XXXIV

Acababan de dar las nueve de la noche.

Amaury tomó un simón, y poco después entraba en su palco del teatro de

los Italianos.

La sala, resplandeciente de luces y de diamantes, parecía un ascua de

oro. El joven, pálido y grave, desde el fondo del palco contemplaba

aquel brillo y aquella esplendidez con mirada indiferente, con desdeñosa

sonrisa.

Su presencia causó una gran sorpresa; pero la austeridad de su semblante

y su aire grave imponían tal respeto aún a sus más íntimos amigos, que

nadie se atrevió a dirigirle la menor pregunta.

Nadie conocía su fatal propósito, y no obstante, todos temieron que

Amaury fuese quizás a dirigir al mundo su último saludo como los

antiguos gladiadores romanos saludaban al César con las famosas

palabras: «_¡Ave, César! ¡morituri te salutant!_»

Presenció el tercer acto de _Otelo_, aquel terrible acto cuya música

parecía ser digna continuación del _Dies iræ_ de la mañana, en la que

Rossini parecía completar a Thalberg; y al llegar a la escena en que el

moro se suicida después de asesinar a Desdémona, tan en serio tomó la

tragedia que estuvo a punto de gritar como Aria a Petus:

--¿Verdad, Otelo, que no hace daño?

Después de la función, Amaury subió a otro coche de punto, y se hizo

llevar a casa del señor de Avrigny.

Los criados le aguardaban. Se dirigió al despacho de su antiguo tutor,

llamó a la puerta y oyó una voz que le respondió desde adentro:

--¿Eres tú, Amaury?

El joven, después de responder afirmativamente, entró.

El señor de Avrigny, que estaba sentado ante su mesa de trabajo, se

levantó para salir a su encuentro.

--No he querido acostarme sin venir a dar a usted un abrazo--le dijo

Amaury en tono tranquilo.--¡Adiós, padre mío!

Su tutor le miró con fijeza y abrazándole respondió:

--¡Adiós, Amaury!

Al estrecharle contra su pecho le había puesto la mano sobre el corazón,

notando que sus latidos acusaban perfecta tranquilidad. El joven, sin

advertir nada, se dispuso a retirarse, y ya iba a traspasar el umbral

del aposento, cuando el doctor le llamó de nuevo, diciéndole con voz

ahogada por la emoción:

--Oye, Amaury, una palabra.

--¿Tiene usted algo que mandarme?

--Aguárdame en tu habitación. Allí acudo dentro de cinco minutos, pues

tengo que hablarte, Amaury.

--Está bien. Le esperaré, padre mío.

Y después de hacer una ligera inclinación de cabeza, salió, dirigiéndose

a su cuarto. Lo primero que hizo, así que entró, fue abrir el cajón de

la mesa donde había dejado las pistolas, y al ver que estaban intactas,

se sonrió, alzando los gatillos. Pero en el mismo instante oyó pasos, y

comprendiendo que se acercaba el doctor, escondió otra vez sus armas.

El padre de Magdalena abrió la puerta, la cerró de nuevo y, acercándose

en silencio al joven, púsole la mano en el hombro.

Amaury aguardaba que el doctor le dijese algo; pero, viendo que callaba,

rompió al fin aquel silencio solemne para preguntar:

--¿Dice usted que tiene que hablar conmigo?

--Sí.

--Hable, pues: ya le escucho.

--¿Te imaginas, hijo mío, que no he comprendido que tratabas de

matarte... esta noche... ahora mismo?

Amaury se sintió estremecer de pies a cabeza y dirigió instintivamente

los ojos al cajón donde estaban las pistolas.

--Si, querías matarte--continuó el doctor,--y guardas el instrumento de

muerte, las pistolas, el puñal o el veneno, ahí mismo, en ese cajón. Aun

cuando no has mostrado intranquilidad, o quizás por eso mismo, lo eché

de ver en seguida. Es muy grande y muy extraordinario lo que me pasa; te

amo con el mismo cariño que profesabas a mi hija y ahora veo que hacía

muy bien en quererte y que tú eras digno de ella. ¿Verdad que no se

puede vivir sin su presencia? Ya verás cómo nos entenderemos; pero no

quiero que te suicides.

