempre para las naciones medio civilizadas,

que prefieren exponer su vida una hora para obtener alguna ganancia que

trabajar penosamente durante años; el aparato, el lujo, las canciones,

las francachelas, las sonrisas de las bellas y todo el encanto de la

vida de libertad y de camaradería son cosas que tienen un encanto

irresistible para los pueblos enérgicos, luchadores y de rica

imaginación.

El contrabando fué el origen de la profesión de José María, que llegó a

los más altos puestos en ella, ni más ni menos que «Napoléon le Grand» y

«Jonathan Wild the Great» en las suyas respectivas, y, principalmente,

como dice Fielding de su héroe, por su capacidad para el mal y por creer

que la honradez es una corrupción de _honosty_, las cualidades de un

asno (ονος). Pero es un gran error creer que hay siempre hombres capaces

de ser capitanes de una cuadrilla formidable: la naturaleza no es

pródiga en la producción de tales ejemplares de peligrosa grandeza. Y

así como pueden pasar siglos antes de que caiga sobre el mundo el azote

de otro Alarico, Buonaparte o Wild, también pueden pasar años antes de

que España tenga otro José María.

El _ladrón en grande_ es un aristócrata de primer orden en su clase: es

el capitán de una cuadrilla metódicamente organizada, de ocho o catorce

hombres, bien armados y montados en buenos caballos, que le siguen y

obedecen sin discutir. El mando y la disciplina son formidables, y como

son fuertes y rara vez atacan si no están seguros de su superioridad, y

con emboscada y por sorpresa, cuando tienen todo en su favor, es inútil

generalmente la resistencia, que sólo conduce a resultados fatales.

Nunca se debe, por salvar un maletín, correr el riesgo de ser enviado al

Erebo; por lo tanto, lo mejor es someterse desde luego y de buen talante

a la intimación, que no admite negativa, de _abajo, boca a tierra_. Los

que puedan disponer de una veintena de duros, cuya pérdida no arruina a

nadie, rara vez serán maltratados; la entrega franca y de buen grado

previene los malos tratos y hasta asegura ciertas consideraciones

durante la desagradable operación; porque, después de todo, como solía

decir míster Cribb, las pistolas y los sables son poca defensa

comparados con las buenas palabras. El español, por naturaleza bien

educado y _caballero_, responde siempre al llamamiento de cualidades que

él cree son el orgullo de su nación; respeta la sangre fría, con la cual

los valientes, aun cuando sean bandidos, siempre simpatizan. ¿Y por qué

un hombre ha de perder su presencia de ánimo y quizá la vida a causa de

unos cuantos duros? Estas grandes figuras del bandidaje no dejan de

tener cierta magnanimidad, como sabía perfectamente Cervantes; prueba de

ello, su pintura de Roque Guinart, cuya conducta con sus víctimas y su

proceder con sus camaradas cuadra perfectamente, como sabemos con

certeza, con la observada por José María, y era completamente análogo a

los mismos rasgos de carácter del bandido italiano Ghino de Tacco,

inmortalizado por Dante, así como los de nuestro Robin Hood y los

guardabosques de Diana. Como eran fuertes podían permitirse el lujo de

ser generosos y compasivos.

No obstante estas seguridades morales, y aun cuando sólo sea para una

mayor seguridad, un inglés, cuando viaje por comarcas expuestas, hará

bien en llevar una provisión decente de duros que llenen una buena

bolsa, que pese bien en la mano, y que es la suma aproximada que el

bandido español piensa que un natural de nuestro proverbialmente rico

país debe llevar consigo en sus viajes.

Es admirable la facilidad que tienen para calcular por el equipaje y el

aspecto del individuo el dinero que puede llevar encima el que viaja. Si

la suma no es tan crecida como suponen, se ofenden grandemente, al verse

robados de los gajes regulares a que se consideran con derecho, según

tradicionales costumbres de los caminos. A la persona que va

completamente sin dinero se hace, generalmente, en ella un buen

escarmiento, _pour encourager les autres_, dándole una buena paliza o

dejándole completamente en cueros, según la antigua costumbre de los

ladrones de Jericó. El viajero tiene que llevar algún reloj; uno con una

brillante cadena dorada y colgantes es lo más indicado; y no llevarlo,

le expone a más indignidades que la bolsa vacía, porque el dinero puede

haberlo gastado, pero la ausencia del reloj supone la intención

premeditada de que no se lo roben, y esto es para el _ladrón_ la más

injustificable tentativa para defraudarle de sus derechos.

