El día siguiente lo pasó Amaury esperando una carta que, según él
suponía, no dejaría Antoñita de enviarle para pedirle explicaciones
acerca de sus palabras de la noche anterior; pero en vano se cansó de
aguardar.
A la noche siguiente, que era jueves, dio principio el tercer período,
de auge y bienandanza para Felipe, y de caída terrible para Raúl, sin
ventaja alguna para Amaury, el primer desahuciado.
No se atrevía Felipe a dar crédito a la realidad, y era realmente
gracioso ver al pobre muchacho en el pináculo de la dicha comunicando
sus impresiones de felicidad a dos censores tan adustos, a dos rivales
tan formidables como Amaury de Leoville y Raúl de Mengis.
El infeliz no tan sólo no supo colocarse a la altura de su inmerecida
suerte, sino que se hallaba como asustado de tanta fortuna, confesándose
indigno de ella, y evitando las distinciones de que era objeto por parte
de Antoñita, con un gesto que imploraba la clemencia de sus dos rivales,
quienes por su parte aparentaban, no enterarse de nada, mostrando por
sistema una indiferencia glacial.
Esto no era obstáculo para que cada uno de lo desairados hiciese acerca
del caprichoso y raro proceder de Antoñita, comentarios nada favorables
para el último agraciado.
¿Era posible que Antoñita prefiriese a un hombre como aquél, indigno de
ella, tan altiva, tan aristocrática y tan... burlona?
Tan inverosímil fenómeno sólo podía explicarse por una humorada un tanto
extravagante, y pensando que sería una broma pasajera esperaron
impacientes la noche del sábado.
Pero el sábado llegó, y continuó el programa iniciado el jueves; es
decir, las atenciones de Antoñita, y el visible favor de que Felipe
disfrutaba, y su penosa turbación por esa causa.
No cabía duda de que era él el pretendiente preferido, y era esto tan
evidente que el pobre chico no sabía ni lo que le pasaba, y si le
hubiesen obligado a decir lo que sentía, habría confesado que siete
meses de desdenes no le habían atormentado tanto como aquellas dos
veladas de favor.
Ocioso es decir que por más que el modesto Felipe procuraba mostrarse
humilde como nunca ante su amigo Amaury, no conseguía ser tratado por
éste de otro modo que con una altivez antipática y humillante, sin que
hubiese una sola atenuante a semejante actitud por parte de Leoville
para con su antiguo amigo.
En tres consecutivas ocasiones, al pasar a caballo por delante de la
casa de su pupila, había visto el severo tutor a un individuo que
rondaba alrededor del edificio y que al verle escurrió el bulto, no sin
que Amaury notase una perfecta semejanza entre él y su ex amigo Felipe.
Este encuentro, que se repitió muchas veces, siempre que pasaba Amaury
por la calle de Angulema, le hizo indignarse en sumo grado, pues habría
razón para pensar que muy grande y manifiesta debía ser la preferencia
de una dama para que un hombre tan tímido como Felipe venciese su
natural poquedad con tan inusitado atrevimiento.
¡Cómo creer aquello en Antoñita! Parecía mentira que coquetease con
semejante majadero; y era lo peor que aquellas ligerezas acabarían por
comprometerla. No; él no debía consentirlas en su carácter de tutor, y
amigo y hermano, por lo que decidió pedirle en forma solemne una
explicación categórica de su conducta, como lo hubiera hecho en tal caso
el doctor Avrigny.
Mientras esto llegaba, proponíase pasar por la calle de Angulema unas
diez veces diarias para convencerse de que era Felipe y no otro quien
estaba comprometiendo a su pupila.
No menos excitado y estupefacto ante estos hechos se hallaba Raúl de
Mengis, quien se dedicó en los primeros momentos de su caída a estudiar
las causas de las bruscas variaciones que acusan los barómetros
femeninos, dándose luego a observar lo que pasaba a su alrededor con la
penetración y perspicacia de un diplomático, hasta que un día el conde,
a últimos de mayo habiéndole visto ganar en favor tanto que le creyó en
el apogeo de la dicha, preguntole cómo le iba con Antoñita, a lo que
Raúl respondió sin rodeos:
--De tal modo me va, querido tío, que a mi juicio, si me ha obligado
usted a hacer un viaje de ochocientas leguas para casarme en la calle de
Angulema, creo que ha sido inútilmente; debo manifestarle con toda
franqueza que renuncio generosamente a la mano de una Isabel que todas
las mañanas tiene rondando al pie de sus balcones un Leandro como Felipe
y un Lindoro como Amaury.
--Raúl--dijo con severidad el conde,--no se debe juzgar por las
apariencias.
--Querido tío--repuso Raúl,--no me fío precisamente de la policía de la
embajada, sino de mis propios ojos, que esta vez no me engañan.
