desapareciera y entré en la casa de cambio, pregunté al dueño si
conocía al señor que acababa de salir; me dijo el hombre, judío de lo
más puro, que no le había visto nunca ni sabía quién pudiera ser; me
dijo que había cambiado diez mil pesetas en francos, y ya al salir,
dejando a mi hombre muy escamado, delante del mostrador vi el sobre
que el señorito Manolo había cometido la imprudencia de tirar, después
de guardarse el dinero en su cartera; lo recogí, y presentándoselo al
hombre: «Haga usted el favor de poner alguna contraseña en este sobre»,
le dije. ¡Vieras su cara! También él debió ver la mía, y sin chistar
echó esta rúbrica y puso este sello, «el de la casa», me dijo. Quería
que yo le explicara; yo me limité a decirle que estuviera tranquilo,
que su dinero no lo perdería, y el hombre me acompañó hasta la puerta
haciendo reverencias. Esto es todo; ya lo sabes; ahora tú verás.
¿Cuánto era el dinero?
ENRIQUE
Treinta mil pesetas; acababa de cobrarlas.
DAMIÁN
Es un pico.
ENRIQUE
Lo de menos es el dinero.
DAMIÁN
Pues el amigo no vale tanto. ¿Guardas el sobre?
ENRIQUE
Sí. Ahora mismo telefonea al señorito Ricardo a su casa, ya sabes.
DAMIÁN
¿A su verdadera casa?
ENRIQUE
Sí, a su casa; anoche le dejé allí. De mi parte, que venga en seguida,
en seguida; es el único en quien tengo confianza.
DAMIÁN
Por si acaso, cierra el mueble.
ENRIQUE
No, ese no.
DAMIÁN
Con gente de todas clases andaba tu padre; pero si él viera con la
gente que tú andas ahora...
ENRIQUE
No digas disparates.
DAMIÁN
Queda entre nosotros; ya sabes que delante de gente nadie te trata con
más respeto; eso sí, perro fiel siempre; le debo la vida a tu padre y
yo no he comido desde chiquillo más pan que el de tu casa; pero delante
de gente, para mí eres el señor, don Enrique, de usted y hasta de usía,
si quieres, y de vuecencia si llegara el caso; yo sé estar en todo. Y
no te lleves ningún disgusto; bueno es que sepas a quién tratas y quién
es cada uno. Aprender nunca es caro.
ENRIQUE
Anda, anda, haz lo que te he dicho, avisa al señorito Ricardo; si está
dormido, que le despierten, que le necesito en seguida.
DAMIÁN
Descuida; si es preciso voy yo mismo y le traigo. (_Sale Damián.
Enrique mira el sobre, vuelve a mirar en el mueble. Damián vuelve a
entrar y anuncia._) El señorito Isidoro.
ENRIQUE
Que pase en seguida. Entra, Isidoro, entra. Anda, Damián. (_Sale
Damián._) (_A Isidoro._) Siéntate, has venido muy temprano.
ISIDORO
A las nueve, como te dije.
ENRIQUE
Es verdad, quedaste en venir a las nueve.
ISIDORO
¿No te acordabas ya?
ENRIQUE
Sí, ¿no había de acordarme? ¿Has visto a Manolo?
ISIDORO
Ahora le dejo; no nos hemos acostado en toda la noche, sin parar en
ninguna parte, paseo arriba, paseo abajo. Está loco.
ENRIQUE
Sí, debe estarlo; de otro modo, no... (_Se calla de pronto._)
ISIDORO
¿Qué ibas a decirme?
ENRIQUE
Nada, nada. ¿Es tan grave lo que le ocurre?
