IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID

Capítulo XV.

Habiendo ya discurrido bastante, y suponemos que satisfactoriamente,

acerca de las comidas y bebidas de España, no estará demás que dirijamos

nuestra atención a esas casas en que, por caminos y ciudades, se pueden

encontrar esos consuelos para los hambrientos y cansados, o no se pueden

encontrar, como suele suceder en este «país de lo imprevisto». Las

posadas de la Península, salvo raras excepciones, se han clasificado de

tiempo inmemorial en malas, peores y pésimas; y como las últimas, al

mismo tiempo que las más malas son las más numerosas y castizas, durarán

hasta la eternidad. Pocos países habrá en que el viajero esté más veces

de acuerdo con el discurso del amado Johnson a su amigo el caballero

Boswell[1]: «Pocas cosas habrá inventado el hombre que proporcionen

mayor felicidad que una buena taberna». España presenta muchos

argumentos en contra de la afirmación de nuestro gran tragón y

moralista: las posadas, en general, ofrecen más distracciones para la

imaginación que comodidades para el cuerpo, y siempre, aun las más

nuevas y renombradas en el país, son inferiores en mucho a las que

acostumbramos a tener los ingleses en el nuestro y se han extendido ya

por todos los sitios del continente más concurridos por nuestros

compatriotas. Pocas personas dirán aquí con Falstaff: «Iré a mi posada a

holgarme». Es imposible evitar las incomodidades de los malos caminos y

de las _ventas_, viajando a caballo y lentamente, y teniendo que

soportarlas, por lo tanto; mientras que el ferrocarril arrastra al

pasajero, lejos de todas esas molestias, con la rapidez de un cometa, y

las cosas que se pierden pronto de vista se olvidan aún con mayor

rapidez; pero que ningún escritor digno de tal nombre, tenga miedo en

abandonar los caminos para seguir las veredas de la Península. «Hay una

gran parte de España--dice el mismo Johnson a Boswell--que no ha sido

aún recorrida. Me gustaría que fueseis allí; un hombre de talentos

inferiores a los vuestros nos podría procurar observaciones útiles sobre

aquel país».

Es muy fácil de explicar por qué los hospedajes públicos están tan

abandonados. La Naturaleza y los habitantes parece que se han puesto de

acuerdo para aislar más y más la Península, que ya de por sí lo está

bastante por un mar huraño y por barricadas de montañas casi

impracticables. La Inquisición ha reducido al español a la condición de

un fraile encerrado en su convento de altos muros, alerta siempre a no

dejar pasar al extranjero con sus peligrosas novedades[2]. España, pues,

sin visitar ni ser visitada, resulta arreglada exclusivamente para los

españoles, y no se ha ocupado de procurarse ni las mejoras más

elementales y más adecuadas a las necesidades de otros europeos y

extranjeros, que ni son deseados ni queridos, ni siquiera se piensa en

ellos por los indígenas, que rara vez viajan como no sea por necesidad,

y nunca por divertirse. ¿Y para qué habían de hacerlo? ¿Para ellos no es

España el Paraíso, y la parroquia de cada uno el cacho mejor de gloria?

Cuando los nobles y los ricos visitan las provincias, se alojan en sus

propias casas o en las de sus amigos, lo mismo que los frailes, cuando

van de un lado a otro, siempre se hospedan en los conventos. La gran

masa de las familias peninsulares, que no están sobrecargadas ni de

dinero ni de exigencias, han estado y están habituadas a infinitas

molestias y privaciones: viven en su país en una abundancia de

privaciones, y piensan que al salir de casa lo han de pasar peor, pues

saben perfectamente que en las posadas españolas la comodidad brilla por

su ausencia. Al igual que en Oriente, no conciben que el viajar no sea

una serie ininterrumpida de trabajos, que soportan, cuando es necesario,

con resignación estoica, considerándolos como _cosas de España_, que

siempre han sido así, y para las cuales no hay remedio, sino paciente

resignación. La feliz ignorancia y el desconocimiento de lo mejor han

sido siempre el gran secreto de la ausencia de descontento, mientras que

para aquellos que están habituados a vivir en continua fiesta, cualquier

cosa que no sale a medida de su deseo es un desengaño; pero los que

comen a diario pan duro y escaso y sólo beben agua, consideran un lujo

el más pequeño exceso.

En España no se pide ninguna de esas comodidades que se han introducido

en el continente por nuestros nómadas compatriotas, que llevan consigo

su té, sus toallas, sus alfombras, su sibaritismo y su civilización. El

viajar por placer es una invención moderna, y como resulta caro, los

ingleses son, por lo común, quienes más viajan, pues tienen elementos

para ello; pero como España está fuera de sus itinerarios corrientes,

las posadas conservan el primitivo estado de suciedad y abandono que

tuvieron muchas del continente hasta que las pulieron nuestras

indicaciones y nuestras guineas.