Los _ladrones_ españoles van armados por lo general con un trabuco que

cuelgan del arzón de la silla, de perilla muy alta, que lleva una

cubierta de lana azul o blanca, como un símbolo de su deseo de esquilar

al prójimo. Quizá se haya concedido la orden del Toisón de Oro a algunos

extranjeros como recompensa a haber aliviado a España del peso de su

independencia y de algunos Murillos. El traje que usan la mayoría de

ellos es muy rico y de lo más fantástico que puede imaginarse; por la

indumentaria son la envidia y el modelo de las clases bajas, que van

ataviadas a la moda de los contrabandistas o de los toreros; en una

palabra, como el _majo_ o elegante de Andalucía, región que es la cuna y

asiento de todo el que aspira a ejercer alguna de las profesiones

indicadas. La segunda clase de bandidos--omitiendo otras menos

importantes, como los _salteadores_, que se reúnen en grupos de tres o

cuatro para acometer de improviso al viajero desprevenido--son los

_rateros_. No están especialmente instruídos en la profesión, ni

organizados de modo regular, sino que aprovechan las ocasiones que se

les presentan para dar un golpe; y como _la ocasión hace al ladrón_,

después de haber realizado alguna ratería vuelven tranquilamente a la

ocupación u oficio que antes ejercieran.

El _raterillo_ es un salteador en pequeño que nunca ataca más que al

individuo que va solo y sin defensa, y el cual, después de todo, si le

roban, debe culparse a sí propio, pues no se debe nunca hacer caer a un

español en la tentación de realizar una hazaña de esta clase. El pastor

que guarda un rebaño, el labrador que va arando la tierra, el viñador en

su viña, todos llevan su escopeta, al parecer para protegerse a sí

mismos, la cual les proporciona medios sobrados de ataque contra los

que no llevan más defensa que sus piernas y su buena fe. Estos

ladronzuelos de ocasión son extremadamente corteses con los viajeros que

van armados y apercibidos: les saludan quitándose el sombrero con mucho

respeto y los obsequian con un «Buenos días tenga su merced», o «Vaya

usted con Dios», tan sencillo e inocente como podría oírse en una

bucólica, en un bailable de ópera o en cualquier otra exacta

representación de la vida rural. Estos rateros son despreciados

profundamente por los ladrones de alta categoría, como ocurría con los

políticos de su clase antes de que los partidos fuesen traicionados por

los tránsfugas que, con colas o sin ellas, desertaban al campo enemigo.

El _ladrón en grande_ desprecia a su vil competidor de igual manera que

un doctor en Medicina y miembro del Colegio de médicos desprecia a un

curandero que se atreve a cobrar honorarios y a matar sin licencia. Aun

cuando despreciables, estos rateros son muy peligrosos, pues, careciendo

de la nobleza de sentimientos que llevan consigo el poder y la fuerza,

tienen la cobardía y la crueldad de los débiles, y de aquí que muchas

veces asesinan a sus víctimas, porque los muertos no hablan.

La diferencia entre estos bribones de alta y baja estofa se puede

comprender mejor comparando al Napoleón de la guerra con el Napoleón de

la paz. El Corso era el _ladrón en grande_: guerreó con la Humanidad,

permitió a sus secuaces el pillaje y el saqueo, haciendo la cueva y el

almacén de todos los bienes del continente; pero lo hizo abierta y

valerosamente, ganándolo con su brazo y con su espada, y el valor y la

audacia son cualidades demasiado bellas y raras para no inspirar

admiración, siquiera en algunas ocasiones no está bien aplicada. Luis

Felipe es un _ratero_ que, escondiendo sus intenciones con el disfraz de

la amistad y la buena fe, trabaja callada y astutamente para conseguir

sus avarientos y ambiciosos fines, y valiéndose de malas artes, mientras

besa a la reina, la saca del bolsillo una corona.

Conviene hacer constar, para los efectos de la Historia, que en la época

en que España estaba, o se decía que estaba, plagada de rateros y

bandidos, había, como es natural, remedio para ello, pues, según dicen

los españoles, todo tiene arreglo menos la muerte; y claro está que,

como el mal era muy grande, es natural que existiesen igualmente medios

para combatirlo. Si las cosas hubieran llegado al extremo que puede

deducirse de algunos exagerados relatos, hubiese sido imposible toda

clase de tráfico de mercancías y viajeros en la Península. Las

diligencias, protegidas por el Gobierno, eran atacadas muy rara vez, y

los que se valían de otros medios de comunicación, y lo pedían a las

autoridades, rara vez dejaban de llevar la suficiente escolta. Había un

cuerpo organizado para este objeto que se llamaba de _Miqueletes_,

derivado, según se dice, de un Miguel de Prats, satélite armado del

famoso o infame César Borgia. En Cataluña se les llama _Mozos de

Escuadra_, y son la moderna _Hermandad_ que constituían la antigua

policía rural armada de España. Se componía de jóvenes escogidos y

activos, que hacían el servicio a pie, a las órdenes de los poderes

militares, e iban ataviados con un traje entreverado de militar y de

_majo_. Llevaban polainas negras, en vez de amarillas, y chaquetas

azules ribeteadas de rojo. Iban bien armados, con escopeta, y una canana

a la cintura donde llevaban las municiones (cosa mucho más práctica que

nuestra caja de cartuchos); una espada, una cuerda para poder atar a los

presos y una pistola, que llevaban en la espalda, metida en la faja.