ISIDORO
Muy grave; de no serlo, nunca me hubiera atrevido a molestarte; ya
nos has hecho bastantes favores; pero no quieras saber; ese Manolo ha
firmado todo lo que le han exigido: hay firmas falsificadas, recibos de
alhajas y valores en depósito... ¡El delirio! Hay para ir del juzgado
a la cárcel en veinticuatro horas. Luego, sobre no pagar, ha querido
echarlo a lo bravo, y ha maltratado de palabra y creo que hasta de
obra al hombre de los documentos, que, claro está, ya no hay quien le
amanse; no sé si aun con las cinco mil pesetas podremos arreglarlo; en
fin, de eso yo me encargo. Manolo es imposible; con echar por delante
su nombre y su caballerosidad; y en estas cuestiones y con esa gente
figúrate si hay nombre ni caballerosidad que valgan.
ENRIQUE
Sí, su nombre, su caballerosidad...
ISIDORO
No ha aprendido a tratar con los usureros, que, después de todo, no
es tan mala gente. Yo los tengo que, vamos, se dejarían matar por mí;
cuestión de coba fina: les convido a comer de cuando en cuando, me los
llevo de excursión en el auto, no vuelvo una vez de viaje que no les
lleve algún recuerdillo. En el auto he conseguido yo grandes rebajas
en los intereses, gracias al acelerador. Manolo no sabe llevar estos
asuntos, con su carácter... En fin, vamos a sacarlo del apuro cuanto
antes, porque está en un estado... ¡Qué nochecita!
ENRIQUE
Oye: Manolo jugó ayer y perdió bastante. ¿Tú sabes lo que perdió, poco
más o menos?
ISIDORO
No ha querido decírmelo. Jugó en el Casino y luego en Posilipo;
confiaba en una buena racha para salvar la situación. Por cierto que
tuvieron un disgusto, una discusión por una jugada.
ENRIQUE
Sí, ya sé. ¿De modo que perdió todo lo que tenía? Porque tenía bastante
para haber pagado, según mis noticias.
ISIDORO
Eso no sé.
ENRIQUE
Sí, por la tarde tenía en su poder treinta mil pesetas.
ISIDORO
¿Tú crees?
ENRIQUE
Estoy seguro; las mismas que faltan aquí. (_Sacando el sobre._)
ISIDORO
¿Qué dices?
ENRIQUE
Recuerda que estabais aquí cuando yo llegué de Bilbao, en donde había
cobrado ese dinero; recuerda que saqué los billetes de la cartera y los
metí en este sobre, que dejé en ese mueble, y en seguida entré en mi
cuarto para vestirme, y dejé el mueble abierto, porque, naturalmente,
estando vosotros aquí me parecía una indelicadeza cerrarlo delante de
vosotros. Después, ya lo sabes: Manolo se apoderó del sobre, que, como
ves, ha vuelto a mis manos, con el sello de la casa en donde cambió
parte del dinero.
ISIDORO
No, no es verdad; no puedo creerlo; eso no.
ENRIQUE
¿Tú crees que me atrevería a decirlo, a pensarlo siquiera, si no
estuviera seguro de ello?
ISIDORO
Yo te digo que no es verdad, que no puede serlo; no lo creo aunque me
lo jures.
ENRIQUE
¡Isidoro!...
ISIDORO
¿Qué?...
ENRIQUE
¿No basta que yo lo diga, que yo lo afirme? ¿Qué crees de mí entonces,
si me crees capaz de semejante acusación sin la certeza, la evidencia
de que es verdad?... ¿Qué crees de mí?...
ISIDORO
Creo... No sé, perdona; de ti no creo nada; pero menos puedo creer que
sea verdad lo que dices; alguien te ha engañado, alguien te ha hecho
creer... No, eso no puede ser. Ahora mismo traigo a Manolo, y delante
de mí vas a repetir lo que me has dicho; que él lo oiga, que él lo
sepa, que pueda defenderse; no puedes negarle ese derecho.
ENRIQUE
Eres un buen amigo, Isidoro; pero temo que tu buena amistad va a tener
un cruel desengaño. Está bien, sí, trae a Manolo; es lo mejor. Yo, por
mi parte, he avisado a Ricardo; juntos podemos hablar, en la seguridad
de que cuanto hablemos aquí no saldrá de nosotros. Comprenderás que yo
no voy a ser inexorable, que de antemano he perdonado.