En la Península, donde el intelecto no viaja a gran velocidad, las

posadas, principalmente las de camino y las de orden inferior, continúan

en el mismo estado que en tiempo de los romanos, y aun probablemente que

antes de ellos. Es más, aun las cercanas a Madrid, «la única corte de la

tierra», son tan clásicamente miserables como la hostería de Aricia,

cerca de la Ciudad Eterna, era en tiempos de Horacio. En realidad, las

posadas españolas de lugares apartados son de tal suerte, que una señora

inglesa no debe aventurarse a penetrar en ellas, a menos de estar

preparada para soportar una serie de molestias de las que no pueden

formarse la más remota idea los que sólo han viajado por Inglaterra,

aunque pueden ser y han sido soportadas aun por gente enferma y

delicada. En cuanto a la gente joven, y a todo hombre que goce de buena

salud, de buen humor y de la bendita previsión, comida y una cama no han

de faltarle, a las que el hambre y la fatiga las hará más deleitosas que

todos los recursos del arte; y por fortuna para el viajero, en todo el

continente, y especialmente en España, se encuentra siempre el pan y la

sal, como en los tiempos de Horacio, para reparar el estómago

desfallecido, y después de eso, _al que duerme bien no le pican las

pulgas_. Estos pequeños inconvenientes están muy compensados por los

placeres que proporciona el viajar en este país primitivo, y además

pueden aminorarse mucho haciendo acopio de _provisiones_, tanto en la

cesta como en la cabeza. Las expediciones abundan en incidentes,

aventuras y novedades; todos los días se representa a nuestra vista un

nuevo espectáculo de la vida real y nos proporciona medios de conocer el

fondo de la naturaleza humana y guardar un cúmulo de datos interesantes

para el porvenir: después se recuerda todo lo agradable, y las

molestias, si no se olvidan por completo, se atenúan mucho, pues aun las

que se soportan en una batalla, al recordarlas y charlar sobre ellas,

resultan divertidas. El viajero no debe esperar el encontrarse con

demasiadas cosas; si cuenta con no encontrarse nada, difícil será que se

lleve un desengaño. España, como Oriente, no puede ser gozada por los

excesivamente dengosos para las comodidades corporales; así, pues, los

que analicen excesivamente, los que atisben demasiado detrás de las

cortinas culinarias o domésticas, no puede esperarse que pasen una

existencia tranquila.

Entre estos refugios para los desamparados, colocaremos en primer

término la _fonda_. Como indica su nombre, es una cosa extranjera,

importada de Venecia, que en sus tiempos fué el París de Europa, el

centro de la civilización sensual y el asiento de toda mentira e

iniquidad. Los _fondacco_ sirvieron de modelo a los _fondack_ turcos. La

_fonda_ sólo se encuentra en las grandes ciudades y puertos principales

donde se ha impuesto la necesidad de ellas por la concurrencia de

extranjeros. Casi siempre tiene anejas una _botillería_, donde se

expenden bebidas de todas clases, y una _nevería_, donde se sirven

helados y pasteles. En la _fonda_ sólo se acomodan las personas; los

animales, no; pero suele haber cerca alguna cuadra o una posada modesta,

donde se envían los caballos. La _fonda_ está, por lo común, bien

provista de todos los artículos con que los sobrios y severos indígenas

se contentan; el viajero al hacer comparaciones no debe nunca olvidar

que España no es Inglaterra, a la cual muy pocos de ellos pueden sacar

de la cabeza.

Que España es España, es una perogrullada que no se repetirá bastante, y

en ser tal como es consiste su originalidad, su gracia, su

idiosincrasia, su mayor encanto y su más alto interés, a pesar de que

los españoles no lo crean así y, por una tonta imitación de la

civilización europea, todos los días le hagan perder algún encanto

substituyéndolo por cosas vulgares que no van bien con su carácter y

menos aún con el de sus antepasados gótico-árabes. Los frailes, como ya

hemos dicho, han desaparecido; las mantillas van desapareciendo; la

sombra del algodón _versus_ trigo ya ha obscurecido la risueña ciudad de

Fígaro, y el fin de todas las cosas se aproxima, _¡Ay de mi España!_

En España, especialmente en las provincias cálidas, hay que luchar

contra el calor y no contra el frío; por lo tanto, las alfombras, los

tapetes, las cortinas, etcétera, etc., serían un estorbo positivo que

dificultarían la ventilación, y, en cambio, favorecerían de manera

intolerable la cría de polillas. Las paredes, por lo general, están

sencillamente enjalbegadas; los irregulares suelos, de ladrillo, se

suelen cubrir con una _estera_ de _esparto_, como se hacía en nuestros

palacios en los tiempos de la reina Isabel; completan el parco ajuar del

cuarto una cama baja de hierro o madera sobre ruedas, con bastos pero

limpios colchones y sábanas, unas cuantas sillas duras, y, a veces, un

sofá de respaldo derecho, muy incómodo, y una mesa desvencijada. Los

precios son moderados: unos dos duros, o cosa así, diarios por persona,

incluyendo habitación, desayuno, comida y cena. Los criados, si son

españoles, cuestan generalmente la mitad; los criados ingleses, que

ninguna persona discreta llevará al continente, en ninguna parte serán

menos útiles y más molestos que en este país, donde se sufre hambre y

sed, y donde no hay té, ni cerveza, ni carne. Dan más trabajo, necesitan

más alimento y atención, y están diez veces más descontentos que sus

señores. Estos, a lo menos, tienen el sentimiento de lo bello, y sienten

un placer estético en el viaje en sí mismo, que les compensa

sobradamente de las grandes faltas de comodidades materiales, que

constituyen, en cambio, la única preocupación de la servidumbre, que

sólo tiene el cerebro lleno de _pudding_ y de sus buenas cuatro comidas

diarias. Las fondas son más caras en Madrid y Barcelona, ciudad

comercial la última donde los hoteles son más europeos tanto en las

comidas como en los precios.

Los que hayan de estar una temporada larga en una ciudad deben hacer un

arreglo con el fondista o alojarse en una _casa de pupilos_ o de

_huéspedes_, donde tendrán más ocasión de aprender el español y observar

las costumbres del país. Este sistema es muy corriente, y puede saberse

que en una casa se admiten huéspedes por un papel blanco que se coloca

en un lado del balcón, siendo este modo de colocarlo, precisamente, lo

que indica la industria de la casa, pues si el papel se ostenta en medio

del balcón, entonces significa que está el cuarto para alquilar. Los

precios de estas casas son razonables.

Desde la muerte de Fernando VII se han realizado muchas mejoras en

algunas _fondas_. En los cambios y vueltas de las revoluciones, todos

los partidos han intervenido y gobernado, matando o desterrando a sus

contrarios. Realistas, liberales, patriotas, moderados, etc., cada uno

en su época, han sido expatriados; y como la rueda de la fortuna y la de

la política no se cansan de dar vueltas, gran parte de ellos han

regresado a su querida España después de un amargo destierro en

Inglaterra o Francia. Muchos de estos viajeros fueron expatriados para

el bien público, pues pudieron averiguar que, allende el mar y allende

el Pirineo, muchas cosas estaban bastante mejor arregladas que en su

país. De tiempo en tiempo empezaron a sospechar, aun cuando nunca lo

confesaran delante de un extranjero, que España no era enteramente la

más rica, la más inteligente, la más fuerte y la primera de todas las

naciones, sino que podía tomar algún que otro ejemplo en ciertas

fruslerías, entre las que quizá podían incluírse las referentes a

alojamientos de hombres y animales.