Este cuerpo hacía perfecta pareja con los ladrones, entre los cuales se

escogían algunos de sus individuos, pues la condición usual para obtener

el indulto es alistarse a fin de extirpar a sus antiguos compañeros:

poner a un ladrón para coger a otro ladrón; y así los renegados, en

unión de los _Miqueletes_ honrados, perseguían a la mala gente, como los

guardabosques a los cazadores furtivos. Los ladrones los temían y

respetaban: una escolta de diez o doce _Miqueletes_ podía aventurarse a

resistir no importa qué número de bandidos, quienes, por otra parte,

rara vez atacan cuando saben que han de resistirles; y al atravesar

lugares sospechosos, estas escoltas tomaban, con arte especial, todo

género de precauciones, enviando destacados individuos al frente y a los

flancos. Ocupaban al marchar un buen trecho de terreno, teniendo

cuidado de no ir nunca más de dos juntos, y no alejándose unos de otros

a mayor distancia de un tiro de fusil; regla que bueno será que recuerde

todo el que viaje, para obligar a observarla en caso de sospecha. Los

raros ejemplos en que ingleses, especialmente oficiales de la guarnición

de Gibraltar, han sido víctimas de robos, han tenido por causa el olvido

de esta precaución. Si todo el grupo camina unido, es mucho más fácil

sorprenderlo y cogerlo como en una red.

Hay que advertir que los ladrones españoles han sido muy tímidos para

atacar a los viajeros ingleses, sobre todo si han visto que estaban

prevenidos. Los bandidos no gustan de luchar, y mucho menos sin ventaja;

pues como tienen la cabeza poco segura, odian el peligro que puede

conducirles a mal lugar; no tienen valor caballeresco, ni más nociones

abstractas de lo que es una lucha leal que las que pueda tener un turco

o un tigre, que son bastante poco civilizados para desperdiciar una

ocasión. Por lo tanto, no se aventuran si suponen que su enemigo ha de

defenderse, como suele ocurrir con los ingleses. Aborrecen con

especialidad los fusiles y la pólvora ingleses, que, sin disputa, son

infinitamente superiores a los españoles. Aun cuando tres o cuatro

ingleses no tuvieran, en realidad, nada que temer, yendo una señora era

mejor llevar una escolta de _Miqueletes_, que tenían mucha vista y

conocían, por las huellas de los caballos y otras señales que escapan a

los observadores superficiales, la presencia del peligro.

Además eran infatigables, y marchaban junto a un carruaje día y noche,

desafiando el frío y el calor, el hambre y la sed. Como estaban pagados

por el Gobierno no tenían derecho, en rigor, a ninguna remuneración de

parte de los viajeros a quienes escoltaban; pero era costumbre dar a

cada uno un par de _pesetas_ diarias y un duro al que hacía de jefe. Se

les regalaban algunas fruslerías, como unos cuantos cigarros, una _bota_

o dos de vino, un poco de arroz y bacalao para la cena; el ejercicio

avivaba su apetito, y ellos estaban siempre dispuestos a hacer honor a

sus amos, bebiendo a su salud y a su bolsa, y protegiendo ambas.

Aquellas personas indígenas o extranjeras que no podían conseguir o

permitirse los gastos de una escolta, podían aprovechar alguna

oportunidad para unirse a otros viajeros que la llevaran. Es admirable

la rapidez con que corría la noticia de que había una escolta para una

partida, y cómo se engrosaba ésta con individuos sueltos que

aprovechaban la ocasión. Como todos iban armados, cuanto más numeroso

era el grupo, era a la vez más fuerte y, por lo tanto, los riesgos

menores. Si no se tropezaba con nadie que viajase escoltado, entonces se

aguardaba el paso de tropas que protegían los envíos que hacía el

Gobierno, de dinero, tabaco o cosas semejantes. Si no se presentaba

ninguna de estas oportunidades, se unían todos los que pensaban viajar,

formando verdaderas caravanas, costumbre muy oriental y que tomó carta

de naturaleza en España, con tanta más facilidad cuanto que era y es

casi imposible viajar solo, pues los otros se unen a uno: los grupos

pequeños se unen a los mayores y más fuertes, que siguen el mismo camino

sin consultarles y sin preocuparse de que les parezca bien o mal. Los

arrieros son los más sociables y aficionados a la compañía y no tienen

inconveniente incluso en variar de itinerario, con tal de ir en unión de

unos o de otros. La caravana va engrosando como una bola de nieve, aun

cuando suele ser siempre considerable en el momento de partir, pues los

arrieros y dueños de coches, conocidos todos, se comunican unos a otros

el número de los que han de ir con cada uno de ellos.