ISIDORO
Es que yo no creo que tengas nada que perdonar.
ENRIQUE
No vas a tardar en saberlo. Anda, trae en seguida a Manolo Castrojeriz.
ISIDORO
Sí, sí; pero yo no le diré nada; has de ser tú, tú mismo quien le digas
lo que me has dicho a mí.
ENRIQUE
Lo mismo; puedes estar seguro.
ISIDORO
Está bien. Hasta ahora. (_Sale. A poco entra Damián._)
DAMIÁN
El señorito Ricardo, que viene en seguida. ¿Le has dicho a este...?
ENRIQUE
Sí, no puede creerlo.
DAMIÁN
Lobos de una camada.
ENRIQUE
Ahora volverá con el otro.
DAMIÁN
¿Con el señorito Manolo?
ENRIQUE
Sí.
DAMIÁN
¿Y qué vas a decirle?
ENRIQUE
Qué voy a decir... Lo que él pueda decir es lo que importa.
DAMIÁN
El negará de todas maneras; pero a mí, no; a mí no podrá decirme que
no es verdad todo lo que he visto, lo que ya sabes. (_Viendo entrar a
Ricardo._) Aquí está el señorito Ricardo.
ENRIQUE
Hola, Ricardo.
RICARDO
¿Qué te ocurre?
ENRIQUE
Algo muy grave, muy desagradable que no va a sorprenderte. Recuerda
que anoche mismo me preguntabas si Manolo Castrojeriz me había pedido
dinero en estos días.
RICARDO
Sí.
ENRIQUE
Que tú sabías que anoche había jugado fuerte en el Casino y en el
Posilipo, y no podías explicarte de dónde había sacado el dinero.
RICARDO
Exactamente.
ENRIQUE
El dinero era mío.
RICARDO
Ya decía yo.
ENRIQUE
No, tú supones que me lo hubiera pedido; no podías sospechar que lo
hubiera robado.
RICARDO
¿Eh?
ENRIQUE
Robado, sí, robado. Damián te dirá lo que él ha visto, lo que él sabe.
(_A Damián._) Díselo todo. Voy a escribir unas cartas urgentes, unos
telegramas, perdona un momento; Damián te contará.
RICARDO
¡Ese Manolo! No me sorprende, dices bien; pero nunca le creía capaz de
una cosa así.
ENRIQUE
Escucha, escucha.
DAMIÁN
Verá usted: (_Mientras Enrique escribe, Damián habla con Ricardo; por
sus gestos y ademanes se ve que refiere lo mismo que ha referido
antes: escena muda que queda encomendada a los actores. Cuando se crea
oportuno entran Isidoro y Manolo, que se quedan parados sin atreverse a
entrar, hasta que Enrique deja de escribir y repara en ellos._)
ISIDORO
Aquí nos tienes.
ENRIQUE
(_A Damián._) Estas cartas y estos telegramas; manda a cualquiera y
vuelve aquí en seguida, puedo necesitarte. (_Sale Damián y entra a
poco._)
MANOLO
(_A Enrique._) Me ha dicho Isidoro que tenías que decirme algo, tú
dirás.
ENRIQUE
Ven aquí; sí, es verdad, tenía que decirte algo y no sé cómo decirlo;
yo quisiera que fueras tú el que lo dijeras todo, que tuvieras ese buen
impulso. (_A Isidoro._) ¿Tú no le has dicho nada?
ISIDORO
Nada, ya te dije que habías de ser tú quien le repitiera delante de mí
lo mismo que me has dicho antes.
ENRIQUE
Sí, sí.
MANOLO
¿Pero qué pasa? ¿Qué caras tenéis todos? ¿Qué sucede?
ENRIQUE
No, Manolo, así no; eres tú el que, antes que nosotros lo digamos,
debes confesarnos la ligereza, ya ves que no la califico de otro modo,
la ligereza que has cometido sin pensar, estoy seguro; un momento que
lo hubieras pensado...
