Como Felipe, que no quería renunciar a sus antiguas costumbres, seguía
viviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla que
recorrer, y Amaury tenía tiempo para que se transformase en cólera todo
el mal humor que había sacado de casa del conde. Así, cuando Orestes
llegó a la casa de su antiguo Pílades, llevaba su alma en tal estado que
sin abusar de la metáfora puede decirse que rugía en ella una tempestad
furiosa.
Sacudió violentamente el cordón de la campanilla, sin fijarse en el
hecho de que la pata de liebre de la calle de San Nicolás se había
trocado en pata de ganso.
Abrió la puerta una gorda maritornes, pues Felipe, siempre infantil y
candoroso, había conservado la costumbre de hacerse servir por una
mujer.
En aquellos momentos estaba en su despacho, con los codos apoyados en la
mesa, la cabeza entre las manos, y los dedos ferozmente hundidos en el
cabello, embebido en la formidable cuestión de la pared medianera.
La obesa servidora que no se tomó ni aun la molestia de enterarse del
nombre del visitante echó a andar delante de él pasillo adentro y abrió
la puerta del despacho anunciando la visita con esta sencilla fórmula:
--Señorito, aquí hay un caballero que pregunta por usted.
Levantó Felipe la cabeza al tiempo que lanzaba un profundo suspiro
revelador de la existencia de su melancolía hasta en las cuestiones de
propiedad, y dejó escapar una exclamación de sorpresa al ver a su
antiguo amigo.
--¡Cómo! ¿eres tú, querido Amaury? ¡Cuánto me alegro de tu venida!
Amaury, al parecer insensible a tan calurosas demostraciones, le dijo
fríamente:
--¿Sabes a qué vengo aquí?
--Hombre, no; lo único que sé es que desde hace unos días tengo el
propósito de hacerte una visita, y por una u otra causa no te la hago.
--Comprendo tu vacilación--dijo Amaury, sonriendo desdeñosamente.
--¿Sí?--preguntó Felipe palideciendo.--Entonces sabrás...
--Lo que sé es que el doctor Avrigny me ha encargado de reemplazarle en
la guarda de su sobrina y que tengo el encargo de velar por su
reputación. También sé que le he visto a usted tres o cuatro veces en la
calle de Angulema bajo las ventanas de Antoñita, y en vista de todo,
esto, que le hace aparecer culpable cuando menos de ligereza, vengo a
pedirle cuenta de su conducta.
--Querido amigo: ya tenía yo ganas de verte para que hablásemos
precisamente de esas menudencias.
--¡Cómo! ¿menudencias llama usted a cosas que atañen a la honra, a la
reputación, al porvenir de una persona?
--No te enfades por mi manera de expresarme; ya comprendo que no he
debido llamar menudencias a cosas graves, porque grave es en verdad un
asunto de amor, de verdadero amor.
--¡Acabáramos! ¿Conque ama usted a Antoñita?
Muy compungidamente Felipe contestó que sí.
Amaury se cruzó de brazos, alzando la vista con verdadera indignación.
--Con honradas intenciones, por supuesto...
--¿Ama usted a Antoñita?
--Sí, mi buen amigo; puede que no sepas que se me ha muerto otro tío, de
modo que hoy poseo una renta de cincuenta mil libras...
--No hablo de eso.
--Perdona; yo creo que esta circunstancia no me perjudica.
--Está bien; pero lo que da mal cariz a esta cuestión es el hecho de
haber usted amado a Magdalena ocho meses hace con tanta vehemencia como
en la actualidad ama a Antoñita.
--¡Oh, Amaury!--dijo lastimeramente Felipe.--Estás abriendo la herida de
mi corazón, desgarrando mi atormentada conciencia; concédeme siquiera
diez minutos de audiencia y al cabo de ellos me compadecerás lejos de
culparme.
Indicole Amaury con un ademán que estaba dispuesto a prestarle atención,
no sin hacer cierta mueca, que revelaba su prematura incredulidad para
cuanto le iba a decir. Y Felipe habló así:
--Si es verdadera la máxima evangélica que recomienda la indulgencia y
el perdón para los que mucho han amado, yo debo merecer absolución por
todas mis culpas, pues siendo de complexión amorosa, como decía nuestro
grave Molière, he amado con frecuencia suma y ardiente apasionamiento,
sin ser correspondido, lo que constituye una causa, eximente, más que
atenuante. Pasando por alto las que tú ignoras, bien sabes que amé a
Florencia y a Magdalena, pero ellas no se han enterado a no ser que tú
te hayas encargado de comunicárselo. ¡Ah! Mi amor hacia Magdalena era
tan profundo como respetuoso. Acaso no lo creas al ver que esta pasión
no me ha impedido sentir otra; pero no puedes figurarte a costa de
cuántas angustias y dolores ha tomado cuerpo en mi pecho este nuevo
amor.