Viajar por caminos extraviados en un _coche de colleras_, y

especialmente si se lleva un carro con equipajes, es cosa muy expuesta a

los robos. Cuando la caravana llega a los pueblos pequeños, en seguida

corre la voz, y si se dice que van extranjeros, suponen que van cargados

con el oro y el moro.

La llegada de un convoy de esta naturaleza es un acontecimiento cuya

noticia se extiende como la pólvora, y congrega a toda la «gente

maleante», holgazanes y vagabundos, que ejercen de espías y están al

habla con sus cofrades; además, la balumba del equipaje, el ruido de las

colleras y el charlar de los hombres, se ven y se oyen desde lejos, y no

se escapa a los ladrones, si los hay, que estarán escondidos en alturas

o escondrijos, bien provistos de anteojos y de largas y finas narices,

que, como dice Gil Blas, huelen las monedas en los bolsillos de los

viajeros, mientras que la lenta marcha y la imposibilidad de la fuga

hacen de un convoy semejante una fácil presa para jinetes bien montados.

Todo lo anteriormente dicho respecto a los peligros reales o imaginarios

se refiere, naturalmente, a viajes por caminos de herradura, o a través

de provincias poco visitadas y por las cuales no cruzaban los coches del

servicio público. Sin embargo, siendo tales comarcas reputadas como las

peores, tenían la ventaja de verse libre de las partidas organizadas,

por la misma razón de que era poca la gente que pasaba por ellas, y, por

lo tanto, no iban a estar ocupadas por bandidos, los cuales son como las

arañas, que sólo tienden sus telas donde hay una buena provisión de

moscas. La masa de la gente humilde en España se preocupa poco de los

bandoleros ni de los revolucionarios, pues tienen poco que perder y

pasan inadvertidos, tanto para los unos como para los otros. Sus

andrajos son su salvaguardia: un hermoso clima los cobija, un fértil

suelo los alimenta; dormitan tranquilamente en medio de su pobreza (la

mejor protección que siempre hubo en España), o rasguean la guitarra

entonando coplas en alabanza de la bolsa vacía. Los mejor acomodados

tienen que mirar por sí mismos; pues como la ley es insuficiente, han

de protegerse a sí o sus propiedades, o administrar la justicia por su

mano para obtener satisfacción de entuertos, lo cual, en castellano

neto, se llama vengarse. Un propietario irlandés arma a sus servidores y

levanta altas paredes que rodeen su _demesne_--un señor inglés emplea

guardas para proteger a sus faisanes--; del mismo modo, en las comarcas

sospechosas, un hidalgo español protege su persona alquilando hombres

armados, que se llaman _escopeteros_, nombre que puede aplicarse a casi

todos los españoles. Esta costumbre de ir armado en el campo y de trabar

conocimiento con el fusil desde muy pronto, es la razón principal de que

a la menor alarma se formen con toda facilidad numerosas agrupaciones de

hombres, que los españoles llaman soldados: en todas partes se encuentra

la materia prima: un hombre con un mosquete. Bagajes, comisariado,

pagos, raciones, uniforme y disciplina, cosas más bien europeas que

orientales, podrán encontrarse en cualquier ejército mejor que en el

español. Esto explica la facilidad con que la nación española se levanta

tan magnánimamente en armas y que, después de ataques aislados y una

lucha de guerrillas, desaparezcan de pronto al experimentar un revés:

cada hombre en su casa como es tradicional que ocurra en Oriente, y eso

con o sin proclama previa. Estos _escopeteros_, ladrones en ocasiones

también, viven del robo o de evitarlo, porque también hay su honor entre

los bandidos; _los lobos no se comen unos a otros_, como no estén muy a

la cuarta pregunta. Estos individuos, naturalmente, tratan de alarmar a

los viajeros en exagerados relatos de peligro, y de ogros y de antros,

con objeto de que no prescindan de sus servicios. Y no faltan inocentes

que se traguen todas las invenciones, y anoten, como cosa verídica, los

mil embustes que les cuentan mientras los presentes se burlan de ellos a

sus espaldas; pero, como dice el refrán, _en luengas vías, luengas

mentiras_.

Como estamos haciendo historia, habremos de añadir que los grandes

bandidos, como José María, facilitan pasaportes en muchas ocasiones.

