Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la impresión que su
dialéctica y su retórica parecían producir en el ánimo de su
interlocutor, prosiguió diciendo:
--En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave como
parecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que había
vivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiéramos decir, en
quien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrata
constantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a la
segunda es como seguir amando a la primera.
--Has dicho bien--respondió el pensativo Amaury, con el rostro algo más
sereno.
--Ya ves, pues, que tenía razón--contestó Felipe con regocijo.--Ahora, y
en segundo lugar, no podrás menos de convenir conmigo en que el amor es
el más espontáneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace más
ajeno a la influencia de nuestra voluntad.
--¡Es muy cierto!--asintió Amaury.
--Todavía no he terminado--dijo Felipe con creciente entusiasmo.--En
tercer lugar, ya que mi juventud y mi vehemente facultad amorosa han
hecho resurgir en mí el amor intenso y vivaz, ¿estoy obligado a matar un
instinto noble, natural, legítimo, casi divino, por dejarme llevar de
preocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la Naturaleza, y
por tanto no posibles en lo humano y dignos de que Basón les llamara
_errores fort_?
--¡Claro está que no!--masculló Amaury.
--En tal caso--concluyó Felipe, con acento triunfal,--debes confesar que
no es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor hacia Antoñita.
--¿Y a mí qué me importa que la ames o no?--dijo Amaury.
A tal grosería contestó Felipe sonriendo con la mayor impertinencia:
--Querido Amaury, eso es cuenta mía.
--¡Cómo! ¿Después de comprometer con tus audacias e impertinencias a
Antoñita, te atreverás a decir que ella te corresponde?
--No digo nada, querido Amaury, sino que buscando del mal el menos, si
bien la comprometo con mis paseos por la calle de Angulema (ya comprendo
que a ellos te refieres), por lo menos no la comprometo con mis
palabras.
--Señor Auvray, ¿tendría usted bastante audacia para decir en mi
presencia que le ama?
--Antes a ti que a otro: al fin eres su tutor.
--Está muy bien, pero se lo callaría usted.
--No veo el motivo si ello fuera verdad--dijo Felipe que empezaba a
salir de sus casillas.
--Le repito a usted que no se atrevería a decirlo.
--Y yo le repito a usted que como ello fuese verdad me juzgaría tan
orgulloso que se lo haría saber a todo el mundo, y lo publicaría a
gritos...
--¡Cómo! ¿Te atreves a decir?...
--La verdad.
--¿Se atreve usted a afirmar que Antoñita le ama?
--Me atrevo a decir que ha hecho buena acogida a mis pretensiones y que
ayer mismo...
--¡Acaba!
--Me autorizó para pedir su mano al doctor Avrigny.
--¡No es verdad!--exclamó Amaury.
--¿Cómo que no es verdad? ¿Usted se fija en que es un categórico mentís
el que acaba de darme?
--Ya lo creo.
--¡Y me lo da deliberadamente!
--Por supuesto.
--¿Y no retira usted ese insulto inmotivado que acaba de dirigirme?
--¡De ningún modo!
--¡Basta, Amaury!--dijo entonces Felipe animándose por grados.--Te
concedo que a pesar de mis atenuantes soy algo culpable en el fondo;
pero entre amigos y personas de cultura social se trata al prójimo con
más tolerancia. Eso, dicho en el Palacio de Justicia, como allí es
costumbre, puede pasar; pero aquí, de ningún modo; no puedo tolerarlo ni
aun viniendo de ti, y si te ratificas...
--Mira si lo hago, que repito que mientes.
--¡Amaury!--gritó Felipe exasperado.--Te advierto que, aunque abogado,
tengo algún valor además del cívico, y me siento capaz de batirme.
--¡Acabáramos! Ya ve usted que hasta le concedo la ventaja de la
elección de armas, porque soy yo el ofensor.
--Me son indiferentes, pues no he tenido hasta hoy en mi mano una
pistola ni una espada.
--Yo llevaré unas y otras al terreno, y sus testigos elegirán. Indique
usted la hora.
--A las siete de la mañana, si te conviene.
--¿Sitio?
--El bosque de Bolonia.
--¿Avenida?
--De la Muette.
--Está muy bien. Creo que tendremos bastante con un solo testigo para
los dos, pues cuanto menos publicidad demos al lance, tanto menos
padecerá la reputación de Antonia. Se trata de calumnias y...
--¿Cómo calumnias? ¿Te atreves a sostener que yo he calumniado a
Antoñita?
--No sostengo sino que mañana a las siete estaré en el bosque de
Bolonia, avenida de la Muette, con un testigo, y armas. ¡Hasta mañana!
--Mejor hasta la noche; pues hoy es jueves, día de recepción en casa de
Antoñita, y por nada me privaría de verla.
--Está bien; a la noche _la_ veremos, y mañana _nos_ veremos.
Dicho esto, Amaury se alejó furioso y regocijado al mismo tiempo.
