Serían las ocho de la mañana cuando José subió a avisar a Amaury que el
doctor le aguardaba en el salón. Bajó el joven en seguida, y al verle
entrar el padre de Magdalena se adelantó hacia él con los brazos
abiertos, exclamando:
--¡Gracias, hijo mío! Ya confiaba yo en ti y sabía que no me equivocaba
al contar con tu valor.
Amaury respondió a esta lisonja con un triste movimiento de cabeza, y
sonriéndose con amargura se disponía a replicar cuando entró Antonia,
llamada también por su tío.
Reinó en la estancia un silencio que todos parecían temerosos de romper.
El doctor hizo por fin una seña a los dos jóvenes para que se sentasen
y, colocándose entre ambos les dijo con triste y bondadoso acento:
--Hijos míos, cuando se posee hermosura, juventud y atractivos, se vive
en plena primavera, en perspectiva de un tiempo mejor; la existencia es
opulenta y muy grata. Sólo la contemplación de los dos seres a quienes
más quiero y en quienes se cifran todos mis amores de este mundo, hace
penetrar un rayo de gozo en mi triste corazón lacerado por la pena... Ya
sé que soy amado, sé que se me corresponde, pero hay que perdonarme: no
puedo quedarme aquí; necesito vivir solo.
--¿Qué dice, usted? ¿que nos deja? ¡Oh, tío! ¿Cómo puede ser eso?
Explíquese--exclamó Antoñita.
--Déjame hablar, hija mía--dijo el señor de Avrigny.--Digo que aquí está
la vida representada por Amaury y por ti, y a mí me reclama la muerte.
Los dos amores que me quedan en este mundo no pueden compensar el que
tengo allá, en el otro. Justo es que nos separemos porque nuestras
miradas deben dirigirse hacia puntos muy distintos; las de Amaury y las
tuyas hacia lo futuro, que aún contiene promesas y esperanzas; las mías
hacia lo pasado, donde está concentrada mi existencia. Nuestros caminos
son muy diferentes, y mi determinación inquebrantable y sorda a toda
súplica es la de vivir desde hoy completamente solo, aislado en absoluto
de la sociedad humana. Parecerá que lo que estoy diciendo es egoísta, y
pido perdón por ello; pero no hay otro remedio; no es cosa de
entristecer con mi desesperación la juventud floreciente de los dos
hijos que me restan. Lo mejor que podemos hacer es separarnos y seguir
cada cual nuestro camino que respectivamente habrá de conducirnos a la
vida y a la tumba.
El doctor hizo aquí una breve pausa y luego prosiguió:
--Ahora voy a decir cómo pienso emplear los pocos días que me restan de
existencia. Desde hoy viviré solo con José, mi criado más antiguo, en
Ville d'Avray. No saldré de casa sino para visitar la tumba de
Magdalena, que no tardará también en ser la mía, y no recibiré a nadie,
ni a mis mejores amigos, que deben considerarme como muerto desde este
día porque yo no pertenezco ya a este mundo. Únicamente el día primero
de cada mes podrán verme dos personas que me contarán sus cosas y a
quienes yo explicaré mi estado. ¿Necesitaré decir quiénes son esos dos
seres que gozarán de tan exclusivo privilegio?...
--¡Ay! ¿Qué será de mí sin usted, querido tío?--exclamó Antonia, anegada
en lágrimas.--¿Qué voy a hacer yo, sola y abandonada? ¡Pobre de mí!
--¿Cómo puedes imaginar que no haya pensado en ti, hija mía, en ti que
siempre has sido para Magdalena una hermana tan cariñosa y tan adicta?
Considerando que Amaury posee una fortuna cuantiosa y más que suficiente
para él te lego en mi testamento para después de mi muerte todos mis
bienes y desde hoy mismo todos los de mi hija.
Antonia hizo un ademán, como queriendo rechazar donación tan generosa.
--No me digas nada--prosiguió el doctor;--de sobra sé que te es
indiferente todo esto y que tu noble corazón sólo desea cariño. Escucha,
pues, Antoñita: a ti te conviene casarte, ¿estamos?
Antonia intentó replicar; pero el señor de Avrigny, le impuso silencio
con un gesto.
--¿Serás capaz de negarte a cumplir los sagrados deberes de esposa y de
madre sólo por no poder ser útil a tu tío? ¿Qué vas a responder cuando
Dios te pida cuenta de tus actos? ¡Tienes que casarte, Antonia! Y
cuenta que puedes tener aspiraciones muy altas. Aunque yo viva apartado
de la sociedad no dejaré de conservar en ella mi influencia y mis amigos
y podré proponerte un buen partido. A propósito: ¿te acuerdas de que el
año pasado el conde de Mengis, uno de mis amigos más antiguos, me pidió
para su hijo único la mano de Magdalena? Yo se la negué, pero a falta de
mi hija creo que no vacilará en aceptar a mi sobrina que es tan joven,
tan rica y tan hermosa como ella. ¿Qué te parece, Antoñita, el vizconde
de Mengis? Ya le conoces por haberle visto aquí muchas veces y sabes que
es noble, elegante, inteligente e instruido.