MANOLO
¿Pero qué dices? ¿De qué me hablas? No entiendo, no quiero entenderte.
¿De qué se me acusa?
ENRIQUE
¿Lo ves? Eres tú el acusado, y más parecemos nosotros los culpables;
por eso puedes comprender la violencia que me cuesta decirte lo que
ya debías haber tú dicho. Los tres somos amigos tuyos, los tres te
queremos a pesar de todo...
MANOLO
¿A pesar de qué? ¡Basta! ¿De qué se me acusa? ¿Qué tienes qué decirme?
¡Pronto!
ENRIQUE
(_A Ricardo._) ¿Estás viendo?
ISIDORO
Tienes razón; no se acusa a nadie por sospechas, por indicios.
ENRIQUE
¿También tú? Pues bien; habrá que decirlo todo. Ven aquí, Damián: ¿Qué
has visto tú? ¿Qué sabes? Dilo todo.
MANOLO
¡Ah! Es un criado, ¿un criado tuyo el que va a acusarme? ¿Y crees que
voy a consentirlo?
ENRIQUE
Es lo mismo. Damián, que no es un criado, es una persona de toda
confianza, que ha vivido en mi casa toda la vida.
MANOLO
En tu casa, ¡es una garantía!; en la casa de tu padre, una caverna de
ladrones y contrabandistas.
ENRIQUE
(_Va a arrojarse sobre él._) ¿Qué dices?
DAMIÁN
(_Sujetándole._) Deja, Enrique.
RICARDO
(_Sujetando a Manolo, que también va a arrojarse sobre Enrique._) ¿Qué
vas a hacer tú?
ISIDORO
Tiene razón: le insultan, se defiende.
ENRIQUE
Pues bien; ya no diré nada. (_A Damián._) No digas nada tú tampoco. Ya
no eres para mí el amigo: eres el ladrón que abusa de la confianza del
amigo y a quien se trata como a un ladrón.
MANOLO
(_Arrojándose sobre Enrique._) ¿Qué estás diciendo, miserable?
ENRIQUE
(_Forcejeando con él y sujetándole._) Miserable tú, ¡canalla!
DAMIÁN
Enrique.
RICARDO
Vamos. (_A Isidoro._) Llévatele.
ISIDORO
Vamos, sí, vamos; pero comprenderás...
RICARDO
Luego, luego hablaremos más en calma; ahora salid los dos.
ISIDORO
¿Pero es que tú crees?
RICARDO
No creo nada, todavía no creo nada.
MANOLO
Y será él quien diga que no puede batirse conmigo.
ENRIQUE
Claro está que no. ¡No faltaría otra cosa! Es en otro lugar donde los
dos responderemos de todo: yo, de mis palabras; tú, de tus hechos.
MANOLO
Piensa lo que vas a hacer.
ENRIQUE
Antes debías haberlo pensado tú. ¡Fuera de aquí, fuera!
ISIDORO
(_Llevándose a Manolo._) Vamos, vamos. (_Salen Isidoro y Manolo._)
ENRIQUE
(_A Ricardo._) ¿Has oído a Damián?
RICARDO
Sí.
ENRIQUE
¿Estás convencido de que todo es verdad?
RICARDO
Sí, Enrique, por desgracia, lo creo; creo que todo es verdad.
ENRIQUE
Tú sabes que yo estaba dispuesto a perdonar; tú sabes que el dinero era
lo que menos significaba para mí, que solo quería que él me hubiera
confesado su falta, que se hubiese arrepentido, y ya has visto: su
orgullo, su soberbia de raza han podido más que todo; ya lo has oído.
RICARDO
Sí, Enrique.
ENRIQUE
Ahora comprenderás que tengo razón para todo.
RICARDO
Sí, Enrique; pero cuando se tiene razón es cuando es más fácil y más
noble perdonar.
