Acababan de dar las nueve de la noche.
Amaury tomó un simón, y poco después entraba en su palco del teatro de
los Italianos.
La sala, resplandeciente de luces y de diamantes, parecía un ascua de
oro. El joven, pálido y grave, desde el fondo del palco contemplaba
aquel brillo y aquella esplendidez con mirada indiferente, con desdeñosa
sonrisa.
Su presencia causó una gran sorpresa; pero la austeridad de su semblante
y su aire grave imponían tal respeto aún a sus más íntimos amigos, que
nadie se atrevió a dirigirle la menor pregunta.
Nadie conocía su fatal propósito, y no obstante, todos temieron que
Amaury fuese quizás a dirigir al mundo su último saludo como los
antiguos gladiadores romanos saludaban al César con las famosas
palabras: «_¡Ave, César! ¡morituri te salutant!_»
Presenció el tercer acto de _Otelo_, aquel terrible acto cuya música
parecía ser digna continuación del _Dies iræ_ de la mañana, en la que
Rossini parecía completar a Thalberg; y al llegar a la escena en que el
moro se suicida después de asesinar a Desdémona, tan en serio tomó la
tragedia que estuvo a punto de gritar como Aria a Petus:
--¿Verdad, Otelo, que no hace daño?
Después de la función, Amaury subió a otro coche de punto, y se hizo
llevar a casa del señor de Avrigny.
Los criados le aguardaban. Se dirigió al despacho de su antiguo tutor,
llamó a la puerta y oyó una voz que le respondió desde adentro:
--¿Eres tú, Amaury?
El joven, después de responder afirmativamente, entró.
El señor de Avrigny, que estaba sentado ante su mesa de trabajo, se
levantó para salir a su encuentro.
--No he querido acostarme sin venir a dar a usted un abrazo--le dijo
Amaury en tono tranquilo.--¡Adiós, padre mío!
Su tutor le miró con fijeza y abrazándole respondió:
--¡Adiós, Amaury!
Al estrecharle contra su pecho le había puesto la mano sobre el corazón,
notando que sus latidos acusaban perfecta tranquilidad. El joven, sin
advertir nada, se dispuso a retirarse, y ya iba a traspasar el umbral
del aposento, cuando el doctor le llamó de nuevo, diciéndole con voz
ahogada por la emoción:
--Oye, Amaury, una palabra.
--¿Tiene usted algo que mandarme?
--Aguárdame en tu habitación. Allí acudo dentro de cinco minutos, pues
tengo que hablarte, Amaury.
--Está bien. Le esperaré, padre mío.
Y después de hacer una ligera inclinación de cabeza, salió, dirigiéndose
a su cuarto. Lo primero que hizo, así que entró, fue abrir el cajón de
la mesa donde había dejado las pistolas, y al ver que estaban intactas,
se sonrió, alzando los gatillos. Pero en el mismo instante oyó pasos, y
comprendiendo que se acercaba el doctor, escondió otra vez sus armas.
El padre de Magdalena abrió la puerta, la cerró de nuevo y, acercándose
en silencio al joven, púsole la mano en el hombro.
Amaury aguardaba que el doctor le dijese algo; pero, viendo que callaba,
rompió al fin aquel silencio solemne para preguntar:
--¿Dice usted que tiene que hablar conmigo?
--Sí.
--Hable, pues: ya le escucho.
--¿Te imaginas, hijo mío, que no he comprendido que tratabas de
matarte... esta noche... ahora mismo?
Amaury se sintió estremecer de pies a cabeza y dirigió instintivamente
los ojos al cajón donde estaban las pistolas.
--Si, querías matarte--continuó el doctor,--y guardas el instrumento de
muerte, las pistolas, el puñal o el veneno, ahí mismo, en ese cajón. Aun
cuando no has mostrado intranquilidad, o quizás por eso mismo, lo eché
de ver en seguida. Es muy grande y muy extraordinario lo que me pasa; te
amo con el mismo cariño que profesabas a mi hija y ahora veo que hacía
muy bien en quererte y que tú eras digno de ella. ¿Verdad que no se
puede vivir sin su presencia? Ya verás cómo nos entenderemos; pero no
quiero que te suicides.