Además, con las facilidades de vapores, coches y diligencias acuden más

extranjeros, y se hace necesario el aumento de posadas y el servicio de

las mismas. A cada instante se nota el fermento de la levadura

extranjera, y si el _mosto_ nacional no se hubiera mezclado con

aguardiente francés, seguramente podría aún producirse algo bueno.

En los puertos y en las grandes ciudades situadas en el camino de

Madrid, toda la civilización, en lo concerniente a café y cocina, viene

de _la belle France_. Ha desaparecido el obscurantismo monástico y el

reinado de los conventos, para dar paso al de la cocina, y al contemplar

los espaciosos ámbitos de los monasterios abandonados, no se puede menos

de pensar en «los establecimientos de primera línea», donde seguramente

se paga más y se reza menos. Hace poco han llegado noticias de Málaga

por las que nos enteramos de que se están construyendo algunos hoteles

ultracivilizados que han de ser regidos por ingleses, quienes, al

parecer, son tan necesarios para reglamentar estas novedades en el

continente, como para construír ferrocarriles y vapores. Los cuartos

estarán empapelados, los suelos de ladrillo se substituirán por

entarimado, con alfombras por encima; se colocarán chimeneas, se pondrán

campanillas y otros detalles que seguramente parecerán increíbles a los

que recuerden a la España de antes. Tocarán esas campanas a muerto por

lo nacional, y mucho nos equivocaremos si el viejo y ceñido Cid no

contesta en persona a la primera que se toque en Burgos, atravesando al

innovador con su tizona. Aun hay más, para que lo maravilloso no acabe:

han llegado rumores al extranjero de que se intenta hacer gabinetes

solitarios y excusados donde por mágico mecanismo el agua corre en

torrentes, pero éste, como otros muchos rumores, vía Madrid-París,

necesita confirmación. Seguramente el espíritu de la Santa Inquisición,

que aun se cierne sobre la ortodoxa España, rechazará todas estas

herejías inglesas, miradas con horror incluso por la librepensadora

Francia.

El alojamiento genuinamente español es la _posada_, que seguramente

quiere decir casa de _reposo_ para después de las fatigas de una

jornada. Hablando en puridad, el posadero sólo está obligado a dar

alojamiento, sal y medios para guisar lo que el viajero lleve consigo o

compre, y, en este sentido, difiere de la _fonda_, en donde procuran

comida y bebida. La _posada_ sólo puede compararse con su modelo el

_Khan_ de Oriente, pero en modo alguno con las hospederías europeas. Si

los viajeros, y especialmente los ingleses, se hicieran cargo de esto,

se ahorrarían mucho tiempo, mucho trabajo y muchos desengaños, y no se

expondrían a perder la paciencia y a tener un disgusto. Ningún español

se molesta por no encontrar comodidades ni por que no se ocupen de él.

Y, a pesar de que en otras ocasiones, a la menor afrenta personal, su

sangre arde sin necesidad de fuego, toma estas cosas fríamente, como

rara vez lo hace el extranjero. Al igual de los orientales, no espera

encontrar nada, y, por lo tanto, nunca es una sorpresa para él el

tenerse que conformar con lo que lleve consigo. Reserva su estupefacción

para cuando encuentra algo preparado, lo cual considera una bendición de

Dios. Como la mayoría de los viajeros llevan provisiones, la

incertidumbre de la demanda hace que los posaderos se abstengan de

llenar su despensa de géneros que se estropean con facilidad; además,

antiguamente, por privilegios locales completamente absurdos, les estaba

prohibido vender a los viajeros cosas de comer y beber, pues los señores

o propietarios de las ciudades o pueblos tenían tiendas en las que

ejercían el monopolio de tales artículos. Todos estos inconvenientes son

mayores en el papel que en la práctica, porque donde quiera que las

leyes están en completa oposición con el sentido común y con el

beneficio público, prácticamente se neutralizan, eludiendo el

cumplirlos, cosa que se consigue sin gran dificultad. Por lo tanto, si

el posadero no tiene nada en casa precisamente, sabe dónde puede

encontrarlo. Se debe pagar una cantidad diaria por alojamiento, servicio

y preparación de alimentos: esto se llama el _ruido de la casa_, pareja

del antiguo _incommodo della casa_ italiana, y es una indemnización al

patrón por las molestias que se le puedan ocasionar con el ruido, y no

puede haberse elegido palabra más propia para expresar el espantoso

estrépito de mulas, arrieros, cánticos, bailes y risas, el polvo y la

marimorena que arman los hombres y los animales españoles. El viajero

inglés, que, probablemente, será quien haya pagado más por el _ruido_,

es por lo general la persona más tranquila de la casa y tendría derecho

a reclamar una indemnización por las injurias hechas a sus órganos

acústicos si siguiera el sistema del soldado turco, que obliga a su

anfitrión a pagarle una cantidad para compensarle del daño que sufrieron

sus muelas al masticar manjares ordinarios.

Parejo de la _posada_ es el _parador_, palabra derivada probablemente

del árabe _waradah_, «lugar donde hacer alto». Son grandes caserones,

donde se acomodan los carros, coches y bestias de carga, y suelen estar

situados en las afueras de las ciudades con objeto de evitar las

molestias de las puertas, donde hay que pagar un impuesto municipal por

todo artículo de consumo. Este impuesto es la antigua _sisa_, palabra

derivada del hebreo _sisah_, tomar la sexta parte, y hoy se llama el

_derecho de puertas_, y es y ha sido siempre tan impopular como el

_octroi_ semejante de Francia. Demás de ello, como suele estar

arrendado, es exigido, con gran severidad y descortesía, a las clases

populares, contribuyendo, como otros muchos detalles del equivocado

sistema político y económico de España, a que cunda el descontento y la

mala voluntad hacia las autoridades que con tales trabas crean

dificultades al comercio y a los viajeros. Los empleados no son, por lo

común, muy exigentes ni groseros con las clases elevadas, y si el

extranjero se dirige a ellos cortésmente y les dice que es un caballero

inglés, el _cerbero_ oficial abre la puerta y le deja pasar sin

molestarle, y más aún si le tranquiliza con el don virgiliano de una

propina. Las leyes en España son severas en el papel, pero los que las

administran, si se ventila el propio interés, noventa y nueve veces

entre ciento, las eluden o tergiversan: _se obedece pero no se cumple_.

