El conde de Mengis detúvose en la sala, y dijo:
--Señores, les prevengo que van a encontrar al lado de Antoñita a seis
de mis contemporáneos a quienes tiene encantados, y que han tomado la
resolución de consagrarle con puntualidad tres noches por semana; es
preciso además que para agradar a Antonia los jóvenes complazcan a los
viejos. Ahora, señores, ya están avisados.
Entremos, si les place.
Ya se comprenderá que tertulias formadas por una joven de veinte años y
por ancianos de setenta serían muy sobrias y sobre todo poco ruidosas;
dos mesas de juego en un rincón, los bastidores de bordar de Antonia y
de la señora Braun en medio del salón y sillones al rededor para los que
preferían al _wist_ o al boston, la conversación; tales eran los
accesorios de aquellas sencillas reuniones.
A las nueve se tomaba el te; a las once cada uno estaba ya en su casa.
Ya sabemos que Felipe era el único joven que hasta entonces había sido
admitido en aquel santuario. Pues así y todo, con elementos tan
monótonos, Antoñita había hecho confesar a sus amigos sexagenarios que
jamás habían gozado de mejores tertulias que las de su casa, aun en
tiempos en que sus cabellos blancos eran negros o rubios. Ciertamente,
era un hermoso triunfo y para alcanzarlo había necesitado Antoñita
valerse de su encanto seductor, de su carácter risueño y de su
amabilidad exquisita.
La impresión de Amaury al entrar en el salón fue profunda. Antonia
estaba sentada en el mismo sitio donde acostumbraba sentarse, pero
también era donde se sentaba Magdalena. Un año había transcurrido,
cuando Amaury entrando de puntillas en el salón, asustó a las dos primas
que lanzaron al verle un chillido. ¡Ay! esta vez nadie gritó; solamente
Antoñita al escuchar los nombres sucesivos de las personas que entraban,
no pudo menos de ruborizarse y temblar oyendo el de Amaury. Pero como
puede suponerse no debían limitarse a esto las emociones de los dos
jóvenes. Recuérdese que el salón caía al jardín. El jardín, pues, debía
encerrar para Amaury un mundo de recuerdos. En tanto que se organizaban
las partidas del _wist_ y del boston, mientras que los aficionados a la
charla se agrupaban alrededor de Antoñita y de la señora Braun, Amaury,
que no podía olvidar completamente que estaba a inedias en su casa, se
deslizó y salió al corredor y desde allí al jardín.
El cielo estaba estrellado; el aire era tibio y embalsamado. Sentíase a
la primavera batir sus alas al cernirse sobre el mundo. La, Naturaleza
esparcía por toda la creación esa vida que se respira con las primeras
brisas de mayo. Después de algunos días magníficos y de algunas noches
serenas, las flores se apresuraban a abrir sus cauces y las lilas
estaban casi agostadas.
Así, que Amaury no encontró en aquel jardín las emociones que iba a
buscar en él. Allí como en Heidelberg su vida estaba en todas partes y
en todo. El recuerdo de Magdalena moraba en aquel jardín indudablemente,
pero tranquilo y consolador. Magdalena era la que le hablaba en la
brisa, la que le acariciaba en el perfume de las flores, la que sujetaba
su vestido a las espinas de aquel rosal, cuyas rosas había ella
arrancado tantas veces. Pero todo esto distaba mucho de ser triste y
melancólico y más bien toda aquella emanación de la joven era alegre y
parecía gritar a Amaury:
«--No te muerto, Amaury. Hay dos existencias: una sobre la tierra y otra
en el Cielo. ¡Desgraciados los que están todavía encadenados a la tierra
y bienaventurados los que se encuentran ya en el Cielo!»
Amaury creía hallarse bajo el peso de un encanto; avergonzábase de sí
mismo al sentir tan dulce impresión por verse en aquel jardín, paraíso
de su infancia, unida con la de Magdalena. Visitó el bosque de tilos
donde por primera vez se dijeron que se amaban y los recuerdos de este
primer amor le parecieron llenos de encantos, pero desnudos de toda
doliente impresión. Sentose entonces bajo el pabellón de lilas, en aquel
banco fatal donde había dado a Magdalena el mortal beso.
Trató de llenar su memoria con los detalles más punzantes de su
enfermedad: habría dado cualquier cosa por sentir correr nuevamente por
sus mejillas las copiosas lágrimas que seis meses antes habían brotado
de sus ojos; pero éstos se habían secado ya. Sintió que se apoderaba de
su ser una voluptuosa languidez; cerró los ojos; se concentro en sí
mismo; oprimiose el corazón para sacar de él algunas lágrimas; pero todo
fue inútil.
Parecía que Magdalena estaba a su lado; el aire que pasaba sobre su
rostro era el soplo de la joven; racimos de ébano que acariciaban su
frente eran sus cabellos flotantes; la ilusión era extraordinaria,
inaudita, viva; parecíale sentir hundirse el banco en el cual estaba
sentado, como si un dulce peso hubiese venido a aumentar el suyo; su
boca estaba jadeante, su pecho se levantaba y hundía; la ilusión era
completa. Murmuró algunas palabras incoherentes y alargó la mano...
Otra mano tomó la suya.
Amaury abrió los ojos y lanzó un grito de terror. Una mujer estaba a su
lado.
--¡Magdalena!--exclamó.
--¡Ay! no--respondió una voz;--es Antoñita.
--¡Oh, Antoñita!--exclamó el joven estrechándola contra su corazón y
hallando en la plenitud de una alegría sobrado grande tal vez, las
lágrimas que había buscado en vano en su dolor.--Ya lo ve usted; estaba
pensando en ella.
Este era el grito del orgullo satisfecho; había allí una persona para
ver llorar a Amaury y Amaury lloraba. Había una persona a la cual podía
contar lo que sufría y lo dijo con tan sincero acento que casi llegó a
imaginarse que él mismo creía en la sinceridad de su dolor.
--Sí--dijo Antoñita,--por lo mismo que he sospechado que estaba usted
aquí entregado al dolor, he venido a suplicarle que venga a la sala.
--Iré. Deje usted solamente que se sequen mis lágrimas.
Comprendiendo Antoñita que podía notarse su ausencia desapareció más
ligera que una gacela. Amaury siguió con los ojos la estela de su
vestido blanco y viola subir la escalera, rápida y fugitiva como una
sombra; en seguida se cerró tras ella la puerta que daba acceso a la
casa.
Diez minutos después, cuando Amaury entró en el salón, el conde de
Mengis fijó en él su mirada compasiva y dijo a su mujer que reparase en
los ojos enrojecidos del joven.