NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos Se ha consultado el
texto de otras ediciones de esta obra para detectarlos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. La
modernización ha afectado a las comillas, a algunas tildes y a unos
pocos nombres comunes que han pasado de mayúscula a minúscula.
* Al inicio de cada de una de las dos partes de esta obra se han
añadido los títulos «Primera Parte» o «Segunda parte», como se hace
en otras ediciones.
* Las páginas en blanco y publicitarias han sido eliminadas.
VIDAS CRUZADAS
Imp. Artística Sáez Hermanos.
Norte, 21. Teléf. 16244. Madrid.
[Ilustración]
EL TEATRO
MODERNO
Director: LUIS URIARTE
Jacinto Benavente
Premio Nobel de Literatura de 1922
VIDAS CRUZADAS
Cinedrama en dos partes, dividida la
primera en diez cuadros y la segunda
en tres y un epílogo, y en prosa
Estrenado en el Teatro Reina Victoria,
de Madrid, el día 30 de marzo de 1929
PRENSA MODERNA
MADRID
A
D. Manuel Díaz de la Haza,
a quien tanto debe el teatro español
en tierras de América.
Jacinto Benavente.
REPARTO
_Eugenia Castrojeriz_ Josefina Díaz de Artigas.
_La marquesa de Valladares_ Ana María Quijada.
_Guillermina_ María Isabel Pallaré.
_María Antonia_ Concepción Ajenjo.
_La condesa del Encinar_ Elena Rodríguez.
_Fanny_ Rosa Díaz Gimeno.
_Una criada_ Consuelo Pallaré.
_Otra criada_ Esperanza Iglesias.
_El hombre de sociedad_ Agustín Povedano.
_El hombre insociable_ Rafael Ragel.
_El ladrón de sueños_ Manuel Dicenta.
_Manolo Castrojeriz_ Manuel Díaz González.
_Enrique Garcimora_ Santiago Artigas.
_El marqués de Valladares_ José Trescolí.
_Isidoro_ Manuel Kayser.
_Ricardo_ Octavio Castellanos.
_Damián_ Fulgencio Noguera.
_Un camarero_ Francisco García Alajoz.
_Un niño_ Rosarito Kayser.
[Ilustración]
PRIMERA PARTE
CUADRO PRIMERO
En primer término, paralelo a la batería, barandal de la terraza de un
dancing; sobre los pilastres, grandes jarrones o macetas con profusión
de flores. Al fondo, la fachada con grandes puertas de cristales;
detrás, un salón de baile. Al levantarse el telón, en el salón bailan
y pasean diferentes parejas y grupos. Música de jazz-band. La luz del
salón ha de ser algo fantástica, entre azulada y rojiza; la terraza
estará también iluminada del mismo modo. Es de noche. Lugar de la
acción: un Biarritz cualquiera, playa a la moda.
Se abre una de las puertas del salón, y al abrirse se oye la música con
mayor intensidad; entran y vienen a apoyarse en el barandal, frente al
público, el _Hombre de Sociedad_ y el _Hombre Insociable_. El público
figura que es el mar, y no es mala comparación, porque con ninguno de
los dos puede uno confiarse mucho.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Se aburre usted, ¿verdad?
EL HOMBRE INSOCIABLE
De ningún modo, y con usted, tan excelente guía y conocedor de este
gran mundo...
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Que es tan pequeño, como usted ve.
EL HOMBRE INSOCIABLE
Y, para mi, ignorado; mi vida ha sido tan distinta.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Y supongo que nunca habrá usted envidiado esta.
EL HOMBRE INSOCIABLE
Mal puede envidiarse lo que no se conoce. Si es siempre así...
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Casi siempre, porque cuando quieren escapar de esta vida, su vida
social, para vivir un poco de su vida propia, al huir unos de otros,
vuelven a encontrarse; porque hasta en sus vicios, en sus pasiones, en
sus quimeras, siguen siendo iguales unos a otros, creyéndose distintos.
EL HOMBRE INSOCIABLE
Si siempre se divierten con tan poco...
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Aquí nadie viene a divertirse: Unos vienen a hacer tiempo para otras
diversiones; otros vienen a prepararlas; otros esperan el azar de un
encuentro que se les depare, y hay quien, con mayor ambición, espera
que ese azar de un encuentro sea la solución de su vida.
EL HOMBRE INSOCIABLE
¿Cree usted que en un lugar como este puede encontrar nadie la solución
de su vida?
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
¿Por qué no? Aquí puede encontrarse hasta la felicidad; lo que hay es
que para encontrar lo que más se parece a la felicidad en la vida, que
es un amor verdadero, es preciso que dos seres vayan en su busca por el
mismo camino, y aquí los caminos se cruzan, como las vidas: se cruzan
en un punto y ya no vuelven a encontrarse. El amor se cruza con un
deseo: cree que es también el amor; pero el engaño dura poco tiempo.
Otras veces el amor se cruza con el interés, y el engaño es el mismo,
y el desengaño más triste todavía. (_Por otra puerta del salón entran
Eugenia Castrojeriz y Guillermina._)
GUILLERMINA
¿Huyes de la persecución?
EUGENIA
No, Guillermina. ¿Quién hace caso?
GUILLERMINA
No digas, Enrique está loco por ti.
EUGENIA
Ya lo sé.
GUILLERMINA
¿No te gusta? Es guapísimo, y en cuanto a posición...
EUGENIA
Sí, un gran partido, y para mí, figúrate.
GUILLERMINA
Entonces...
EUGENIA
Demasiado sabes que él no piensa en casarse, y menos conmigo. ¿Qué soy
yo para él?
GUILLERMINA
Por Dios, Eugenia, no quieras que te regale los oídos con
ponderaciones. No sé a qué más podía aspirar Enrique, y él, que no
tiene más pretensión que figurar en sociedad, ¿cómo podría colocarse
mejor que casándose contigo, una Castrojeriz?
EUGENIA
Enrique no necesita casarse conmigo, que no soy más que una aristócrata
pobre, lo peor, lo más triste que se puede ser; Enrique puede casarse
con quien quiera, noble y con dinero; ni él necesita de enlaces
nobiliarios para figurar en sociedad más de lo que ya figura. Ya lo
vemos: en estos tiempos todo va muy de prisa, y cualquiera puede ser
descendiente de sí mismo. Por humilde, por bajo que sea su origen,
el dinero, los viajes, el trato social afinan a una persona en pocos
meses, cuando en otros tiempos eran precisos siglos para afinar a una
familia. Yo he leído crónicas de nuestra casa, y al cabo de muchos
años y linajudos antepasados, aún había marqueses de Castrojeriz tan
bárbaros que hoy no los querría Enrique para mozos de sus caballerizas.
Al padre de Enrique son muchos los que le han conocido detrás de un
mostrador, en una mala tienda de un pueblecillo de pescadores, y su
hijo, ya lo ves, un perfecto gentleman... hasta ahora.