No le pidió el conde explicaciones, como era de esperar, concretándose a
reprenderle ásperamente, y decirle que no consentía que se pusiese en
tela de juicio la intachable reputación de su protegida.
Ante tal actitud, Raúl se abstuvo de proseguir, pues además de ser
naturalmente discreto, estaba habituado a tratar al conde de Mengis con
todo el respeto que un sobrino de buena educación debe profesar a un tío
que teniendo cincuenta mil libras de renta se ha dignado instituirle su
heredero universal.
Tenía Raúl la costumbre de ir todas las mañanas a ver a un amigo que
vivía frente a la casa del doctor Avrigny, y fumar en su compañía un
cigarrillo mientras tenían un rato de conversación. Así, si bien le era
imposible saber lo que pasaba en la casa de la otra acera, porque sus
cortinas estaban tan corridas para él como para el resto de los
mortales, no dejó de enterarse minuciosamente de cuanto pasaba en la
calle.
Por más que el conde no concedió o pareció no conceder en el primer
momento importancia a las revelaciones de su sobrino, tal preocupación
le causaron que en seguida escribió a Amaury, solicitando una entrevista
con él. Esto sucedía un jueves, 30 de mayo.
Recibió Amaury la carta en el momento de disponerse a salir de su casa,
y lo hizo inmediatamente para satisfacer los deseos de un anciano por
quien sentía un respeto rayano en veneración, a cambio de un afecto casi
paternal.
--Mucho le agradezco--dijo el conde al verle--la diligencia que ha
puesto en el cumplimiento de mis deseos. Pocas palabras tengo que
decirle, pues bien creo que me comprenderá sin necesidad de prolijas
explicaciones. Usted ha prometido al doctor Avrigny velar por su sobrina
y ser para ella consejero fiel, guía y hermano, ¿no es así?
--Sí, señor, y espero cumplir mis promesas.
--Entonces, su reputación será para usted, no sólo respetable, sino muy
preciosa.
--Más que la mía propia, señor conde.
--En tal caso quiero que sepa usted que hay un joven que compromete a
Antoñita pasando y repasando por delante de la casa que habita, y hasta
llega en su audacia a pararse y mirar con toda fijeza y descaro hacia
los balcones.
--Tengo que contestarle, señor conde, que eso que usted me comunica es
cosa vieja para mí--dijo Amaury, frunciendo las cejas.
--Pero quizá--continuó el conde--con el propósito de hacer comprender a
uno de los dos culpables lo grave del asunto, cree usted, o finge creer
que nadie, excepto _usted_ (y el conde subrayó esta palabra) está
enterado de estas cosas.
--Es la verdad, señor conde--repuso Amaury, con grave acento--que yo
creía ser el único conocedor de todas esas inconveniencias; pero, según
veo, estaba equivocado.
--Siendo así, ya comprenderá usted, querido Leoville, que por más que la
honra, de Antoñita está a cubierto de toda sospecha y no habrá de sufrir
menoscabo por lo que el vulgo pueda suponer, acaso sería conveniente...
--Que cesen esas demostraciones--interrumpió Amaury,--en lo cual somos
ambos de la misma opinión.
--Este era mi propósito al hacerle molestarse en venir a mi presencia y
espero me perdonará la franqueza de que abuso.
--Antes bien se la agradezco, caballero; y yo doy a usted mi palabra de
honor de que, muy pronto, todo eso habrá terminado.
--Basta, amigo mío; a tal promesa cerraré de hoy más mis ojos y mis
oídos.
--Por mi parte no puedo menos de agradecerle que me haya llamado con
toda confianza y elegido para encargarme la misión de acabar con las
audacias de un impertinente.
--¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?
--Tengo el honor de saludarle, señor conde--dijo Amaury, haciéndolo
gravemente.
--Perdone usted, Leoville. Temo que me haya comprendido mal, o mejor
dicho, que no me haya comprendido.
--Sí, señor conde; le he comprendido perfectamente--dijo Amaury.
Y salió, saludando por segunda vez y haciendo con la mano un ademán para
indicar que no había que agregar una palabra a lo que habían hablado.
Cuando subía al cupé pensaba casi en voz alta:
--¡Ah, miserable Felipe! (Amaury no sospechaba que la reprimenda había
sido para él).--¿Conque era su señoría el que rondaba la calle de
Angulema? ¿Conque eres tú el que pones en lenguas la reputación de
Antoñita? A fe mía que tengo hace mucho tiempo fuertes ganas de darte un
buen tirón de orejas, y pues me lo aconseja un hombre tan respetable
como el conde de Mengis, voy a saborear ese placer.
Embebido en estas divagaciones no daba ninguna orden a su lacayo, que
las esperaba sombrero en mano, hasta que cansado de aguardar, preguntó:
--¿A dónde, señorito?
--A casa del señor Felipe Auvray--contestó Amaury en tono que no tenía
nada de pacífico.