Este verdadero soldado de la raza de Deloraine estaba mal avenido con

las letras, pero, aun cuando apenas sabía poner su nombre,

_rubricaba_[6] como cualquier otro español que ejerciera algún mando, o

el mismo Fernando VII. Su rúbrica, verdadero salvoconducto, era una

colección de garrapatos que hubiera podido dar crédito a Alí Pachá. Un

íntimo amigo nuestro, alegre gastrónomo y dignidad de Sevilla, que se

dirigía a los baños de Carratraca para reponerse del abuso de las ricas

ollas y del valdepeñas, y que no tenía maldita la gana, como el abad

gotoso de Bocaccio, de verse sometido al régimen médico bandolero, se

procuró un pase de José María y tomó uno de sus secuaces para que le

sirviese de escolta, y nos le describía como su _santito_, como su ángel

guardián.

A propósito de esta creencia en la protección espiritual y sobrenatural,

diremos que casi todo el mundo usa, con gran fe, alguna reliquia, un

rosario, un escapulario o una medalla de la Virgen. La duquesa de

Abrantes, no hace mucho tiempo, colgó del cuello de su torero favorito

una medalla de la _Virgen del Pilar_, escapando aquél, por tanto, ileso.

Pocos son los soldados españoles que van a la guerra sin llevar amuletos

de esta clase, a los que suponen el poder de detener las balas y desviar

el fuego como un pararrayos, y quizá lleven razón, en vista de los pocos

que mueren en el campo de batalla. En los tiempos románticos de España

no se podía verificar un duelo o un torneo sin que precediese una

declaración de los combatientes de que no llevaban encima reliquia ni

amuleto alguno. Nuestro amigo José María atribuía su constante buena

suerte a una imagen de la Virgen de los Dolores de Córdoba que llevaba

siempre junto al peludo pecho. Entre la clase baja de España puede ser

frecuentemente conocido el pueblo de origen de cada uno por los adornos

piadosos que lleva consigo. Escogen sus amuletos entre los santos o

reliquias más venerados en la comarca y que se estiman más milagrosos.

Así, tenemos que la imagen del «Santo Rostro», de Jaén, se usa en todo

el reino de Granada, así como en toda Murcia, la Cruz de Caravaca; y el

rosario de la Virgen es común a toda España. La siguiente prueba

milagrosa de sus salvadoras virtudes estaba frecuentemente pintada en

los conventos: Un ladrón fué muerto por un viajero y enterrado en el

campo mismo; algún tiempo después, pasando sus compañeros por aquel

sitio, oyeron una voz que les llamaba; abrieron la fosa y, con gran

sorpresa, lo encontraron vivo y sano. Y era que, al ser muerto, llevaba

un rosario colgado al cuello, y, entonces, Santo Domingo (fundador de

esta devoción) intercedió con la Virgen para que lo salvara. Esta

confianza en la Virgen no es sólo española; los bandidos italianos

llevan siempre un pequeño corazón de plata de la Madonna, y esta extraña

mezcla de ferocidad y superstición es uno de los rasgos más terribles de

su carácter. San Nicolás, el inglés «Old Nick», es en todos los países

el patrón de los estudiantes, ladrones, o como Shakespeare los llama,

«escribanos de San Nicolás». «Guarda tu cuello del verdugo, pues sé que

adoras a San Nicolás como lo haría un hombre falso»; y como el _Santu

Diavolu_, _Santu Diavoluni_, que es el santo apropiado para los bandidos

sicilianos.

San Dimas, «el buen ladrón», es un santo muy conocido en Andalucía,

donde, según dicen, tiene muchos discípulos. Una escultura muy célebre

de Montañés, en Sevilla, es la llamada _El Cristo del Buen Ladrón_, de

Sevilla, en cuyo título se subordina al Salvador. Los ladrones españoles

han sido siempre muy buenos católicos. En _Rinconete y Cortadillo_, de

Cervantes, cuyo Monipodio parece haber servido de modelo a Boz para

Fagin, se coloca un platillo delante de una imagen de la Virgen, en el

que cada ladrón va depositando su óbolo, y uno de ellos dice que «roba

para servir a Dios y a los hombres honrados». Sus mendicantes confesores

de las montañas, animados de un piadoso amor a los duros cuando han de

ser gastados en misas expiatorias, consideran el acto de pagarles en

buenos doblones como una devolución tan loable, un arrepentimiento tan

sincero, que dan derecho al contrito culpable a una amplia absolución, a

la indulgencia plenaria y a toda la protección de la Santa Iglesia. A

pesar de lo cual se sabe que estos desagradecidos «buenos ladrones» no

tienen el menor escrúpulo en desvalijar a sus directores espirituales si

los encuentran en un camino.