ENRIQUE
No, eso sí que no, no. También yo tengo mi orgullo de raza, la mía,
esa que él me echaba en cara. Quiero demostrarle que tenía razón, ya
ves si soy generoso, que tenía razón, que procedo de esa caverna de
ladrones y contrabandistas, como él ha dicho. Figúrate mi orgullo, mi
satisfacción cuando haya demostrado a todos que un Castrojeriz, un
noble de más ilustre prosapia, es igual a los míos, ¡igual a mí!... ¡Ya
ves qué alegría!... ¡Ya ves!...
TELÓN
CUADRO OCTAVO
El cuarto de Manolo en una modesta pensión.
Entran _Manolo_ e _Isidoro_.
MANOLO
¿Por qué me traes? Necesito andar, andar hasta caer rendido. ¿No ves
que aquí encerrado voy a volverme loco? Déjame salir, déjame.
ISIDORO
No, Manolo, no sales. ¿Para qué? ¿Para seguir bebiendo? Siéntate aquí;
vamos, Manolo.
MANOLO
Y no poder matarle, no poder matarle.
ISIDORO
No, no puedes matarle, no podéis mataros. Vamos, escúchame; atiende,
hazme ese favor; por lo que más quieras, escucha.
MANOLO
Sí, sí.
ISIDORO
No dudarás que yo soy tu amigo, suceda lo que suceda; ya has visto que
me he puesto de tu parte contra Enrique, contra Ricardo, que no parecía
muy convencido; ahora ya los dos solos, vas a decirme la verdad, la
verdad, Manolo; mira que ya me asusta lo que has hecho. Sí, Enrique
tiene razón; tú no sabes que era él quien me había ofrecido las cinco
mil pesetas que habían de librarte por lo pronto de ese hombre; que a
eso fui a su casa esta mañana, y entonces fue cuando me dijo lo que ya
sabes, lo que has oído, lo que él cree, y comprende que no se afirma
una acusación semejante sin un convencimiento, sin una seguridad.
Aunque no fuera cierta, bastaría con que se sospechara para que todas
las apreciaciones estuvieran en contra suya. Todo el mundo sabe que
ayer jugaste fuerte y perdiste un dinero que nadie se explica de dónde
has podido sacarlo. ¿Podrías explicarlo? La misma vehemencia con que te
has anticipado a rechazar una acusación que aún no era terminante, nada
te favorece. Yo no he podido hacer más que aparentar, aparentar a pesar
mío que no podía creerlo; pero ahora ya estoy pesaroso si al ponerme de
tu parte, con mi actitud he agravado la indignación de Enrique, al que
has ofendido con agravios de esos que nunca se perdonan porque nunca
pueden olvidarse, y ofensa que no se olvida, no se perdona nunca...
Ahora hay que esperarlo todo, hay que temerlo todo.
MANOLO
(_Rompe en llanto de desesperación._) Sí, sí; tienes razón; es verdad:
soy un miserable, un canalla. ¿Qué he hecho yo? ¿Qué he hecho yo?
ISIDORO
¿Era verdad? Entonces, ¿por qué no se lo confesaste todo a Enrique? Y
aunque hubieras negado, ¿por qué insultarle, por qué ofenderle todavía?
MANOLO
¿Qué quieres? Cuando uno comete una canallada y a pesar de haberla
cometido, la verdad es que no es uno un canalla, al oírse acusar por
los demás hay algo que se revuelve, que se rebela en todo uno: es
que al oírlo ya nos parece mentira; es cuando se comprende que no ha
debido ser, cuando nos parece que no ha sido, y así me pareció a mí;
si te dijera que yo creía en mí al rebelarme contra la acusación, que
era sincero al defenderme, porque ese era yo, el que se defendía, el
que creía en mí; el que hizo lo que hice era otro, era otro. ¿Cómo he
podido serlo? ¡Estoy loco! Creí que podía salvarlo todo, que podría
restituir... Tú lo sabes: yo no soy un canalla; yo no soy malo; yo no
había nacido para ser esto, esto...; ¡un ladrón..., un ladrón miserable!
ISIDORO
Vamos, Manolo; hay que ser hombre, hay que pensar con serenidad.
MANOLO
¡Pensar!... Ya lo tengo pensado.