GUILLERMINA
Dices bien, hasta ahora, porque la raza no se improvisa: el plebeyo
es siempre plebeyo, y, tarde o temprano, «en la ocasión descubre la
hilaza», como suele decirse.
EUGENIA
Enrique ya lo demuestra solo en el modo de pretenderme.
GUILLERMINA
¿Tú crees? Yo solo veo que está muy enamorado, que te quiere.
EUGENIA
Me quiere, eso sí, me quiere y me insulta al quererme.
GUILLERMINA
Yo no puedo creer que él piense...
EUGENIA
Piensa que todo es posible con su dinero.
GUILLERMINA
Pero él debe saber quién eres tú, debe comprender que contigo nunca
sería posible...
EUGENIA
¿Qué sabe él de mí? ¿Qué sabrá nunca?
GUILLERMINA
Y tú le quieres.
EUGENIA
No lo sé; ni él habría de creerlo.
GUILLERMINA
¿Por qué?
EUGENIA
Enrique es muy rico; yo soy pobre... ¿Vienes?
GUILLERMINA
Sí, nos esperaban para bailar; vamos. (_Entran en el salón._)
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
De estas dos muchachas, la que estaba más cerca de nosotros es
Eugenia Castrojeriz; una muchacha muy interesante; ella y su hermano,
únicos vástagos de una nobilísima familia de las más ilustres de
nuestra aristocracia, una de esas familias perseguidas por trágicos
destinos, como la familia de los Atridas: suicidios, muertes violentas,
matrimonios desgraciadísimos, y, por fin, la ruina total. Estos
dos hermanos viven de la protección de amigos de su casa, de algún
pariente; la muchacha viste desechos de sus amigas, pasea en auto,
asiste a teatros y a fiestas de sociedad; veranea, como usted ve, de
un lugar en otro, todos de moda y todos caros. El hermano lo mismo,
aunque ya no está siempre tan clara la procedencia de sus recursos. Los
dos son una especie de asilados de lujo, protegidos por toda su clase.
Pepín Solares, que tiene la especialidad de los motes, llamó a esta
muchacha el perro del regimiento.
EL HOMBRE INSOCIABLE
No es muy galante el mote.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
No prosperó, por cierto, y le costó al motejador algunos disgustos;
porque el hermano, no tanto, pero esta muchacha, sobre todo, cuenta
con muchas simpatías en sociedad: ¡ha llevado siempre su difícil
situación con tan noble decoro! A mí también me inspira simpatía.
¡Pobre muchacha! Soporta humillaciones sin volverlas en odio; para mí,
la mayor virtud, porque es fortaleza espiritual, virtud en su recto
sentido etimológico.
EL HOMBRE INSOCIABLE
Así es; no hay odio que no tenga su origen en una humillación; es lo
que menos se perdona.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Por eso admiro yo tanto a Eugenia Castrojeriz. La he visto soportar
tantas humillaciones... Es que es tan difícil proteger sin humillar a
nuestros protegidos...
EL HOMBRE INSOCIABLE
Pero entre esta gente distinguida, yo creí...
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
No es la peor, pero es la más inconsciente. Por eso la hora de los
grandes cataclismos sociales: revolución francesa, revolución de Rusia,
les halla siempre desprevenidos, y ellos son las primeras víctimas sin
haber sido los más culpables. (_Entran Manolo Castrojeriz e Isidoro._)
A propósito; ahí tiene usted al hermano de esta muchacha, del que yo
le hablaba; de los dos, el más joven: Manolo Castrojeriz. Este ya no
es tan digno de admiración como su hermana: parásito de los muchachos
más ricos de Madrid, es, como ahora se dice, un animador de todos sus
jolgorios; sablea con tal elegancia, que todavía hay que agradecérselo,
y como los grandes señores del siglo diez y ocho, enmienda los errores
de la fortuna convirtiendo un juego de azar en juego de inteligencia,
si hay ocasión propicia. Los dos hermanos son la mejor prueba de que
lo mismo en los pueblos que en las familias, aun en su decadencia,
son siempre las mujeres las que por más tiempo mantienen las nobles
tradiciones de una raza. A Eugenia Castrojeriz no la creo capaz de una
bajeza indigna de su nombre; a su hermano le creo capaz de todo, y no
me extrañaría verle complicado algún día en cualquier delito vulgar y
hasta en algún crimen, como alguno de triste memoria. (_Siguen hablando
bajo._)
ISIDORO
Cálmate, Manolo; has estado muy duro con Ricardo.
MANOLO
Me molestan los consejos. Si sabré yo cuándo he hecho mal sin que me lo
digan.
ISIDORO
Por lo demás, te aconsejaba muy bien; no te conviene el trato con ese
Piñuela; todo el mundo le va dando de lado.
MANOLO
Hoy no tenían razón; estoy seguro de que pidió carta sin haber visto
que en los dos paños habían ya descubierto las suyas.
ISIDORO
Vamos, Manolo, no me digas; es ya mucha distracción; y se ha repetido
tantas veces...
MANOLO
Otras, no digo; pero hoy, te aseguro...
ISIDORO
Todo el mundo sabe que tú juegas a medias con él; te digo que no te
conviene; tú verás lo que haces.
MANOLO
No me digas nada. Estoy loco. Era el golpe decisivo... Mañana...
ISIDORO
¿Mañana, qué? ¿Lo de siempre?...
MANOLO
No, ahora es más serio; si mañana no pago, no quiero pensarlo. El tiro,
no hay otra solución.
ISIDORO
¿No tienes quien pueda sacarte del apuro? Pídele a Valladares.
MANOLO
¡Imposible! ¡Me ha servido tantas veces!...
ISIDORO
Pídele a Enrique; en estos días lleva una buena racha.
MANOLO
¿A Enrique?... Ni pensarlo; ya sabes que anda haciendo el amor a mi
hermana.
ISIDORO
Sí; nunca se le ha visto tan colado. Eso sí que te convendría, que se
casara con tu hermana.
MANOLO
Claro que solo podría ser eso: casarse; no creo que él haya pensado
otra cosa.
ISIDORO
Hombre, ¿quién va a creerlo? No por él, por tu hermana.
MANOLO
Comprenderás que a Enrique no puedo pedirle nada.
ISIDORO
Sí; en estas circunstancias no te conviene.
MANOLO
Entonces, tú dirás qué recurso me queda.
ISIDORO
¿Pero tan fiera viene ese hombre?
MANOLO
No lo sabes. ¡Me tiene tan cogido! Cuando está uno apurado firmaría uno
su sentencia de muerte, y eso será. Te juro por el nombre que llevo que
yo no voy a la cárcel.
ISIDORO
¿A la cárcel?... ¿Pero puede ser eso?
MANOLO
¿Si puede ser? Anda, vamos, no quiero que me encuentre mi hermana, no
quiero ver a nadie; vámonos; pasearemos por la playa; a esta hora no
hay nadie, y... Perdona, chico, perdona; si tú quieres quedarte...
ISIDORO
No faltaría más; yo no te dejo. Pasearemos. Veremos... ¿Quién sabe?...