Pero volvamos al poder de estos talismanes. Nosotros mismos nos

colgamos, en nuestra zamarra, una medalla de plata de Santiago de las

que se venden a los peregrinos en Compostela, y llegamos a Sevilla

después de una larga excursión sin que nos ocurriera el menor

contratiempo, ni tuviéramos que sufrir más robo que el de los _venteros_

y el de nuestro fiel escudero, cosa que fué completamente atribuída por

el dignatario de que hablamos antes a la protección que el patrón de

las Españas otorga siempre a todo el que lleva su insignia, la cual

protege al portador de ella de la misma manera que el distintivo de un

barquero del Támesis le libra de una leva forzosa.

El relato de la ejecución de uno de la partida de José María, que

nosotros presenciamos, será un final propio de todo lo que llevamos

dicho sobre este asunto, y un acto de justicia hacia nuestras bellas

lectoras por estas noticias sobre la perturbación del orden público y

por la mala compañía en que las hemos introducido. José de Rojas, más

conocido (pues generalmente tienen un apodo) por el mote de _El Veneno_,

a causa de sus virtudes viperinas, fué sorprendido por unos cuantos

soldados; les resistió desesperadamente; y cuando cayó al suelo con la

pierna herida por una bala, mató al soldado que corría a prenderle.

Cuando le llevaron a la cárcel ofreció denunciar a sus compañeros si le

prometían no ahorcarle. Se aceptó la oferta y se le envió con bastante

fuerza a buscar a sus compañeros; y era tal el terror que le tenían, que

todos se rindieron, _pero de ningún modo a él_, y fueron _perdonados_.

El _Veneno_ fué después encausado por todos sus crímenes anteriores,

juzgado y condenado, sin que le valiera de nada alegar que había hecho

indirectamente lo que prometió para que le dejaran vivo; pues tales

juicios son en España una pura fórmula para dar un aire de legalidad a

una sentencia de antemano pronunciada. Las autoridades se mostraron

conformes con la condena.

Kept the word of promise to the ear

But broke it to the hope[7].

Y como _El Veneno_ no tenía ni amigos ni dinero, con lo que Ginés de

Pasamonte untó la mano de la justicia y salió libre, la sentencia tuvo

naturalmente que cumplirse. Los tribunales de justicia y la cárcel de

Sevilla están situados cerca de la plaza de San Francisco, que ha sido

siempre el sitio de las ejecuciones públicas. El día anterior al que

debía verificarse, nada indicaba lo que había de ocurrir allí a la

mañana siguiente; todo lo relativo a estas lúgubres ceremonias es visto

con repugnancia por los españoles, y no precisamente por el horror

abstracto al derramamiento de sangre--que en otras naciones induce a las

gentes de humilde condición a aborrecer a los ejecutores de la justicia,

como las tribus aladas pequeñas aborrecen a las aves de rapiña--, sino

más bien por un antiguo prejuicio oriental de contaminación, y porque

todos los empleados en estos menesteres se les considera como infames, y

pierden su casta y limpieza de sangre. El patíbulo se levanta siempre

por la noche, silenciosa y ocultamente, y al día siguiente aparece

tétrico y aislado para afrentar al sol y entristecer el despertar de

Sevilla. Cuando el reo es noble, la plataforma, que de ordinario es de

tabla, se cubre con bayeta negra. La operación de ahorcar en un pueblo

tan poco mecánico y con ninguna patente de invención especial para el

caso, se solía hacer de una manera grosera y cruel. Los miserables

culpables eran arrastrados por la escalera del patíbulo, por el verdugo,

el cual se montaba sobre sus hombros y se lanzaba al espacio con sus

víctimas, y mientras los dos se balanceaban en el aire, se ocupaba

aquél, con dedos de araña, en manosear el cuello de los desdichados,

hasta que le parecía que estaban bien muertos, y después, deslizándose

por los cuerpos, se dejaba caer al suelo. La horca fué graciosamente

abolida por Fernando VII, _El Deseado_; este padre de su pueblo decretó

que en lo sucesivo los que se hicieran acreedores a la pena de muerte

fueran ejecutados por el garrote, modo de hacer pasar a un mundo mejor a

aquellos de sus súbditos que lo mereciesen, que está más en consonancia

con el dogal de los orientales.

_El Veneno_ fué puesto _en capilla_, como es costumbre, el día antes de

su ejecución, lugar y momento en que se le procuran al reo todos los

últimos consuelos de la religión. La capilla era una habitación reducida

de la cárcel, y de un aspecto por todo extremo melancólico en aquella

mansión del dolor, que tal es una cárcel en España, hoy lo mismo que

cuando la describiera Cervantes, que la conocía por triste experiencia.

Una verja de hierro partía el corredor que llevaba a la capilla. El

paso estaba cubierto con individuos de una caritativa hermandad que se

dedica a asistir a los ajusticiados y que pedían limosna a todos los

presentes para aplicar luego misas en sufragio del alma del criminal.