L
Nunca Felipe había pasado una velada tan feliz y a la vez tan dolorosa
como lo fue aquélla para él. Feliz, porque Antoñita no tuvo sino dulzura
y amabilidad para su adorador, y dolorosa por la perspectiva de aquel
lance a que le arrastraba Amaury. Gracias a que algo se lo hacía olvidar
la incesante y gratísima conversación de Antoñita.
Amaury, por su parte, no dejaba de mirarlos a hurtadillas con
frecuencia, y al verlos tan entretenidos conversando y sonriéndose, no
dejaba de prometerse con cierta satisfacción cruel que se las pagarían
todas juntas, principalmente su amigo Felipe, quien por su parte
embobecido por las preferencias de Antoñita y atormentado por el
remordimiento, casi había echado en olvido su próximo duelo.
Aunque se sintiese en cierto modo pesaroso de su triunfo, era éste tan
notorio, que no había más remedio que saborear la amarga dicha y tomar
con calma las cosas. No dejaba de pensar a cada coquetona sonrisa de
Antoñita que acaso a la mañana siguiente le costaría demasiado cara;
pero aun así le parecía deliciosa, tanto como terrible la primera que el
adversario le lanzaría sobre el terreno y que él veía con toda realidad
en su imaginación.
Estaba escrito que el calavera sería infiel a la memoria de la pobre
muerta, pues el recuerdo de Magdalena en lo pasado y la visión del
fúnebre porvenir que le preparaba la venganza de Amaury se fueron
esfumando tras del gozo que le producía su triunfo del presente, y no se
volvió a dar cuenta exacta de su nada envidiable situación hasta que
llegado el momento de retirarse, Antoñita le tendió la mano dándole las
buenas noches de una manera encantadoramente afectuosa.
Sobrecogido entonces por un triste presentimiento aquella mano que acaso
no volvería a estrechar la besó repetidas veces mientras con visible
agitación y de un modo incoherente decía:
--Señorita, ¡cuánta dicha! Su amor... su bondad... Prométame que si
mañana sucumbo pronunciando su nombre me dedicará un recuerdo, una
lágrima, una palabra de compasión...
--¿A qué se refiere usted?... ¿Qué quiere usted decir?--preguntó
Antoñita, sorprendida y asustada.
Felipe no contestó, contentándose con dirigirle una patética mirada, y
salió en trágica actitud, con sentimiento de haber hablado demasiado.
Antoñita, que no podía permanecer indiferente después de lo que había
oído, pues comprendía que algo muy grave indicaban las incoherentes
palabras de Felipe, dirigiose a Amaury presurosa y cuando éste tomaba el
sombrero para retirarse, y sin aparentar inquietud; pero con el firme
propósito de conjurar cualquier peligro que por parte de Amaury pudiese
amenazar a su preferido, le dijo:
--No olvide usted que mañana es el primero de junio, y debemos ir a
visitar a mi tío.
--No lo he olvidado--contestó Amaury.
--Entonces nos encontraremos allí como de costumbre. A las diez, ¿no es
así?
--Sí, a las diez--repitió distraídamente Amaury;--pero si no pudiese ir
hasta las doce, yo le rogaría que dijese usted a su tío que tal vez me
retenga en París algún asunto urgente.
Estas palabras fueron dichas con tan fría entonación que Antoñita no
pudo menos de estremecerse; pero no dijo palabra, y acercándose al conde
de Mengis le rogó que permaneciese aún en la casa unos cuantos minutos.
Así lo hizo el conde, y cuando Antoñita, pudo hablarle a solas, le
enteró de las palabras de Felipe, de las reticencias de Amaury, y de sus
tristes presunciones.
No dejó de alarmarse el conde al relacionar lo que acababa de oír con
algo que había oído de boca de Amaury aquella misma mañana; pero
prudentemente ocultó su zozobra para no aumentar los temores de
Antoñita, y afectando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir,
prometió que al día siguiente se ocuparía de tan importante asunto,
avistándose con aquel par de insensatos.
En efecto, muy de mañana, mandó enganchar y se hizo conducir a escape a
casa de Amaury, a quién no encontró; le dijeron que acababa de montar a
caballo y que, haciéndose seguir tan sólo de su _groom_ inglés, había
partido con tal precaución y silencio que ni siquiera dejó dicho adónde
iba.
Al conde le faltó entonces tiempo para lanzarse en busca de Felipe.
Pero tampoco le halló en casa. Sólo vio al portero, de pie en el umbral
de la puerta, refiriéndole a un su amigo, que, una hora antes, había
visto salir al señor de Auvray junto con su procurador, y que éste, en
vez del consabido rollo de papel sellado, que era la característica de
su grave personalidad y profesión llevaba bajo el brazo aquel día un par
de espadas y una caja de pistolas. Este relato hubo de repetirlo el
bueno del portero en obsequio al conde, añadiendo finalmente que el
señor de Auvray y su acompañante habían tomado un simón, y que él les
oyó dar esta orden al auriga:
--¡Volando al Bosque de Bolonia... avenida de la Muette!
El conde no quiso saber más; repitió estas señas a su cochero y
partieron al galope.
Pero eran ya las seis y media y la cita se había pactado para las siete.
¡Era un contratiempo muy sensible!