Amaury fue puntual. A las cinco en punto, después de haber empleado el
día en hacer refrendar su pasaporte, en recoger algunos fondos de manos
de su banquero, en disponer su carroza de viaje para las seis y media de
aquella tarde y en llevar a cabo otras varias diligencias, llegó a casa
del doctor.
El momento fue terrible cuando al sentarse a la mesa fijaron los tres
sus ojos en aquel sitio vacío que otro tiempo ocupaba Magdalena.
Amaury estuvo a punto de dejar que estallara de nuevo su dolor, pero
haciendo un esfuerzo para dominarse se levantó y cruzando rápidamente el
salón dirigiose al jardín.
Poco después dijo el doctor a su sobrina:
--Antoñita, ve a buscar a tu hermano.
Antonia bajó al jardín. Allí encontró a Amaury sentado en el mismo banco
en que había dado a Magdalena el último beso que fue la causa de su
muerte y mordiendo desesperado el pañuelo como queriendo impedir que se
escapasen de su pecho los sollozos que le ahogaban.
--Amaury--dijo la joven tendiéndole la mano que él, emocionado, estrechó
en silencio--nos da usted mucha pena a mi tío y a mí.
Leoville, sin contestar, se levantó y dejándose conducir como un niño
por Antonia la siguió, volviendo con ella al comedor.
Sentáronse de nuevo a la mesa, pero Amaury se negó a probar bocado. El
doctor quiso hacerle tomar una taza de caldo, pero fue inútil su empeño;
el joven contestó que le era de todo punto imposible tornar ningún
alimento y volvió a caer en su abstracción.
Tras de las escasas palabras pronunciadas reinó un largo silencio
durante el cual el doctor con la cabeza hundida entre las manos, no veía
nada de cuanto pasaba en torno suyo. Mas los dos jóvenes, quizá porque
en sus corazones se encerraba un tesoro de ternura, pensaban al mismo
tiempo que en la muerta en los dos caros afectos que muy pronto tendrían
que abandonar. Miráronse y debieron leer recíprocamente en sus almas y a
un mismo tiempo el sentimiento de pena por la muerta y de dolor por la
ausencia que sobre ellos se cernía, pues Amaury dijo, rompiendo el
silencio:
--De los tres yo quedaré más abandonado que ninguno. Ustedes podrán
verse una vez cada mes, pero yo... ¡triste de mí!... ¿Quién me traerá
noticias suyas? ¿Quién les dará a ustedes las mías?
El doctor, como si despertase de un sueño, alzó la cabeza al oír esta
queja del joven y repuso:
--No pienses en escribirme, Amaury, pues te prevengo que no habré de
admitir ninguna carta.
--¡Ya lo están viendo ustedes!--exclamó Leoville.
--Nadie te priva de escribir a Antoñita, ni nadie le prohíbe
contestarte. Puedes, pues, dirigirte a ella.
--¿Lo permite usted?--preguntó Amaury, mientras que Antoñita fijaba en
su tío con ansiedad la mirada.
--¿Y por qué razón he de prohibir que dos hermanos se comuniquen su
dolor y rieguen una misma tumba con sus lágrimas?
--¿Y usted consiente, Antoñita?--preguntó Amaury.
--Si eso puede proporcionarle algún consuelo...--murmuró la joven
bajando los ojos, mientras sus mejillas se teñían de un vivo rubor.
--¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias, Antoñita! Merced a usted mi partida será, si
no menos triste, por lo menos más tranquila.
La comida acabó sin que entre aquellas tres personas que tan oprimidos
sentían sus corazones se pronunciase una palabra más. La emoción que
embargaba sus almas hacía enmudecer sus labios.
Cuando a las seis y media José entró a anunciar que en el patio
aguardaba la silla de posta de Amaury, que acababa de llegar, y la del
doctor, que ya estaba esperando hacía rato, el señor de Avrigny se
sonrió; Amaury lanzó un suspiro y Antonia palideció densamente.
Se levantó el anciano, pero ambos jóvenes se abalanzaron hacia él, y al
volver a caer en su sillón, agobiado por el pesar y hondamente
conmovido, se encontró con que los dos estaban a su lado arrodillados.
--Abráceme usted, querido tutor--exclamó Amaury.
--Deme usted su bendición, tío mío--suplicó Antonia.
El doctor, con los ojos arrasados en lágrimas, los estrechó en sus
brazos y exclamó elevando los ojos al cielo:
--¡Oh, mis dos últimos amores en la tierra!... ¡Dios mío! ¡Haz que sean
felices y gocen tranquilidad; sí, que vivan tranquilos en este mundo, y
alcancen la dicha eterna en el otro!
Les besó la frente. Uniéronse las manos de los jóvenes, y ambos se
estremecieron, mirándose conmovidos y con la turbación de su ánimo
reflejada en el semblante.
--Dale un beso, Amaury--dijo el doctor, acercando a los labios del joven
la frente de Antoñita.
--¡Adiós, Antoñita!
--¡Adiós, Amaury! ¡Hasta la vista!
Despidiéronse con temblorosa voz, ahogada por la emoción.
El doctor, que en aquella ocasión era entre los tres el más dueño de sí
mismo, se levantó para poner término al dolor de aquella separación que
desgarraba su alma. Ellos hicieron lo propio y después de contemplarse
en silencio estrecháronse por última vez la mano, mientras el doctor
decía:
--¡Ea! ¡en marcha, Amaury! ¡Adiós!
--En marcha--repitió Amaury de un modo maquinal.--No se olvide de
escribirme, Antoñita. ¿Lo hará usted así?
La joven no se sintió con fuerzas para contestar ni para seguirles. Los
dos se despidieron de ella con un ademán y salieron precipitadamente.
Pero, merced a una extraña reacción, Antoñita, tan pronto como ellos
desaparecieron recobró toda su energía y corriendo a la ventana de la
estancia que daba al patio la abrió. Aun pudo ver que se abrazaban de
nuevo y cambiaban algunas palabras que ella logró adivinar más bien que
oyó.
--¡A Ville d'Avray, a reunirme con mi hija!--decía el doctor.
--¡A Alemania, llevándome a mi amada!--respondía Amaury.
--¡Y yo--exclamó Antonia,--aquí en esta casa desierta me quedo con mi
hermana... y con el remordimiento de mi amor!--agregó separándose de la
ventana para no ver la partida de los coches y con la mano puesta sobre
el corazón como queriendo amortiguar sus latidos.