AMAURY A ANTONIA

«10 de marzo.

»No he recibido esas cartas de que usted me habla, Antoñita, o por mejor

decir, no he querido recibirlas.

»La penúltima de ellas me causó una impresión tan terrible que salí de

Colonia sin itinerario fijo, impulsado solamente por la idea de huir del

mundo entero, hasta de usted misma...

»¿Conque, el doctor Avrigny está en camino de desligarse de la mísera

existencia antes que yo? ¡Siempre ese hombre me ha de aventajar en

todo! ¡Magdalena nos aguardaba a los dos y el que pretendía amarla con

más vehemencia será el último en reunirse con ella!

»¿Por qué su tío, Antoñita, no permitió que me quitase la vida? ¿Por qué

detuvo mi brazo con aquel falaz argumento:? «_¿A qué matarnos, si la

muerte ha de venir por si sola?_»

»En parte no le faltaba razón, puesto que él se está muriendo; pero o

nuestras naturalezas son distintas o él tiene la edad en su favor. Lo

cierto es que yo no puedo morir. ¡Oh, Antonia! Usted con su carta ha

hecho brillar esta terrible luz en mi espíritu. Poco a poco y sin darme

cuenta de ello he ido cediendo a las imperiosas exigencias de la

naturaleza y de la vida que de consuno reclamaban sus derechos.

»De día en día ha ido siendo más frecuente mi contacto con la sociedad

que me rodea, hasta que en una ocasión eché de ver que sólo me

distinguía de los demás hombres con quienes estaba reunido la gasa que

ostentaba en el sombrero. Al volver a casa encontré la carta en que

usted me pinta al padre de Magdalena próximo a reunirse con su hija,

mientras yo cada vez llevo más alta la frente y me intereso más por las

cosas terrenales.

»¿Serán acaso distintos el amor de padre y el de amante? ¿Será el uno un

amor del cual se muere y el otro un amor que no nos mata?

»He huido de Colonia porque allí había adquirido algunas relaciones y

sin quererlo yo mismo comenzaba a distraerme. He roto con todo y he

venido a refugiarme en Heidelberg, para escrutar aquí mi espíritu y

juzgar en la soledad y el silencio la metamorfosis que en mí se ha

efectuado durante estos seis meses. ¿Se habrán agotado mis lágrimas a

fuerza de llorar y se habrá cerrado mi herida por no tener ya sangre que

verter? ¿Sería posible que yo llegase a curar? ¡Oh! ¡Mísera humanidad!

¿Tan flacos somos que nada, ni siquiera el dolor, perdura en nosotros?

»No lo sé. Sólo tengo por cierto que yo no puedo morir entregándome a mi

pena.

»Queriendo sustraerme al bullicio de las poblaciones, me interno a veces

en las montañas y en el hermoso valle de Necker, en donde la naturaleza

inerte y majestuosa me brinda una paz y una tranquilidad que la

naturaleza viva y alegre de la ciudad no puede ofrecerme; pero también

allí veo en los brotes de las plantas los preludios de la primavera,

también allí se manifiesta la vida con todas sus energías en el

renacimiento universal que me rodea. Al buscar la muerte, encuentro por

doquier el esplendor de la vida, que se me muestra pujante y vigorosa.

¡Oh, sarcasmo cruel! ¡Cuántas veces me echo en cara mi ruin cobardía y

cuan odiosa se me hace esa necia sociedad a la cual me creí superior en

un instante de insensato orgullo!

»Hasta siento a veces tentaciones de ir a hacerme matar en África, ante

el temor de que me falte la fuerza de ánimo suficiente para darme la

muerte por mí mismo.

»No sé si tengo cabal el juicio. Perdone usted, Antonieta, estas

incoherencias y con ellas mi silencio y el mal efecto que haya podido

causarle. Tenga usted en cuenta mis sufrimientos.

»¿Recuerda usted el consejo que da Hamlet a Ofelia? Pues así como él le

dice: _Ingresa en un convento_», yo también siento deseos de decirle a

»usted: «_Get thee to a nunnery_.»

»Sí, Antoñita. Enciérrate en un convento, porque en el mundo no hay

juramentos eternos, ni dolores profundos ni amor duradero: todo aquí es

falso y fugaz. Tropezarás con un hombre que parecerá que te ama, que así

te lo jurará de buena fe, quizá, que querrá morir contigo si tu mueres,

pero que lejos de ir a buscarte a la tumba, volverá a los pocos meses a

verse pletórico de vida y de salud. _Get thee to a nunnery._

»Deseo ver al padre de Magdalena antes que vaya a reunirse con su hija,

para caer de hinojos a sus pies y pedirle perdón. Iré, pues, a París; no

sé cuándo, pero será antes del mes de mayo, yo se lo aseguro a usted.

»Se acerca ya el buen tiempo; iniciarase la era de los viajes, y a las

orillas del Rhin, vendrá a reunirse una sociedad de la que yo quiero

huir a toda costa. El mejor medio para evitar su encuentro, es

refugiarme en ese París que todo el mundo abandona en el verano.

»Además, allí me lleva el deseo de verla a usted, a quien debo una

expiación por mis culpas. Sus cartas, esas cartas que me han seguido y a

las que no he contestado, han conmovido mi ser. Al leerlas paréceme

tener delante a una hermana cariñosa, encantadora en su tristeza,

risueña y llorosa a un tiempo, pidiéndome estrecha cuenta por el

abandono de que en medio de mi dolor egoísta la hacía objeto,

olvidándome del suyo.

»Sí, Antoñita; quiero que usted me perdone, y para ello debo confiarle

mi suerte, someterme a sus generosas inspiraciones, y poner en sus manos

este pobre corazón abatido por el infortunio, lacerado por la pena.

»_Amaury._»

Amaury · 第 77 / 90 题