Las clases inferiores de empleados están tan mal pagadas, que se ven

impelidas a buscar un suplemento de ingresos aceptando propinas y

regalos que, como el _backshish_ en Oriente, se pueden ofrecer siempre y

ser aceptados como un cumplimiento. La _idea_ del soborno se rechaza

como ofensa a la dignidad o al _pundonor_, pero si se da una cantidad a

un empleado superior, para que la gente a sus órdenes _tome una copa_,

la delicada atención es embolsada por el jefe, debidamente apreciada y

produce el debido efecto.

Otro término casi equivalente a la _posada_ es el _mesón_, que se puede

aplicar más propiamente a las _hosterías_ de las ciudades pequeñas y los

pueblos que a los alojamientos de los grandes. El _mesonero_, lo mismo

que la _ventera_, tienen en España mala reputación, y siempre será

conveniente, al tratar con ellos, estipular de antemano el precio. El

proverbio dice: _Por un ladrón pierden ciento en el mesón y Ventera

hermosa, mal para la bolsa_. Entre los mesoneros es donde se pueden

encontrar los ladrones verdaderos y más peligrosos de España, pues no

suelen pensar en otra cosa que en el medio de que la cuenta suba más.

Bien es verdad que si no fuera por la ganancia, no habría muchos que

quisieran ser mesoneros, pues en España es uno de los oficios que están

mal mirados, por las ideas indias de casta, respeto de sí mismo,

limpieza de sangre, etc., etc., que aun existen. El hospedar extranjeros

por ganancia está en contra de las sagradas leyes de hospitalidad

orientales. Ningún español, si puede, se rebaja a este oficio, y casi

todas las _fondas_ de las ciudades están dirigidas por franceses,

italianos, catalanes, vizcaínos, que todos son extranjeros para los

castellanos, y, por tanto, mal mirados. Por esto vemos que el ventero de

_Don Quijote_ asegura que es _cristiano_, aunque ventero, más aún

_cristiano viejo y rancio_, que es el término usado comúnmente para

distinguir a los de cepa de los judíos y moros renegados que por no

abandonar España se convirtieron.

_El parador_, _mesón_, _posada_ o _venta_, llámese como se quiera, es el

romano _stabulum_, cuya primitiva aplicación era alojar el ganado, y

sólo en segundo término se acomodaban en él los viajeros, que es

precisamente lo que sucede hoy en España. Los _animales_ están

perfectamente acondicionados: frescos y cómodos establos, amplios

pesebres, pienso y agua abundantes, en una palabra, todas las

comodidades necesarias para el ganado se pueden encontrar; pero las

_personas_, ya es otra cosa. Puede decirse que les ocurre todo lo

contrario y que, si necesitan algo, lo deben llevar de fuera. Solamente

se les dedica una pequeña parte del edificio, y para eso ha de colocarse

abajo entre los brutos, o arriba en el desván, entre los sacos de

pienso. En cambio, si le preguntan al hostelero: ¿qué hay?, le

contestará que _hay de todo_, como un bribón de _ventero_ respondía a

Sancho Panza que en su despensa estaban todos los pájaros del aire,

todos los animales de la tierra y todos los peces del mar, fanfarronería

muy española, y que suele reducirse a tener que comer lo que uno lleva

de repuesto. Donde sucede esto con más frecuencia es en las _ventas_

situadas en las carreteras y en lugares poco frecuentados, los cuales,

aun cuando con la despensa vacía, están llenas hasta el borde del

espíritu de Don Quijote, y las cosas que en ellas suceden son tan

extrañas e inesperadas, que cuesta trabajo hacerse cargo, y que no

parece que se vive en el mundo actual, sino que se está soñando. El

artista y observador olvidará muchas veces que no ha comido al hallar

tanto pasto espiritual, pero, en cambio, el español que le acompañe, si

es de clase distinguida, no verá nada de esta belleza, y se avergonzará

de lo que él se encante y renegará, y quizá con razón, de la triste

falta de civilización, y de los manteles sucios, y de la mala comida.

De todos modos, mientras el uno está soñando con los godos y con los

árabes, viviendo dos mil siglos atrás, él está pensando en Mivart; y

mientras aquél cita a Marcial, él y el ventero piensan que está

rematadamente loco y que no dice más que tonterías; es más: muchas

veces, un caballero español, no pudiendo imaginar que esas cosas sean

objeto de admiración, cree que se burlan de él en sus barbas si alguien

se muestra satisfecho de las cosas que él considera como una vergüenza,

y que se está juzgando a un país como romano o africano, en una palabra,

como no europeo, que es lo que más le molesta.

Las _ventas_ han sido de tiempo inmemorial objeto de burlas, lo mismo de

españoles que de extranjeros. Quevedo y Cervantes se extienden en

diatribas contra la bellaquería de sus dueños y lo malo de sus

aposentos; Góngora las compara con el Arca de Noé, y es una comparación

muy acertada, por la gran variedad de animales que en ella se

encuentran, desde los mayores hasta los más _pequeños_, y de estos

últimos, no ciertamente una pareja, ni de una sola especie. La palabra

_venta_ se deriva del latín _vendenda_, aun cuando podría anteponérsele

un _non_, puesto que no se vende en ellas nada a los viajeros.

Covarrubias explica este sistema de negociar, como consistiendo

«especialmente en _vender_ gato por liebre», práctica tan usual en las

ventas que ya ha quedado la frase como equivalente a engañar a uno. A

los indígenas no les disgusta la tribu felina cuando está bien guisada.

En la Alhambra no había gato seguro, porque los galeotes le echaban mano

en un segundo. Este rasgo _ventero_ de gastronomía ibérica no escapó al

recopilador de Gil Blas.

Hablando en puridad, una _venta_ es una posada aislada en la carretera o

salón de los caminos, que si no ofrece atractivos físicos, los ofrece al

menos espirituales, y de ahí el gran lugar que ocupan en todas las

narraciones personales y de viajes por España; aguzan el ingenio tanto

de hambrientos cocineros como de autores despejados, pues sabido es que

_ingenii largitor venter_ es tan viejo como Juvenal. Muchas de estas

ventas han sido construídas en gran escala por los nobles o las

comunidades religiosas dueños de los pueblos o terrenos cercanos, y

algunas conservan a cierta distancia el aire de una mansión señorial.