(_Salen._)
EL HOMBRE INSOCIABLE
Bien decía usted. Por la nerviosidad, por palabras sueltas, se advierte
que el mozo anda preocupado.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Se le habrá dado mal el tournant esta noche. Cuando los puntos no
están en el secreto y no perdonan distracciones... (_Entran Enrique y
Ricardo. Al verlos entrar._) Buen contraste. Vea usted: al aristócrata
fin de raza, arruinado, que acaba usted de conocer, sucede el plebeyo
enriquecido, savia nueva, buen injerto para estirpes nobiliarias en
decadencia. Enrique García y Mora, que de dos apellidos vulgares
ha formado un apellido que puede parecer aristocrático: Garcimora.
Su padre, y no hará muchos años, en un pueblecillo de la costa
cantábrica, a la sombra de un miserable tenducho, guarida y refugio
de contrabandistas de todo género, amplió sus negocios durante la
guerra, sin preferencias por nadie, suministrando a los barcos de
unos lo que muy pronto había de perderse en el mar, gracias a los
suministros proporcionados a los otros, todo a buen precio. El negocio
fue fabuloso. El hijo se educó en Inglaterra; muerto el padre, de la
noche a la mañana se presentó en Madrid, y no tardó en ser admitido
en la mejor sociedad con las mejores cartas de crédito, autos de las
mejores marcas, jacas de polo, balandros, criados ingleses, mecánicos
belgas, espléndido en sus obsequios, asequible a las peticiones,
anticipándose a ellas muchas veces con generoso desprendimiento; premio
gordo en la lotería matrimonial para las muchachas solteras. Flirteo
ideal para casadas y equívocas de todas clases, decorativo siempre y
siempre provechoso. Detrás de todo eso... ¿Quién sabe?... Lo que ahora
se llama honorabilidad se satisface con tan poco, y Enrique Garcimora
aún no ha cometido ninguna torpeza que pueda poner en duda su perfecta
honorabilidad. (_Siguen hablando bajo._)
RICARDO
Anda, vamos. Esta noche está esto muy aburrido, y hemos quedado en ir;
esas pobres chicas nos estarán esperando, y los amigos..., si faltas tú
será un desencanto para todos.
ENRIQUE
Ve tú, yo estoy muy cansado; esta noche quiero acostarme pronto.
RICARDO
Es que no hay quien te arranque de aquí mientras veas que no se ha ido
Eugenia.
ENRIQUE
No, qué tontería. Para el caso que me hace... Apenas si me ha saludado
esta noche.
RICARDO
Táctica.
ENRIQUE
¿Tú crees?
RICARDO
¡Bah! No lo dudes.
ENRIQUE
¿Tú crees que no hay otro medio que casarse?
RICARDO
Y si no hubiera otro, si tan colado estás, cásate; será el único modo
de curarte.
ENRIQUE
Tanto como casarme...
RICARDO
En tus condiciones, cuando te aburras, con dinero pronto se deshace uno
de una mujer.
ENRIQUE
No lo creas; mujer propia o querida, no es tan fácil deshacerse de una
mujer. Ahí tienes al pobre Evaristo, víctima de la suya y de toda su
familia.
RICARDO
Por cicatero, le está bien empleado. Tú no lo serías; dejarías a tu
mujer en condiciones de vivir. Pero, de veras, ¿te gusta tanto Eugenia?
ENRIQUE
Sí, chico; me trae loco; es la única mujer por quien yo haría cualquier
disparate.
RICARDO
No tantos, por lo visto, cuando no te decides al del matrimonio.
ENRIQUE
No, eso no; el matrimonio me asusta; no tengo carácter para soportar
aunque no sea más que las atenciones sociales a que se obliga uno con
el matrimonio.
RICARDO
No serían tantas como las que ahora te impones, a ti que te gustaba
tanto viajar, ir de un lado para otro; te dispones a pasar aquí todo el
verano, sin ir a más sitios que donde crees que puedes encontrarte con
ella. Pues te advierto que si no has pensado en casarte, aunque yo creo
que llegarás a pensarlo, te expones a un disgusto.
ENRIQUE
¿Disgusto?
RICARDO
Sí. Ya sabes que Eugenia está muy protegida... defendida por todos
los suyos; se vería entre ellos muy mal que alguien pretendiera la
conquista de esta muchacha por medios ilegales. Esta gente, que en
apariencia se complace en murmurar unos de otros, en descubrir sus
pecados y sus defectos, más por justificar cada uno los propios que
por censurar los ajenos, pone el espíritu de clases sobre todo y saben
defenderlo cuando les interesa, más también por el prestigio de clases
que por el de una persona determinada, y si quien lo pone en peligro no
es de los suyos, entonces la defensa se convierte en ofensiva hasta la
más sañuda persecución. Ya estás advertido.
ENRIQUE
¿Y no crees tú que Eugenia no pudiera preferir algún día a esa
protección de los suyos, que, después de todo, tú lo sabes, todos
lo vemos, está pagada a costa de bien tristes humillaciones, otra
situación más segura, más brillante, más alegre?
RICARDO
No lo creo. Por muy caídos, por muy arruinados, por muy bajos que
estemos, hay siempre en la nobleza, como en los reyes, algo que es de
derecho divino, valores morales que aún tienen un valor entre nosotros.
ENRIQUE
Todo lo que tiene un valor puede tener un precio.
RICARDO
Juzgo por mí.
ENRIQUE
Eso es decirme que yo juzgo por mí, a lo plebeyo.
RICARDO
No, Enrique. Nos juzgas por lo que nosotros mismos podemos hacer creer
muchas veces con nuestra conducta. Tú juzgas a Eugenia por su hermano
Manolo, al que todos creemos capaz de todo y acaso estemos equivocados.
Yo estoy seguro de que, en ocasión decisiva en su vida, Manolo tal vez
nos sorprendería mostrándose digno de su noble linaje.
ENRIQUE
(_Distraído, mirando al salón._) Es posible.
RICARDO
Sí; es ella, ella, que está con Guillermina Valladares y con María
Antonia Santonja. Anda, vamos; no estás deseando otra cosa.
ENRIQUE
Si te dijera que hasta ahora no he sabido lo que era desear a una mujer.
RICARDO
Eugenia. Pues no lo pienses, cásate; a ti, con tu dinero, ¿qué puede
importarte el matrimonio? Un capricho más que te pagas; nunca es caro
un capricho. (_Entran en el salón._)
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
¿De veras no se ha aburrido usted con mi charla?
EL HOMBRE INSOCIABLE
Nada de eso; ha sido usted mi Virgilio, al penetrar por primera vez en
mi vida en estos círculos dantescos que ni aun merecen el nombre de
infernales.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Nada de eso; entre el limbo y purgatorio, salvo casos excepcionales en
que sobre tanta superficialidad se desencadena algún vendaval de pasión
y tragedia; pero a usted, hombre de más graves estudios, poco puede
interesarle todo esto.