--Pero si...
--Déjame hablar, hijo mío.
--¿Crees que pienso recomendarte consuelo y distracciones? Eso es muy
convencional y poco digno de nuestra profunda pena. No; no esperes tal
cosa. Yo también, como tú, pienso que habiendo abandonado Magdalena la
tierra, no nos queda otro recurso que ir a buscarla en el Cielo. Mas al
reflexionar acerca de ello, he visto que si ése es el camino más corto
es también el menos seguro, porque no es el que Dios nos ha marcado.
--Pero, padre mío...
--Calla y no me interrumpas. Esta mañana has oído en la iglesia el _Dies
iræ_. ¿No es verdad que lo has oído?
Amaury se pasó la mano por su ardorosa frente y no contestó.
--Pues bien--prosiguió el doctor,--ya sabrás que ese canto es capaz de
impresionar el corazón del hombre más impávido. Yo, de mí sé decir que
me ha hecho meditar, y tengo miedo. Si lo que en él se dice fuese
cierto; si el Señor, irritado por la destrucción de su obra, no
admitiese entre sus elegidos a los que así delinquen; si nos separase de
Magdalena... ¡Oh! ¡Cuando pienso en que esto pudiera ser!... Aunque sólo
hubiera una probabilidad muy remota de que esa amenaza pudiera
realizarse sería yo capaz de sufrir, para evitarla, los tormentos más
crueles; viviría, si fuera preciso, diez años más... Sí, diez años más
de sufrimiento, a cambio de la esperanza de reunirme con ella en la
eternidad.
--¡Ay! ¡Vivir! ¡vivir!--exclamó Amaury con doloroso acento.--¿Cómo vivir
sin aire, sin sol, sin amor? ¿Cómo vivir sin ella?
--No hay más remedio, Amaury; oye bien esto: En nombre de Magdalena, en
su sagrado nombre, yo, su padre, te prohíbo suicidarte.
Amaury se cubrió el rostro con las manos. Estaba desesperado.
--Escucha, hijo mío--prosiguió el doctor después de una breve pausa:--en
mi mente se agita una idea, que ha venido a iluminar mi entendimiento
mientras yo oía caer la tierra sobre el féretro de mi hija. Desde aquel
momento me siento ya más tranquilo; voy a explicártela, Amaury, y luego,
invitándote a reflexionar y recordándote mi prohibición te dejaré solo,
seguro de volverte a ver mañana para conferenciar contigo y con Antoñita
antes de volverme yo a Ville d'Avray.
--Hable usted.
--Amaury--dijo el doctor en tono solemne,--abandonémonos a nuestro dolor
y no dudemos de la eficacia de nuestra desesperación, porque eso sería
demostrar que no es muy honda. No olvides, hijo mío, estas palabras, las
últimas que he creído escuchar de labios de Magdalena: _¿A qué matarse,
cuando la muerte viene por si sola?_
Y el desventurado padre, así que hubo pronunciado las palabras que
quería grabar en la memoria de Amaury, se retiró tan lenta, y gravemente
como había entrado.
Nada importa morir cuando gravitan sobre nosotros el peso del tiempo y
los achaques, cuando se está ya aniquilado a fuerza de vivir. Nada
importa morir cuando murieron ya sentimientos, ilusiones y esperanzas;
cuando los afectos se extinguieron uno a uno, cuando el fuego que ardía
en nuestra alma se convirtió en ceniza... Ya no queda más que el
cuerpo... ¿Qué importa que éste tarde más o menos en seguir al espíritu
si le abandonó cuanto lo purificaba, si desapareció cuanto le sonreía?