De igual modo que al enamorarme de Magdalena, en el primer momento yo
mismo no me dí cuenta (y sírvate de enseñanza por si algún día te ves en
mi caso), lo hubiera negado con toda sinceridad, y hasta me hubiese
estremecido de horror ante la prueba de ello; pero yendo diariamente a
visitar a Antonia y al hablarle de Magdalena, de su gracia, de su
belleza, notaba que Antoñita era tan bella como la prima; y, es claro,
¿te parece posible Amaury, pasar mucho tiempo al lado de tanta gracia y
hermosura sin enamorarse uno perdidamente?
Amaury, cada vez más abismado en sus pensamientos, no respondió a la
pregunta sino con una especie, de suspiro que más bien parecía un
gemido, cuya explicación esperó Felipe en vano durante unos momentos,
prosiguiendo después:
--Te voy a explicar los indicios que sirvieron a tu pobre y débil amigo
para conocer que estaba enamorado nuevamente.
Y exhalando un suspiro más hondo aún que el de Amaury, prosiguió:
--Al principio, como a pesar mío y casi inconscientemente, las piernas
me llevaban hacia la calle de Angulema, y cada vez que salía de casa por
la mañana para ir al Palacio de Justicia y por la tarde para dirigirme a
la Opera Cómica (ya sabes que siempre me ha gustado este género
genuinamente nacional) me encontraba sin saber cómo, tras una caminata
de una hora, frente a la casa del doctor Avrigny, no con la esperanza de
ver a la dama de mis pensamientos ni con otro motivo ni idea
preconcebida, sino porque me había impulsado la fuerza irresistible del
amor. ¿Por qué no confesarlo?
Se interrumpió Felipe un momento en medio de su perorata, esperando
conocer en el semblante de Amaury la impresión que le producían sus
palabras, de cuya elocuencia por su parte no estaba descontento; pero
sólo pudo notar que su oyente añadió un pliegue a los muchos que ya
surcaban su frente, y exhaló un suspiro aún más profundo que el
anterior. Esto le hizo creer que su _auditorio_ estaba conmovido por la
fuerza emocional de su discurso y cobrando más ánimo, continuó así:
--El segundo de los síntomas que me hicieron conocer el estado de mi
alma fue una viva pasión de celos; pues cuando en los primeros días del
mes corriente Antoñita se mostraba contigo tan insinuante, no pude
impedir que germinase en mi corazón un odio feroz contra mi amigo de la
infancia; odio, pronto apagado por la reflexión de que no te sería fácil
corresponder a ese amor hallándote tan influido por el recuerdo de otro
amor que absorbía tu alma.
Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.
--¡Sí, amigo mío! Aquello no fue más que una sospecha fugaz como el
relámpago, que apenas nace muere: lo que me produjo más que odio, más
que despecho, más que cólera, fue el conocimiento de las ventajas que
por momentos ganaba el fatuo Mengis en el corazón de aquella que tan
absoluta y súbitamente se había hecho dueña de mi voluntad y de mis
sentimientos. No dejaba de observar un momento a mi rival, y veía cómo
se apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le hablaba en
voz baja, y se reían y, en fin, otras muchas cosas que apenas hubiese
podido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La irritación, los celos
terribles que todo esto despertaba en mí, fueron la prueba de mi
apasionamiento... ¡Pero tú no me escuchas, Amaury!
Es de creer que, al contrario, Amaury escuchábale demasiado bien, pues
el rostro se le encendía como si le caldeasen ondas de fuego, lo cual
hacía presumir que cada palabra de las que había oído repercutía
dolorosamente en su corazón. Taciturno y sombrío, ensimismose de modo
que sentía latir su corazón y le zumbaban los oídos al circular la
sangre en impetuosa carrera por las arterias cerebrales.
Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continuó:
--No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de pasados
juramentos y una flagrante traición al recuerdo de Magdalena; pero no es
creíble que todos puedan ser como tú, modelos de constancia. Además ella
te amaba, estaba dispuesta a ser tu esposa, y a tu vez te disponías a
ser su compañero de por vida, idea grata a la cual ya te habías
acostumbrado, mientras que yo no había pensado ni esperado nada
semejante, sino de una manera fugaz, pues tú me arrebataste la
esperanza, no bien que fue nacida. No pienses que trato de atenuar mi
culpa; por mucho que la execres no he de quejarme de ello; pero
escúchame un momento más y dime luego si no existen circunstancias que
atenúan el delito que he cometido, dejando de amar a Magdalena para amar
a Antoñita.
--Hable usted; ya le escucho--dijo con viveza Amaury, aproximando su
silla para oír mejor a Felipe.