EL HOMBRE INSOCIABLE
¿Por qué no? Nunca he sido hombre de sociedad, y al lado de usted bien
puedo parecer el hombre insociable; pero me intereso por todo, y para
abismar nuestro pensamiento en el infinito misterio de todo lo creado,
lo mismo es la contemplación de esta inmensidad del mar y del cielo
que contemplar un hormiguero o, sobre la lente de un microscopio, el
pulular de millares de infusorios en una gota de agua: todo abisma y
confunde por igual.
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
Pues entre las hormigas y los infusorios podemos colocar a las gentes
de este pequeño mundo.
EL HOMBRE INSOCIABLE
Y usted, tan admirable observador de todo lo observable, ¿no ha pensado
usted nunca en aprovechar sus observaciones?
EL HOMBRE DE SOCIEDAD
¿Para qué? ¿Para escribir alguna obra literaria? De ningún modo.
Detesto esa literatura porteril de menudencias y chismes de sociedad.
En general detesto la literatura, y, si me apura usted, todo lo
que es arte. El arte solo sirve para los espíritus inferiores. Un
espíritu superior labora para él solo su arte; el suyo, que sería
incomprensible para los demás; si procura comunicarlo, su arte se
empequeñece al ponerse a nivel de los espíritus mediocres. El artista
no puede dar la medida de su valor al comunicarse. Poco vale el artista
que no vale más que su obra, por perfecta que nos parezca, y no merece
el nombre de artista el que no sabe medir su propia grandeza por el
desprecio que le inspiran sus obras y el juicio que a los demás les
merecen. Y ahora, como limpieza espiritual, ¡contemplemos el mar y la
majestuosa serenidad del cielo en esta noche; en el silencio de la
contemplación se perderá nuestro pensamiento hasta no sentirnos vivir,
hasta olvidarnos de lo que somos, pobres criaturas humanas!
TELÓN
CUADRO SEGUNDO
Un telón oscuro con estrellas doradas, y como cola de las estrellas
todos los colores del Iris. _El ladrón de sueños_, vestido de farolero
fantástico; en la mano el palo de encender.
LADRÓN
La noche es mi reino, y en la noche las almas, al sumergirse en el
profundo mar del sueño, entre sus sombras, exploran la verdad de su
vida, como los submarinos al sumergirse bajo las aguas turbulentas
observan más seguros la ruta de los barcos sobre ellas navegantes. Y en
este reino de la noche, poblado de almas en letargo, soy el Ladrón de
sueños, minador de luz, captador de verdades, tesoros que los hombres,
más cobardes que avaros, ocultan y guardan hasta de sí mismos, sin
pararse a contarlos, sin querer saber de ellos, aunque yo los muestre
a sus ojos, más cerrados despiertos que dormidos. Como en las noches
de la ciudad, de calle en calle va el farolero rasgando la oscuridad
con pinchazos de luz, así yo por la ciudad de los sueños rasgo de
claridad las almas que, a la luz de sus sueños, pudieran conocerse y
saber de sí mismas si el despertar no fuera para ellas caer en sueño
más profundo: el de no querer saber nunca la verdad de su vida. Hoy se
ha entrado la ciencia por mis dominios con gran aparato investigador;
mas, como siempre, antes que los hombres de ciencia supieron los poetas
las verdades del misterioso abismo de mi reino. Como los cuerpos, para
su descanso, se desnudan de vestiduras al acostarse, también al dormir
para soñar se desnudan las almas, y si pudieran así hablar y entenderse
unas con otras, nadie se engañaría en la vida. Una mujer y un hombre
van a hablarse así ahora, sin saber ellos mismos que hablan ellos,
desnudas sus almas en la desnuda verdad de sus deseos. Al despertar lo
habrán olvidado todo; volverán al engaño, a la mentira, entre sospechas
y traiciones, entre miedos y sombras. Animador de luz, captador de
verdades, la noche es mi reino; soy el Ladrón de sueños.
MUTACIÓN
CUADRO TERCERO
Se descorre la cortina, y sobre un fondo negro, solo visibles y apenas
iluminados los rostros de las figuras, aparecen Eugenia y Enrique.
EUGENIA
Cuando nos encontramos en sociedad me dices siempre: «No parece sino
que huyes de mí».
ENRIQUE
Te haces desear.
EUGENIA
Sí; eso es lo que tú piensas, lo que tú crees: coquetería, habilidad,
¿no es eso? Y como tú lo creerán todos.
ENRIQUE
Y haces bien. Tú sabes que yo te quiero; procuras hacerte querer como
tú quieres.
EUGENIA
Que no es como tú piensas. Tú crees que toda mi aspiración es el
matrimonio, ¿y qué mejor partido que tú? Tú, por tu parte, piensas que
para conseguirme basta con tu dinero, sin comprometer tu libertad,
y esto, que debía ofenderme como una insolencia, me admira como una
valentía; siempre nos admira el valor de que no somos capaces. Sí; en
ti es una valentía pretender que yo, una Castrojeriz, pueda ser para
ti lo que tantas mujeres cotizables; valentía y desinterés, porque mi
nobleza bien vale tu dinero, y en tu afán de figurar en sociedad nada
perderías con hacerme tu esposa; pero prefieres tu independencia, no
deber a nadie tu situación en sociedad; eres orgulloso. Yo también. Es
difícil que podamos entendernos.
ENRIQUE
¿Difícil?... ¿Quién sabe?... Si yo viera rendido tu orgullo, tal vez
entonces se rindiera el mío hasta ser esclavo de tu voluntad, si esa
voluntad era amor.
EUGENIA
Si yo estuviera segura de rendir tu orgullo al rendirme... Yo he
leído, tal vez he soñado, no sé. Era una reina joven y hermosa; reyes
y príncipes se disputaban la gloria de reinar a su lado; pero un
terrible pirata había logrado hacerse dueño del mar sobre la costa de
su reino, y reyes y príncipes, al llegar en sus galeras engalanadas
a conquistar un corazón y un reino, eran apresados o puestos en fuga
por el pirata de valor temerario. La reina decidió acabar con él, y
aprestó todas sus galeras para darle caza; ella misma quiso mandar
una de ellas; quería ser ella misma la que trajera cautivo al pirata;
pero la galera real más era palacio y jardín que barco de guerra;
sus tripulantes más eran galanes cortesanos, músicos y poetas que
diestros marinos y aguerridos soldados, y la reina era mal capitán de
navío. Perdida la ruta, su galera se halló de pronto, separada de las
otras, frente a frente con la galera del pirata, y la reina fue pronto
su cautiva, cautiva del pirata, que era en verdad lo que ella había
querido, porque en el fondo oscuro de su corazón, donde se ocultan los
deseos inconfesables a nosotros mismos, la reina amaba al pirata con
toda su alma; pero sabía que una reina no podía ofrecerse a un pirata
sin abdicar su dignidad de reina; por eso dejó al azar de la fortuna
poder ser su cautiva, que después, en sus brazos, ya contaba ella con
su hermosura y su majestad para hacerle, por fin, cautivo suyo. Yo no
sé si lo he leído o lo he soñado, pero sé que yo quisiera ser esa reina
cautiva del pirata, y, como ella, pedir al azar de la fortuna poder ser
tu cautiva, humillado por la violencia mi orgullo; pero ser tuya y que
tú nunca seas mío, eso no, eso no; por eso huyo de ti, porque te quiero.