--Pero si...

--Déjame hablar, hijo mío.

--¿Crees que pienso recomendarte consuelo y distracciones? Eso es muy

convencional y poco digno de nuestra profunda pena. No; no esperes tal

cosa. Yo también, como tú, pienso que habiendo abandonado Magdalena la

tierra, no nos queda otro recurso que ir a buscarla en el Cielo. Mas al

reflexionar acerca de ello, he visto que si ése es el camino más corto

es también el menos seguro, porque no es el que Dios nos ha marcado.

--Pero, padre mío...

--Calla y no me interrumpas. Esta mañana has oído en la iglesia el _Dies

iræ_. ¿No es verdad que lo has oído?

Amaury se pasó la mano por su ardorosa frente y no contestó.

--Pues bien--prosiguió el doctor,--ya sabrás que ese canto es capaz de

impresionar el corazón del hombre más impávido. Yo, de mí sé decir que

me ha hecho meditar, y tengo miedo. Si lo que en él se dice fuese

cierto; si el Señor, irritado por la destrucción de su obra, no

admitiese entre sus elegidos a los que así delinquen; si nos separase de

Magdalena... ¡Oh! ¡Cuando pienso en que esto pudiera ser!... Aunque sólo

hubiera una probabilidad muy remota de que esa amenaza pudiera

realizarse sería yo capaz de sufrir, para evitarla, los tormentos más

crueles; viviría, si fuera preciso, diez años más... Sí, diez años más

de sufrimiento, a cambio de la esperanza de reunirme con ella en la

eternidad.

--¡Ay! ¡Vivir! ¡vivir!--exclamó Amaury con doloroso acento.--¿Cómo vivir

sin aire, sin sol, sin amor? ¿Cómo vivir sin ella?

--No hay más remedio, Amaury; oye bien esto: En nombre de Magdalena, en

su sagrado nombre, yo, su padre, te prohíbo suicidarte.

Amaury se cubrió el rostro con las manos. Estaba desesperado.

--Escucha, hijo mío--prosiguió el doctor después de una breve pausa:--en

mi mente se agita una idea, que ha venido a iluminar mi entendimiento

mientras yo oía caer la tierra sobre el féretro de mi hija. Desde aquel

momento me siento ya más tranquilo; voy a explicártela, Amaury, y luego,

invitándote a reflexionar y recordándote mi prohibición te dejaré solo,

seguro de volverte a ver mañana para conferenciar contigo y con Antoñita

antes de volverme yo a Ville d'Avray.

--Hable usted.

--Amaury--dijo el doctor en tono solemne,--abandonémonos a nuestro dolor

y no dudemos de la eficacia de nuestra desesperación, porque eso sería

demostrar que no es muy honda. No olvides, hijo mío, estas palabras, las

últimas que he creído escuchar de labios de Magdalena: _¿A qué matarse,

cuando la muerte viene por si sola?_

Y el desventurado padre, así que hubo pronunciado las palabras que

quería grabar en la memoria de Amaury, se retiró tan lenta, y gravemente

como había entrado.

Nada importa morir cuando gravitan sobre nosotros el peso del tiempo y

los achaques, cuando se está ya aniquilado a fuerza de vivir. Nada

importa morir cuando murieron ya sentimientos, ilusiones y esperanzas;

cuando los afectos se extinguieron uno a uno, cuando el fuego que ardía

en nuestra alma se convirtió en ceniza... Ya no queda más que el

cuerpo... ¿Qué importa que éste tarde más o menos en seguir al espíritu

si le abandonó cuanto lo purificaba, si desapareció cuanto le sonreía?

Al árbol sólo le queda una raíz incapaz de sostenerle; la existencia es

tan menguada, que está dispuesta a cesar a la menor sacudida; el frío de

la vejez, es precursor del hielo del sepulcro...