ISIDORO
¿El qué?... ¿Matarte? Sí, es una solución. ¿Y tu hermana? ¡Tu pobre
hermana!
MANOLO
Para mi hermana sería un bien perderme para siempre.
ISIDORO
No digas eso.
MANOLO
Estoy seguro de que si Enrique no ha pensado en casarse con ella ha
sido por mí; que es por mí por quien ha creído posible conseguir a mi
hermana de otro modo. Y ahora, ¿cómo podrá comprender él?... ¿Cómo
podrás comprender tú, cuando anoche mismo me decías: pídele a Enrique,
y yo te decía que a Enrique de ninguna manera, sabiendo que pretendía
a mi hermana? ¿Cómo podrás comprender que el mismo que tenía la
delicadeza de no querer pedirle nada, momentos antes le había robado?
¡Este orgullo nuestro, que solo estima nuestras acciones por lo que de
ellas puedan pensar los demás!... Yo confiaba que nadie supiera que
yo había robado, aunque yo lo supiera siempre, y temía en cambio que
alguien supiera que Enrique me había dado dinero.
ISIDORO
Y ese hombre, que esperaba...
MANOLO
¡Ya! ¿Qué importa, qué importa nada?
ISIDORO
¡No, Manolo, no; no pienses locuras; no pienses en matarte! ¡Júrame que
no harás una locura, júralo por la memoria de tu madre!
MANOLO
Sí, sí. ¿Pero ya qué puedes tú hacer por mí?... ¿Qué puede hacer nadie?
ISIDORO
¿Qué sabemos? Enrique... Yo aún confío; en el fondo es un buen
muchacho; ha sido nuestro amigo; yo hablaré antes con Ricardo; espérame
aquí, no saldrás de aquí hasta que yo vuelva. Mira, si nada se
consigue, si Enrique es inexorable, como debemos temer, entonces...
MANOLO
Sí, entonces ya sé lo que tengo que hacer.
ISIDORO
Espérame aquí.
MANOLO
Sí, te esperaré; entretanto escribiré unas cartas.
ISIDORO
Déjate de cartas, ¿qué cartas ahora? Reza, será mejor; reza mientras
yo vuelvo; reza como rezábamos de niños; no digas que lo has olvidado,
y si no recuerdas más oraciones di con toda tu alma: «¡Dios mío!...
¡Madre mía!...». ¿Qué mejor oración? Con eso basta.
MANOLO
Dios mío... Madre mía... (_Rompe a llorar, pero ya sin desesperación._)
ISIDORO
Así, así. Bueno es que llores. Espérame, espérame. (_Sale._)
TELÓN
CUADRO NOVENO
La habitación de Eugenia, lo mismo que en el cuadro sexto.
DONCELLA
(_Dentro._) Señorita Eugenia, señorita Eugenia.
EUGENIA
(_Detrás de un biombo que figura ocultar el lecho._) ¿Quién?
DONCELLA
Soy yo, Filomena.
EUGENIA
Voy en seguida. (_En salto de cama o deshabillé sale y va a abrir la
puerta._)
DONCELLA
Usted perdone, señorita Eugenia; ¿la he despertado a usted?
EUGENIA
No, no dormía. ¿Qué ocurre?
DONCELLA
El señorito Isidoro desea ver a usted.
EUGENIA
Que pase en seguida. Eso es que le ha ocurrido algo a mi hermano...
Venir así a estas horas... ¡Dios mío!...
DONCELLA
No se asuste usted, señorita. Voy corriendo. (_Sale la doncella.
Eugenia se dirige a la puerta y espera con ansiedad a Isidoro. Entra
Isidoro._)
ISIDORO
Hola, Eugenia. Perdona...
EUGENIA
¿Qué ocurre? Es a Manolo, ¿verdad? ¿Qué le sucede?
ISIDORO
No te asustes; vas a saberlo todo; no le ocurre nada; verás...
EUGENIA
Dímelo todo por malo que sea. Si anoche mismo hablábamos de él y todos
temíamos que algo le hubiera sucedido. Anoche jugó, ¿verdad?