ENRIQUE
Yo no puedo creer en cariño que pone condiciones para rendirse. Rinde
tu orgullo, y acaso se rinda el mío.
EUGENIA
No es tiempo de leyendas. Hay en mí sangre de reyes; hay en ti sangre
de piratas; mi sangre empobrecida de una raza decadente acaso busca
en la tuya la sangre de mis lejanos antepasados, que, como los tuyos
cercanos, fueron también piratas y bandoleros rudos y fuertes; pero hoy
la fuerza es el dinero, el signo de todo poderío, y rendirse al dinero
es siempre humillación. Nadie puede creer en orgullo que se rinde al
dinero; si yo me rindiera al tuyo, dejarían de creer en mí.
ENRIQUE
Es verdad.
EUGENIA
Ya lo ves; como yo dejaría de creer en ti si dejaras de creer, en tu
orgullo, que una Castrojeriz puede venderse a tu dinero sin hacerla tu
esposa.
ENRIQUE
Debemos separarnos para siempre.
EUGENIA
No, eso no; la vida... Acaso yo he soñado.
ENRIQUE
Yo deseo.
EUGENIA
Yo espero.
ENRIQUE
¡La vida!
EUGENIA
Acaso... (_Se van perdiendo las figuras en la oscuridad y la voz
alejándose con ellas._)
CUADRO CUARTO
Se descorre el fondo y aparece una parte de la terraza del primer
cuadro sin el barandal.
_Eugenia_, _Guillermina_, el _Marqués_ y la _Marquesa de Valladares_,
_Enrique_ y _Ricardo_.
MARQUESA
Sí, ya nos retiramos; es muy tarde y está esto muy aburrido, como
siempre.
EUGENIA
(_A Enrique._) No le he visto a usted en toda la noche.
ENRIQUE
Yo creía que no había usted querido verme; yo sí la he visto a usted,
pero no parece sino que huye usted de mí.
EUGENIA
Solo se huye por odio o por miedo; yo no tengo por qué odiarle a usted,
y menos por qué temerle. ¿No han visto ustedes a mi hermano? ¿No le has
visto, Ricardo?
RICARDO
Si, aquí estaba; le vi con Isidoro.
MARQUÉS
Tengo yo que hablar con Manolo muy seriamente; frecuenta unas
amistades...
EUGENIA
Sí, ya me lo han dicho. Harás bien en reñirle; a mí no me hace caso.
MARQUESA
(_A Enrique._) ¿Todavía aquí mucho tiempo?
ENRIQUE
Sí, ya todo el verano.
MARQUESA
¿No se aburre usted? ¿No encuentra usted que está esto muy aburrido
este año? Mucha gente, demasiada gente; pero una gente especial.
ENRIQUE
Sí, para quien no tenga algún interés.
MARQUESA
¡Ah! Usted sí le tiene. Entonces comprendo. ¿Reservado? No lo creo;
ahora que yo soy tan poco observadora; pero no tardarán en decírmelo:
el amor y el dinero... Y el amor con dinero, que es el caso de usted.
ENRIQUE
No hablemos de dinero, marquesa; cuántas veces es un estorbo.
MARQUESA
No lo crea usted; nunca. Hasta siempre, Enrique, Ricardo...
(_Despidiéndose._)
ENRIQUE
(_Saludando._) Marquesa... Guillermina, me debe usted una explicación.
GUILLERMINA
¿Yo?...
ENRIQUE
Sí, de unas palabras misteriosas.
GUILLERMINA
No las dé usted importancia.
ENRIQUE
(_Despidiéndose._) Eugenia...
EUGENIA
Adiós, Enrique. (_Salen todos, menos Enrique y Ricardo._)
ENRIQUE
Nos iremos también, si te parece.
RICARDO
Claro que me parece; ya se ha ido ella. Y qué, ¿vas a pasarte así toda
la vida? ¿Qué esperas? Sin matrimonio no esperes nada, y este amor de
cadete ya va siendo ridículo.
ENRIQUE
Tienes razón. Mañana nos vamos.
RICARDO
¿Mañana?... ¿A que no?
ENRIQUE
Bueno; mañana no es posible; son los partidos de tennis; pero muy
pronto, sí, muy pronto. Tienes razón; me estoy poniendo en ridículo.
RICARDO
Oye, ¿te ha pedido dinero Manolo Castrojeriz esta noche?
ENRIQUE
No, hace mucho tiempo que no me ha pedido nada.
RICARDO
Entonces...
ENRIQUE
¿Qué?
RICARDO
Nada; que ha jugado muy fuerte esta noche, y no sé de dónde haya
podido sacar el dinero. Después le he visto que hablaba muy acalorado
con Isidoro; debe de estar en un mal momento. A propósito, aquí está
Isidoro. (_Entra Isidoro._)
ISIDORO
Creí que ya no estaríais aquí, y no sabía dónde podría encontraros a
estas horas.
RICARDO
¿Qué te pasa?
ISIDORO
A mí, nada. Oye, Enrique, contra ti vengo.
ENRIQUE
Tú dirás.
ISIDORO
No se trata de mí, es de Manolo; está en un apuro muy grande; habla de
matarse; bueno, eso ya no es para creerlo; lo ha dicho tantas veces,
pero el caso sí es grave; pueden meterle en la cárcel.
RICARDO
¿Qué te decía yo? Ya me figuraba yo algo.
ISIDORO
No tiene a quién recurrir; ha pedido tanto, y a ti no se atreve, no
quiere; él no sabe que he venido a buscarte; pero chico ¿a quién
acudía yo? Y ya sabes, con todas sus cosas, yo quiero a Manolo, es
como un hermano. ¿Te perturbaría mucho desprenderte de...? Son quince
mil pesetas las que necesita; pero con cinco mil podría pararse el
golpe; de eso yo me encargo. Y perdona, chico, perdona; abusamos de ti;
ahora, ya ves, no es para mí; para mí no te pediría nada. Y que no lo
sepa Manolo; yo le diré que... No sé qué voy a decirle, porque cinco
mil pesetas, así de pronto, ya sabe él que ningún amigo nuestro las
tiene... En fin, ¿puedes salvarnos?
ENRIQUE
Sí, hombre, sí; cuenta con ellas; si quieres ahora mismo, precisamente
esta mañana tomé un dinero que necesitaba; vamos a casa y en seguida...
ISIDORO
No, ahora no; es más urgente tranquilizarle, y si supiera que tenía
ahora el dinero tendría que pelearme con él porque querría jugárselo.