Sus muros y torres elegantes se elevan hacia el cielo alegremente, dando

idea de algo confortable, y, en cambio, en el interior todo es

obscuridad, suciedad y ruina, asemejándose a sepulcros blanqueados. El

piso bajo es un espacio común para personas y animales; la parte

dedicada a establo suele estar abovedada y es muy obscura y difícil de

ventilar, tanto, que aun en pleno día cuesta trabajo distinguir los

detalles. Los pesebres están alineados a lo largo de las paredes, y los

arreos de las caballerías se cuelgan en los pilares que sostienen los

arcos; una puerta grande que da a la calle conduce a esta gran cuadra;

un espacio pequeño en el interior está reservado, y en él entran las

personas a pie o a caballo; no hay una criada, ni un mozo que salga a

recibir a los huéspedes, y ni siquiera el dueño se muestra obsequioso

con ellos. El ventero suele estar sentado al sol, fumando, y su mujer no

interrumpe por nada la tarea de buscar caza menor en la espesa

pelambrera de su hija. El huésped, por su parte, no pone tampoco mucha

atención en ellos. Sin decirles nada, se dirige a una ventruda tinaja,

que siempre está colocada en sitio visible, y saca de ella una jarra de

agua, o toma del anaquel que hay en el muro una _alcarraza_ de agua

fría, refresca su abrasado gaznate, vuelve a llenarla y la coloca de

nuevo en su agujero del _taller_, que parece el repostero de los vinos

en la despensa de un mayordomo. El viajero procede luego a buscar

acomodo para sus caballerías--sin que le ayuden el hostelero ni ningún

criado--, les quita las sillas y los arreos y acude al _ventero_ en

demanda de pienso. El frío recibimiento de que es objeto el viajero

contrasta con el caluroso que le espera a la hora de dormir: su llegada

es una bendición de Dios para la tribu de insectos, que, como el

_ventero_, no tienen muy bien provista la despensa. El no come en su

cuarto, sino que es comido, como Polonio; las paredes están marcadas con

señales indelebles de los combates nocturnos y sin cuartel, verdaderas

guerrillas españolas que se empeñan sin un tratado de Elliot entre

enemigos que, si no son exterminados, matan el sueño. Si estas pulgas y

piojos actuasen de común acuerdo, acabarían con un Goliat, pero, por

fortuna, como otros españoles, no operan nunca juntos, y, por

consiguiente, se les puede sojuzgar y destruír individualmente; de aquí

la proverbial expresión para indicar una gran mortalidad entre personas:

_mueren como chinches_.

Después de haber procurado por el bienestar de sus caballerías--pues «el

ojo del amo engorda el caballo»--el viajero comienza a pensar en sí

mismo. Ya hemos dicho que la mayor parte del edificio está destinada al

ganado, y otra, a sus propietarios. Enfrente de la entrada está

generalmente la escalera que conduce al piso superior, que es el

dedicado al forraje, las aves de corral, los insectos y los viajeros más

distinguidos. La disposición de la mayoría de las _ventas_ y _posadas_

es la de un convento, y está calculada para dar cabida al mayor número

de huéspedes en el menor espacio posible. La entrada y salida se

facilita por medio de un largo corredor, al cual abren las puertas de

las habitaciones separadas, llamadas _cuartos_, palabra de donde debe

venir la inglesa _quarters_. Por rara casualidad se encuentra en ellos

un mueble ni nada de lo que se necesite; si se quiere algo hay que

pedirlo, y el hostelero lo traerá. Un puritano rígido se acongojaría por

la falta de cualquier artificio mecánico que pueda contener un poco de

agua, y para el que en estas ocasiones quiera lavarse, lo mejor será

que se vaya a la orilla de un río, pero éstos, en el interior de las

Castillas, son a veces más difíciles de encontrar que una jofaina de

agua.

No hay, pues, que echar redes donde no hay peces, ni hay que esperar

encontrar ciertas comodidades allí donde los naturales del país no las

necesitan, pues esos artículos que parecen al extranjero de lo más

corriente y necesario, son desconocidos por los indígenas. Además, como

no hay tapices que se estropeen y el agua fría tiene las mismas

propiedades, que esté en un caldero o en un cubo, siempre podrá uno

hacer sus abluciones. Después de todo, hay que reconocer que una _venta_

es una buena escuela para los esclavos del _comfort_; ¡y sin cuántas

cosas que parecen absolutamente necesarias se puede vivir, y tan

felizmente! ¡Y qué lecciones se aprenden de jovial paciencia y del

talento del marinero inglés de sacar el mejor partido de cualquier

incidente y de estimar bueno cualquier puerto en caso de tormenta! Es

inútil quejarse ni protestar de nada, pues si se le dice al ventero que

el vino que da es más agrio que el vinagre, no será raro que conteste:

«No puede ser, señor, porque los dos son del mismo barril».

La parte del piso bajo, que separa el zaguán del establo, se dedica a

cocina y habitación de los viajeros. Esta cocina se compone de un gran

hogar abierto, por lo general en el suelo, donde se colocan en círculos

alrededor del fuego las ollas, pucheros y demás vasijas necesarias,

_multa villica quem coronat ollâ_, como dice Marcial (igual que lo

diría hoy cualquier buen español) al escribir a su amigo Juvenal, al

volver a España después de treinta y cinco años de ausencia en Roma,

dándole cuenta detallada de las satisfacciones que disfruta al volver a

su muy querida patria, relato que recuerda los detalles domésticos del

primer capítulo del _Quijote_. Estas hileras de pucheros están

sostenidas por piedras redondas que se llaman «sesos»; encima hay una

chimenea alta y ancha, armada con alguna barra de hierro que se utiliza

para colgar los peroles de grandes dimensiones; algunas veces hay

también fogones u hornillas de mampostería, pero más frecuentemente se

usan unas portátiles, como en Oriente. A lo largo de las renegridas

paredes se cuelgan los peroles y pucheros, parrillas y sartenes en

hileras desiguales para aprovechar el terreno, semejando renacuajos de

distintos tamaños, dispuestos para servir a pocos o a muchos huéspedes.