ISIDORO
Sí, hoy tenía que pagar una cantidad; le amenazaban con un escándalo si
no pagaba; jugó por ver si conseguía ganar ese dinero que necesitaba,
y al mismo tiempo podía restituir lo que había pedido para jugar.
EUGENIA
¿Que había pedido dinero?... ¿A quién?
ISIDORO
Verás, fue una locura; por la tarde estuvimos en casa de Enrique...
EUGENIA
¿Ha sido a Enrique a quien ha pedido el dinero?
ISIDORO
Peor, Enrique había dejado en un secreter una cantidad, el secreter
estaba abierto...
EUGENIA
¿Eh?... ¿Y mi hermano?...
ISIDORO
Sí.
EUGENIA
¡No, no es verdad; eso es una infamia de Enrique!... ¿Quién lo ha
visto?... ¿Qué pruebas hay de que es verdad?
ISIDORO
Soy el primero en lamentarlo, Eugenia; por desgracia, es verdad; todo
le acusa: le siguieron, le vieron cambiar parte del dinero, hubo quien
recogió el sobre que lo contenía... No es posible dudar.
EUGENIA
¡Dios mío!... ¡Madre mía!...
ISIDORO
¡Sí, es horrible; pero más horrible sería!...
EUGENIA
¿Qué?...
ISIDORO
Es capaz de matarse.
EUGENIA
¡Eso no, eso nunca! ¿Dónde está?... Vamos, sí, vamos...
ISIDORO
Le he hecho jurar que me esperaría. Es que no sabes: al rechazar la
acusación de Enrique le insultó gravemente, y Enrique ya no quiso oír
más y está decidido a todo; denunciará la falta de ese dinero; por lo
menos se lo dirá a todo el mundo; será el escándalo, la vergüenza para
todos.
EUGENIA
¡No puedo creerlo!... ¡No puedo creerlo!...
ISIDORO
Tampoco yo hubiera querido creerlo; pero él mismo me lo ha confesado.
Ahora lo que importa es salvarle, convencer a Enrique; yo no podría;
llevado de mi amistad por Manolo, yo también he ofendido a Enrique;
no me recibiría en su casa; por eso no he dudado en venir a decírtelo
todo; si tú le escribieras a Enrique... Si tú le pidieras...
EUGENIA
¿Tú le crees capaz?...
ISIDORO
Ahora sí; ahora le creo capaz de ensañarse sin compasión de tu
hermano; solo tú podrías conseguir que perdonara... Escríbele.
EUGENIA
No, escribir, no. Iré yo misma.
ISIDORO
No me atrevía a decírtelo; si tú vas, perdonará de seguro. Iré contigo.
EUGENIA
No, iré yo sola.
ISIDORO
Pero yo te acompaño. A la puerta tengo mi cochecillo.
EUGENIA
No. Delante de la Mairie hay siempre taxis; tomaré uno; llamará menos
la atención. Voy a vestirme. Tú vete con Manolo; ¡no le dejes, por
Dios, no le dejes!
ISIDORO
Descuida. ¿Dónde nos vemos después de la entrevista?
EUGENIA
Yo iré a la pensión. Si ahora al salir te pregunta alguien de la casa,
di que Manolo está enfermo, que has venido a avisarme. (_Viendo entrar
a Guillermina._) ¡Ah, Guillermina!
GUILLERMINA
¿Qué ocurre? Me dijo Filomena que había venido Isidoro. Hola, Isidoro.
¿Qué sucede?
EUGENIA
Mi hermano Manolo que se ha puesto muy malo; Isidoro ha venido a
avisarme. Voy a echarme un vestido y voy corriendo. (_Se oculta detrás
del biombo._)
GUILLERMINA
¿Qué le pasa a Manolo?
ISIDORO
¿Qué sé yo? ¡Nos ha dado un susto!... Un colapso, algo nervioso...
GUILLERMINA
¿Quieres que yo vaya contigo? ¿Quieres que avise a algún médico?