Le he dejado en el Americán; le diré que todo está arreglado, y mañana
a primera hora iré yo por tu casa. ¿Tú madrugas mañana?
ENRIQUE
Sí, aquí madrugo siempre.
ISIDORO
¿A las nueve, entonces?
ENRIQUE
Muy bien; a las nueve.
ISIDORO
Pues hasta mañana, y gracias; no esperaba menos; eres grande. Gracias,
chico, gracias. Me estaba dando la noche ese Manolo. Adiós, Ricardo.
Enrique, otra vez gracias. (_Sale._)
RICARDO
¿Tú crees que no es Manolo el que le ha mandado?
ENRIQUE
Qué sé yo; ¿pero qué más da? Vamos. (_Salen. Se ven pasar a las
parejas bailando por el fondo, y al caer el telón la música sigue con
estruendo, que se va perdiendo poco a poco hasta levantarse el telón
nuevamente._)
CUADRO QUINTO
Gabinete en la villa de los marqueses de Valladares.
_Marqués_ y _Marquesa de Valladares_; _Eugenia_ y _Guillermina_,
entrando.
MARQUESA
No me habléis de volver a ese Posilipo. ¿A quién se le habrá ocurrido
ponerlo de moda? No puede haber sido más que a Isidoro Casanueva en
complicidad con Filo Manzanares, que los dos se habrán hecho pagar el
corretaje. Está más aburrido que Palermo y con peor gente que el Corfú,
y casi tan mal como el Misukusko. Claro que todo mejor que el Casino.
MARQUÉS
¿Y a mí qué me cuentas? Si eres tú la que no quiere que nos quedemos en
casa ninguna noche.
MARQUESA
¿Yo?... ¡Jesús!... Por mi gusto no iría a ninguna parte; voy por estas
chicas, porque no se aburran aquí toda la noche con nosotros solos.
GUILLERMINA
Pues, por nosotras... ¿Verdad, Eugenia?
EUGENIA
Figúrate, por mí... Esta noche me estaba cayendo de sueño.
MARQUÉS
¿Tienes mucho sueño?
EUGENIA
Ya no.
MARQUÉS
Pues siéntate aquí con nosotros, y antes de acostarnos vamos a hablar
de tu hermano; es preciso que sepas...
EUGENIA
¿Qué vas a decirme? ¡Ya lo sé! Esta noche ha ocurrido algo desagradable
en el Casino, ¿verdad? Por palabras sueltas, por conversaciones
cortadas de pronto al acercarme yo, con menos disimulo que si hubieran
continuado, he comprendido que algo querían ocultarme todos.
MARQUÉS
Es que tu hermano... Sí, esta noche no sé qué ha ocurrido; pero no es
esta noche: es siempre. Tu hermano se reúne con una clase de gente;
ese Piñuela, inseparable suyo este verano, conocido de todo el mundo
como un vividor de la peor especie, que, según dicen, hasta se ha visto
en la cárcel más de cuatro veces, y tu hermano se presenta con él en
todas partes, y juega con él en sociedad, y yo sé que han tenido que
llamarles la atención por descuidos, incorrecciones en el juego, por
no decir trampas, y hace unas noches que en la taquilla del Casino
cambiaron un billete de quinientas pesetas falso, y no cabe duda que
el billete era de ellos: era el único billete español que se cambió
aquella noche. Esta noche también han cometido no sé qué incorrección,
y parece que la dirección del Casino les ha llamado al orden muy
seriamente. No es eso solo: tu hermano juega y pierde, y nunca le
falta dinero. ¿De dónde sale ese dinero? Todo el mundo sabe cuáles son
vuestras rentas; todo el mundo sabe que vivís atenidos a pensiones, a
regalos de vuestros parientes y de algunos buenos amigos de vuestra
familia; suponte el mal efecto para cuantos ponen de su parte todo lo
posible para que podáis vivir con decoro, saber que tu señor hermano se
juega de esa manera un dinero que no puede ser suyo, mío tampoco; por
supuesto, a mí ya no se atreve a pedirme; yo supongo que es a Enrique
Garcimora a quien le saca ahora el dinero.
EUGENIA
¿Tú crees?...
MARQUÉS
No puede ser a otro, o había que creer en algo peor. Sí, no te quepa
duda; es a Garcimora, y tú debes ser la primera en comprender lo que
eso te perjudica; en el concepto de Enrique todos vemos, todos sabemos
que está muy enamorado de ti; pero su actitud contigo no es nada
correcta; no es la actitud del hombre que pretende a una señorita; te
pretende como se pretende a una mujer casada o a otra clase de mujeres;
lo ve todo el mundo.
EUGENIA
¡Dios mío!...
GUILLERMINA
¡Eugenia!...
MARQUESA
Qué cosas tienes, hombre.
MARQUÉS
Perdona, hija mía; comprenderás que hablo por vuestro bien, por ti
sobre todo; no podrás dudar lo que todos te queremos en esta casa, lo
que eres para nosotros.
EUGENIA
Sí, sí; si no me dices nada que yo no sepa, en que yo no hubiera
pensado antes; pero ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer? Yo no tengo
autoridad sobre mi hermano; tampoco creo que él sea tan malo; es por
ligereza, eso sí; pero yo no le creo capaz de una indignidad. En cuanto
a Enrique, sí; dices bien; su actitud conmigo no es la del hombre que
pretende honradamente a una mujer honrada. Aunque tuviera motivos para
pensar de mi hermano lo que quisiera, de mí no puede haberlo pensado,
no ha debido pensarlo nunca; pero si su actitud es incorrecta por lo
que calla, hasta ahora nunca lo fue por sus palabras; comprenderás
que yo no puedo perder toda la razón al advertirle que su actitud me
ofende, cuando él pudiera decir con más razón todavía que mis agravios
se habían anticipado a sus ofensas.
MARQUESA
Eso es verdad; él hasta ahora... ¿Y qué sabemos si su actitud no es más
bien cortedad, si él no teme que tú, a pesar de todo su dinero, no le
creas digno de ti?
MARQUÉS
¿Cómo ha de creerlo? Estos ricachos de ahora no creen que hay nada
imposible para ellos, y hay que confesar que entre todos, altos y
bajos, les damos sobrado motivo para que lo crean. Ahora, dices muy
bien: tú aún no puedes darte por agraviada si solo ha pecado por
omisión; claro que tratándose de pretender a una muchacha soltera, no
hablar para nada de matrimonio ya es una omisión muy significativa;
pero dices bien: hay que esperar, acaso estemos equivocados; si él,
por su parte, ha interpretado mal tu actitud, que, naturalmente, había
de ser reservada hasta la frialdad, otra cosa hubiera sido para que
él se creyera que tú solo veías en él al hombre de dinero, y que sin
haberle apenas tratado, sin esperar a conocerle bien, no hubiera más
que hablar. De todos modos, el asunto es muy delicado. Yo creo, en mi
opinión... ¿Me autorizas para que yo hable con él, como cosa mía, por
supuesto, sin decirle que tú...?