Al árbol sólo le queda una raíz incapaz de sostenerle; la existencia es
tan menguada, que está dispuesta a cesar a la menor sacudida; el frío de
la vejez, es precursor del hielo del sepulcro...
Pero morir en plena juventud, ¿qué digo morir? matarse, arrancar de una
vez todas las raíces, romper todos los hilos que nos ligan a este mundo,
aniquilar todos los sueños de nuestra imaginación, ahogar todo nuestro
amor, después de apurar el primer sorbo, abdicar del vigor y de la
fuerza que da vida a nuestro cuerpo, renunciar a la felicidad que
vislumbramos a través de un horizonte risueño y dilatado, abandonar la
vida cuando apenas se ha comenzado a vivir, llevándose consigo
creencias, sentimientos, ilusiones y quimeras, eso sí que constituye un
sufrimiento espantoso; eso sí que es morir de veras. Así, no es de
extrañar que, contra toda reflexión, nuestro instinto se aferré con
tanta fuerza a la vida; que, contra todo valor, tiemble la mano al
empuñar el arma homicida, que, contra todo esfuerzo sobre la voluntad,
ésta se resista y a pesar del valor se tenga miedo.
--¡Ah! No es solamente la duda la que inspira a Hamlet sus famosas
reflexiones:
--Ser o no ser: he ahí el problema. ¿Qué es más de admirar? ¿La
resignación que de rodillas acata los caprichos de la ciega Fortuna o la
fuerza que lucha en el mar proceloso y encuentra el término de sus males
en ese terrible combate con los embravecidos elementos? ¡Morir! Sólo
dormir, y después... cesar de sufrir, escapar a las tristes
contingencias que son propias de la vida. ¡Dormir! Pero al dormir,
¡quién sabe! quizá se sueñe... ¡Quizá!... Ese es el misterio... ¿Qué
ensueños vendrán a poblar el sueño de la tumba cuando en nuestra frente
no resplandezca ya la animación de la vida?
¡La vida! Esta palabra es la esfinge; ella envuelve la duda que nos
lleva por el camino trillado. ¡Ah! ¿Quién sería capaz de sufrir tanta
vergüenza, de soportar el insulto del poderoso, el ultraje del orgullo,
las desconocidas torturas del amor desdeñado, las artes de la intriga y
tantas y tantas vejaciones de que somos objeto a cada paso si para
darnos la paz bastara la aguda punta de un acero bien templado? ¿Quién
no arrojaría su pesado fardo? ¿quién regaría con su llanto y su sudor el
tenebroso camino sin las misteriosas sombras que más allá de los
umbrales del sepulcro se alzan para acobardarle? ¡Ese mundo ignoto del
cual jamás volvió ningún viajero lleno de horror, la voluntad, y hace
que el espíritu espantado se detenga prefiriendo el dolor que le abruma
al reposo inseguro de la tumba!... Luego nos arrastra el tiempo, la
reflexión debilita nuestro propósito y convirtiéndose el héroe en
cobarde acabamos por humillarnos, resignándonos a proseguir nuestra
triste tarea en esta vida.
¡Ah! No se avergüencen, no se sonrojen aquellos que como Hamlet,
conturbado el ánimo y armada la diestra de un puñal lo han acercado mil
veces a su pecho para apartarlo de él otras tantas: el mismo Dios les
infundió ese amor innato a la existencia para que no abandonen este
mundo que necesita que vivan.
Nunca el soldado lanzándose con sublime arrojo contra el arma enemiga,
nunca el mártir al entrar en el circo con santa resignación estuvieron
más dispuestos a morir que Amaury al volver a la casa donde había muerto
su amada.
Preparada estaba el arma, escrito el testamento y tomada la fatal
resolución de un modo tan firme que el joven fríamente podía pensar en
ella como sí se tratase de un hecho ya consumado. No se engañaba a sí
mismo; a no haber experimentado la necesidad irresistible de dar el
último abrazo al hombre que habría sido un padre para él, no habría
titubeado y con heroica fe se habría levantado la tapa de los sesos.