Y cuantos más haya, mejor: es buena señal, pues _en casa llena, pronto

se guisa la cena_.

Como la proximidad del hogar es el sitio más caliente y el más cercano a

la olla, suele ser la _querencia_, el refugio favorito de los arrieros y

buhoneros, especialmente cuando hace frío o humedad, o cuando tienen

hambre. Dice un proverbio que el que primero llega es el mejor servido

en asuntos de amor y comida. El que llega antes, toma el sitio más

cómodo junto al fuego y asegura la mejor asistencia. Para los huéspedes

distinguidos suele haber un aposento «privado», o se habilita el cuarto

de la _ventera_; esta distinción la hacen con aquellos que se presentan

dando muestras de gran cortesía y aparentan llevar bien repletos los

bolsillos; pero tales comodidades, fuera de uso, no son propias para un

autor o un artista, y la cocina general resulta preferible a un aposento

aislado. Cuando un extranjero entra y saluda diciendo: «Caballeros, no

se molesten ustedes», o indica cortésmente el deseo de tratarlos con

respeto, seguramente le será devuelto el cumplido con creces; y como la

buena crianza es instintiva en el español, se levantarán y le obligarán

a ocupar el mejor sitio. Mayor, ciertamente, será su satisfacción y

agrado si el invitado puede hablar con ellos en su idioma y demuestra

que conoce su manera de sentir, haciendo circular _sus_ cigarros y _su_

bota entre ellos.

Junto a la cocina hay una alacena, especie de escondrijo, donde el

ventero guarda los materiales que son la base de los guisos nacionales,

y, entre los cuales, el ajo representa el principal papel: su solo

nombre, como el de fraile, es suficiente para agraviar a la mayor parte

de los ingleses. Lo peor de este condimento es el abuso y no el uso que

se hace de él, pues en algunas regiones, sobre todo en el Mediodía, no

hay ningún plato que no esté cargado de ajo, considerado entre los

naturales como muy gustoso, estomacal y vigorizador, lo que induce a

pensar algunas veces que debe ir bien con la naturaleza de la gente del

país, por lo que dice el refrán: _Donde crece la escoba, nace el asno

que la roa_. Y tampoco es cierto que el ajo sea un veneno o un signo de

vileza, pues a Enrique IV, al nacer, su abuelo le frotó los labios con

uno, siguiendo la respetable y vieja costumbre de los bearneses.

_Pan, vino y ajo crudo, hacen andar al mozo agudo_, dice un proverbio

castellano. Las clases distinguidas se tapan las narices al oler un

perfume tan agradable para las clases bajas. Alfonso XI prohibió el uso

del ajo a sus caballeros de La Banda; y Don Quijote aconsejaba a Sancho

que, al ser gobernador, se abstuviese de este manjar, que no era el más

propio para su dignidad; pero aun dichos personajes tienen que vencerse,

y es uno de los mayores sacrificios que pueden ofrecer al altar de la

civilización y a _les convenances_. Hablando en justicia, hay que

reconocer que el ajo de España, si se administra con cautela (pues como

el ácido prúsico todo depende de la cantidad), es mucho más suave que el

de Inglaterra. Las cebollas y el ajo españoles degeneran cuando se

transplantan a Inglaterra; después de tres años de estar plantados ganan

en sabor y olor; como los perros de caza ingleses, al ser trasladados a

España, pierden su fuerza y su olfato a la tercera generación. A las

cabezas de ajo se las llama _un diente_. Los que no gusten del picante

condimento, ya pueden estar atentos y vigilar a la cocinera de la venta

mientras prepara la sopa, pues, de lo contrario, ni Avicena le salva;

pues si Dios envía los alimentos (y aquí son una bendición del cielo),

el maligno manda a los cocineros de las ventas, que, seguramente,

embrujan muchas cosas.

Feliz cien veces el viajero que tenga la suerte de contar con un criado

previsor que, habiéndose pertrechado bien en el camino, le presente

bocados exquisitos que no hayan recibido el aliento de una Canidia

castellana. Mientras se guisan, puede, si se siente poeta, hacer sonetos

que rivalicen con aquel del _Quijote_ a Sancho Panza y al jumento y a

las alforjas _que mostraron tu cuerda providencia_. El olorcillo y las

noticias de haber llegado golosinas extraordinarias se extiende pronto

por el pueblo, y, generalmente, atrae al _cura_, que es aficionado a

saber cosas nuevas y al cual tampoco desagradan los manjares sabrosos.

La sobriedad de un español, como su piedad, es una cosa forzada; su

pobreza y no su voluntad le obliga a muchos más ayunos que los

decretados por la Iglesia. El hambre, la salsa de San Bernardo, es una

de las pocas cosas que no faltan en una venta española. Nosotros

solíamos tener por costumbre invitar al cura rogándole que bendijese la

olla, lo cual hacía siempre de buen grado. Cortés y agradecido, pagaba

con creces la visible merma con sus informaciones locales, sus bondades

y el crédito que nos daba a los ojos de los naturales del país el ser

acogidos y protegidos por su párroco y maestro. No hay que ocultar los

profundos suspiros y exclamaciones--_¡qué rico!_--que cuando se servía

un estofado de perdiz se escapaban de los envidiosos labios del

hambriento rebaño al contemplar y oler el oloroso plato al pasar

humeando ante ellos como la locomotora de un ferrocarril.

Pero, hay que decirlo, no toda la hospitalidad estaba de una parte: en

más de una ruda _venta_, particularmente en la provincia de Salamanca,

nos ha ocurrido que el canoso _cura_, cuyos emolumentos apenas le

bastarían para cubrir sus más perentorias necesidades, al oír que había

llegado un inglés, se apresurase a ofrecernos su casa y su mesa. Tal

invitación, o la de otro cualquier español, no debe aceptarla el que

tenga poco tiempo que perder, o desee una gran libertad; más vale que se

invite al buen hombre a sentarse a la cabecera de la mesa de la _venta_,

y se le regala con el mejor cigarro que se tenga, y empezará a contar

las proezas de _el gran Lor_--el Cid de Inglaterra--, y contará las

victorias del Duque de Wéllington, y se extenderá en consideraciones

sobre la buena fe, la piedad y la justicia de nuestros valientes

soldados, y la crueldad, rapacidad y perfidia de los que huían ante sus

brillantes bayonetas.