EUGENIA
Te agradezco la buena intención; pero temo lo que él pueda pensar de
mí; lo que piense, que lo piense por él; que nunca pueda decir, si ha
pensado mal, que tuvo razón para pensarlo.
MARQUESA
Eugenia dice muy bien: hasta ahora no hay razón para llamarle al orden;
esperemos. Él, claro es que no ha dicho a nadie que quiere casarse
contigo, pero tampoco ha dicho que no piense casarse.
GUILLERMINA
Yo estoy segura de que se casará, por lo mismo de que quizás no lo
piensa.
MARQUÉS
No sería un mal matrimonio por ningún estilo; todos nos alegraríamos.
EUGENIA
¿Deseas decirme algo más? Estoy rendida de sueño.
MARQUÉS
Sí; todos vamos a acostarnos tardísimo, como siempre. Buenas noches,
Eugenia, hija, y perdona si te he dado un mal rato.
EUGENIA
Por Dios, vosotros sí que tenéis que perdonarnos. Hasta mañana a todos.
MARQUESA
Que descanses bien, hija mía. (_Sale Eugenia._) No sé por qué le has
dicho nada.
MARQUÉS
Esta misma tarde me decías que era necesario decírselo.
MARQUESA
Sí; pero nosotros éramos los menos indicados; estos muchachos tienen
su familia; la familia es la llamada a intervenir en sus asuntos;
nosotros bastante hacemos con lo que hacemos.
MARQUÉS
Es que si no fuera por nosotros...
MARQUESA
Sí, al principio la gente promete mucho. Cuando estos chicos se
quedaron sin sus padres y en la más completa ruina, todos eran a
prometer pensiones, tantos mensuales; pero poco a poco todos han ido
desentendiéndose, algunos hasta dándose por ofendidos con cualquier
pretexto.
MARQUÉS
Sí, es muy cómodo disgustarse a la hora de soltar los cuartos;
cualquier pretexto es bueno para ahorrarse unas pesetas.
MARQUESA
Ello es que los únicos que no hemos faltado a lo que prometimos hemos
sido nosotros.
MARQUÉS
No es que me pese; en nuestra clase estamos más obligados que en
ninguna otra a dar ejemplo de solidaridad.
MARQUESA
Y Eugenia hasta ahora se lo merece todo.
GUILLERMINA
A propósito, mamá; Eugenia anda muy mal de vestidos de noche; los dos
que tiene están ya muy desluciditos.
MARQUESA
Dale el tuyo rosa, que apenas te lo pones.
GUILLERMINA
Me da no sé qué darle mis vestidos usados; esta mañana hemos visto
unos modelitos muy monos y baratos; cuatrocientos francos, ya ves. Me
compraré yo uno también para que no crea que se lo compramos a ella
solo por ser baratos.
MARQUESA
Lo que tú quieras.
MARQUÉS
No he insistido en hablarle de su hermano por no disgustarla y porque
ella le defiende en seguida; es que ella no sabe, no puede creer; ¡pero
ese Manolo!... Quisiera equivocarme, pero el día menos pensado... Va
por mal camino, muy malo.
MARQUESA
Los muchachos, aunque hagan locuras, no pierden nada; no es como las
muchachas. Lo mejor que podían hacer los dos hermanos es casarse
pronto; sería un descanso para todos. Es lo que trae el favorecer: sin
darse cuenta, se impone uno obligaciones y adquiere responsabilidades.
MARQUÉS
Eso sí que no; ¿responsabilidades nosotros? Los dos hermanos ya no son
unas criaturas, y Eugenia es juiciosa. ¿Nos acostamos?
MARQUESA
(_A Guillermina._) ¿Tú te pondrás todavía a escribir cartas?
GUILLERMINA
No, esta noche no; estoy muy cansada.
MARQUESA
Pues no has bailado mucho.
GUILLERMINA
No, no me he separado de Eugenia en toda la noche, jugando al escondite
por no encontrarnos con Enrique.
MARQUÉS
La verdad, yo no me explico lo que pretende ese hombre. ¿Qué te ha
dicho a ti Eugenia?
GUILLERMINA
Eugenia le quiere más de lo que ella misma se figura.
MARQUESA
¿Querer?... Que le convendría mucho casarse con él.
GUILLERMINA
Estás equivocada, mamá; yo creo que le querría aunque no tuviera dinero.
MARQUESA
Si no tuviera dinero, ni le hubiéramos conocido.
GUILLERMINA
Eso es verdad.
MARQUESA
Es una tontería desear que las personas que conocemos fueran de otra
manera de como las hemos conocido; porque son lo que son las conocemos,
y por lo que son se las quiere o no se las quiere. Buenas noches, hija.
Y mañana no me habléis de ningún dancing. ¡Qué aburrimiento! Mejor lo
pasamos en cualquier cine. (_Toca un timbre y sale un Criado._) Que
apaguen, que se acuesten todos. (_Salen todos, y el Criado apaga las
luces y sale._)
TELÓN
CUADRO SEXTO
La habitación de Eugenia. Ventana al fondo.
_Eugenia_, en quimono o deshabillé de noche, sentada, cose el vestido
que ha llevado puesto junto a una mesita con neceser de costura y una
lámpara con pantalla. Después, _Guillermina_. Se oye cantar en la calle
una canción francesa como por un grupo de gente que va algo bebida.
Después suena también un gramófono más lejano.
GUILLERMINA
(_Llamando a la puerta._) Eugenia.
EUGENIA
¡Ah! Guillermina, entra.
GUILLERMINA
¿Qué haces?
EUGENIA
Ya lo ves: coso. Está tan pasadita la tela de este vestido...
GUILLERMINA
Mañana vamos a comprarnos uno de los modelitos que hemos visto; es un
regalo de mamá.
EUGENIA
No, Guillermina.
GUILLERMINA
No digas nada, porque si no compramos el tuyo no me compran a mí el
mío. Me gustan a mí esos modelitos, son una monada.
EUGENIA
¡Qué buena eres!
GUILLERMINA
He querido venir antes de acostarme para saber si no te has disgustado
por lo que te ha dicho papá.
EUGENIA
¿Cómo puedo yo disgustarme con tu padre? ¿Cómo puedo yo olvidar nunca
lo que en tu casa habéis sido para nosotros?
GUILLERMINA
No hay que hablar de eso. (_Acercándose a la ventana._) ¿Hay todas las
noches tanto ruido en esta calle? Como mi cuarto da al jardín, allí no
se oye nada.
EUGENIA
En esta calle hay dos o tres cabarets, y hasta muy tarde pasa gente
cantando, gente alegre.
GUILLERMINA
Sí debe pasar mucha gente, porque son muchos los que algunas noches han
visto pasar a Enrique.
EUGENIA
Saldría de alguno de estos cabarets con amigos.
GUILLERMINA
Los cabarets de esta calle no son para que Enrique los frecuente. Le
han visto pasar solo, pasar y pararse delante de esta ventana; sin
duda veía luz, si estaban las maderas sin cerrar, como ahora, y acaso
esperaba...
