Al siguiente día se presentó Amaury en casa del conde de Mengis, el cual
no era un extraño para él, por haberle visto más de veinte veces en casa
del doctor Avrigny. Verdad es que sus relaciones habían sido frías y
puramente corteses; hay cierto imán que atrae a la juventud hacia la
juventud, mientras que por el contrario hay cierta repulsión que aleja
al joven del viejo.
Una carta de Antoñita precedió a Amaury en casa del conde, pues la joven
había querido advertir a su anciano amigo de las intenciones del doctor
Avrigny, en cuanto al papel de protector que había dado, o más bien
dejado tomar a su pupilo, y prevenir de este modo preguntas, dudas o
admiraciones que hubieran podido embarazar u ofender a Amaury.
--Me alegro mucho--le dijo el conde,--- de que mi pobre y querido doctor
me haya dado por compañero en la tutela oficiosa de Antoñita un segundo
que merced a su juventud, sabrá leer mejor que yo en un corazón de
veinte años y que, por el privilegio que goza de ver a Avrigny, podrá
instruirse sobre los planes de mi amigo.
--¡Ay, caballero!--respondió Amaury con triste sonrisa.--Mi juventud ha
envejecido mucho desde que no tengo el honor de verle y he echado de
menos tantas cosa en mi propio corazón durante los seis meses que acaban
de transcurrir, que no sé en verdad si será bastante hábil para sondear
el corazón de los demás.
--Sí, ya sé--respondió el conde,--la desgracia que le ha sobrevenido y
comprendo cuán terrible ha sido para usted ese golpe. Su amor a
Magdalena era uno de esos amores fuertes que ocupan todo el lugar en la
vida; pero cuanto más amase a Magdalena más imperioso es el deber que
tiene de velar sobre su prima, sobre su hermana, porque así era, si mal
no recuerdo, como Magdalena llamaba a nuestra querida Antoñita.
--Sí, señor; Magdalena amaba santamente a nuestra pupila, aunque durante
los últimos tiempos esta amistad pareció entibiarse. Pero el mismo
Avrigny decía que esto era una aberración de su enfermedad, un capricho
de su delirio.
--Pues bien, hablemos seriamente. Nuestro querido doctor desea casarla,
¿no es eso?
--Así lo creo.
--Y yo estoy seguro. ¿No le ha hablado a usted de cierto joven?
--Me ha hablado de varios.
--¿Pero del hijo de uno de sus amigos?
Amaury vio que no podía retroceder.
--Ayer pronunció delante de mí el nombre del vizconde Raúl de Mengis.
--¿De mi sobrino? Sí; sé que tal es el deseo de nuestro querido Avrigny.
¿También sabe que yo pensé en Raúl para Magdalena?
--Sí, señor.
--Ignoraba que Avrigny estuviese comprometido con usted; pero a la
primera palabra que me dijo de este compromiso, retiré, como sabe, mi
petición. Confiésole que casi la he renovado respecto a Antoñita, y mi
pobre anciano amigo me ha contestado que por su parte no pondría
inconveniente alguno a este proyecto. ¿Podré obtener el asentimiento de
usted como he obtenido el suyo?
--Sin duda ninguna, señor conde--replicó Amaury con cierta turbación;--y
si Antoñita ama a su sobrino... Pero perdone, ¿no estaba agregado el
vizconde a la embajada de San Petersburgo?
--En efecto, ejerce en ella el cargo de secretario segundo; pero ha
obtenido licencia.
--Entonces, ¿va a venir?--preguntó Amaury, no sin cierta brusquedad.
--Llegó ayer, y voy a tener el honor de presentárselo, porque hele aquí
que entra.
Efectivamente apareció a la sazón en el umbral de la puerta un joven
alto, moreno, de semblante tranquilo y frió y vestido con elegancia;
lucía en su solapa la cinta de la Legión de honor, de la estrella Polar
de Suecia y de Santa Ana de Rusia.
Amaury, a la primera ojeada, detalló todas las ventajas físicas de su
compañero en diplomacia.
Ambos jóvenes, cuando el conde de Mengis pronunció sus nombres, se
saludaron fríamente; pero como para ciertas personas, la frialdad es uno
de los elementos de los buenos modales, el conde no observó ese desvío
que su sobrino y Amaury se manifestaban, al parecer por instinto, el uno
al otro.
Sin embargo, cambiaron algunas frases corrientes. Amaury conocía mucho
al embajador que protegía a Mengis. Hablaron principalmente del concepto
de que disfrutaba la legación francesa en la corte del imperio
moscovita, haciendo el vizconde grandes elogios del Zar.
Al empezar a languidecer el diálogo, anunciaron a Felipe Auvray.
Como hemos dicho, tenía la costumbre de ir a casa del conde de Mengis
los martes, jueves y sábados, para acompañarle a visitar a Antoñita;
costumbre que había acabado por hacerse muy agradable a la anciana
condesa.
Amaury recibiole no solamente con frialdad, sino con altanería.
Felipe, al ver a su antiguo camarada, cuyo regreso ignoraba, se dirigió
hacia él alborozado, acercándosele con afectuosa familiaridad; pero
Amaury no correspondió más que con un ligero movimiento de cabeza, y
como el otro siguiese cumplimentándole muy cortés y obsequioso, le
volvió completamente la espalda y apoyose en la chimenea, aparentando
concentrar toda su atención sobre unos objetos de fantasía que decoraban
la sala.
Sonriose imperceptiblemente el vizconde, mirando a Felipe, quien con
ojos azorados y con el sombrero en la mano, permanecía clavado en su
sitio como pidiendo el socorro de un alma caritativa.
Por fortuna entró en esto la condesa, y Felipe, sintiéndose salvado,
acercose presuroso a ofrecerle sus respetos.
--Señores--dijo el conde,--no cabemos los cinco en el coche; pero, si no
me equivoco, Amaury ha traído su cupé.
--Así es--exclamó Amaury.--Puedo ofrecer un asiento al señor vizconde.
--Iba a pedirle ese favor--dijo el señor de Mengis.
--Ambos jóvenes se saludaron.
Amaury, como puede inferirse, se apresuró tanto a ofrecer al vizconde su
asiento en su cupé, temeroso de que le endosaran a Felipe.
Pero, al fin, se arregló todo. Felipe subió a la vetusta berlina de los
condes, y Raúl y Amaury siguieron en el cupé de este último.
Llegaron a la casita de la calle de Angulema en la cual Amaury no había
puesto los pies hacía ocho meses: los criados eran los mismos y al verle
prorrumpieron en exclamaciones de alegría, a las cuales respondió Amaury
vaciando sus bolsillos con amarga sonrisa.