XLV

El conde de Mengis detúvose en la sala, y dijo:

--Señores, les prevengo que van a encontrar al lado de Antoñita a seis

de mis contemporáneos a quienes tiene encantados, y que han tomado la

resolución de consagrarle con puntualidad tres noches por semana; es

preciso además que para agradar a Antonia los jóvenes complazcan a los

viejos. Ahora, señores, ya están avisados.

Entremos, si les place.

Ya se comprenderá que tertulias formadas por una joven de veinte años y

por ancianos de setenta serían muy sobrias y sobre todo poco ruidosas;

dos mesas de juego en un rincón, los bastidores de bordar de Antonia y

de la señora Braun en medio del salón y sillones al rededor para los que

preferían al _wist_ o al boston, la conversación; tales eran los

accesorios de aquellas sencillas reuniones.

A las nueve se tomaba el te; a las once cada uno estaba ya en su casa.

Ya sabemos que Felipe era el único joven que hasta entonces había sido

admitido en aquel santuario. Pues así y todo, con elementos tan

monótonos, Antoñita había hecho confesar a sus amigos sexagenarios que

jamás habían gozado de mejores tertulias que las de su casa, aun en

tiempos en que sus cabellos blancos eran negros o rubios. Ciertamente,

era un hermoso triunfo y para alcanzarlo había necesitado Antoñita

valerse de su encanto seductor, de su carácter risueño y de su

amabilidad exquisita.

La impresión de Amaury al entrar en el salón fue profunda. Antonia

estaba sentada en el mismo sitio donde acostumbraba sentarse, pero

también era donde se sentaba Magdalena. Un año había transcurrido,

cuando Amaury entrando de puntillas en el salón, asustó a las dos primas

que lanzaron al verle un chillido. ¡Ay! esta vez nadie gritó; solamente

Antoñita al escuchar los nombres sucesivos de las personas que entraban,

no pudo menos de ruborizarse y temblar oyendo el de Amaury. Pero como

puede suponerse no debían limitarse a esto las emociones de los dos

jóvenes. Recuérdese que el salón caía al jardín. El jardín, pues, debía

encerrar para Amaury un mundo de recuerdos. En tanto que se organizaban

las partidas del _wist_ y del boston, mientras que los aficionados a la

charla se agrupaban alrededor de Antoñita y de la señora Braun, Amaury,

que no podía olvidar completamente que estaba a inedias en su casa, se

deslizó y salió al corredor y desde allí al jardín.

El cielo estaba estrellado; el aire era tibio y embalsamado. Sentíase a

la primavera batir sus alas al cernirse sobre el mundo. La, Naturaleza

esparcía por toda la creación esa vida que se respira con las primeras

brisas de mayo. Después de algunos días magníficos y de algunas noches

serenas, las flores se apresuraban a abrir sus cauces y las lilas

estaban casi agostadas.

Así, que Amaury no encontró en aquel jardín las emociones que iba a

buscar en él. Allí como en Heidelberg su vida estaba en todas partes y

en todo. El recuerdo de Magdalena moraba en aquel jardín indudablemente,

pero tranquilo y consolador. Magdalena era la que le hablaba en la

brisa, la que le acariciaba en el perfume de las flores, la que sujetaba

su vestido a las espinas de aquel rosal, cuyas rosas había ella

arrancado tantas veces. Pero todo esto distaba mucho de ser triste y

melancólico y más bien toda aquella emanación de la joven era alegre y

parecía gritar a Amaury:

«--No te muerto, Amaury. Hay dos existencias: una sobre la tierra y otra

en el Cielo. ¡Desgraciados los que están todavía encadenados a la tierra

y bienaventurados los que se encuentran ya en el Cielo!»

Amaury creía hallarse bajo el peso de un encanto; avergonzábase de sí

mismo al sentir tan dulce impresión por verse en aquel jardín, paraíso

de su infancia, unida con la de Magdalena. Visitó el bosque de tilos

donde por primera vez se dijeron que se amaban y los recuerdos de este

primer amor le parecieron llenos de encantos, pero desnudos de toda

doliente impresión. Sentose entonces bajo el pabellón de lilas, en aquel

banco fatal donde había dado a Magdalena el mortal beso.

Trató de llenar su memoria con los detalles más punzantes de su

enfermedad: habría dado cualquier cosa por sentir correr nuevamente por

sus mejillas las copiosas lágrimas que seis meses antes habían brotado

de sus ojos; pero éstos se habían secado ya. Sintió que se apoderaba de

su ser una voluptuosa languidez; cerró los ojos; se concentro en sí

mismo; oprimiose el corazón para sacar de él algunas lágrimas; pero todo

fue inútil.

Parecía que Magdalena estaba a su lado; el aire que pasaba sobre su

rostro era el soplo de la joven; racimos de ébano que acariciaban su

frente eran sus cabellos flotantes; la ilusión era extraordinaria,

inaudita, viva; parecíale sentir hundirse el banco en el cual estaba

sentado, como si un dulce peso hubiese venido a aumentar el suyo; su

boca estaba jadeante, su pecho se levantaba y hundía; la ilusión era

completa. Murmuró algunas palabras incoherentes y alargó la mano...

Otra mano tomó la suya.

Amaury abrió los ojos y lanzó un grito de terror. Una mujer estaba a su

lado.

--¡Magdalena!--exclamó.

--¡Ay! no--respondió una voz;--es Antoñita.

--¡Oh, Antoñita!--exclamó el joven estrechándola contra su corazón y

hallando en la plenitud de una alegría sobrado grande tal vez, las

lágrimas que había buscado en vano en su dolor.--Ya lo ve usted; estaba

pensando en ella.

Este era el grito del orgullo satisfecho; había allí una persona para

ver llorar a Amaury y Amaury lloraba. Había una persona a la cual podía

contar lo que sufría y lo dijo con tan sincero acento que casi llegó a

imaginarse que él mismo creía en la sinceridad de su dolor.

--Sí--dijo Antoñita,--por lo mismo que he sospechado que estaba usted

aquí entregado al dolor, he venido a suplicarle que venga a la sala.

--Iré. Deje usted solamente que se sequen mis lágrimas.

Comprendiendo Antoñita que podía notarse su ausencia desapareció más

ligera que una gacela. Amaury siguió con los ojos la estela de su

vestido blanco y viola subir la escalera, rápida y fugitiva como una

sombra; en seguida se cerró tras ella la puerta que daba acceso a la

casa.

Diez minutos después, cuando Amaury entró en el salón, el conde de

Mengis fijó en él su mirada compasiva y dijo a su mujer que reparase en

los ojos enrojecidos del joven.

Amaury · 第 81 / 90 题