EUGENIA
Alguna vez me asomo a la ventana antes de acostarme. No le he visto
nunca.
GUILLERMINA
Pues ya lo sabes: ha pasado más de una noche. Si eso no es pensar en
ti...
EUGENIA
Eso es querer que otros piensen lo que no es; tú lo sabes. (_Se levanta
y va a cerrar las maderas._)
GUILLERMINA
¿Vas a cerrar?
EUGENIA
Por si acaso.
GUILLERMINA
Tal vez haya sido casualidad otras noches. Yo creí que ibas a alegrarte
al saberlo. Está visto que hoy todos nos hemos propuesto disgustarte.
EUGENIA
No, Guillermina, no me hables así; pero yo no quiero que tú creas...
No, no es verdad. Yo no puedo querer a Enrique, no quiero quererle.
(_Se echa a llorar._)
GUILLERMINA
Vamos, ¡por Dios! Van a oírte, ¿y qué van a creer? Vamos, acuéstate; no
pienses en nada. Si supieras que yo estoy muy segura de que vas a ser
muy dichosa... Lo creo, lo creo. Hasta mañana, Eugenia; dame un beso.
(_Sale Guillermina. Eugenia apaga la luz, abre las maderas, suelta las
cortinas de la ventana y por entre ellas mira a la calle._)
TELÓN
CUADRO SÉPTIMO
Un gabinete-despachito en la villa de Enrique Garcimora.
_Enrique_, en pijama, entra, abre un mueble-secreter, busca y rebusca,
sale de escena, vuelve a poco y busca de nuevo en el secreter, con
muestras de impaciencia y de extrañeza. Entra _Damián_.
ENRIQUE
(_Al verle._) ¡Damián!
DAMIÁN
Ya sé. No te canses, no busques; era un sobre con dinero, un sobre como
ese. (_Señalando uno que tiene Enrique en la mano._) No busques, lo han
robado.
ENRIQUE
¿Tú sabes?
DAMIÁN
Lo he visto.
ENRIQUE
Algún criado. Se despidió a uno cuando faltaron el alfiler y la
pitillera, y por lo visto el ladrón sigue en casa.
DAMIÁN
No, el ladrón no es de casa; yo no lo había creído nunca; ya sabes
que siempre me opuse a que se despidiera al pobre Tommy; le gustaba
beber, pero era un buen muchacho. No fue él el que robó el alfiler y la
pitillera; ya lo sabía yo; por eso he vigilado, y ahora ya sé.
ENRIQUE
¿Qué sabes?
DAMIÁN
Ayer tarde estuvieron aquí el señorito Isidoro y el señorito Manolo.
ENRIQUE
¿Eh?
DAMIÁN
Tú habías sacado una porción de billetes de tu cartera, los metiste
en un sobre y guardaste el sobre en ese mueble, que dejaste abierto
mientras pasabas a vestirte a tu cuarto; recuerda. Yo estaba allí,
detrás de esa puerta entornada, frente al mueble. El señorito Isidoro
se puso a leer estos periódicos; el señorito Manolo se paseaba por la
habitación y no dejaba de mirar al mueble y a la puerta de tu cuarto.
En uno de sus paseos, como distraído, tomó de ahí otro sobre, fue hacia
el mueble y con gran rapidez cambió por este sobre (_Señalando el que
tiene Enrique en la mano._) el que tú habías dejado, que se guardó en
un bolsillo de la americana y en seguida se sentó al lado del señorito
Isidoro. Y recuerda que antes de que tú salieras, se despidieron
diciéndote desde aquí que al señorito Manolo se le había olvidado una
cita que tenía a aquella hora y que te verían por la noche.
ENRIQUE
Si, todo fue así. ¿Pero tú estás seguro?
DAMIÁN
¿Estás tú seguro de mí?
ENRIQUE
Es la primera vez en mi vida que quisiera no estarlo, que casi
preferiría dudar de ti, de cualquiera.
DAMIÁN
(_Sacando un sobre del bolsillo._) ¿Era este el sobre en que dejaste
los billetes?
ENRIQUE
Un sobre blanco.
DAMIÁN
Un sobre de estos, ¿como el que has encontrado en lugar del otro?
ENRIQUE
Sí, de estos era... Este es. (_Viendo el que tiene Damián._) ¿Entonces
es que tú?... ¿Cómo está este sobre en tu poder?... ¿Es que...?
DAMIÁN
No, no es lo que te figuras; yo no hubiera tomado nunca ninguna
determinación sin contar contigo.
ENRIQUE
Te lo agradezco. ¿Entonces?...
DAMIÁN
Verás: sin que ellos pudieran notarlo yo salí detrás de ellos,
dispuesto a seguirles, fueran donde fueran; más que nada quería saber
si la cosa estaba tramada entre los dos o había sido solo el señorito
Manolo.
ENRIQUE
Hubieras hecho un buen policía. ¿Y ahora sabes?...
DAMIÁN
Asuntos más difíciles han andado a mi cargo. Si viviera tu padre, él
podría decírtelo.
ENRIQUE
Sé que tenía en ti confianza absoluta, la misma que yo tengo; solo por
eso puedo creer lo que me dices; pero es horrible llegar a eso, a robar
así, a mansalva, contando con que antes se sospecharía de cualquier
pobre criado que del amigo.
DAMIÁN
Desde que faltaron el alfiler y la pitillera sospechaba yo del señorito
Manolo; no quise decirte nada porque, como a ti, me parecía imposible;
no, imposible no hay nada; ha visto uno tanto, me parecía que sería
desagradable para ti, que te costaría un disgusto, como ahora.
ENRIQUE
Como ahora, no lo sabes tú bien. Bueno, ¿les seguiste y...?
DAMIÁN
Verás: el señorito Manolo se separó del señorito Isidoro; debió poner
un pretexto muy mal urdido, porque el señorito Isidoro se reía con
sorna, como si no creyera lo que el otro le estaba diciendo; ello fue
que se separaron, y el señorito Manolo empezó a andar y a andar de
una calle a otra, como quien no sabe qué hacer ni por dónde tirar; yo
ya estaba desesperado de poder averiguar nada más, y tuve que hacerme
mucha fuerza para no echarme sobre él y no mandarle detener por ladrón;
tuve que acordarme de muchas cosas y pensar en ti mucho.
ENRIQUE
Hiciste bien, Damián, hiciste bien.
DAMIÁN
De pronto pareció que tomaba alguna resolución y echó a andar más
aprisa y a mirar a un lado y a otro, y por fin entró en una casa de
cambio de muy mal aspecto, una que hay en la esquina de esa calle de
escalerillas, que baja al puerto de pescadores; yo, desde enfrente,
procurando que no me viera, observé toda la operación; cambió unos
billetes de mil pesetas por billetes franceses. Al salir estaba muy
pálido y se llevaba una mano al pecho, como si le costara respirar.
ENRIQUE
Lo comprendo. Casi le tengo lástima.
DAMIÁN