Allí había grupos de oficiales y de rollizos padres franciscanos que

fumaban y charlaban, y, de tiempo en tiempo, lanzaban ansiosas miradas a

la suma recolectada que había de beneficiar a sus cuerpos tanto como al

alma del condenado. La frivolidad de aquellas gentes formaba un gran

contraste con la melancolía del interior. Una pequeña puerta se abría en

la capilla, sobre la cual se podían escribir las palabras de Dante:

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate!

En este recinto había una mesa con un crucifijo, una imagen de la Virgen

y dos velas de cera. Junto a ella hacía centinela un soldado, con un

sable desenvainado, y otro guardaba la puerta con su fusil al brazo. En

un rincón de esta habitación obscura había un jergón, donde _El Veneno_

estaba echado, encogido como una serpiente y cubierto hasta la boca con

una manta a rayas, que no dejaba al descubierto más que su encrespada

cabellera y sus ojos chispeantes, que se movían sin cesar en sus

órbitas. Cuando se acercaron a él, se levantó de un salto y se sentó en

una silla. Estaba casi desnudo; un rosario de cuentas le colgaba sobre

su descubierto pecho y contrastaba con las cadenas que oprimían sus

miembros. La superstición le puso sus grillos al nacer, y al morir le

ponía sus esposas la ley. La expresión de su rostro, aun cuando baja y

vulgar, era de las que, una vez vistas, difícilmente se olvidan: una

mirada cabizbaja de criminal empedernido; su cetrino color parecía más

cadavérico aún con la media luz, y la barba negra sin afeitar, creciendo

vigorosamente sobre la cadavérica faz, le hacía más imponente. Se

mostraba conforme con su suerte y repetía como una máquina algunas

frases que le decían los frailes. Su situación, probablemente, era más

triste para el espectador que para él mismo, pues en él había cierta

indiferencia ante la muerte, nacida más bien de ignorancia de su

terrible significación que de un alto valor moral; era una especie de

Bernardino de Shakespeare, «un hombre que recibe la muerte con la misma

frialdad que un profundo sueño, sin cuidado, sin preocupación, sin temor

a lo pasado, a lo presente ni a lo porvenir, insensible a la mortalidad

e irremediablemente mortal».

A la mañana siguiente la triple fila de los viejos balcones, azoteas y

todo el área de la mora y pintoresca plaza estaban ocupados por gente de

la clase baja; los hombres, arrebujados en sus capas--era una mañana de

diciembre;--las mujeres, con sus mantillas; muchas, con niños en brazos,

que llevaban a que en los comienzos de su vida presenciaran el fin de

ella. Las clases altas no sólo no asisten a las ejecuciones, sino que

evitan toda alusión a ellas, pues las consideran como una prueba de

barbarie; pero los humildes, para quienes las conveniencias sociales

tienen poca importancia, no pierden la ocasión de satisfacer su

curiosidad malsana contemplando estas escenas de terror, que

indudablemente tienen una influencia especial en las mujeres, pues se

sienten impelidas de modo irresistible a ser testigos de escenas

repugnantes y de sufrimientos que no soportarían por nada del mundo.

Ellas, como los niños, tienen gran afición a lo espeluznante, lo mismo

en la realidad que en la ficción. Para los hombres era como una tragedia

que acaba con la muerte, muerte que llama la atención de todos, que

antes o después han de seguir el mismo camino[8]. Ellos desean ver cómo

se porta el criminal, simpatizan con él si se muestra sereno y animoso y

le desprecian al menor síntoma de debilidad. Alrededor del patíbulo se

abrió un cuadro con filas de soldados formados, en el que se permitía la

entrada a los oficiales y a los religiosos. Conforme se iba aproximando

la hora fatal, la multitud empezaba a dar muestras de impaciencia,

quejándose de lo lentamente que el tiempo pasaba; este tiempo que para

ellos no tenía importancia alguna y que tan precioso era para el

desgraciado cuyos momentos estaban contados.