Pero morir en plena juventud, ¿qué digo morir? matarse, arrancar de una

vez todas las raíces, romper todos los hilos que nos ligan a este mundo,

aniquilar todos los sueños de nuestra imaginación, ahogar todo nuestro

amor, después de apurar el primer sorbo, abdicar del vigor y de la

fuerza que da vida a nuestro cuerpo, renunciar a la felicidad que

vislumbramos a través de un horizonte risueño y dilatado, abandonar la

vida cuando apenas se ha comenzado a vivir, llevándose consigo

creencias, sentimientos, ilusiones y quimeras, eso sí que constituye un

sufrimiento espantoso; eso sí que es morir de veras. Así, no es de

extrañar que, contra toda reflexión, nuestro instinto se aferré con

tanta fuerza a la vida; que, contra todo valor, tiemble la mano al

empuñar el arma homicida, que, contra todo esfuerzo sobre la voluntad,

ésta se resista y a pesar del valor se tenga miedo.

--¡Ah! No es solamente la duda la que inspira a Hamlet sus famosas

reflexiones:

--Ser o no ser: he ahí el problema. ¿Qué es más de admirar? ¿La

resignación que de rodillas acata los caprichos de la ciega Fortuna o la

fuerza que lucha en el mar proceloso y encuentra el término de sus males

en ese terrible combate con los embravecidos elementos? ¡Morir! Sólo

dormir, y después... cesar de sufrir, escapar a las tristes

contingencias que son propias de la vida. ¡Dormir! Pero al dormir,

¡quién sabe! quizá se sueñe... ¡Quizá!... Ese es el misterio... ¿Qué

ensueños vendrán a poblar el sueño de la tumba cuando en nuestra frente

no resplandezca ya la animación de la vida?

¡La vida! Esta palabra es la esfinge; ella envuelve la duda que nos

lleva por el camino trillado. ¡Ah! ¿Quién sería capaz de sufrir tanta

vergüenza, de soportar el insulto del poderoso, el ultraje del orgullo,

las desconocidas torturas del amor desdeñado, las artes de la intriga y

tantas y tantas vejaciones de que somos objeto a cada paso si para

darnos la paz bastara la aguda punta de un acero bien templado? ¿Quién

no arrojaría su pesado fardo? ¿quién regaría con su llanto y su sudor el

tenebroso camino sin las misteriosas sombras que más allá de los

umbrales del sepulcro se alzan para acobardarle? ¡Ese mundo ignoto del

cual jamás volvió ningún viajero lleno de horror, la voluntad, y hace

que el espíritu espantado se detenga prefiriendo el dolor que le abruma

al reposo inseguro de la tumba!... Luego nos arrastra el tiempo, la

reflexión debilita nuestro propósito y convirtiéndose el héroe en

cobarde acabamos por humillarnos, resignándonos a proseguir nuestra

triste tarea en esta vida.

¡Ah! No se avergüencen, no se sonrojen aquellos que como Hamlet,

conturbado el ánimo y armada la diestra de un puñal lo han acercado mil

veces a su pecho para apartarlo de él otras tantas: el mismo Dios les

infundió ese amor innato a la existencia para que no abandonen este

mundo que necesita que vivan.

Nunca el soldado lanzándose con sublime arrojo contra el arma enemiga,

nunca el mártir al entrar en el circo con santa resignación estuvieron

más dispuestos a morir que Amaury al volver a la casa donde había muerto

su amada.

Preparada estaba el arma, escrito el testamento y tomada la fatal

resolución de un modo tan firme que el joven fríamente podía pensar en

ella como sí se tratase de un hecho ya consumado. No se engañaba a sí

mismo; a no haber experimentado la necesidad irresistible de dar el

último abrazo al hombre que habría sido un padre para él, no habría

titubeado y con heroica fe se habría levantado la tapa de los sesos.

