«El doctor Gastón ha venido a visitarme pretextando querer celebrar
conmigo una junta; pero en realidad, con el solo propósito de verme. Ya
me explico su deseo: Antoñita le ha dicho que estoy enfermo y él ha
querido examinarme.
»Pero yo, sospechando la verdad, me he negado a recibirle. Quiero
guardar para mí solo, substrayéndolo a toda mirada extraña, el tesoro
que Dios se digna enviarme.
»Mucho tiempo he pasado en la incertidumbre; pero hoy ya los síntomas no
ofrecen la menor duda: estoy atacado de una cerebritis, de una de esas
raras dolencias que siguen casi siempre a un dolor moral intenso.
»Se me presenta magnífica ocasión de hacer en mi propio cuerpo estudios
que habrán de ser sumamente curiosos para la ciencia, pues nada hay más
interesante para el médico que seguir las fases que una enfermedad
recorre libremente al través de un organismo humano sin tropezar con
trabas que traten de detener sus progresos.
»Atravieso el primer período. En ocasiones noto que momentáneamente he
perdido la memoria, y a este fenómeno suceden extrañas exaltaciones,
dolores de cabeza, tan agudos como pasajeros, y contracciones parciales,
que con frecuencia, y cuando menos lo espero, me hacen caer en mi
asiento o privan de movimiento a mis brazos cuando los alargo en busca
de algún objeto.
»De aquí a dos o tres meses todo habrá terminado y no sufriré ya.
»¡Dos o tres meses! ¡Qué largo es ese plazo!
»Mas, ¡cuán ingrato soy! ¡Perdóname, Dios mío!