El doctor calló, esperando la respuesta de Antonia; pero ésta permaneció
muda, como perpleja y avergonzada, mientras Amaury la miraba emocionado,
porque para él también revestía excepcional interés lo que ella
contestase. De sus dos compañeros de dolor, el uno se retiraba para
sufrir a solas, y era muy natural que tuviese interés en saber si
Antoñita, cuya pena tanto se asemejaba a la suya, abandonaría también a
su triste compañero de infortunio y dejándole llorar solo destruiría del
todo lo que aún le recordaba su dichosa infancia, sus amores con
Magdalena y su familia de antaño.
Así, al mirar a Antoñita, no podía Amaury disimular su ansiedad. La
joven vio su mirada y, como si la hubiese comprendido, dijo con voz
temblorosa:
--Tío mío, le agradezco en el alma lo que por mí quiere hacer y recibo
de rodillas sus paternales consejos, tan sagrados para mí; pero déjeme
tiempo para pensar en ellos. Usted no quiere tener ya la menor relación
con este mundo y siento que se haya hecho violencia para volver de nuevo
su pensamiento a los dos únicos seres que le interesan en la tierra.
¡Dios se lo pague, tío! Sus deseos serán siempre órdenes para mí. No he
de oponerme a ellos; sólo le pido una dilación. No quiera usted que me
case vestida de luto; permítame poner un intervalo entre el tiempo
venidero que usted vaticina tan dichoso y el pasado que tantas lágrimas
me hace derramar. Mientras tanto, ya que le han de servir de molestia
mis cuidados, ¡Dios mío! ¡quién habría podido suponerlo! he trazado ya
mi plan y se lo voy a exponer, decidida a llevarlo a la práctica si me
da su aprobación. Yo me quedaré aquí entre el recuerdo de Magdalena, del
mismo modo que usted se queda a vivir junto al sepulcro. Custodiaré esos
recuerdos a los que rendiré culto resucitando en mi imaginación a cada
instante los días que ya pasaron. Confío en que la señora Braun no
tendrá inconveniente en hacerme compañía y hablaremos de Magdalena como
de una ausente con la cual habremos de reunimos un día. Sólo saldré para
ir a la iglesia; sólo recibiré a los amigos más antiguos de usted, a los
más adictos, a los que usted mismo me indique; yo seré entre usted y
ellos un postrer lazo que les permitirá creer que no le han perdido por
completo. ¡Ah! Esa vida sin ser feliz, porque eso es imposible, aún
podría ofrecer algunos atractivos para mí... Tío, ¿tiene confianza en
mí? ¿me cree usted digna de guardar esos preciosos recuerdos? Si es así,
si no le inspiran recelos mi juventud y mi inexperiencia, déjeme elegir
esa existencia, única que yo apetezco, única que me conviene.
--Si ésa es tu voluntad, hágase lo que deseas; yo apruebo en todo tu
plan--dijo el doctor, enternecido.--Cuida esta casa, que desde hoy es
tuya, y quédate en ella con todos nuestros criados, que tanto te
quieren, y con la señora Braun, que te ayudará a dirigirla, como lo
hacía en vida de Magdalena. Al comenzar cada trimestre recibirás el
dinero que te haga falta, y si necesitas además de mis consejos ya
sabes, hija mía, que todos los meses he de consagrarte un día. Entre mis
buenos amigos, tampoco dejará de haber alguno que a instancias mías
pueda servirte de tutor y de guía, reemplazándome a mí cuando yo muera.
¿Querrás estar bajo la tutela del conde de Mengis y su esposa, él tan
bueno y tan afectuoso como un padre, y ella tan digna y tan cariñosa
mujer que para ti casi sería una madre? No quiero hablarte de su hijo,
porque antes ya eludiste esta cuestión y además actualmente viaja por el
extranjero.
--Tío, no es menester que le diga que, cualesquiera que sean las
personas que me designe...
--Bien; pero sepamos antes si tienes que decirme algo contra las que
acabo de citarte.
--¡De ningún modo! Dios es sabedor de que después de usted son las que
más merecen mi cariño.
--Siendo así, no hay más que hablar. El conde y su esposa te protegerán
y sabrán aconsejarte. Queda, pues, así, hija mía, regulada por el
momento tu existencia. ¿Y tú, Amaury? ¿Qué piensas hacer? ¿Cuál es tu
plan?
Al oír esto fue Antonia quien alzó la cabeza aguardando una respuesta de
Amaury con la misma ansiedad que éste había aguardado antes la de su
compañera de la infancia.