ISIDORO
No, ya le han visto, ya le han recetado un calmante; cuando yo le dejé
había pasado el peligro; pero está muy asustado, llorando como un
chiquillo. Quería ver a su hermana; por eso vine en seguida, a riesgo
de asustarla como la he asustado. ¡Pobre Eugenia!
GUILLERMINA
(_Bajo a Isidoro._) De verdad, ¿qué le ocurre a Manolo?
ISIDORO
¡Chiss!... Luego...
GUILLERMINA
¡Pobre Eugenia!
EUGENIA
(_Saliendo a medio vestir._) Vamos, Isidoro, vamos.
GUILLERMINA
¿Te has asustado mucho? ¡Estás muy pálida; da miedo verte!
EUGENIA
No, no es hada. Vamos, Isidoro.
GUILLERMINA
¿Vas tú con ella, verdad?
ISIDORO
Sí, descuida.
GUILLERMINA
Mis padres no se han levantado todavía; ¿quieres que les avise, que les
diga algo?
EUGENIA
¡No, no les digas nada, que no sepan..., es mejor! ¡Dame un beso y
tenme mucha lástima!
GUILLERMINA
¡Pobre Eugenia mía!
EUGENIA
Vamos, vamos. (_Salen Eugenia e Isidoro._) (_Telón._)
MUTACIÓN
CUADRO DÉCIMO
El despachito de Enrique Garcimora, lo mismo que en el cuadro séptimo.
Un criado. Después entra _Damián_.
DAMIÁN
Que pase esa señorita. (_Sale el criado, y a poco entra Eugenia._)
Tome usted asiento. El señor, que perdone usted un momento; saldrá en
seguida.
EUGENIA
Esperaré. (_Sale Damián. Eugenia se sienta en primer término, muy
abatida. Se hace el oscuro, sale el Ladrón de Sueños y con la luz que
lleva en la mano ilumina el rostro de Eugenia, que va diciendo_:) «Era
una reina joven y hermosa; un terrible pirata había logrado hacerse
dueño del mar sobre las costas de su reino; la reina aprestó sus
galeras para darle caza; ella misma quiso mandar una de ellas. La reina
fue pronto su cautiva, cautiva del pirata, que era, en verdad, lo que
ella había querido, porque en el fondo oscuro de su corazón, donde se
ocultan los deseos inconfesables a nosotros mismos, la reina amaba al
pirata con toda su alma».
TELÓN
[Ilustración]
SEGUNDA PARTE
CUADRO PRIMERO
Una salita en casa de los marqueses de Valladares. Es de noche. Hay
fiesta. Música dentro.
ESCENA I
_Guillermina_, _María Antonia_, _Marquesa de Valladares_ y _Condesa del
Encinar_.
CONDESA
¿Cómo no ha venido Eugenia esta noche? Es la primera vez que no la veo
en vuestra casa en una noche como esta.
MARÍA ANTONIA
Eso mismo le preguntaba yo a Guillermina; dice que apenas la ha visto
desde que ha vuelto a Madrid.
MARQUESA
Si vieras que yo prefiero no saber nada; oye una tantas cosas.
CONDESA
Sí, yo también he oído... Claro es que no puedo creerlo.
MARQUESA
No puede creerse; pero es tan raro todo. Ya sabes que, como siempre,
pasaba el verano con nosotros, en nuestra casa.
CONDESA
Ya sé; allí fue la última vez que la vimos.
MARQUESA
De la noche a la mañana se escapó, no puede decirse de otra manera,
sin querer esperar a que nosotros regresáramos; se vino a Madrid, y
desde entonces, en lo que va de invierno, solo la hemos visto dos o
tres veces, y eso porque Guillermina ha ido a buscarla. Con nosotros no
ha tenido ningún disgusto, no puede tener queja de nosotros. Vosotros
sabéis lo que Eugenia ha sido siempre para nosotros.
CONDESA
Por Dios, todo el mundo lo sabe.
MARQUESA