Creemos haber hecho en el último capítulo el elogio del constante buen
humor de Antoñita, y, una de dos; o han sido prematuras nuestras
apreciaciones, o la llegada de los flamantes huéspedes turbó el estado
de beatitud y calma de su espíritu, que repentinamente se tornó
caprichoso y versátil.
Es lo cierto que en el breve, transcurso de un mes cambiaron tres veces
de objeto las atenciones y preferencias de Antoñita, y a fuer de meros
cronistas nos limitaremos a consignarlo así.
Como reinaron los emperadores bizantinos, cuya historia está formada por
tres períodos, a saber: triunfo, decadencia y ruina, así Amaury, Raúl y
Felipe gozaron sucesivamente durante diez días cada uno la privanza de
Antoñita.
De tan efímeros reinados vamos a dar algunas noticias incompletas, que
seguramente el lector sabrá complementar con discreción y perspicacia.
En las cuatro veladas que siguieron a la ya consignada, el que obtuvo
mejor acogida fue, sin duda, Amaury, a pesar de la inteligencia y
habilidad con que Raúl desplegó las galas de su ingenio para hacerse
agradable. En cuanto a Felipe, diremos que pasó inadvertido, anulado en
absoluto, por el brillo de sus dos rivales, y por lo que toca a Antoñita
será justo consignar que, otorgando el premio de sus atenciones a tenor
del mérito de los solicitantes, estuvo encantadora con el primero,
graciosamente amable con el segundo, y fríamente cortés con el tercero.
Organizadas las partidas de juego y generalizada la conversación,
procuraba siempre Amaury ocupar el asiento más próximo a Antoñita, y
acontecía que en medio de la garrulería de los demás, ellos dos,
conversando en voz baja parecían silenciosos; tan quedamente departían.
Como Antoñita manifestase deseos de leer un libro italiano titulado _Le
Ultime Lettere di Jacopo Ortis_, Amaury, que tenía esa obra en su
biblioteca, y entre las más estimadas por cierto, fue al día siguiente a
entregársela a la señora Braun; pero habiéndose encontrado por
casualidad con Antonia en la antesala, no pudo menos de cambiar con ella
algunas palabras.
Otro día, encargose Amaury de buscar autógrafos notables para llenar un
álbum de Antoñita; algún tiempo después, como tardase mucho Froment
Messrice, el Benvenuto Cellini de la época, en cincelar una pulsera para
la joven, Amaury se la llevó triunfalmente después de arrebatársela al
artista, y por fin, cierta noche que jugaba distraído con una llavecita
de oro se la guardó por distracción en el bolsillo, viéndose obligado al
otro día por la mañana a devolverla por si Antoñita la necesitaba.
No paró todo en esto. Durante su viaje por Alemania, Amaury no había
montado a caballo, o por lo menos no lo había hecho en caballo de su
gusto y estaba deseoso de cabalgar, tanto como puede estarlo un buen
jinete privado por largo tiempo de su ejercicio favorito; así, todas las
mañanas salía a pasear sobre su fiel _Sturm_, dando sus matinales paseos
a capricho del noble bruto que parecía seguir con fruición el mismo
camino que en otro tiempo. Así, pues, nadie extrañará, que Antoñita, ya
que ella madrugaba más que la pobre Magdalena, contestase cotidianamente
desde la ventana por donde pocos meses antes había presenciado la
partida del joven y de su tío, al amable saludo de Amaury, saludo
siempre acompañado de una seña o de una sonrisa.
Desde aquel instante el inteligente _Sturm_ disponíase a cambiar la
marcha, y apenas doblaba la esquina partía al galope, repitiéndose los
mismos hechos a la vuelta. El instinto de _Sturm_ era admirable.
Después del interminable invierno que había pasado Amaury en Alemania,
sentíase renacer a nueva vida y era su corazón tan sensible como en la
adolescencia. Se sentía feliz, aunque no acertaba a dar con la causa de
su dicha, y alzaba con gallardía su frente tanto tiempo inclinada bajo
el peso del dolor y el desengaño, hallándose más dispuesto a la
indulgencia con los demás y más enamorado de la existencia.