Pero el tono solemne del doctor, la gravedad de sus palabras, el sagrado
nombre de Magdalena, le hicieron meditar, y cuando se encontró solo en
su cuarto, permaneció un rato inmóvil, recogido en sí mismo, pareció
luego volver a la vida que poco antes quería abandonar tan decidido y al
fin, levantándose, púsose a pasear por la estancia, asaltado por la
ansiedad y las dudas que embargaban su espíritu.
¿No era cosa cruel la vida sin finalidad, sin horizonte, sin esperanzas?
¿No era preferible concluir de una vez? El lo juzgaba indudable.
Pero, ¿y si la vida no vuelve a comenzar en la eternidad para el
suicida, si el XIIIº canto de Dante no es un sueño, si los que obraron
con violencia contra sí mismos (_violenti contra loro stessi_) como dice
el poeta, son en realidad precipitados al antro infernal en donde él los
ha visto? ¿Y si Dios no quiere que desertemos de las filas del numeroso
ejército de los que en la tierra sufren y aleja de su augusta presencia
a los réprobos de la vida, y renegados de la humanidad? ¿y si consumando
su propósito debía privarse de ver a Magdalena en la otra vida? Si todo
esto era verdad, el señor de Avrigny tenía razón y había que obedecerle.
Aun cuando la probabilidad de que todo eso pudiera suceder fuese muy
remota, era preferible sufrir mil años de vida y dejar que la
desesperación hiciera el oficio de puñal, fiar en la amargura de las
lágrimas más que en la ponzoña del opio, morir al cabo de un año y no
matarse en un instante.
Bien mirado, el resultado era el mismo, porque la pena de Amaury no
podía perdonar; la herida era mortal y la muerte inevitable. Por lo
tanto, únicamente los medios y el tiempo podían constituir materia de
discusión en aquel caso.
Amaury solía decidirse muy pronto y nunca dilataba la resolución de los
asuntos que dependían de su voluntad directamente. Así, al cabo de una
hora estaba tan dispuesto a vivir como decidido a morir había estado
poco antes.
Únicamente necesitaba para ello un poco más de energía.
Entonces volvió a sentarse, y se puso a considerar su nueva posición con
ánimo sereno. Comprendió que por su parte debía acudir en ayuda de su
propio pesar huyendo del mundo para abandonarse a su dolor. Para ello no
tenía, en verdad, que hacer grandes esfuerzos. Aquella noche había visto
él la sociedad dominado por la idea de que iba a separarse de ella para
siempre; pero no haciéndolo así, las frías amistades y los placeres y
consuelos convencionales y falsos que la sociedad podía ofrecerle no
eran otra cosa que otros tantos suplicios.
Lo importante, lo que urgía, era verse libre de esas amargas
compensaciones que la sociedad ofrece a las penas vulgares. De ese modo
podía absorberse en sus ideas, ver tan sólo lo pasado, evocar
constantemente el recuerdo de sus desvanecidas esperanzas y sus
marchitas ilusiones, irritando sin cesar su herida para no dejar que se
cicatrizara y apresurar así la mortal curación apetecida.
Y aun prometíase encontrar amargos goces en estas evocaciones de la
dicha perdida, y, contaba con disfrutar cierta dolorosa voluptuosidad al
soñar su imaginación con aquella retrospectiva existencia.
Le bastó sacar de su pecho el ramo, ya marchito, que había lucido
Magdalena en su cintura la fatal noche del baile para que las lágrimas
brotasen de sus ojos a raudales, y aquel llanto, derramado después de la
febril irritación que excitaba sus nervios hacía cuarenta y ocho horas,
fue para él tan benéfico como es para la tierra la lluvia después de un
caluroso día de verano.
A él debió el encontrarse al despuntar la aurora tan quebrantado y tan
rendido que repitió con la misma convicción que el doctor lo había hecho
la víspera estas palabras:
--«_¿A qué matarse cuando la muerte viene por sí sola?_»