Pero el tono solemne del doctor, la gravedad de sus palabras, el sagrado

nombre de Magdalena, le hicieron meditar, y cuando se encontró solo en

su cuarto, permaneció un rato inmóvil, recogido en sí mismo, pareció

luego volver a la vida que poco antes quería abandonar tan decidido y al

fin, levantándose, púsose a pasear por la estancia, asaltado por la

ansiedad y las dudas que embargaban su espíritu.

¿No era cosa cruel la vida sin finalidad, sin horizonte, sin esperanzas?

¿No era preferible concluir de una vez? El lo juzgaba indudable.

Pero, ¿y si la vida no vuelve a comenzar en la eternidad para el

suicida, si el XIIIº canto de Dante no es un sueño, si los que obraron

con violencia contra sí mismos (_violenti contra loro stessi_) como dice

el poeta, son en realidad precipitados al antro infernal en donde él los

ha visto? ¿Y si Dios no quiere que desertemos de las filas del numeroso

ejército de los que en la tierra sufren y aleja de su augusta presencia

a los réprobos de la vida, y renegados de la humanidad? ¿y si consumando

su propósito debía privarse de ver a Magdalena en la otra vida? Si todo

esto era verdad, el señor de Avrigny tenía razón y había que obedecerle.

Aun cuando la probabilidad de que todo eso pudiera suceder fuese muy

remota, era preferible sufrir mil años de vida y dejar que la

desesperación hiciera el oficio de puñal, fiar en la amargura de las

lágrimas más que en la ponzoña del opio, morir al cabo de un año y no

matarse en un instante.

Bien mirado, el resultado era el mismo, porque la pena de Amaury no

podía perdonar; la herida era mortal y la muerte inevitable. Por lo

tanto, únicamente los medios y el tiempo podían constituir materia de

discusión en aquel caso.

Amaury solía decidirse muy pronto y nunca dilataba la resolución de los

asuntos que dependían de su voluntad directamente. Así, al cabo de una

hora estaba tan dispuesto a vivir como decidido a morir había estado

poco antes.

Únicamente necesitaba para ello un poco más de energía.

Entonces volvió a sentarse, y se puso a considerar su nueva posición con

ánimo sereno. Comprendió que por su parte debía acudir en ayuda de su

propio pesar huyendo del mundo para abandonarse a su dolor. Para ello no

tenía, en verdad, que hacer grandes esfuerzos. Aquella noche había visto

él la sociedad dominado por la idea de que iba a separarse de ella para

siempre; pero no haciéndolo así, las frías amistades y los placeres y

consuelos convencionales y falsos que la sociedad podía ofrecerle no

eran otra cosa que otros tantos suplicios.

Lo importante, lo que urgía, era verse libre de esas amargas

compensaciones que la sociedad ofrece a las penas vulgares. De ese modo

podía absorberse en sus ideas, ver tan sólo lo pasado, evocar

constantemente el recuerdo de sus desvanecidas esperanzas y sus

marchitas ilusiones, irritando sin cesar su herida para no dejar que se

cicatrizara y apresurar así la mortal curación apetecida.

Y aun prometíase encontrar amargos goces en estas evocaciones de la

dicha perdida, y, contaba con disfrutar cierta dolorosa voluptuosidad al

soñar su imaginación con aquella retrospectiva existencia.

Le bastó sacar de su pecho el ramo, ya marchito, que había lucido

Magdalena en su cintura la fatal noche del baile para que las lágrimas

brotasen de sus ojos a raudales, y aquel llanto, derramado después de la

febril irritación que excitaba sus nervios hacía cuarenta y ocho horas,

fue para él tan benéfico como es para la tierra la lluvia después de un

caluroso día de verano.

A él debió el encontrarse al despuntar la aurora tan quebrantado y tan

rendido que repitió con la misma convicción que el doctor lo había hecho

la víspera estas palabras:

--«_¿A qué matarse cuando la muerte viene por sí sola?_»

Amaury · 第 57 / 90 题