Pero volvamos a la venta. Estén las alforjas o el estómago llenos o

vacíos, el _ventero_ no se conmoverá a la llegada de un huésped, que no

parece sino que él nunca sintió apetito, ni lo perdió, ni ha comido en

su vida. Bien es cierto que a los de su ralea nunca se les ve comer como

no sea invitado por algún forastero. Parece como si se mantuviera del

aire, a semejanza de los sobrios camaleones, y, más aún que él, su

mujer y demás parientes, a quienes nunca se ve comer, ni aun con los

forasteros; es más, en algunas familias españolas de la clase humilde

deben tener una cazuela con sobras, al lado de la del gato, en algún

rincón. Tal es la situación de inferioridad en que se tiene a la mujer,

lo cual es, sin duda, una reminiscencia de las costumbres romanas y

árabes. El marido y señor, el posadero, no concibe por qué los

extranjeros son tan impacientes cuando llegan a la posada, y la misma

sorpresa demuestran ante su apetito desordenado, siendo lo último que se

le ocurre la pregunta usual de un hostelero inglés:--¿Desea usted tomar

algo?--Algunas veces, dándole un cigarro, engatusando a la mujer,

adulando a la hija y acariciando a Maritornes, quizá se consiga que mate

un par de _pollos_ de los que andan por allí picoteándolo todo y

esperando que los atrapen y los guisen en la cazuela.

Todas las operaciones de matarlos, escaldarlos, desplumarlos, asarlos y,

por último, comerlos, se hacen, por supuesto, en la cocina, a la vista

de todos, y las ejecutan la ventera y sus hijas, o las criadas, o una

vieja arrugada, ahumada y con gesto de vinagre, que es, o a lo menos se

la llama _la tía_, objeto de las bromas del cortés y hambriento

caballero antes de la comida y de sus chanzas de estómago agradecido

después de ella. La reunión está sentada alrededor del fuego y cada cual

procura echar una ojeada a su comida, siguiendo el proverbio que dice:

_Un ojo a la sartén y otro a la gata_. La existencia de este cuadrúpedo

en la _venta_ y entre los pucheros es un verdadero milagro, y casi todas

presentan la particularidad, que sería seguramente interesante para un

naturalista, de tener las orejas y el rabo cortados hasta el mismo

hueso.

Todos y cada uno de los viajeros, cuando sus respectivos platos están

dispuestos, se agrupan alrededor de la sartén, que se retira caliente y

humeante del fuego y se coloca sobre una mesa baja o un tocón de madera,

ante ellos, o bien se vierte el contenido en una fuente honda de barro,

cuya forma y color es exactamente el _paropsis_ que describen Marcial y

otros antiguos autores. Las sillas son un lujo: las gentes de la clase

baja se sientan en el suelo como en Oriente, o en taburetes muy

pequeños, y caen sobre el plato de una manera completamente oriental,

ignorando del modo más antieuropeo el empleo del tenedor[3], que

substituyen con una corta cuchara de palo o de cuerno, o bien meten una

sopa de pan en la fuente, o sacan las tajadas con la punta de sus

navajas. Comen bastante, pero con gravedad; con apetito, pero sin gula,

pues habrá pocas naciones en las que la masa esté mejor educada y tenga

mejores formas que la clase humilde española.

Son muy insinuantes en sus invitaciones en donde quiera que hay una

comida. Nadie, por humilde que sea su posición, consentirá que pase una

persona al lado suyo cuando está comiendo sin decirle: _¿Usted gusta?_

Asimismo ningún viajero debe prescindir de esta cortesía, al acercarse a

él un español, sea de la clase que sea, sobre todo en esas comidas que

con frecuencia se hacen en pleno campo; y no lo deben tomar por pura

fórmula, pues todas las clases consideran un cumplido que un extranjero,

sobre todo un inglés, acceda a participar de su comida. En los pueblos

pequeños será frecuente que no acepten el convite de un inglés, aun las

clases elevadas y aquellos que ya han comido, pues tienen como a desaire

el rechazar la invitación, además de que siempre están dispuestos a

tomar un bocado de un plato escogido que no suele, por lo general, tener

a diario en su frugal mesa; todo lo cual es muy árabe. Sin embargo,

ningún español acepta un convite de buenas a primeras: siempre procura

hacerse rogar un poco, para que parezca que hacen violencia a su

estómago, aceptando por hacerse grato. Los ángeles declinaron la

hospitalidad de Lot hasta que se les «instó _grandemente_». Los viajeros

en España deben tener en cuenta este rasgo oriental aun existente,

porque, si no insisten en su invitación, se figurarán, seguramente, que

lo hacen por mero cumplido. Nosotros hemos conocido españoles que se han

presentado con intención de quedarse a comer, y que se han marchado por

haberles parecido que la ceremonia de la invitación no se había hecho en

la forma que su susceptibilidad estimaba debía hacerse y que es en un

todo opuesto a nuestra manera de ser. La hospitalidad en un país donde

son raras las posadas se convierte en un sagrado deber, como ocurre en

Oriente; si uno consume todas sus provisiones solo, no puede esperar

tener muchos amigos. Hablando en términos generales, el ofrecimiento no

se acepta: se rehusa siempre con igual cortesía que inspira la

invitación: _Muchas gracias, que le haga buen provecho_, que es una

respuesta parecida al _prosit_ de los campesinos italianos después de

comer o de estornudar. Estas costumbres de invitar y rehusar la

invitación concuerdan exactamente, aun en las expresiones, con las que

se usan entre los árabes de hoy. Los orientales invitan a todo el que

pasa junto a ellos diciéndole: _Bismillah ya sidi_, etc., etc., que

quiere decir: «En el nombre de Dios, Señor (es decir), ¿quiere usted

comer con nosotros?», o: _Yafud-dal_: «Hágame el obsequio de compartir

conmigo esta comida». Y los que rehuían la oferta lo hacen con la

expresión: _Heneê an_: «Que aproveche».