Cuando al fin el reloj de la catedral dió la fatal hora, la multitud, en

un general movimiento de expectación se alzó de puntillas, y todos se

empujaban unos a otros para colocarse mejor. Aun transcurrieron diez

minutos, pues el reloj de la cárcel iba atrasado de intento, con objeto

de que, dado el caso de que se concediese indulto al reo, pudiese llegar

a tiempo. Por fin, también sonó este reloj y todas las miradas se

dirigieron a la puerta de la cárcel, por donde salió el reo acompañado

de algunos franciscanos, pues había elegido los de esta Orden para que

le auxiliasen en sus últimos momentos, privilegio que se concede siempre

al criminal. Iba éste cubierto con una hopalanda de bayeta amarilla,

color que indica el crimen o el asesinato, y es siempre con el que se

representa a Judas Iscariote en las pinturas españolas. Marchaba

penosamente en su último viaje, medio sostenido por los que le rodeaban

y deteniéndose muchas veces para besar el crucifijo, que un fraile

sostenía, aunque más bien, para prolongar la existencia--¡amada

vida!--siquiera fuese un momento. Cuando al fin tuvo que llegar al

patíbulo se arrodilló en los escalones, umbral de la muerte; los

reverendos que le auxiliaban le taparon con sus mantos, y su última

confesión fué oída en lo invisible. Después subió a la plataforma

acompañado por un solo fraile, se dirigió a la multitud con desfallecido

aliento y palabras entrecortadas, y le dijo que moría arrepentido, que

merecía el castigo que se le imponía y que perdonaba al verdugo. «Mi

delito me mata y no _ese hombre_». «Ese hombre» es una expresión

despreciativa, casi un insulto: el sentimiento dominante del español se

mostraba a la hora de la muerte contra el degradado funcionario.

Después, el criminal exclamó: «¡Viva la fe!» «¡Viva la religión!» «¡Viva

el rey!» «¡Viva el nombre de Jesús!», gritos a los que no contestó

ninguno de los que lo oían. En el momento de la muerte, gritó: «¡Viva la

Virgen Santísima!», y, entonces, de todas las bocas salió la misma

exclamación. ¡Tan profunda es la devoción a la Virgen y tan tibia su

relativa indiferencia hacia su rey, su fe y su Salvador! Mientrastanto

el verdugo, un hombre joven vestido de negro, se ocupaba en los detalles

de la fúnebre operación. El fatal instrumento es muy poco complicado: el

reo se sienta en un banquillo, con la espalda apoyada en un poste alto y

fuerte, al cual se sujeta una especie de collar de hierro, que le rodea

el cuello y está dispuesto de modo que se junte con el poste al apretar

un potente tornillo. El verdugo ató tan fuerte los desnudos brazos y

piernas de _Veneno_, que se le hincharon y pusieron negros--precaución

que no está de más, pues el padre de este funcionario fué muerto por un

criminal en el momento de la ejecución. El fraile que asistía a _Veneno_

era un hombre corpulento y finchado, que se ocupaba más de quitarse el

sol de la cara que de su misión espiritual. El bandido se sentó con un

retorcimiento de agonía y castañeteando los dientes. Cuando todo estuvo

dispuesto, el verdugo tomó con ambas manos la palanca del tornillo,

reunió todas sus fuerzas para un vigoroso esfuerzo muscular, y, a una

señal convenida, apretó el férreo collar, en tanto que el ayudante

cubría con un negro pañuelo la cara del ajusticiado; un crispamiento de

sus manos y una palpitación de su pecho fueron los únicos signos

visibles del tránsito del alma del ladrón. Después de una pausa de

algunos momentos, el verdugo miró cautelosamente por debajo del pañuelo,

y después de dar otra vuelta a la palanca, se lo quitó, lo dobló, se lo

metió en el bolsillo y se dispuso a encender un cigarro.

--with that air of satisfaction

Which good men wear who’ve done a virtuous action.»[9]

La cara del muerto estaba ligeramente crispada, la boca abierta, los

ojos desencajados y vueltos. Al pie del cadalso colocaron un féretro

negro, con dos faroles colgados de unos palos y un crucifijo; y también

una mesa pequeña y una bandeja, en la que se seguían depositando

limosnas para pagar a los curas que dijesen misas por su alma. El

populacho, después de haber discutido sobre los crímenes del muerto y

haber criticado a las autoridades, a los jueces y al verdugo, por su

manera de ejecutar (era la primera vez que lo hacía), se fué dispersando

poco a poco, con gran contento de los plateros de la vecindad, que

empezaron a atreverse a abrir los escaparates, porque hasta aquel

momento habían confiado más en las barras y los cerrojos que en el

ejemplo que las gentes estaban presenciando. El cadáver permaneció en el

patíbulo hasta la caída de la tarde, hora en que, metido en un carro de

la basura, fué conducido por el _pregonero_ fuera de la jurisdicción de

la ciudad, a una explanada llamada «La mesa del Rey», donde los cuerpos

de los ajusticiados son descuartizados--«buen plato para la mesa del

Rey»--. Allí el verdugo y sus secuaces tajaron y picaron al difunto con

ese inimitable desprecio de la anatomía, por el que tanto ellos como los

cirujanos españoles son igualmente famosos:

«Le gambe di lui gettaron in una fossa;

Il Diavol ebbe l’alma i lupi l’ossa.»[10]

Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto) · 第 12 / 34 题