--Veo, querido tutor--dijo Amaury con voz bastante segura,--que los
grandes sufrimientos se soportan de distinto modo según los
temperamentos. Usted va a vivir junto al sepulcro de Magdalena. Antonia
no quiere abandonar la estancia que parece llenar aún con su espíritu.
Yo, llevo a Magdalena en mi corazón, y me son por completo indiferentes
los lugares en donde yo pueda estar. La llevaré conmigo a todas partes,
porque en mi alma está enterrada y sólo procuraré que el mundo burlón e
impío no profane mi dolor con su contacto. Del mismo modo que ustedes,
yo a mi vez quiero estar solo. Cada uno de los tres puede tener por su
parte a Magdalena aunque miles de leguas nos separen a unos de otros.
--¿Es decir que te propones viajar?--preguntó el doctor.
--Deseo vivir con mi pena; quiero saborear mi dolor sin que nadie se
crea autorizado para ofrecerme consuelo; quiero sufrir libremente, y
puesto que nada me obliga a permanecer en París, donde ya no he de verle
a usted más, me iré muy lejos de aquí, a un país en donde todo sea
extraño para mí, en donde pueda yo recogerme en mis pensamientos sin que
nadie me importune.
--¿Y a dónde se marcha usted?--preguntó Antonia con acento de
tristeza.--¿A Italia?
--¡Oh! ¡Italia! ¡Italia!--exclamó Amaury estremeciéndose.--Allí debíamos
ir ella y yo. ¡No! ¡no! ¡De ningún modo! Italia con su cielo sereno, con
su clima templado, con las bellezas que a cada paso puede ofrecer al
viajero, constituiría para mi dolor una cruel ironía. ¡Al pensar en que
nos disponíamos a ir los dos a ese país encantador y en que ahora
deberíamos estar en Niza!... ¡Oh! ¡Cuán diferente, Dios mío!...
Amaury se interrumpió: los sollozos ahogaron su voz. Levantose el doctor
y poniéndole la mano en el hombro, le dijo:
--Vamos, Amaury; sé hombre.
--¡Amaury! ¡Hermano mío!--dijo Antonia tendiéndole la mano.
Pero el corazón del joven, rebosante ya de hiel, tenía que desbordarse y
su dolor, contenido hasta entonces, hizo explosión de pronto.
El doctor y Antoñita se miraron y dejaron libre curso a aquella
expansión que no podía menos de proporcionar alivio a Amaury viniendo a
calmar en parte su terrible excitación nerviosa.
Cuando el joven pudo hablar, ya algo más tranquilo, después que por sus
pálidas mejillas corrieron a raudales las lágrimas, dijo:
--Perdónenme ustedes si aumento su dolor con la expansión del mío. ¡Si
supieran lo que sufro!...
El anciano se sonrió con tristeza.
--¡Pobre Amaury!--dijo en voz baja Antoñita.
--Ya estoy sereno--agregó Leoville.--Decía que no me conviene el sol
ardiente de Italia, sino las nieblas invernales del Norte; quiero
contemplar una naturaleza triste y desolada como está mi alma; nada más
a propósito que Holanda con sus pantanos, el Rhin con sus ruinas,
Alemania con su cielo nuboso. Por eso esta misma noche, con el permiso
de usted, querido tutor, partiré para Amsterdam y La Haya, de donde
regresaré por Colonia e Heidelberg.
Antonia escuchaba con inquieto afán las palabras de Amaury, pronunciadas
con singular amargura. El doctor, que al ver terminado el acceso
nervioso del joven había vuelto a sentarse para quedar abstraído en sus
tristes pensamientos, cuando aquél cesó de hablar se pasó la mano por la
frente como queriendo apartar de sí la nube que el dolor interponía
entre las ideas que ocupaban su mente y el mundo exterior, y repuso:
--Resumiendo: tú, Amaury, te vas a Alemania llevándote contigo a
Magdalena; tú, Antoñita, te quedas en esta casa, en la que ella ha
vivido; yo, me vuelvo a Ville d'Avray, en donde reposa su cuerpo. Pero
como tengo que quedarme aún algunas horas en París para escribir a mi
amigo el conde de Mengis y dictar algunas disposiciones, si no hay nada
más que hablar, hijos míos, separémonos ahora y a las cinco volveremos a
reunimos para comer juntos como lo hacíamos antes, en otro tiempo mejor.
Después, cada cual se marchará por su lado.
--Hasta la tarde, pues, querido tutor. Adiós, Antoñita--dijo Amaury.
--Hasta la tarde--repitió Antonia.
--Hasta luego, hijos míos.
Amaury salió, el doctor se retiró a su despacho, y Antoñita, no teniendo
ya que esforzarse para aparecer serena, se dejó caer en una butaca
sollozando.