La cena, que, como entre los antiguos, es la comida principal, se riega

con abundantes tragos de vino del país, bebido en un jarro o en una

_bota_, pues los vasos no abundan. Cuando se termina, se encienden los

cigarros, los toscos asientos se acercan al fuego y se charla de todo,

pero con preferencia de asuntos de ladrones o de amor, de los que los

últimos son los menos fantásticos; se dan y se reciben bromas, y la risa

forma el coro de la conversación, especialmente si se ha comido y bebido

bien, para lo cual es el mejor postre. Luego comienzan los cánticos: se

empieza a oír el rasgueo de una guitarra--pues nunca falta un patilludo

Fígaro que esté enterado de la llegada de los huéspedes, y acuda a la

reunión por puro amor al arte y al encanto de un cigarro--; luego se

congregan los campesinos de uno y de otro sexo, se inicia el baile, se

olvidan las fatigas del día, una simpática alegría se extiende sobre

todos y la velada se prolonga hasta bien entrada la noche; y como todos

han dormido su correspondiente siesta, tienen los ojos más abiertos que

lechuzas, y gritan y alborotan como condenados. En vano lucharán la

pluma y el pincel por pintar la escena. La gritería, el polvo, la

carencia de todo en estas ventas humildes, son emblemas de la

simplicidad de la vida española, que es una broma. Uno a uno se va

deshaciendo la reunión; la gente mejor acomodada se va al piso de

arriba; los más pobres--siempre los más numerosos--preparan su cama en

el suelo, junto a los animales, y, como ellos, hartos y libres de

preocupaciones, se duermen instantáneamente, a pesar del ruido y la

molestia que les rodea. Este remedo de la muerte es más igualatorio que

la muerte misma, como dice Don Quijote, porque un honrado arriero

español, tumbado en una dura saca de paja, duerme más tranquilo que la

inquieta cabeza de un embaucador que ciñe corona ajena. «El sueño--dice

Sancho--cubre a uno como una manta», y una manta, o su émula la capa,

constituye la mejor parte del guardarropa de un español durante el día,

y de su ropa de cama durante la noche. El suelo es hoy, como fué en

tiempo de los iberos, la cama nacional; hasta la palabra que expresa

esta comodidad, _cama_, se deriva del griego χαμα. Por lo tanto, todos

se acomodan en el suelo, y de ese modo se escapan de las tres clases de

animalitos que se encuentran juntos siempre, como las tres Gracias, en

los climas templados al por mayor y en las ventas españolas al por

menor. Su almohada es las alforjas o el albardón, y duermen con un sueño

corto, pero profundo. Mucho antes de amanecer todo está en movimiento,

«levantan las camas», dan de comer a los animales, los aparejan, los

cargan y despiertan a los dormilones. El tocado de la mañana es por todo

extremo sencillo: ni hombres ni cuadrúpedos emplean tiempo ni jabón en

él: se echan a cuestas su guardarropa y dejan a la lluvia y al sol el

cuidado de limpiar y blanquear; pagan su pequeña cuenta, se cruzan

saludos o protestas (generalmente lo último), según el importe de ella,

entre el ventero y los huéspedes, y comienza otro día de ajetreo.

Nuestro fiel escudero siempre tenía para un par de horas, después de

salir de la _venta_, de juramentos, invectivas y lamentaciones sobre la

carestía de las posadas, la bellaquería de sus dueños en general y del

de la última en particular, a pesar de que, probablemente, del par de

duros pagados por nosotros alguna parte se repartiera entre él y el

honrado _ventero_.

Estas escenas de la venta española varían cada día y cada noche, a

medida que un nuevo grupo de actores hace su primera y última

presentación ante el viajero. De una cosa puede éste estar seguro: de

que se encuentra fuera de Inglaterra y del año del Señor en que creía

vivir. Su innegable sabor de antigüedad les da un gustillo, una

_borracha_, que es completamente desconocido en la Gran Bretaña, donde

todas las cosas están fundidas y modernizadas; aquí se pueden ver y

estudiar las costumbres y los sucesos tal como ocurrieron, en los mismos

lugares, en tiempos de Aníbal y Escipión, según se colige de los autores

clásicos. No podemos resistir a hacer la comparación de una de estas

_ventas_ españolas con la posada romana, descubierta a la entrada de

Pompeya, y su copia, la moderna _ostería_, en el mismo distrito de

Nápoles. En el Museo Borbónico pueden verse modelos de la mayoría de los

utensilios usados ahora en España, y el antiquísimo y oriental estilo de

cocina también puede ser fácilmente reconocido por las noticias que nos

han transmitido los libros de cocina de la antigüedad. Lo mismo puede

decirse de los tamboriles, castañuelas, canciones y bailes; en una

palabra, de todo. Y cuando se contempla a estos hombres aquietados por

el sueño y extendidos como cadáveres entre sus animales, en particular

los valencianos, con sus alpargatas y sus zaragüelles, sus mantas, sus

cestas de junco y sus esterillas, no puede menos de pensarse que

Estrabón debió contemplar a los antiguos iberos exactamente con los

mismos trajes y en la misma posición cuando nos dice lo que ahora vemos

que es cierto: πλεον εν σαγοις, εν ὁις περ και στιβαδοκοιτουσι[4].

El _ventorrillo_ es una venta de segundo orden, pues aun en esto hay

clases: es el _kneipe_ alemán o cervecería, y, muchas veces, no es más

que una choza, construída con cañas o ramas de árboles al borde del

camino, en la que se vende agua, mal vino y aguardiente; éste siempre

detestable, áspero y estropeado por el anís, y que al echarlo en el agua

la pone blanca como agua de Colonia, prueba, por supuesto, que no suelen

hacer los españoles. Estos _ventorrillos_ son, por lo general, sitios

sospechosos, puntos de reunión de espías, de ladrones o salteadores de

caminos, si los hay, los cuales están de acuerdo con la dueña. Esta, por

su parte, generalmente puede servir de modelo para Hecate o para alguna

de las brujas de Shakeaspeare, inclinada sobre el caldero, y sus

parroquianos son lo bastante interesantes para dedicarles un capítulo

aparte.

Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto) · 第 11 / 34 题