Pero un día desvaneciose el encanto. Habiéndose mostrado Amaury más
galante que nunca y más delicadamente afectuoso con Antoñita, renovando
sus apartes con más frecuencia que otras veces y prolongándolos como
nunca, el conde, que aunque parecía absorto en el juego, lo veía todo,
acercose a Antoñita al despedirse y le dijo después de besarla en la
frente:
--Oiga, usted, hipocritilla: ¿Por qué tenía tan callado que Amaury, el
inconsolable disfrazado de hermano, procedía como novio tratando de
pasar por tutor para mejor cortejar a su pupila? ¡Qué diantre! Todavía
no es tan viejo que pueda asemejarse a un Bartolo, ni yo tan necio que
me resigne a desempeñar el papel de Geronte. ¡Vaya! ¡vaya!... Pero no se
sonroje usted por eso, porque nada de censurable hay en que él la ame.
--Si fuese cierto, señor conde, lo que usted dice--afirmó con entereza.
Antoñita si bien cubrió su semblante una fugitiva palidez,--no haría
bien en ello, porque yo no le amo.
Un movimiento repentino del conde reveló en éste la sorpresa y la duda
que le produjeron las palabras de su interlocutora; pero al ver que
alguien se les acercaba, se retiró prudentemente sin hablar más. Desde
aquel momento empezó el período de triunfo para Raúl, y el de decadencia
para Amaury. Como aquél era después de éste el más próximo y asiduo de
todos los admiradores de Antoñita, ella le dedicó sus más amables
sonrisas, sus más insinuantes miradas, sus más expresivas palabras y
animadas conversaciones. Esto causó desde luego la estupefacción de
Amaury, quien al siguiente día, al llevar a Antoñita una romanza que
ella le había pedido hacía una semana, fue recibido por la señora Braun;
y aunque no dejó de volver los días siguientes con varios pretextos, no
pudo ver a la graciosa y tornadiza joven, sino a la fría y enjuta señora
de compañía.
Por más que siguió pasando como antes todas las mañanas por delante de
la ventana, ésta no se abrió, y sus cortinas siempre corridas parecían
indicar que tenían la misión de velar el rostro de su bella propietaria.
No hay que decir si Amaury estaría desesperado, mientras Felipe
representaba como siempre su papel secundario, pasivo y silencioso.
Amaury se aproximó a él en cierto modo y le mostró algo mejor semblante,
por lo cual el buen muchacho no sabía cómo demostrar su agradecimiento,
pues en presencia de su antiguo compañero parecía un culpable necesitado
de ajena indulgencia: le oía con respetuosa y afectada atención,
aprobando en silencio cuanto Amaury le contaba.
Este no paraba mientes en tan deferente amabilidad y no tenía ojos sino
para fijarse en los galanteos cada día más asiduos de Raúl de Mengis, y
en sus progresos, visibles por momentos.
Antoñita se preocupaba de él casi exclusivamente, y le trataba con más
intimidad que a los otros, al paso que colocaba en segundo lugar a
Felipe; y por lo que toca a Amaury casi no podría decirse que fuese el
tercero en la serie de las preferencias de Antoñita, por lo que el grave
tutor juzgó que era impertinente semejante conducta, y a la quinta
noche, aprovechando un momento de general distracción, acercose a
Antoñita, y en voz baja y con amargo acento le dijo:
--¿Sabe usted, Antonia, que manifiesta honrar con muy poca confianza a
un amigo y a un hermano, ya que tal me considero? Conoce usted, sin
duda, el proyecto del conde de Mengis y aprueba su plan de casarla con
su sobrino...
Antoñita manifestó su desagrado con un ademán.
--¡Si no lo censuro! pero entiendo que no hay motivo para que se aparte
usted de mí, rehuyendo mi presencia como la de un importuno que la
molestase, sólo por haber hallado el hombre que sin duda llena sus
aspiraciones. Yo apruebo su elección, pues opino que no es posible
hallar un hombre a la vez más inteligente, noble y rico que el vizconde
de Mengis.
Escuchaba estas palabras con asombro Antoñita, pero no sabia con qué
razones interrumpirlas ni impugnarlas; sólo cuando Amaury hubo concluido
pudo exclamar:
--¡Casarme con el vizconde!...
--¿Y por qué no? ¿A qué fingir así?--dijo Amaury.--Yo no he de hallar
extraño que le haya dicho a usted lo mismo que a mí me ha revelado;
máxime, cuando sus propósitos armonizan con los de usted y también,
según parece, con sus inclinaciones.
--Pero, Amaury, yo le juro a usted...
--¡Extraño tesón! no hay para qué jurar ni negar nada; insisto en que
tiene usted razón y en que no podía ser su elección más acertada.
Por más que quiso replicar Antoñita, no le fue posible, pues sus
invitados se aproximaron para despedirse, y se fue Amaury con ellos sin
que le fuese dable agregar a lo dicho una palabra.